La LD por Bruno Secondin

Secondin blog

Intervención del P. Bruno Secondin, carmelita, docente de Espiritualidad en la Universidad Gregoriana de Roma, en la Convención promovida por la Pontificia Universidad Lateranense sobre el tema del Sínodo de los Obispos del 2008 “La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”.

5 de diciembre de 2007.

***

* * * *

LA LECTIO DIVINA:

DEL MONASTERIO AL PUEBLO DE DIOS

El apóstol Pablo exhortaba con ardor a los cristianos de la pequeña comunidad de los colosenses a la familiaridad con la Palabra, y a la edificación recíproca alimentada con la sabiduría de las Escrituras: “La Palabra de Dios habite entre ustedes con su riqueza. Con toda sabiduría instrúyanse y amonéstense unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, con gratitud, cantando a Dios de todo corazón.” (Colosenses 3,16)

No proponía el apóstol una particular novedad, sólo retomaba, adaptándola, la tradición hebrea de la cotidiana meditación de la ley (cf Salmo 1, 2). En todos los escritos principales del Nuevo testamento se encuentra esta insistencia sobre la centralidad de la Palabra escuchada, orada, vivida, anunciada, testimoniada. Jesús mismo dice reconocer como miembro de su familia a quien escucha la Palabra y la pone en práctica con corazón dócil y generoso (cf Lucas 8, 15. 21). Y en otro contexto advierte que el auténtico discípulo es aquel que escucha y pone en práctica la Palabra escuchada, y construye todo el edificio espiritual sobre esta base sólida (cf Mateo 7, 24-27)

El apóstol Pedro a su vez la define como una semilla inmortal que genera una vida nueva y eterna (cf 1 Pedro 1, 23), y Santiago habla de una ley de libertad y felicidad (cf Santiago 1, 25). Por eso escuchándola uno comulga con la sabiduría que conduce a la salvación: de hecho “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, convencer, corregir y formar en la justicia” (2 Timoteo 3,16). El mismo Jesús, frente a la crisis que siguió a su crucifixión, guió a sus discípulos al descubrimiento del sentido nuevo de su presencia y de su seguimiento, justamente con un itinerario de escucha de las Escrituras (Lucas 24,13-35. 44-49). A aquel método lo podemos fácilmente equiparar al dinamismo típico de la lectio divina.

1. Retorno a una antigua praxis

Hoy todos hablan de la lectio divina: la terminología es antigua y se remonta a la espiritualidad premonástica, pero se ha fortalecido y consolidado en la época monástica y patrística. Por más de mil años se había constituido en el núcleo típico de la vida espiritual y en el método que había originado innumerables sermones y comentarios bíblicos. Recientemente ha tenido un notable relanzamiento en los años ‘70 y en particular en los últimos 25 años. La literatura al respecto es abundante, especialmente en italiano y español; se ha multiplicado también en otras lenguas. Si en un primer momento con la “lectio divina” se quiso “aggiornare” la meditación u oración mental, se comprendió luego que se trataba de algo más original y vital: se trata de una lectura orante de la Palabra, capaz de suscitar una obediencia total e incondicional a Dios que habla.

El nuevo umbral, que actualmente exige discernimiento y un esfuerzo creativo para gestionarlo, es el multiplicarse de las experiencias populares de lectio divina. No más ya, por lo tanto, solamente una experiencia individual, como la clásica de los monjes o la de los religiosos en general, sino que en un contexto más amplio, se practica en un pequeño grupo o en una vasta asamblea. De aquí nacen exigencias nuevas, que se insertan en los grandes valores clásicos, pero requieren nuevas atenciones:

“La novedad de la Lectio en el pueblo de Dios requiere una formación iluminada, paciente y continua entre los presbíteros, las personas de vida consagrada y los laicos, de tal manera que se lleguen a compartir las experiencias de Dios provocadas por la Palabra escuchada (collatio). La Palabra de Dios debe ser la primera fuente que inspira la vida espiritual de la comunidad en sus aspectos prácticos como los ejercicios espirituales, los retiros, las devociones y las experiencias religiosas. Importante objetivo (y criterio de autenticidad) es hacer madurar a cada uno en la lectura personal de la Palabra en óptica sapiencial y en vista de un discernimiento cristiano de la realidad, de la capacidad de dar cuenta de la propia esperanza (cf. 1 Pe 3,15) y del testimonio cristiano de la santidad”. (Lineamenta del Sínodo 2008, n 25)

2. Del olvido a la nueva epifanía

La “lectio divina” tiene un trazado histórico que se asemeja a un recorrido por la ruta del Karst: después de haber caracterizado un largo tramo de la historia de la espiritualidad –al menos un milenio entero- permaneció invisible por el sobrevenir de una exuberante vegetación que sólo vagamente la recordaba. En su lugar se desarrolló vivamente la meditación en sentido sicológico y afectivo, la oración mental con todas sus metodologías, y todo otro producto por lo demás antropocéntrico y devocional.

De la “lectio divina” se había prácticamente perdido hasta la memoria, y sólo algún erudito sabía indicar en que consistía. Es la suerte que ha tocado también a otras palabras de importancia capital en la Iglesia antigua: pensemos por ejemplo en mistagogia, en carisma, en kerigma, en profecía, en dignidad de la persona, en el denso sentido de mysterium o de koinonia, en la historia de la salvación, y se podría continuar con el elenco. Son todos vocablos que la terminología teológico-eclesiástica hoy usa en abundancia, pero de la cual se había perdido la huella, o había sido completamente reformulado el sentido en base a varios estratos culturales progresivos que habían caracterizado la vida cristiana y su léxico. Un excesivo volverse rígido (en términos laicos se diría “crecimiento salvaje del cemento”) le contaminaron las aguas y volvieron estéril la semántica.

La expresión latina “lectio divina” es la traducción de la fórmula origeneana “theia anágnôsis”. La encontramos por primera vez presente en la carta, escrita hacia el 238, de Orígenes (+254) al discípulo Gregorio (llamado el Taumaturgo: + 270): Carta a Gregorio el Taumaturgo. El maestro dirige al discípulo, que está por ir al ministerio de evangelizar el Ponto, la exhortación de dedicarse al estudio de las Escrituras:

“Dedícate a la lectio de las Escrituras divinas; aplícate a esto con perseverancia… Empéñate en la lectio con la intención de creer y de agradar a Dios… Aplicándote así a la lectio divina busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las Escrituras divinas, que en ella se cuida con gran amplitud” (n 4)

Ciertamente en aquel momento estamos todavía bien lejos del desarrollo tanto metodológico como práctico de la lectio divina. Pero la enseñanza de Orígenes, sobre todo su hábito de leer, comentar y meditar los textos bíblicos con los discípulos, sería un modelo que con el tiempo se desarrollaría junto a los padres de manera orgánica y profundizada. El primer padre latino en usar la expresión lectio divina parece haber sido Ambrosio de Milán (+397).

Debemos también reconocer la importancia central que tiene la lectura de la Escritura junto a los ascetas y cenobitas de los siglos III-IV: es un ejercicio que los ocupa con mucha seriedad en leer, meditar, saborear las Escrituras y también a guardar en la memoria los textos. El modelo bíblico de referencia de estos hombres y mujeres ardientes era el profeta Elías (1Reyes 17-19.21; 2Reyes 1-2), hombre de la soledad, de la oración, de la peregrinación, del diálogo místico con Dios.

En la tradición hebrea se recuerda que ya la Regla de Qumran indicaba que –“a toda hora del día y de la noche”- hubiese un monje dedicado a “escrutar” la Biblia. El horario nocturno estaba dividido en tres turnos de “vigilia comunitaria”, dedicado cada uno a “leer el libro” y a “orar juntos”. También la comunidad de los Terapeutas, de la que habla Filón y que vivía junto a Alejandría de Egipto, habitaban en celdas separadas, se dedicaban la jornada entera al estudio de la Biblia en clave alegórica y al trabajo manual.

