Scala claustralium, Guigo II el Cartujo

SCALA CLAUSTRALIUM

GUIGO II el Cartujo

INTRODUCCION

 A fines del siglo XI, san Bruno, con seis compañeros suyos, guiados por otro santo, san Hugo, obispo de Grenoble, se internaban en las montañas de Chartreuse: comenzaba la aurora de una nueva familia espiritual. Sucesora directa de la vieja espiritualidad monástica, nacía esta nueva escuela del servicio divino sellada con rasgos que la iban a caracterizar: la virginidad del corazón, la alegría interior, el sentido de la penitencia, el silencio, el amor sincero a la soledad y la verdadera vida escondida. Este último rasgo, tan típico de los hijos de san Bruno, ha sido históricamente como un carisma que ha protegido secretamente todo lo cartujo. Los hijos de san Bruno recibieron desde su nacimiento la gracia, tan olvidada si no rechazada por el hombre de hoy, del amor a la “umbratilla vita”, del amor a una vida que se esconde realmente a los ojos del mundo, a los ojos de sus mismos hermanos, y, en la medida de lo posible a sus propios ojos.

 Esta ha sido la causa de que muchas veces fuera difícil, si no imposible, penetrar en el interior de la vida del cartujo, e incluso llegar simplemente a conocer esos detalles exteriores que a la historia tanto le agrada describir.

 Pero no es necesario para un cartujo que se sepa algo de él. Ni siquiera es necesario para que nos llegue su mensaje en toda su plenitud. Al contrario. Una parte de su mensaje, y no la más pequeña, consiste en ese modo de transmitir lo que ha recibido, en ese modo “anónimo” en el que la persona pasa a segundo plano.

El autor de la obra que nos ocupa es uno de esos cartujos casi “anónimos”. La Providencia ha permitido que su biografía, para nosotros, se agote en pocas líneas. Sabemos de Guigo II que fue Prior de la Gran Cartuja, el noveno; que la gobernó hasta el año 1180, y que murió trece años después. Quizás fue un santo, un gran santo. Quizás haya que identificarlo con aquel cartujo que, después de muerto, tantos milagros hacía en su tumba que, atrayendo a numerosos peregrinos, hacía peligrar la soledad de la Cartuja, por lo cual el Prior tuvo que darle la orden por santa obediencia de cesar de hacer milagros, orden que cumplió inmediatamente. Sabemos con certeza que fue monje de una vida ejemplar, un monje de una vida interior muy profunda, muy santa, muy sincera. Sus “meditaciones” y “La escala de los monjes” (scala claustralium), únicas obras seguras que conocemos de él, lo transparentan.

La paternidad de esta última obra, “La escala de los monjes” o “Carta sobre la vida contemplativa”, cuya traducción damos a continuación, estuvo oculta hasta hace poco bajo diversos supuestos autores, entre ellos san Agustín y san Bernardo. En Migne aparece todavía repetida entre las obras de estos santos, lo cual puede ser un indicio de su afinidad espiritual con ambos. Está escrita en forma de carta en la que se describe la vida de oración como una ascención de cuatro escalones distintos y sucesivos. Se conecta así con la vieja doctrina de la progresión por grados de la vida espiritual que hunde sus raices en las Escrituras mismas, que san Agustín, Dionisio el Areopagita, san Benito, san Gregorio Magno, san Juan Clímaco, etc., y que se continúa por Doctores y santos hasta nuestros días.

 La obra de Guigo II representa un esfuerzo de clarificación de la doctrina de los grados de oración, que en autores anteriores a él, tuvo a veces una formulación fluctuante o confusa. Su enseñanza es muy clara, y, desde este punto de vista, muy útil, aunque en su afán de claridad dé a veces la impresión de esquematizar demasiado. Quizás por eso haya que entender con cierta flexibilidad ciertas afirmaciones algo rígidas. Su doctrina, ciertamente sencilla y asequible, su estilo directo y sus conceptos transparentes, nos ponen en contacto con el gran problema de acertar con nuestra vida de oración, y nos hacen entrar un poco en el misterio de la Cartuja, ese misterio paradójicamente tan claro, hecho de pureza de corazón, de alegría interior, de soledad, de oración, de encuentro con Dios.