Otro gran maestro es citado, Casiano (ca. + 435): que hace de puente entre Oriente y Occidente, transmitiendo a éste la sabiduría y las advertencias del monaquismo egipcio y del oriente mediterráneo. Él refiere entre otras, esta exhortación del abad Néstor:

“Esfuérzate en aplicarte asiduamente, mejor constantemente, a la lectio divina, e insistan en ella hasta que esta continua meditatio haya impregnado tu alma y la haya, en cierto sentido, plasmado a su imagen” (Conferencias, XIV, 10).

Este autor es el que mejor que otros ilustra las exigencias espirituales de una buena lectio divina. Ellas son: un clima ascético, una lectura saboreada y asidua, la puritas cordis [pureza del corazón], la humildad, la disponibilidad para dejarse iluminar y purificar. Finalmente poco a poco la praxis de la lectura asidua y de la lectio divina entra en las reglas y estas son codificadas, aunque discretamente, en el horario, la materia y la forma.

En general para el horario se eligieron las primeras horas de la mañana, antes de tercia o también después. Pero también estaba la posibilidad de hacerla a la noche o en el tiempo de la “siesta” (así lo hacía Ambrosio). Agustín prefería la tarde, después de la siesta. Para la materia, lógicamente fueron tomados los libros bíblicos, pero se encuentran recomendados también los comentarios de los padres y de los doctores, la vida de los mártires. Benito impone que el libro recibido al inicio de la cuaresma sea leído por entero (RB 48)

Finalmente para la manera: se trata de una ocupación seria, empeñada, asidua, participada. Benito (RB 48) prevé también un monje anciano que tenga el encargo de mirar si la practican: por esto la lectio divina debe transformar la vida, llegar a ser camino de perfección. La expresión de Benito meditare aut legere (RB 48) indica una profundización, que luego llamarán ruminatio, o bien en griego meletao (extraer la miel): para señalar la asiduidad y el gustar diligente del contenido. Bien pronto se impuso la lectura también durante las comidas: no por mortificación, sino para alimentar el alma con la Palabra también en este contexto.

Con el tiempo, gracias a la espiritualidad monástica, la terminología se fue enriqueciendo, y hacia la mitad del siglo XII apareció una clasificación que hizo historia hasta hoy. Primero Hugo de San Victor (+1141) propuso del modo siguiente los varios momentos de la experiencia: lectio, meditatio, oratio, operatio. Algún tiempo después el cartujo Guigo II (+1188) en su carta a Gervasio, con el título Scala claustralium, redujo todo a cuatro grados: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. Tal clasificación está junto a nosotros hoy, y aun permanece bastante bien recibida.

Pero aquel momento de la más clara identificación de los grados o etapas de la lectio divina, coincide también con la progresiva desaparición de su práctica, dejando el puesto preeminente a la oración metódica o mental, es decir a la meditación más propiamente sicológica e introspectiva. De hecho con el advenimiento de la teología escolástica la utilización de la Palabra comienza a ser vinculada con los principios especulativos y filosóficos. Serán las exigencias de las quaestiones disputadas las que condicionarán el recurso y la misma importancia de la Escritura. Mientras por otra parte la religiosidad popular se encamina hacia otras vertientes: la de las devociones, la del pathos, la de las resonancias personales místicas, la de las figuras de los santos que con sus estilos de vida fascinantes y sus especializaciones protectoras sustituyen toda otra referencia.

Ciertamente la transición se fue haciendo lentamente, señales de atención a la lectio divina no faltan en los siglos XIII y XIV, pero estaban esparcidas por aquí y por allá, o repetidas sin mucha propiedad. Sin embargo se va haciendo cada vez más claro que la teología se nutre de sus sistemas racionales y especulativos y la espiritualidad tiende a las devociones, al sicologismo y al cuidado de la interioridad, con toda su arquitectura. Del 1500 en adelante la lectio  tiene poca historia, se pierde de ella hasta el nombre, además de la práctica. Todo será dominado por la meditación u oración mental, sostenida por varios “métodos” que se recogen en las llamadas “escuelas de espiritualidad”.

Pero en este siglo este gran río antiguo de la lectio divina ha reaparecido desde las vísceras de la historia y de la fe, primero a través de las investigaciones eruditas de algunos pioneros solitarios (por ejemplo D. Gorce sobre san Jerónimo y U. Berlière sobre la ascesis benedictina), después transformándose en un gran río que vierte sus aguas en el océano de la Iglesia postconciliar. Es de hecho en torno a los años ’40 y ’50, a hombros del Concilio Vaticano II que despierta un cierto interés por esta tradición, y que se encuentra una alusión también en textos magisteriales como en Divino afflante Spiritu (Pío XII, 1943).

3. Del Concilio Vaticano II: el primado de la Palabra de Dios.

El Concilio Vaticano II ha representado para la centralidad de la palabra en la vida de la Iglesia una confirmación, un fundamento teológico, un nuevo punto de partida. El principio teológico general del Concilio es que: “El estudio de las sagradas páginas sea como el alma de la sagrada teología” (DV 24). Ha insistido “que los fieles tengan amplio acceso a la sagrada Escritura” y que por esto “la Palabra de Dios debe estar a disposición de todos en todo tiempo”, con traducciones hechas preferiblemente sobre textos originales, también con la colaboración de los hermanos separados. (DV 22). Así mismo se sugiere hacer “ediciones de la sagrada Escritura, provistas de idóneas anotaciones, para el uso también de los no cristianos y adaptadas a sus condiciones” (DV 25). Y todos sabemos como se han multiplicado las ediciones y las traducciones, de gran mérito lingüístico, filológico y explicativo.

Sobre nuestro tema grande ha sido el mérito del Concilio: a él se debe atribuir una nueva “epifanía” de la Palabra en la Iglesia. No faltan tampoco invitaciones a la “lectio” de la Palabra de Dios. En general para la vida espiritual es fundamental el capítulo VI (nn 21-26) de la Dei Verbum, es decir de la Constitución dogmática sobre la divina revelación, de la cual citamos un notable pasaje.

“La Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como lo ha hecho con el cuerpo mismo del Señor, no dejando nunca, sobre todo en la sagrada liturgia, de alimentarse del pan de la vida en la mesa ya sea de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, y de entregarlo a los fieles. Junto con la sagrada Tradición, la Iglesia las ha considerado siempre y las considera como la regla suprema de la propia fe; ellas de hecho, inspiradas por Dios y redactadas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la Palabra de Dios mismo y hacen resonar, en las palabras de los profetas y de los apóstoles, la voz del Espíritu Santo. Es necesario, entonces, que toda la predicación eclesiástica como la misma religión cristiana sea alimentada y regulada por la sagrada Escritura. En los libros sagrados, de hecho, el Padre que está en los cielos viene muy amorosamente al encuentro de sus hijos y entra en conversación con ellos; la Palabra de Dios además tiene intrínsecamente tanta eficacia y poder que es sostén y vigor de la Iglesia, y para los hijos de la Iglesia firmeza de la fe, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual” (Dei Verbum 21)

El número 25 de la Dei Verbum pide a todos los creyentes, especialmente a los sacerdotes y a los catequistas, la “pia lectio”, la “assidua sacra lectio”, acompañándola con la “oratio” y la “predicatio”. El término técnico “lectio divina” se encuentra una vez sola en el texto sobre los sacerdotes (Presbyterorum Ordinis), n 18: “A la luz de la fe, alimentada con la lectura divina” (sub lumine fidei lectione divina enutritae); mientras que en el siguiente n 19 se habla de ciencia del ministro adquirida “por la lectura y la meditación de la sagrada Escritura”.

A más de cuarenta años de la conclusión de las sesiones conciliares es muy fácil constatar ya sea la sólida difusión de este vocabulario como el fraccionarse de las experiencias en múltiples filones ricos en valores vitales y de impacto pastoral. En los textos magisteriales del Papa Juan Pablo II, especialmente en los últimos quince años, han sido frecuentes las alusiones a la lectio divina. La insistencia del magisterio pontificio sobre la lectio divina es un filón interesante, pero en realidad no muy creativo hasta ahora.

Podemos partir de la afirmación de Pastores dabo bovis (1992): “Elemento esencial de la formación espiritual es la lectura meditada y orante de la Palabra de Dios (lectio divina), es la escucha humilde y llena de amor de Aquel que habla” (n 47). Podemos proseguir con el texto del Catecismo de la Iglesia Católica (1992): “La lectio divina, en la cual la Palabra de Dios es leída y meditada para transformarse en oración, está enraizada en la celebración litúrgica” (n 1177). Y puntualizar en fin con el texto de la Pontificia Comisión Bíblica: La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993): “La lectio divina es una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura recibida como Palabra de Dios y que se desarrolla bajo el estímulo del Espíritu en meditación, oración y contemplación” (IV. C.2)

Una referencia semejante encontramos más adelante en la exhortación apostólica Vita Consecrata (1996):

“Es por eso que la lectio divina… ha recibido la más alta consideración. Gracias a ella, la Palabra de Dios es transferida a la vida, sobre la que proyecta la luz de la sabiduría que es don del Espíritu… De gran valor es la meditación comunitaria de la Biblia. Realizada según las posibilidades y las circunstancias de la vida de la comunidad, ella conduce al gozoso compartir de las riquezas extraídas de la Palabra de Dios, gracias a las cuales los hermanos y las hermanas crecen juntos y se ayudan a progresar en la vida espiritual… De la meditación de la Palabra de Dios, y en particular de los misterios de Cristo, nacen, como enseña la tradición espiritual, la intensidad de la contemplación y el ardor de la acción apostólica” (n. 94)

Breve pero incisiva es la propuesta de la Novo Millennio Ineunte (2001)

“No hay duda de que este primado de la santidad y de la oración no es concebible sino a partir de una renovada escucha de la palabra de Dios… En particular es necesario que la escucha de la Palabra llegue a ser un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que hace tomar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta, configura la existencia… Alimentarnos de la Palabra, para ser “siervos de la Palabra” en el empeño de la evangelización: esta es ciertamente una prioridad para la Iglesia al inicio del nuevo milenio” (NMI 39-40)

Una cierta originalidad tiene la referencia en la Exhortación postsinodal Ecclesia in Oceania (2001):

“La familiaridad con las Escrituras es requerida a todos los fieles, y particularmente a los seminaristas, sacerdotes y religiosos. Es necesario animarlos a empeñarse en la lectio divina, aquella meditación serena y orante de la Escritura que permite a la Palabra de Dios hablar al corazón humano. Tal forma de oración, privada o en grupo, profundizará su amor por la Biblia y la convertirá en parte esencial y elemento vivificante de sus vidas cotidianas” (38).

Finalmente una breve cita de la Exhortación postsinodal Pastores Gregis (2003)

“Se trata, ante todo, de la frecuente lectura personal y del estudio atento y asiduo de la Sagrada Escritura. Un Obispo sería vano predicador de la Palabra para los otros, si antes no la escuchase en su interioridad. Sin el contacto frecuente con la Sagrada Escritura, un Obispo sería así mismo un ministro poco creíble de la esperanza… El Sínodo ha enfatizado la importancia de la lectio y de la meditatio de la Palabra de Dios en la vida de los Pastores y en su ministerio mismo al servicio de la comunidad. En los espacios de la meditación y de la lectio, el corazón que ya ha escuchado la Palabra se abre a la contemplación del obrar de Dios y, en consecuencia, a la conversión a Él de los pensamientos y de la vida, acompañada de la demanda suplicante de su perdón y de su gracia” (n. 15)

Es conocida de muchos la actividad del Card C. M. Martini en este sector. En su Diócesis ha fundado y dirigido por años la “Escuela de la Palabra”. También podemos decir que la característica prominente de sus planes pastorales y de su misma actividad de disertante en conferencias está inspirada en la Biblia que configura sus valoraciones y orienta sus propuestas prácticas y espirituales[2]

Benedicto XVI desde que inició su pontificado ha recordado ya varias veces esta experiencia pastoral, considerándola como uno de los frutos más significativos de la puesta en práctica de la Dei Verbum: “Entre los múltiples frutos de esta primavera bíblica me complace mencionar la difusión de la antigua práctica de la lectio divina, o “lectura espiritual” de la Sagrada Escritura. Esta consiste en el permanecer un tiempo largo sobre un texto bíblico, leyéndolo y releyéndolo, casi “rumiándolo” como dicen los Padres, y exprimiendo, por así decir, todo el “jugo”, para que nutra la meditación y la contemplación y alcance a irrigar como linfa la vida concreta. Es condición para la lectio divina que la mente y el corazón sean iluminados por el Espíritu Santo, que es el mismo Inspirador de la Escritura, y se pongan gracias a esto en actitud de “religiosa escucha”” (Angelus, 6 de noviembre de 2005)

Los lugares neurálgicos de la experiencia práctica sistemática de la lectio divina siguen siendo, como en el pasado, las grandes abadías, los centros conventuales, y hoy también las casas de espiritualidad. Pero también en los planes pastorales diocesanos y nacionales, las prioridades de muchos institutos religiosos, se orientan actualmente sobre esta experiencia pastoral y espiritual.

En América latina la recuperación de la “lectio divina” ha llegado a ser un fenómeno de gran alcance popular, gracias a la actividad incansable del biblista C. Mesters, a quien se debe tanto una específica “inculturación” del método clásico y de sus contenidos, como una original capacidad pedagógica en el articular una aproximación a la Sagrada Escritura, con la clave de la vida del pueblo, sus inspiraciones y su sabiduría[3]. Es conocido el proyecto Tu palabra es vida, ya completado y traducido al español y al italiano.

Se debe claramente reconocer, en todo caso, que no se trata de un puro reasumir una práctica espiritual antigua, sino de un reasumir en parte tradicional y en parte innovador. El mismo Benedicto XVI, hablando a los biblistas por los 40 años de la Dei Verbum (16 de setiembre de 2005) había indicado abiertamente la posibilidad de hacer uso también de “nuevos métodos” para hacer gustar la Palabra de Dios[4].

Ahora un nuevo impulso a la lectio divina vendrá ciertamente del Sínodo 2008, que tiene por tema: “La Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia”. Los Lineamenta ya dedican a esta experiencia una buena parte del n. 25, pero la alusión es difusa en todo el texto, y ciertamente habrá en el Sínodo la presentación de muchas de estas experiencias.

4. Naturaleza de la lectio divina

Una de las más graves amonestaciones que resuena junto a los Padres es la de no profanar la Escritura haciendo de ella un objeto de especulación o de conocimiento puramente intelectual o de banal curiosidad. El creyente sabe que cuando toma en la mano la Escritura puede comprender lo que lee sólo por la gracia de Dios. Quien quiere abordar la Biblia motivado por la lectio divina, obviamente, deja de lado la curiosidad, pero no renuncia sino que presupone el estudio exegético y teológico.

La lectio divina de hecho es un modo de leer la Biblia que es complementario al estudio, pero se basa en razones de fe y expresa la búsqueda apasionada del rostro de Cristo: “Las palabras escritas en la Biblia, decía Orígenes, no son otra cosa que las palabras mismas que el esposo Jesús intercambia con la esposa que es la Iglesia”. Por consiguiente no nos podemos contentar con leer la Biblia sólo en los momentos propiamente dichos de la lectio divina, sino que es necesario familiarizarse con la Biblia

La lectio divina no es una lectura cualquiera de la Biblia, sino que es una lectura que debe conducir a la oración y a la contemplación. Es la búsqueda sapiencial de la verdad. Para llegar a ser consanguíneos, casi, por la participación en el amor. Gregorio Magno, uno de los grandes maestros de la lectio divina, decía: “La Escritura crece con aquel que la lee” (Scriptura cum legente crescit)

Un texto rabínico usaba esta bella imagen:

“La Torah se asemeja a una bella joven escondida en una habitación de su palacio. Por amor a ella, el enamorado observa toda la casa, mirando en todas las direcciones, buscándola a ella. Ella sabe todo esto y entreabre apenas la puerta y solo él la ve. Así es la palabra de la Torah; que se revela a sí misma sólo a los enamorados que la buscan. Por eso entonces la clave de interpretación y de encuentro es el amor”

Hay un progresivo conocimiento que alcanza luego la intuición espiritual. Sólo cuando llegamos a ser recíprocamente familiares podemos hablarnos cara a cara y desvelarnos los recíprocos secretos y misterios escondidos. Por eso la Iglesia ha podido proclamar como “dogmas” de la verdad sólo “implícitamente” fundados en el texto bíblico: porque, guiada por la fe, podía leer mucho más de aquello que de hecho aparecía. Vale la pena detenernos un momento sobre esta prospectiva “teológica” con la que nos acercamos a las Escrituras.