  P. Pablo Saenz osb

San Benito de Luján

 CARTA SOBRE LA VIDA CONTEMPLATIVA

(LA ESCALA DE LOS MONJES)

 I. Carta de Dom Guigo el Cartujo al Hermano Gervasio sobre la vida contemplativa

El Hermano Guigo a su querido Hermano Gervasio.

Que el Señor sea tu alegría.

Hermano

Si amarte es para mí una deuda, ya que fuiste tú quien primero me amaste, el contestarte es para mí una obligación, pues tú fuiste quien primero me invitaste a escribirte con tu carta. Decidí, por esto, mandarte algunas reflexiones mías sobre la vida espiritual de los monjes, a fin de que tú, que sabes más por tu experiencia que yo con mi estudio seas quien juzgues y corrijas mis pensamientos.

Te ofrezco a ti primero estas primicias de nuestro esfuerzo para que, como corresponde, seas tú quien recoja los primeros frutos de esta planta tierna que arrancaste de la servidumbre del faraón con un hurto digno de alabanza y la colocaste en el cuerpo del ejército y que como rama de olivo salvaje hábilmente cortada, injertaste en buen olivo.

II. Los cuatro grados

Cierto día, durante el trabajo manual, había comenzado yo a reflexionar sobre el ejercicio espiritual del hombre, cuando de pronto se presentó a mi mente la escala de los cuatro grados espirituales: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Es esta la escala de los monjes por la cual suben éstos de la tierra al cielo. Es cierto que tiene pocos escalones, pero ella es de tan grande e increíble magnitud, que si un extremo se apoya en la tierra, la parte superior penetra los secretos de los cielos.

Cada uno de los grados de la escala, que lleva un nombre y una numeración diferente, es también diverso de los otros en orden y en mérito. Si alguien investiga atentamente las propiedades que tienen, el papel que desempeñan, lo que producen en nosotros, y cómo se distinguen y jerarquizan, tan grande será la utilidad y dulzura que hallará en este trabajo, que le parecerá breve y fácil el esfuerzo y estudio que emplee en ello.

La “lectura” es la inspección cuidadosa de las Escrituras, realizada con espíritu atento.

La “meditación” es el trabajo de la mente estudiosa que, con la ayuda de la propia razón, investiga la verdad oculta.

La “oración” es el impulso devoto del corazón hacia Dios pidiéndole que aleje los males y conceda los bienes.

La “contemplación” es como una elevación sobre sí misma de la mente que, suspendida en Dios, saborea las alegrías de la eterna dulzura.

Habiendo descrito así los cuatro grados, veamos ahora el papel que desempeñan.

III. Rol de los grados arriba citados

La lectura busca la dulzura de la vida bienaventurada.

La meditación la descubre.

La oración la pide.

La contemplación la saborea.

La lectura pone como un sólido alimento en la boca.

La meditación lo mastica y desmenuza.

La oración percibe el gusto.

La contemplación es la dulzura misma que alegra y alimenta.

La lectura es como la corteza.

La meditación, como la médula.

La oración, la petición de lo deseado.

La contemplación, el gozo de la dulzura ya alcanzada.

Para ver esto más claramente, pongamos un ejemplo elegido entre muchos.

IV. Papel que desempeña la lectura

Oigo leer estas palabras: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Esta breve frase, pero llena de sentido suave y rico, se ofrece para alimento del alma como uva de un racimo. El alma, después de examinarla con diligencia, dice para sí: “Puede ser que se halle aquí algo bueno. Entraré de nuevo en mi corazón, a ver si consigo comprender y encontrar esta ‘pureza’. Ciertamente que ha de ser ésta preciosa y apetecible, ya que no sólo los que la poseen son llamados bienaventurados y se les promete la visión de Dios que es la vida eterna, sino que además las Sagradas Escrituras tantas veces la alaban”.