5. Para acceder al “misterio”

Como nos atestigua la Escritura, la sabiduría divina es misteriosa (cfr 1 Cor 2, 7) y “Dios habita una luz inaccesible” (1 Tim 6,16; 1 Jn 4, 4.20): sólo el Hijo lo conoce y lo ve (Jn 6, 46). Él es el “testimonio veraz” del Padre y el mediador para poder tener acceso al Padre y para hacerse “atraer” por el Padre (Jn 6, 43). Después de que Cristo ascendió a los cielos, tenemos acceso al Padre a través de Él gracias a la acción del Espíritu: el Espíritu es enviado de junto al Padre y nos recuerda y vuelve vivos los hechos y los dichos de la vida y la revelación ofrecida por Jesucristo (cfr Jn 16, 13)

Éste es el misterio divino que nos anima, y que llena nuestra existencia. Pero es un misterio que no nos es dado en un libro compuesto por fantasiosos escritores. El misterio nos viene dado en un libro que recoge una experiencia: esto es, descripción parcial, fragmentaria, con lagunas, de una experiencia intensa e inexpresable, antes que nada vivida, y luego solo en parte contada y escrita. Y es transmitida no sólo para que sea conocida, sino para que llegue a ser nueva experiencia y nueva comunión. (cfr 1 Jn 1, 1-3)

Vale la pena considerar algunas exigencias teológicas sobre la naturaleza misma de la Palabra de Dios, cuando la aproximación de la lectio divina intenta ser una búsqueda de Dios con todo el corazón y con toda la mente. Se trata de principios teológicos que son tenidos en cuenta, como contexto de una auténtica experiencia de Dios a través de la lectura de las divinas Escrituras.

1. El libro sagrado es un momento de la Palabra de Dios. Nuestro Dios es una persona, es el Dios viviente: habla, escucha, comunica. Entonces palabra de Dios (dabar Jahwé) es mucho más que una palabra. Lo que Dios revela es todo: sus proyectos –sus acciones- su amor. Es obra, ley, oráculo: todo junto. Es el ser mismo de Dios en su actividad. Más claramente aun es Dios mismo en cuanto actúa y se dirige ad extra. Por lo cual creación, historia, emoción interior, tragedias del pueblo: todo es Palabra de Dios. La Palabra suprema y extrema es Cristo Jesús: Dios dicho y comunicado en la historia, en la forma impensable de un ser humano. La Biblia no es la palabra de Dios cosificada, pero la contiene, la transmite, de ella está grávida. Detrás y dentro de las palabras de la Escritura está de hecho el misterio de un Dios que es comunicativo: “Toda la divina Escritura constituye un único libro y este único libro es Cristo, porque toda la escritura habla de Cristo y encuentra en Cristo su cumplimiento” (Hugo de San Víctor).

2. La historia de la Palabra nos llega íntimamente conexa con la respuesta. Porque la respuesta es exigida por la misma Palabra: Dios manifestándose produce, hace, realiza, pone en acto. El libro representa el momento de la transcripción “permanente” de un encuentro, de un “evangelium scriptum in cordibus fidelium” [“evangelio escrito en los corazones de los fieles”].

Las Escrituras forman la estructura más íntima del pueblo de Dios y de la iglesia viviente: no es un producto a priori, del cual se engancha el pueblo en un segundo momento, como de afuera. Sino que son expresión del pueblo generado en torno a la Palabra, convocado por la Palabra, anunciador, en el corazón y por escrito, de las grandes gestas de Dios.

No se puede separar la Biblia del camino de la historia (y de un pueblo) bajo la guía de la Palabra. Los libros sagrados son por lo tanto condensación del filón subterráneo del ethos del pueblo, son explicitación y tematización de su conciencia religiosa. Sólo en el adentro de la comunidad que espera y aguarda, que recuerda y vive, los textos son elocuentes y retornarán elocuentes. Esto nos muestran por ejemplo las grandes asambleas: Siquén: Jos 24; Dt 27; Josías: 2 Cro 34; Esdras: Esd 8. Tanto la tradición judaica como la cristiana tienen en común la percepción de la relatividad de la escritura respecto a la palabra: por eso en la tradición judaica se desarrolla el tema de las dos tôrâ: la escrita, la tôrâ bîketab y la oral tôrâ shebbe’al peh; mientras en el ámbito cristiano esta última se llama tradición.

3. La Iglesia en el desierto nace de la Palabra: hay un estrecho vínculo entre el Pueblo y la Palabra, desde su nacimiento. La Palabra de Dios en el caos preexistente ha creado la tierra y el universo, con su palabra, en el caos egipcio ha llamado con su palabra a la libertad la multitud dispersa y la ha reunido en un solo pueblo, como “propiedad predilecta”. Apoyado en la Palabra de Dios es que Moisés corre el riesgo y la aventura del Éxodo.

La “convocación en el desierto” (Hch 7, 38) –en el momento de la alianza- adviene sobre la base de la Palabra: “Reúneme un pueblo y yo le haré oír mis palabras” (Dt 4, 10). Y después que Moisés leyó, el pueblo aceptó la alianza “hecha por el Señor sobre la base de todas estas palabras” (Ex 24, 7-8). Esta alianza constitutiva de la identidad y de la historia era recordada cada día en el shema: “Escucha, Israel…” (Dt 6,4), en el encuentro sinagogal cada semana, en las grandes fiestas pascuales de cada año (cfr Dt 26: pequeño “credo histórico”). En los momentos de crisis se convoca al pueblo en torno a la Palabra (cfr las asambleas y los ordenamientos de los libros) y se implora misericordia y salvación según las promesas.

Israel estaba convencido de que la Palabra transmitida, más que un rótulo, era la expresión y la experiencia de una presencia siempre nueva; y por lo tanto el libro era algo siempre incompleto, porque la presencia no era nunca repetitiva, sino siempre nueva. De aquí deriva la gran libertad de agregar, corregir, adaptar, bajo una nueva emoción, o una nueva conciencia colectiva. Basta pensar en la gran relectura que se llama deuteronomística. Otros ejemplos clásicos pueden ser tanto los Salmos, que representan la historia orada; como los profetas que repiten la historia y la ponen de nuevo en movimiento; como el culto, especialmente las grandes fiestas, que tienen un rol profético, simbólico, real y no sólo ritual.

4. Verdad a buscar. Si en la Biblia a veces no encontramos la verdad que buscamos o quizás encontramos lo contrario, y esto nos desconcierta, tal vez es porque le pedimos una verdad que es cómoda para nosotros y no prestamos atención a la verdad que ella nos ofrece. La verdad bíblica hay que descubrirla: no es una fotografía instantánea, sino que es el intento de fijar lo inexpresable; tal vez retomándolo siempre desde nuevos ángulos, con rectificaciones, con adiciones. Porque es una verdad que progresa, Dios se revela y se graba en la memoria dinámica del pueblo. Por eso la Biblia no es más que una larga y compleja actividad del Espíritu Santo que entrega –a través de la obra de escritores carismáticos, radicados en la memoria del pueblo- toda la historia en Palabra escrita, porque en el tiempo no se olvidan las “maravillas” obradas por Dios en su bondad.

Es por lo tanto un libro del pueblo, su archivo más precioso y abierto, en el cual Dios continúa obrando, instruyendo a sus hijos. Y es el libro del pueblo elegido que proclama para su vida una palabra y una memoria de liberación siempre actuante. Por eso debe ser abordado con ánimo de discipulado y con la fe en Dios presente.

6. Actitudes espirituales

Claramente existen disposiciones espirituales necesarias para que la lectio divina, llegue a ser verdaderamente una experiencia de amor efectivo y constante de la Palabra, alimente la vida interior y arroje luz sobre la vida, de modo que guíe las opciones de vida y sostenga la fidelidad generosa y creativa. Se trata de cultivar algunas actitudes espirituales, que son condiciones indispensables para un buen éxito de la lectio divina.

Escucha silenciosa: crear un clima de silencio, externo e interno. Es necesario alcanzar la pacificación interior, para lograr una concentración serena, para lograr un silencio viviente.

Actitud de fe: creer que el texto sagrado es inspirado, que en cierto sentido es una realidad viviente, y que la Biblia es el Libro por excelencia, no un libro entre otros libros.

Comunión con la Iglesia: la Escritura es dada a través de la comunidad, es un tesoro vivo que nos viene puesto en las manos por una comunidad viviente. La Escritura se lee en la Iglesia y resuena como palabra viviente en comunión eclesial.

Un corazón grande y bueno: Dios llama a un diálogo retirado, para hablarnos al corazón. El corazón es el órgano principal de la lectio divina, porque está allí la irrepetibilidad personal. Antes de la lectio es necesario pedirle al Señor un corazón grande, un corazón que escucha, abierto y dócil, obediente y leal.

Escucha comprometida: la Palabra debe llegar a ser vida. Por eso es necesario estar dispuesto a dejarse juzgar por la Palabra y a conformar la vida a las exigencias que nos muestra la Palabra.

Invocar el Espíritu Santo: si falta el don del Espíritu el libro permanece cerrado frente a nosotros. Dictado por el Espíritu Santo, sólo el Espíritu volverá de nuevo comprensible el libro, y viva la emoción personal y colectiva que la alimenta. (DV 12)

Leemos en los Lineamenta: “La Palabra de Dios debe ser la primera fuente que inspira la vida espiritual entre las varias prácticas, como ejercicios espirituales, retiros, devociones y experiencias religiosas” (Lineamenta n. 25). Tendría algunas reservas sobre esta frase, porque podría insinuar – y muchos lo piensan, también en el plano pastoral- que se trata de un pium exercitium. Soy del parecer que se debe evitar el uso de la categoría “pia exercitia” (cfr SC 13), para hablar de la lectio divina. De lo que dijimos sobre la teología de la Palabra, se ve bien que se trata de algo del todo particular: en la cual antes de nuestro protagonismo, está el protagonismo de Dios que obra y ejecuta. La lectura orante de la Palabra llega a ser con el tiempo algo muy diferente a los pia exercitia, porque suscita una sed de diálogo con Dios, ilumina los criterios de discernimiento y estimula a una conversión existencial no puramente desde el moralismo. Pero al mismo tiempo es un recorrido exigente, que pide constancia y perseverancia, un amor apasionado por la Palabra como surgente pura y perenne de santidad y de diálogo orante.

Para hacerla con el pueblo es necesario esforzarse siempre en entrar como “pueblo” en el secreto de la Palabra: a pie descalzo delante de esta zarza ardiente, con el rostro inclinado hacia el debir [Sancta Sanctorum] donde permanece la gloria. No se trata de enseñar algo al pueblo de los creyentes, sino de vivir juntos una arriesgada y transfigurante aventura, transfigurante y adorante, dejándonos “educar” por Dios. (cfr Os 11, 1-4).

No es fácil para quien es “experto” en la Palabra, ponerse en sintonía con la fe incierta y a veces confusa del pueblo: corre el riesgo entonces de imponer su propia teoría, la propia explicación, la propia aplicación. Sólo escuchando con corazón amante la Palabra –para poder en verdad después compartirla y escucharla de nuevo con corazón asombrado y mirada contemplativa junto al pueblo- la lectura orante alcanza a ser en verdad escucha orante, dialogo orante, contemplación y profecía que rasga los velos de una historia opaca, e ilumina de inmensidad nuestras existencias precarias.

7. Una reserva sobre las cuatro fases clásicas

La famosa carta de Guigo II a su amigo el monje Gervasio, titulada Carta sobre la vida contemplativa o Scala claustralium, llegó a ser la sistematización clásica de la experiencia, hasta hoy todavía ejemplar y orientativa. Para ilustrar las varias fases de la lectio divina, Guigo se inspiró en la invitación del Señor: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá” (Mt 7,7). Y la aplicó así:

“La lectura indaga y la meditación encuentra, la oración pide y la contemplación saborea. La lectura es un cuidadoso examen de la Escritura que anima el aliento del Espíritu. La meditación es obra de la mente que se aplica a profundizar en la verdad más escondida bajo la guía de la propia razón. La oración es una actividad en Dios del corazón que ama con el propósito de extirpar el mal y conseguir el bien. La contemplación es como una elevación más allá de sí mismo por parte del alma suspendida en Dios, que gusta las alegrías de la dulzura eterna…

La lectura, se puede decir, que lleva a la boca el alimento sólido, la meditación lo mastica y lo tritura, la oración siente su sabor, la contemplación es la dulzura misma que da alegría y recrea las fuerzas. La lectura permanece en la corteza, la meditación penetra el meollo, la oración se aboca a la petición inspirada por el deseo, la contemplación descansa en el gozar de la dulzura alcanzada”5

Como se ve esta lectura orante de la Palabra, es propuesta en cuatro fases o estadios: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. La gradualidad de estos pasajes constituye un complejo unitario de actos que intenta mantenerse en su integridad conservando al mismo tiempo la diversidad de acentos. No son fases cronológicas sucesivas, separables, se entrelazan y se mezclan.

Es significativo cuanto todavía dice Guigo II:

“La lectura sin la meditación es árida, la meditación sin lectura está sujeta al error, la oración sin la meditación es tibia, la meditación sin la oración es infructuosa. La oración hecha con fervor lleva a la adquisición de la contemplación, mientras que el don de la contemplación sin la oración es rara y sería un milagro.”

Muchos de los que se proponen acercarse a la Palabra de Dios, para beber en esta “surgente pura y perenne de vida espiritual” (DV 21), siguen las clásicas fases del maestro cartujo. Más aún las asumen como esquema absoluto, a seguir casi literalmente. Lo que la sabiduría espiritual de Guigo II había propuesto como orientación abierta, es de este modo transformada en esquema rígido y obligatorio, con el riesgo de alejar, más que de acercar a la lectio divina.

En mi experiencia he constatado que se necesita reelaborar estas cuatro grandes categorías de una manera menos rígida. Si, entonces, se trata de hacer lectio divina es necesario tener presente que se debe trabajar con creatividad y atención. En tanto el pueblo no tenga nuestra cultura bíblica y teológica, en la práctica a menudo –como el gran maestro C. M. Martini de varios modos ha reclamado- aparecen también otras exigencias. Como por ejemplo no exagerar el aporte de la exégesis, guiar hacia un discernimiento práctico del pasaje leído, al compartir de la sabiduría recibida abriendo la experiencia al diálogo, mostrar cómo llegar a hacer de la Palabra también la base de nuestra respuesta orante, etc

8. Una exigencia poco calculada

Hoy en particular se insiste no sólo en la inspiración del escritor bíblico, sino también sobre la inspiración del lector creyente. Esto cambia mucho las formas y las prospectivas de la lectura, y también de la lectio divina. Y el lector hoy es antropológicamente diverso de aquel del pasado.

Divina eloquia cum legente crescunt6 [la palabra divina con la lectura –del que lee- crece]: esta expresión de Gregorio Magno es citada a menudo para afirmar una interpretación que se abre a infinitas posibilidades, según la sensibilidad espiritual y cultural del lector. Pienso que no se debe aplicar sólo a las “setenta centellas” (según el comentario rabínico) que pueden estallar de la roca de la Palabra de Dios que es martillada (cfr Jer 23, 29), sino también las mutaciones antropológicas y culturales.

De hecho mientras que para las generaciones antiguas la “lectura” del texto bíblico ocurría raramente en forma individual, sino sobre todo en grupo, y por lo tanto tenía gran relieve la capacidad auditiva y de memorización; a partir de la difusión de la impresión y por consiguiente de la posesión personal de muchos textos para leer y consultar con facilidad, los actos de leer y estudiar, rumiar y asimilar se han convertido en otra experiencia antropológica7

Nuestra fase histórica y cultural por último está además transitando hacia otros paradigmas del mismo leer y meditar, asimilar y gustar. Leemos muchísimos libros, pero raramente los saboreamos y los masticamos lentamente: se trata de una apropiación transversal, de una lectura que se deja afectar de algo que sobresale en el texto. Sobre todo las generaciones más jóvenes no conocen la reflexión sapiencial que practica cuanto decía el vidente: comer el texto, gustarlo en su dulzura y en su amargura (cfr Ez 2,8; 8, 1-3; Ap 10, 8-11).