Queriendo aclarar esto más profundamente, comienza a masticar y a desmenuzar esta uva, y la pone como en un lagar, es decir, le pide a la razón que averigüe qué es y cómo se puede llegar a poseer esta tan preciada pureza.

V. Papel que desempeña la meditación.

Comienza entonces una atenta meditación, que no se detiene en la superficie sino que se interna más hondo, penetra en el interior, y escudriña los detalles. Se fija con atención que no se dijo: ‘Bienaventurados los limpios de cuerpo’ sino los limpios de corazón. No basta, en efecto, que nuestras manos sean inocentes porque no hagan nada malo, sino que tenemos que tener el espíritu limpio de malos pensamientos. Esto lo confirma la autoridad del profeta cuando dice: ¿Quién subirá al monte del Señor, o quién podrá estar en su recinto sacro? Aquel que tiene manos inocentes y puro corazón. Luego el alma considera cuánto ansía el profeta esta pureza de corazón cuando ora: ¡Oh Dios, crea en mí un corazón puro!, y también: Si yo hubiera tenido en mi corazón mala intención, el Señor no me habría escuchado. Reflexiona cuán solícito para guardar el corazón era el santo Job que decía: Había hecho yo pacto con mis ojos, y no miraba ninguna virgen. Hasta tal punto se cuidaba este varón santo, que decidía cerrar los ojos para no ver la vanidad y no mirar imprudente-mente lo que luego desearía.

Habiendo pensado en todas estas cosas y en otras semejantes, comienza a reflexionar sobre el premio prometido. ¡Qué glorioso y deleitable será ver el rostro tan deseado del Señor, el más hermoso de los hijos de los hombres, no ya abyecto y vil y despojado de la belleza con que lo revistió, sino revestido de la estola de la inmortalidad y coronado con la diadema con la que lo coronó su Padre el día de la resurrección y de la gloria, el día que hizo el Señor! Piensa que en esta visión hallará la saciedad de la que dice el profeta. Me saciaré cuando aparezca tu gloria.

Ves cuánto zumo manó de esta minúscula uva, qué fuego nació de esta chispa, cuánto se extendió en el yunque de la meditación esta pequeña masa de hierro, es decir, esta frase: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. ¡Pero cuánto más podría extenderse si el que la trabaja fuera un experto! Me doy cuenta de que el pozo es profundo, pero yo, todavía rudo principiante, apenas si puedo sacar algo.

El alma, inflamada ya por estas llamas, e incitada por estos deseos, al romperse el vaso de alabastro, comienza a presentir en el aroma, la suavidad del ungüento. Sin embargo, nada percibe todavía por el sentido del gusto. Reflexionando, deduce cuán suave será sentir experimentalmente esta pureza, cuya sola meditación resulta tan gozosa. Pero ¿qué hará? Arde de deseos de poseerla, pero no tiene los medios de conseguirla, y cuánto más la busca, más aumenta su sed de tenerla. Cuando se entrega a la meditación, agrava su dolor, al no poder paladear la dulzura de la pureza de corazón que la meditación le muestra, pero no le da.

Efectivamente, no es la lectura ni la meditación lo que hace alcanzar esta dulzura, sino que es un don de lo alto. Leer y meditar son cosas que hacen los buenos y los malos. Los mismos filósofos paganos, guiados por la sola razón, llegaron a descubrir en qué consiste el verdadero bien. Pero habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, sino que presumiendo de sus fuerzas decían: La lengua es nuestra fuerza, nuestros labios nos defienden. Por eso no merecieron recibir lo que bien podían ver. Se abandonaron a sus vanos pensamientos, y su sabiduría se aniquiló, aquella sabiduría que les había proporcionado el estudio de disciplinas humanas, no el Espíritu de sabiduría, que es el único que da la verdadera sabiduría, aquella ciencia sabrosa que, con su inestimable sabor, alegra y nutre el alma donde mora. De ella se ha dicho: La sabiduría no entrará en el alma perversa. Esta sabiduría viene sólo de Dios. Así como el Señor concedió a muchos el poder bautizar, pero reservó para El solo la potestad y autoridad de remitir los pecados en el bautismo, por lo cual dijo san Juan: Este es el que bautiza, como precisando que lo hacía por antonomasia, así también podemos decir de El: “Este es el que da sabor a la sabiduría y al alma una ciencia sabrosa”. La palabra se concede a todos, pero la sabiduría del alma sólo a pocos, pues Dios la distribuye a quien quiere y cuando quiere.

VI. Papel que desempeña la oración.

Viendo el alma que, por sí misma, no puede llegar a conocer y a experimentar la dulzura que tanto desea, que cuanto más se eleva su corazón tanto más Dios se eleva, se humilla y se refugia en la oración diciendo:

Señor, a quien sólo pueden ver los limpios de corazón, estoy tratando de descubrir, leyendo y meditando, qué es y cómo puedo alcanzar la verdadera pureza de corazón para que, por medio de ella pueda conocerte siquiera un poco. Buscaba tu rostro, Señor; tu rostro buscaba. He meditado largamente en mi corazón, y en mi meditación se encendió el fuego y el deseo de conocerte más. Cuando partes para mí el pan de las Sagradas Escrituras te reconozco en la fracción del pan, y cuánto más te conozco, más te deseo conocer, pero no ya en la corteza de la letra sino con el sentido de la experiencia. Esto te lo pido, Señor, no por mis méritos sino por tu misericordia. Reconozco que soy un alma indigna y pecadora, pero también los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños. Dame, pues, Señor, una prenda de la herencia futura, por lo menos una gota de lluvia celestial que refresque mi sed, porque me quemo de amor.

VII. Efectos de la contemplación.

Con estas y otras ardientes expresiones, el alma enciende su deseo y muestra el estado al que llegó, llamando al Esposo con estos encantamientos. El Señor, cuyos ojos miran a los justos, y cuyos oídos escuchan no sólo las preces sino lo más profundo de la oración, no espera que terminen las palabras sino que interrumpe la oración en la mitad del camino, entra rápidamente y se presenta de improviso al alma anhelante, cubierto con la dulzura del rocío celestial, ungido con perfumes preciosos. Recrea entonces el alma fatigada, la alimenta, pues la halla hambrienta, y la sacia en su aridez. Hace que no se acuerde de las cosas terrenas y que, maravillosamente, se olvide de sí misma; mortificándola la vivifica y embriagándola la hace sobria.

En ciertos actos carnales, el alma es de tal modo sojuzgada por la concupiscencia de la carne que pierde del todo el uso de la razón, y el hombre se vuelve totalmente carnal. Al contrario, en esta contemplación celestial, de tal modo son dominados y absorbidos por el alma los movimientos de la carne, que ésta no contradice en nada al espíritu, y el hombre se vuelve, de algún modo, todo espiritual.

VIII. Señales de la llegada de la gracia.

Pero Señor ¿cómo conocemos con certeza el momento en que haces esto, y cuál será la señal de que tú llegas? ¿Acaso los suspiros y las lágrimas son los nuncios y testigos de este consuelo y alegría? Si fuera así, esto parecería una contradicción nueva y una desusada señal. ¿Qué tiene que ver el consuelo con los suspiros, o la alegría con las lágrimas? ¿Pero éstas pueden ser llamadas lágrimas? ¿No son, más bien, la abundancia del rocío interior infundido de lo alto que rebosa, y que es índice de la ablución interior y purificación del hombre exterior?

En el bautismo de los niños, la ablución del hombre interior es figurada y significada por la ablución exterior. Aquí, al revés, la purificación exterior procede de la ablución interior.