El acto de leer hoy no sólo se hace con total libertad de estilo y método, sino a menudo también en plena locura. Y el acto de escuchar con empatía y compromiso emotivo e imaginativo, está fuera de moda: la nuestra es una sociedad propiamente charlatana porque todos hablan y vociferan, pero ninguno escucha. Hay un malestar general, cultural pero también de espiritualidad. La misma jerarquía eclesiástica parece presa de la manía del decir y declarar, hasta el infinito y con obsesión compulsiva: con un efecto sobre la recepción inversamente proporcional a la declamación invasiva.

¿Cómo no ver que de esta situación de consumo rápido y sin asimilación de textos y declaraciones, de noticias y emociones, deriva un influjo claro y preocupante también para todo lo que hace a la lectura y escucha de la Palabra de Dios a través de las Escrituras sagradas? El auditor/ lector de hoy tiene sobreabundancia de textos para leer y en cuanto a métodos los encuentra por docenas, y todos interesantes y sólidos. Pero no acierta a orientarse en la confusión, no es conducido hacia un enriquecimiento que ponga en juego la diversidad de aproximaciones. Es muy cansador para el lector medio de hoy: que en el fondo busca la simplificación para una fruición inmediata, para una apropiación que tal vez estimule la emoción y la reducida interpretación moralística.

En nombre de una adhesión a la praxis y a la vida real, con el pretexto de encontrar luz para comprender la vida y para orientarla, con frecuencia en los encuentros de lectio divina se ponen inmediatamente delante del texto bíblico la inquietud e incertidumbre de la praxis, para que la Palabra las ilumine y las diluya de su ambigüedad y complejidad. Con el evidente riesgo de instrumentalizar la Palabra para la “producción” de sentido y de sanación. Mientras por el contrario su primera función es la de permanecer palabra-misterio, desafiar las preocupaciones de encontrar una “respuesta” para gestionar, llamada a un “más allá”, a otro horizonte, donde habita el Otro, el totalmente Otro, esto es el Viviente que pasa, pone su tienda pero también es un Dios misterioso y escondido. (cfr Is 45, 15)

Conclusión

No hay lectio sin cultura: no se debe pensar que la “verdad” cae del cielo de manera milagrosa. Ella se desvela también a través del conocimiento del contexto humano en el cual la Palabra de verdad ha tomado forma y lenguaje. De aquí la importancia de la exégesis científica, de las reflexiones de los expertos, de la tradición interpretativa de los santos y de los artistas, de la confrontación seria con nuestra realidad. Son todos elementos importantes, que cada uno debe usar según sus propios dones y la propia preparación8.

No podemos dar a la Palabra una fuerza nueva, una eficacia, con nuestras reflexiones y nuestras actualizaciones. La Palabra en sí misma posee ya una dynamis de revelación, de juicio, de transfiguración, de fermento y de liberación: lo que debemos hacer es exponernos a esta dynamis, como nos exponemos al fuego y al sol para calentarnos. Este es el sentido de la hypakoé [obediencia] de los padres y de los monjes: un ob-audire [obedecer] con corazón humilde y abatido (cfr Is 66, 2)

Y no se trata de una exposición sólo individual o selectiva según las visiones ideológicas que más nos agradan. Sino de una experiencia comunitaria y totalizante: porque es justamente la comunidad creyente el contexto hermenéutico más adecuado para desvelar los caminos epifánicos de la Palabra y para darle la oportunidad de hacer germinar nuevas primaveras entre los creyentes. La comunidad en escucha no es una circunstancia secundaria. Es el contexto privilegiado –como decía del resto san Gregorio Magno- para darle de nuevo a la Palabra el significado pleno y vital: es en la comunidad donde el llamado existencial hace eco con más fuerza.

Por esto la tradición interpretativa del cartujo Guigo II con su obra Scala claustralium, sobre los cuatro grados o momentos de la lectio divinalectio, meditatio, oratio, contemplatio– cuando se la asume como esquematismo rígido, para practicarla individualmente, se convierte en una prótesis artificial de éxito inseguro. Ella tiene en cuenta sobre todo la vida solitaria del monje, y no se preocupaba de hecho de una “comunidad intérprete”, porque en su tiempo la conciencia eclesial se sentía de un modo muy distinto de nuestra iglesia comunión. Todo pasaba a través del énfasis sobre el individuo. El siglo de Guigo II (hacia el 1150) estaba caracterizado por el “descubrimiento del individuo”.

“La lectio divina no es de hecho una práctica reservada a algunos fieles muy comprometidos o un grupo especialista en oración. Ella es una realidad sin la cual no seremos cristianos auténticos en un mundo secularizado. Este mundo requiere personalidades contemplativas, atentas, críticas, valientes. Esto pedirá de vez en cuando opciones nuevas e inéditas. Pedirá cuidados y énfasis que no vienen de la pura costumbre nacida de la opinión común, sino de la escucha de la palabra del Señor y de la percepción de la acción misteriosa del Espíritu Santo en los corazones” (C.M. Martini).

De todo este amplio discurso se puede deducir que se entretejen en el tema de la lectio divina muchas exigencias fundamentales de una sana y seria espiritualidad cristiana hoy. Y los senderos que la exégesis siempre de nuevo abre, encuentra reflejo e incidencia también en el método y en el estilo de la lectio divina, ya sean técnicos (como la interpretación retórica y la narrativa), o existenciales y de tipo antropológico cultural (como la lectura popular, feminista, de la sicología profunda, simbólica, etc.). Todo lo que es humano debe entrar en las preocupaciones y en la sabiduría orientadora del vivir cristiano (GS 1).

Notas: ver abajo al final del texto en italiano

La puesta en argentino del original italiano es un servicio del blogger.

* * *   *   * * *

La lectio divina: dal monastero al popolo di Dio

L’apostolo Paolo esortava con calore i cristiani della piccola comunità di Colossi alla familiarità con la Parola, e all’edificazione reciproca alimentata dalla sapienza delle Scritture: “La Parola di Dio abiti tra voi nella sua ricchezza. Con ogni sapienza istruitevi e ammonitevi a vicenda con salmi, inni e canti spirituali, con gratitudine, cantando a Dio nei vostri cuori” (Col 3,16).

Non proponeva una novità particolare l’apostolo, solo riprendeva, adattandola, la tradizione ebraica della quotidiana meditazione della legge (cf. Sal 1,2). In tutti gli scritti principali del Nuovo Testamento si riscontra questa insistenza sulla centralità della Parola ascoltata, pregata, vissuta, annunziata, testimoniata. Gesù stesso dice di riconoscere membro della sua famiglia chi ascolta la Parola e la mette in pratica con cuore docile e generoso (cf. Lc 8,15.21). E in un altro contesto avverte che l’autentico discepolo è colui che ascolta e mette in pratica la Parola ascoltata, e costruisce tutto l’edificio spirituale su questa base solida (cf. Mt 7,24-27).

L’apostolo Pietro a sua volta la definisce un seme immortale che rigenera a vita nuova ed eterna (cf. 1Pt 1,23), e Giacomo parla di legge di libertà e di felicità (cf. Gc 1,25). Per cui ascoltandola si comunica con la sapienza che porta alla salvezza: infatti “tutta la Scrittura è ispirata da Dio e utile per insegnare, convincere, correggere e formare alla giustizia” (2Tim 3, 16). Lo stesso Gesù, di fronte alla crisi seguita alla sua crocifissione, ha guidato i discepoli alla scoperta del senso nuovo della sua presenza e della loro sequela, proprio con un itinerario di ascolto delle Scritture (cf. Lc 24,13-35.44-49). Quel metodo lo possiamo facilmente sovrapporre al dinamismo tipico della lectio divina.

1. Ritorno di un’ antica prassi

Oggi tutti parlano della lectio divina: la terminologia è antica e risale alla spiritualità premonastica, ma si è rafforzata e consolidata in epoca monastica e patristica. E per oltre mille anni aveva costituito il nucleo tipico della vita spirituale e il metodo che ha originato innumeri sermones e commentari biblici. Ma ha conosciuto un notevole rilancio negli anni ‘70 e in particolare negli ultimi 25 anni. La letteratura al riguardo è abbondante, specie in italiano e in spagnolo; ma si moltiplica anche in altre lingue. Se in un primo momento con la “lectio divina” si voleva “aggiornare” la meditazione o orazione mentale, poi si è capito che si trattava di qualcosa di più originale e vitale: si tratta di una lettura orante della Parola, in modo da suscitare una obbedienza totale e incondizionata a Dio che parla.

La nuova soglia, quella che attualmente esige discernimento e uno sforzo creativo per gestirla, è il moltiplicarsi delle esperienze popolari di lectio divina. Non più solo quindi una esperienza individuale, come quella classica dei monaci o quella dei religiosi in genere, ma un contesto più ampio, in un piccolo gruppo o in una vasta assemblea. Da qui nascono esigenze nuove, che si innestano nei grandi valori classici, ma anche richiedono nuove attenzioni:

“La novità della Lectio nel popolo di Dio richiede una formazione illuminata, paziente e continua, tra i presbiteri, le persone di vita consacrata e i laici, in modo da giungere ad una condivisione delle esperienze di Dio motivate dalla Parola ascoltata (collatio). La Parola di Dio deve essere la prima fonte che ispira la vita spirituale della comunità nelle varie pratiche, come esercizi spirituali, ritiri, devozioni ed esperienze religiose. Importante obiettivo (e criterio di autenticità) è maturare ciascuno ad una lettura personale della Parola in ottica sapienziale e in vista del discernimento cristiano della realtà, della capacità di rendere conto della speranza propria (cf. 1Pt 3,15) e della testimonianza della santità.” (Lineamenta del Sinodo 2008, n. 25)

2. Dall’oblio alla nuova epifania

La “lectio divina” ha un tracciato storico che assomiglia ad un percorso carsico: dopo aver caratterizzato un lungo tratto della storia della spiritualità – almeno un intero millennio – era come scomparsa dall’evidenza, resa invisibile dal sopraggiungere di una rigogliosa vegetazione che solo vagamente la ricordava. Al suo posto ha imperversato la meditazione in senso psicologico e affettivo, l’orazione mentale con tutte le sue metodologie, ogni altro prodotto per lo più antropocentrico e devozionale.

Della “lectio divina” s’era praticamente persa anche la memoria, e solo qualche erudito sapeva indicare in che cosa consistesse. È la sorte che è toccata anche ad altre parole di importanza capitale nella Chiesa antica: si pensi per esempio alla mistagogia, al carisma, al kerigma, alla profezia, alla dignità della persona, al senso pregnante di mysterium o di koinonia, alla storia della salvezza, e si potrebbe continuare con l’elenco. Sono tutti vocaboli che la terminologia teologico-ecclesiastica oggi usa con abbondanza, ma di cui s’era persa la traccia, o era stato completamente riformulato il senso, in base ai vari strati culturali progressivi che hanno caratterizzato la vita cristiana e il suo lessico. Un irrigidimento eccessivo (in termini laici si direbbe “cementificazione selvaggia”) ne aveva inquinato le falde e isterilita la semantica.

L’espressione latina “lectio divina” è la traduzione della formula origeniana “theía anágnôsis”. La troviamo per la prima volta presente nella lettera, scritta verso il 238, da Origene (+254) al discepolo Gregorio (detto Taumaturgo: +270): Lettera a Gregorio il Taumaturgo. Il maestro rivolge al discepolo, che sta per andare al ministero di evangelizzatore del Ponto, l’esortazione a dedicarsi allo studio delle Scritture:

“Dédicati alla lectio delle Scritture divine; applicati a questo con perseveranza… Impegnati nella lectio con l’intenzione di credere e di piacere a Dio… Applicandoti così alla lectio divina cerca con lealtà e fiducia incrollabile in Dio il senso delle Scritture divine, che in esse si cela con grande ampiezza” (n. 4).

Certamente in quel momento siamo ancora ben lontani dallo sviluppo sia metodologico che pratico della lectio divina. Ma l’insegnamento di Origene, soprattutto la sua abitudine di leggere, commentare e meditare i testi biblici con i discepoli, sarà un modello che col tempo si svilupperà presso i padri in maniera più organica e approfondita. Il primo padre latino ad usare l’espressione lectio divina pare sia stato Ambrogio di Milano (+397).

Dobbiamo anche riconoscere l’importanza centrale che ha la lettura della Scrittura presso gli asceti e i cenobiti del III-IV secolo: è un esercizio che li impegna con molta serietà, a leggere, meditare, assaporare le Scritture, e anche a mandare a memoria i testi. Il modello biblico di riferimento di questi uomini e donne ardimentosi era il profeta Elia (1Re 17-19.21; 2Re 1-2), uomo della solitudine, della preghiera, del pellegrinaggio, del dialogo mistico con Dio.

Per la tradizione ebraica si ricordi che già la Regola di Qumrân prescriveva che – “in ogni ora del giorno e della notte” – ci fosse un monaco intento a “scrutare” la Bibbia. L’orario notturno era diviso in tre turni di “veglia comunitaria”, dedicati ognuno a “leggere il libro” e a “pregare insieme”. Anche le comunità dei Terapeuti, di cui parla Filone e che vivevano vicino ad Alessandria d’Egitto, abitavano in celle separate, si dedicavano per l’intera giornata allo studio della Bibbia in chiave allegorica e al lavoro manuale.

Un altro grande maestro va citato, Cassiano (+435 ca.): che fa da ponte fra Oriente e Occidente, trasmettendo a questo la sapienza e gli avvertimenti del monachesimo egiziano e dell’oriente mediterraneo. Egli riferisce tra l’altro, questa esortazione dell’abate Nestore:

“Sforzati di applicarti assiduamente, anzi costantemente, alla lectio divina, e insistivi fino a quando questa continua meditatio non abbia impregnato l’anima tua e non l’abbia in certo senso plasmata a sua immagine” (Conferenze, XIV, 10).

È questo autore che meglio di altri illustra le esigenze spirituali di una buona lectio divina. Esse sono: un clima ascetico, la lettura saporosa e assidua, la puritas cordis, l’umiltà, la disponibilità a lasciarsi illuminare e purificare. Infine a poco a poco la prassi delle lettura assidua e della lectio divina entra nelle regole e vengono codificati, anche se discretamente, l’orario, la materia e la forma.

In genere per l’orario è prevista nelle prime ore del mattino, prima di terza o anche dopo. Però ci sono pure delle possibilità per la notte o il tempo della “siesta” (così faceva Ambrogio). Agostino preferiva il pomeriggio, dopo sesta. Per la materia, logicamente si tratta dei libri biblici, ma si trovano raccomandati anche i commentari dei padri e dei dottori, le vite dei martiri. Benedetto impone che il libro ricevuto all’inizio della quaresima sia letto per intero (RB 48).

Infine per la maniera: si tratta di una occupazione seria, impegnativa, assidua, partecipata. Benedetto (RB 48) prevede anche un sorvegliante che tenga il controllo: per questo la lectio divina deve trasformare la vita, diventare cammino di perfezione. Le espressioni di Benedetto meditare aut legere (RB 48) indicano un approfondimento, che altri poi chiameranno ruminatio, oppure in greco meletao (estrarre il miele): come a segnalare l’assiduità e il gusto attento del contenuto. Ben presto si è imposta la lettura anche durante i pasti: non per mortificazione, ma per alimentare l’anima con la Parola anche in questo contesto.

Col tempo, grazie alla spiritualità monastica, la terminologia si arricchisce, e verso la metà del XII secolo appare una classificazione che farà storia fino ad oggi. Dapprima Ugo di S. Vittore (+1141) propone così i vari momenti dell’esperienza: lectio, meditatio, oratio, operatio. Qualche tempo dopo il certosino Guigo II (+1188) nella sua lettera a Gervasio, dal titolo Scala claustralium, ha ridotto il tutto ai quattro gradi: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. Tale classificazione è giunta fino a noi oggi, e ancora permane abbastanza bene accolta.