¡Oh felices lágrimas que limpian las manchas interiores y extinguen el incendio de los pecados! Felices los que así lloráis, porque reiréis. Reconoce, oh alma, en estas lágrimas a tu Esposo, abraza al que deseas, embriágate con el torrente de delicias, toma la leche y la miel del pecho del consuelo. Estos suspiros y lágrimas son pequeños regalos y contentos que tu Esposo trae consigo y te entrega. Te ha traído una bebida en estas lágrimas abundantes. Sean para ti el pan de día y de noche, el pan que fortalece el corazón del hombre, más dulces que la miel y el panal.

Oh Señor Jesús, si tan dulces son estas lágrimas que tu recuerdo y tu deseo provocan, ¿cuán dulce será la alegría de verte a cara descubierta? Si tan dulce es llorar por ti, ¿cuán dulce será gozar de ti?

¿Pero por qué intentar expresar con vulgares palabras estos afectos inenarrables? Los que no los han experimentado no lo entenderán. Ciertamente lo leerían mejor en el libro de la experiencia, donde la misma unción es la que enseña. Sin ella, de nada le sirve al lector la letra exterior, pues poco sabrosa es ésta si una explicación que brote del corazón no le revela su sentido profundo.

IX. Cómo se oculta la gracia.

¡Oh alma, demasiado hemos prolongado este discurso! Bueno hubiera sido para nosotros el permanecer allí y contemplar junto con Pedro y Juan la gloria del Esposo, si éste hubiera querido que se hiciesen, no dos o tres tiendas, sino una sola, donde viviésemos juntos y juntos gozásemos. Pero el Esposo dice: Déjame que ya despunta la aurora, ya recibiste la luz de la gracia y la visita que deseabas. El Esposo ha dado su bendición, ha herido el tendón del muslo, y ha cambiado el nombre de Jacob por el de Israel. Luego el Esposo tan deseado se retira un poco, escapa rápidamente. Se retira, en cuanto a la vista que mencionamos y a la dulzura de la contemplación, pero queda presente en la conducción, en la gracia, en la unión.

X. Cómo la gracia, el ocultarse temporalmente, coopera para nuestro bien.

Pero no temas, oh esposa, no desesperes, no te creas despreciada si el Esposo te esconde un poco su rostro. Todo esto coopera para tu bien, y es para ti ganancia tanto su llegada como su partida. Vino por ti, y por ti se retira. Vino para consolarte, y se retiró por prudencia, para que la magnitud del consuelo no te enorgulleciera, y a causa de la continuada presencia del Esposo comenzaras a despreciar a tus compañeros, y consideraras este consuelo como algo de la naturaleza y no como una gracia, gracia que el Esposo concede cuando quiere y a quien quiere, y que no se posee por derecho hereditario.

Un conocido proverbio dice que la excesiva familiaridad engendra el desprecio. Por eso El se aleja para no ser despreciado a causa de una frecuentación excesiva, y para que, estando ausente, se lo desee, y al desearlo se lo busque con más avidez, y al ser buscado largo tiempo, sea hallado con mayor gozo.

Además, si nunca nos faltara este consuelo (aunque en comparación con la gloria futura que será revelada en nosotros, es sólo enigmático y parcial), nos creeríamos, quizás, estar en la ciudad definitiva, y poco buscaríamos la futura. Luego, para que no confundiéramos el destierro con la patria, ni la seña con la suma total, vino el Esposo y otra vez fue, trayendo primero el consuelo, y cambiando luego todo el lecho del descanso en lecho del dolor. Nos permite que gustemos un poco cuán suave es, pero antes de que lo podamos gustar plenamente, se aleja. Así, como revoloteando sobre nosotros con las alas extendidas, nos incita a volar. Es como si dijera: ‘Ya habéis gustado algo cuán suave y cuán dulce soy’; si queréis saciaros plenamente de esta dulzura, corred tras de mí al olor de mis perfumes, levantad vuestros corazones hacia donde estoy, a la derecha del Padre. Allí me veréis, no ya como en figura o en enigma sino cara a cara, y se alegrará plenamente vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo!

XI. Cuán cauta debe ser el alma luego de la gracia de la visita.

Pero ten cuidado, oh esposa, que cuando se ausenta el Esposo no se va lejos, y aunque tú no lo ves, Él te ve. Está lleno de ojos por delante y por detrás, y nunca puedes ocultarte de El. Además, ha enviado a sus nuncios, que son espíritus, como sagacísimos mensajeros, para que vean cómo te portas en ausencia del Esposo, y te acusen ante Él si descubren en ti algún resto de lascivia o ligereza. Celoso es este Esposo, y si recibes, quizás, a otro amante, o tratas de agradar más a otro, al instante se aparta de ti para unirse a otras pretendientes. Exigente es este Esposo, es noble, es rico, es el más hermoso de los hijos de los hombres, y por lo tanto, no se digna tener esposa que no sea hermosa. Si ve en ti alguna mancha o arruga, al instante aparta sus ojos. No puede tolerar ninguna impureza. Sé, entonces, casta, se reservada y humilde, para merecer ser visitada con frecuencia por el Esposo.

Temo haberte distraído demasiado tiempo con este discurso, pero me forzó a hacerlo la materia misma, tan fecunda como dulce. No me extendí voluntariamente sino que me sentí, sin quererlo, como arrastrado por su dulzura.

XII. Recapitulación de lo dicho.

Hacemos una recapitulación de todo lo dicho para que se vea mejor en una síntesis lo que prolijamente se dijo.

En los ejemplos que anteceden puedes ver cómo los predichos grados se unen entre sí, y cómo se preceden unos a otros en el tiempo, y según un orden de causalidad.

La lectura aparece en primer lugar, como el fundamento. Ella proporciona la materia y nos lleva a la meditación.

La meditación, busca atentamente qué es aquello que debe ser deseado. Cavando, descubre un tesoro, y lo muestra, pero no puede alcanzarlo por sí misma, y nos remite a la oración.

La oración, alzándose con todas sus fuerzas hacia Dios, le pide el deseado tesoro: la suavidad de la contemplación.

Esta, cuando llega, recompensa el esfuerzo de las tres anteriores, embriagando el alma sedienta con la dulzura del rocío celestial.

La lectura es un ejercicio exterior.

La meditación, un acto de la inteligencia interior.

La oración, un deseo.

La contemplación, algo por encima de los sentidos.

El primero es el grado de los que comienzan.

El segundo, de los que progresan.

El tercero, de los devotos.

El cuarto, de los bienaventurados.

XIII. Cómo dichos grados se relacionan entre sí.

Estos grados, de tal modo están conectados entre sí, y de tal modo se ayudan recíprocamente, que de poco o nada sirven los precedentes sin los subsiguientes, y nunca o casi nunca se pueden adquirir los subsiguientes sin los precedentes. ¿De qué sirve, en efecto, ocupar tiempo en una continua lectura, y recorrer las vidas y escritos de los santos, si masticando y rumiando no sacamos el jugo, y trabajándolo no lo transmitimos a lo íntimo del corazón, para poder considerar así atentamente nuestro estado, y tratar de realizar las obras de aquellos cuyas gestas nos agrada leer asiduamente? ¿Pero cómo reflexionaremos sobre esto, o cómo podremos evitar el meditar falsedades o vaciedades, transgrediendo los límites fijados por nuestros santos padres, si no nos instruye la lectura o la palabra oída? La palabra oída, en efecto, se asemeja en cierto modo a la lectura, por lo cual solemos decir que hemos leído, no sólo los libros que leímos nosotros mismos o que nos leyeron, sino aún lo que oímos a nuestros maestros. Igualmente, ¿qué le aprovecha al hombre ver en la meditación lo que debe hacer, si no lo pone en práctica con la ayuda de la oración y la gracia de Dios? Todo don excelente, todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, sin el cual nada podemos hacer. El es quien obra en nosotros, pero no sin nosotros. Somos cooperadores de Dios, como dice el Apóstol. Dios quiere que lo invoquemos, quiere que abramos el seno de nuestra voluntad a la gracia que llega y que golpea la puerta, quiere nuestro consentimiento.

Este era el consentimiento que le exigía a la samaritana cuando le decía: Llama a tu marido, como si le dijera: Quiero infundirte la gracia; tú acude con tu libre albedrío. Le exigía que orara: Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘Dame de beber’, quizás fueras tú quien le hubiera pedido agua viva. Cuando ella oyó esto, instruida por el Señor como por una lectura, meditó en su corazón cuán bueno y útil le sería poseer esta agua, y, habiéndose encendido en ella el deseo de tenerla, apeló a la oración diciendo: Señor, dame de esta agua para no sufrir más sed.

He aquí cómo la palabra que oyó del Señor, al ser meditada, la movió a orar. Pues ¿cómo se hubiera preocupado de pedir, si la meditación, si lo que ésta le mostraba como deseable no lo pidiera luego la oración? Por eso, para que la meditación sea fructuosa es necesario que se prolongue en oración devota, cuyo afecto, por decirlo así, es la dulzura de la contemplación.

XIV. Corolario de lo que precede.

De todo esto podemos concluir que la lectura sin la meditación es árida; la meditación sin la lectura es engañosa; la oración sin la meditación es tibia; la meditación sin la oración es infructuosa. La oración devota alcanza la contemplación, pero la contemplación sin la oración es un hecho raro o milagroso.

El Señor, en efecto, cuyo poder no tiene límites, y cuya misericordia se extiende sobre todas las criaturas, saca, a veces de las piedras, hijos de Abrahán, forzando a los duros y a los que no quieren ceder, a que acepten. Es tan generoso que, como dice el refrán, entrega el buey por el cuerno, cuando se presenta sin ser llamado, y se da sin ser buscado. Esto, como leemos, sucedió con algunos, como Pablo y con otros. Sin embargo, no debemos tentar a Dios presumiendo algo semejante, sino que debemos hacer nuestra parte, es decir, leer y meditar sobre la ley de Dios, y pedirle que ayude a nuestra debilidad y que mire nuestra imperfección. El mismo nos enseña a hacerlo cuando dice: Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; golpead y se os abrirá. Pues el reino de los Cielos padece violencia, y son los violentos los que lo arrebatan.

He aquí cómo con las aclaraciones que hicimos pueden entenderse las propiedades de los grados, cómo éstos se conectan entre sí, y cómo actúan en nosotros.

Feliz el hombre cuyo espíritu, libre de otras ocupaciones, desea siempre considerar estos grados, aquel que habiendo vendido todo lo que tiene, compra aquel campo donde se oculta el anhelado tesoro, es a saber, vacar y ver cuán suave es el Señor. Aquel que guarda el primer grado, que tiene cuidado de practicar el segundo, que es devoto en el tercero, y se eleva por encima de sí mismo por el cuarto, por estas ascensiones que dispuso en su corazón, sube de virtud en virtud hasta ver al Dios de los dioses en Sión.

Feliz aquel a quien se le concede permanecer, aunque fuera por poco tiempo, en este último grado, aquel que puede decir: He aquí que siento la gracia de Dios; he aquí que con Pedro y con Juan contemplo su gloria en el monte; he aquí que con Jacob gozo de los abrazos de la hermosa Raquel.

Pero tenga cuidado, no sea que después de ser elevado a los cielos por la contemplación, se precipite a los abismos en desordenada caída; no sea que después de tal visita vuelva a un comportamiento lascivo y ceda a las atracciones de la carne.

Cuando la débil penetración de la mente humana no pueda sostener la claridad de la verdadera luz, descienda suave y ordenadamente a alguno de los tres grados por los que había ascendido. Permanezca ya en uno, ya en otro, según lo mueva su libre albedrío y según las circunstancias de lugar y tiempo, considerando (esta es mi opinión) que se halla más cerca de Dios cuánto más alejado esté del grado primero. ¡Ay qué frágil y miserable es la humana condición!

De este modo, guiados por la razón y por los testimonios de las Escrituras, vemos claramente que estos cuatro grados encierran la perfección de la vida bienaventurada, y que el hombre espiritual debe ejercitarse en ellos continuamente. ¿Pero quién hay que se ajuste a este modo de vivir? ¿quién es para que lo alabemos? Muchos son los que lo quieren, pero pocos los que lo realizan. ¡Ojalá seamos de estos pocos!

XV. Cuatro razones por las que nos apartamos de estos grados.

Existen cuatro razones por las que nos apartamos de estos grados: la necesidad inevitable, la utilidad de una buena obra, la humana debilidad, la vanidad mundana.

La primera razón excusa; la segunda es tolerable; la tercera es miserable; la cuarta culpable. Y verdaderamente culpable, pues más le valía a aquel que se alejó de su propósito por semejante razón, no conocer la gracia de Dios que apartarse de ella después de haberla conocido. ¿Qué excusará su pecado? ¿Acaso el Señor no podrá decirte con toda justicia: Qué más debí hacer por ti y no lo hice? No existías y te creé; pecaste, te habías hecho siervo del diablo, y te redimí; andabas con los impíos dando vueltas por el mundo, y te elegí; te había dado la gracia de mi presencia y quería hacer en tí mi morada, y tú, verdaderamente, me despreciaste y arrojaste hacia atrás, no sólo mis palabras sino a mi mismo, y anduviste detrás de tus concupiscencias.

Pero, oh Dios, bueno, suave y apacible, dulce amigo, consejero prudente y poderoso auxilio, ¡qué inhumano, qué temerario el que te rechaza, el que arroja de su corazón un huésped tan humilde y manso! ¡Oh que infeliz y condenable cambio el de rechazar al propio Creador y aceptar pensamientos malos y dañosos, entregar tan pronto a pensamientos inmundos, a las pisadas de los puercos, aquel secreto tálamo del Espíritu Santo, es decir, lo íntimo del corazón que poco antes entregaba a los gozos celestiales! Todavía están frescas en el corazón las huellas del Esposo, y ya se introducen los deseos adulterinos. Es un despropósito y una indignidad que oídos que recién oyeron palabras que no le es lícito al hombre pronunciar, tan pronto se inclinen a escuchar fábulas y detracciones; que ojos recién bautizados con las sagradas lágrimas, se vuelvan de repente a mirar vanidades; que la lengua que acaba de cantar un dulce epitalamio, que con encendidas y persuasivas palabras había reconciliado al Esposo con la esposa y la había introducido en la bodega, vuelva otra vez a decir groserías y bufonadas, a urdir engaños y detracciones; ¡Que no nos suceda esto, Señor! Pero si por culpa de la humana debilidad cayéramos en tales cosas, no desesperemos, sino recurramos de nuevo al médico clemente que levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre. El, que no quiere la muerte del pecador, nos curará y nos sanará nuevamente.

*  *  *

Ya es hora de terminar esta carta. Roguemos todos al Señor que nos alivie hoy las dificultades que nos apartan de la contemplación, que en el futuro las remueva definitivamente, y que nos conduzca de virtud en virtud por los grados que vimos, hasta ver al Dios de los dioses en Sión, donde los elegidos percibirán la dulzura de la contemplación no como por gotas o intermitentemente, sino que como en un torrente de delicias poseerán la alegría que no se acaba y que nadie les podrá quitar, la paz inmutable, la paz en El.

Y tú, hermano Gervasio, si el cielo te concede un día escalar la cumbre de estos grados, acuérdate de mí y ora por mí en tu gozo. Es así como se une una cortina a la otra, y el que oye diga: Ven.

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