Ma quel momento della più chiara identificazione dei gradi o tappe della lectio divina, coincide anche con la progressiva sparizione della sua pratica, lasciando il posto preminente all’orazione metodica, o mentale, cioè alla meditazione più propriamente psicologica e introspettiva. Infatti con l’avvento della teologia scolastica l’utilizzo della Parola viene ad essere vincolato ai principi speculativi e filosofici. Saranno le esigenze delle quaestiones disputate che condizioneranno il ricorso e la stessa importanza della Scrittura. Mentre d’altra parte la religiosità popolare si incanala su altri versanti: quello delle devozioni, quello del pathos, quello delle risonanze personali mistiche, quello delle figure di santi che col loro stile di vita affascinante e la loro specializzazione protettrice sostituiscono ogni altro riferimento.

Certamente la transizione si è fatta lentamente, segnali di attenzione alla lectio divina non mancano nei secoli XIII-XV, ma sono sparsi qua e là, o ripetuti senza molta proprietà. Tuttavia diventa sempre più chiaro che la teologia si nutre dei suoi sistemi razionali e speculativi e la spiritualità tende alle devozioni, allo psicologismo e alla cura dell’interiorità, con tutta la sua architettura. Dal 1500 in poi la lectio ha poca storia, se ne perde perfino il nome, oltre che la pratica. Tutto sarà dominato dalla meditazione o orazione mentale, sostenuta dai vari “metodi”, che si ricollegano alle così dette “scuole di spiritualità”.

Ma in questo secolo questo grande fiume antico della lectio divina è riapparso dalle viscere della storia e della fede, dapprima attraverso le ricerche erudite di alcuni pionieri solitari (ad esempio D. Gorce su S. Girolamo e U. Berlière sull’ascesi benedettina), poi trasformandosi in un grande fiume che riversa le sue acque nell’oceano della Chiesa postconciliare1. È infatti intorno agli anni ‘40 e ‘50, a ridosso del Concilio Vaticano II che si risveglia un certo interesse per questa tradizione, e che si trova persino un accenno anche in testi magisteriali come Divino afflante Spiritu (Pio XII, 1943).

3. Dal Concilio Vaticano II: il primato della Parola di Dio

Il Concilio Vaticano II ha rappresentato per la centralità della Parola nella vita della Chiesa una conferma, una fondazione teologica, una nuova partenza. Il principio teologico generale del Concilio è che: “Lo studio delle sacre pagine sia come l’anima della sacra teologia” (DV 24). Ha insistito “che i fedeli abbiano largo accesso alla sacra Scrittura” e che quindi “la Parola di Dio deve essere a disposizione di tutti in ogni tempo”, con traduzioni fatte preferibilmente sui testi originali, anche con la collaborazione dei fratelli separati (DV 22). Perfino si suggerisce di fare “edizioni della sacra Scrittura, fornite di idonee annotazioni, a uso anche dei non cristiani e adatte alle loro condizioni” (DV 25). E tutti sappiamo come si siano moltiplicate le edizioni e le traduzioni, di grande pregio linguistico, filologico e esplicativo.

Sul nostro argomento grande è stato il merito del Concilio: a lui si deve attribuire una nuova “epifania” della Parola nella Chiesa. Non mancano neanche gli inviti alla “lectio” della Parola di Dio. In generale per la vita spirituale è fondamentale il capitolo VI (nn. 21-26) della Dei Verbum, ossia la Costituzione dogmatica sulla divina rivelazione, di cui citiamo un notissimo passaggio.

“La Chiesa ha sempre venerato le divine Scritture come ha fatto con il corpo stesso del Signore, non mancando mai, soprattutto nella sacra liturgia, di nutrirsi del pane di vita dalla mensa sia della Parola di Dio che del Corpo di Cristo, e di porgerlo ai fedeli. Insieme con la sacra Tradizione, la Chiesa le ha sempre considerate e le considera [le divine Scritture] come la regola suprema della propria fede; esse infatti, ispirate da Dio e redatte una volta per sempre, comunicano immutabilmente la Parola di Dio stesso e fanno risuonare, nelle parole dei profeti e degli apostoli, la voce dello Spirito Santo. E’ necessario, dunque, che tutta la predicazione ecclesiastica come la stessa religione cristiana sia nutrita e regolata dalla sacra Scrittura. Nei libri sacri, infatti, il Padre che è nei cieli viene con molta amorevolezza incontro ai suoi figli ed entra in conversazione con loro; nella Parola di Dio poi è insita tanta efficacia e potenza, da essere sostegno e vigore della Chiesa, e per i figli della Chiesa saldezza della fede, cibo dell’anima, sorgente pura e perenne della vita spirituale” (Dei Verbum, 21).

Il numero 25 della Dei Verbum chiede a tutti i credenti, specie ai preti e ai catechisti, la “pia lectio”, la “assidua sacra lectio”, accompagnandola con la “oratio” e la”praedicatio”. Il termine tecnico “lectio divina” si trova una volta sola nel testo sui preti (Presbyterorum Ordinis), n. 18: “Alla luce della fede, alimentata dalla lettura divina” (sub lumine fidei lectione divina enutritae); mentre al seguente n. 19 si parla di scienza del ministro attinta “dalla lettura e dalla meditazione della sacra Scrittura”.

A oltre quarant’anni dalla conclusione dell’assise conciliare è molto facile constatare sia la diffusione massiccia di questo vocabolario, che lo sfrangiarsi delle esperienze già in molteplici filoni ricchi di valenze vitali e di impatto pastorale. Nei testi magisteriali di papa Giovanni Paolo II, specie negli ultimi quindici anni sono stati frequenti gli accenni alla lectio divina. La insistenza del magistero pontificio sulla lectio divina è un filone interessante, ma in realtà non molto creativo finora.

Possiamo partire dalla affermazione di Pastores dabo vobis (1992): “Elemento essenziale della formazione spirituale è la lettura meditata e orante della Parola di Dio (lectio divina), è l’ascolto umile e pieno d’amore di Colui che parla” (n. 47). Possiamo proseguire con il testo del Catechismo della Chiesa Cattolica (1992): “La lectio divina, nella quale la Parola di Dio è letta e meditata per trasformarsi in preghiera, è radicata nella celebrazione liturgica” (n. 1177). E puntualizzare infine con il testo della Pontificia Commissione Biblica: L’interpretazione della Bibbia nella Chiesa (1993): “La lectio divina è una lettura, individuale o comunitaria, di un passo più o meno lungo della Scrittura accolta come Parola di Dio e che si sviluppa sotto lo stimolo dello Spirito in meditazione, preghiera e contemplazione” (IV.C.2).

Un esteso riferimento ritroviamo più avanti nell’esortazione apostolica Vita consacrata (1996):

“È per questo che la lectio divina… ha ricevuto la più alta considerazione. Grazie ad essa, la Parola di Dio viene trasferita nella vita, sulla quale proietta la luce della sapienza che è dono dello Spirito… Di grande valore è la meditazione comunitaria della Bibbia. Realizzata secondo le possibilità e le circostanze della vita di comunità, essa porta alla gioiosa condivisione delle ricchezze attinte alla Parola di Dio, grazie alle quali fratelli e sorelle crescono insieme e si aiutano a progredire nella vita spirituale… Dalla meditazione della Parola di Dio, e in particolare dei misteri di Cristo, nascono, come insegna la tradizione spirituale, l’intensità della contemplazione e l’ardore dell’azione apostolica”(n. 94).

Breve ma incisiva la proposta di Novo Millennio Ineunte (2001):

“Non c’è dubbio che questo primato della santità e della preghiera non è concepibile che a partire da un rinnovato ascolto della parola di Dio… In particolare è necessario che l’ascolto della Parola diventi un incontro vitale, nell’antica e sempre valida tradizione della lectio divina, che fa cogliere nel testo biblico la parola viva che interpella, orienta, plasma l’esistenza… Nutrirci della Parola, per essere ‘servi della Parola’ nell’impegno di evangelizzazione: questa è sicuramente una priorità per la Chiesa all’inizio del nuovo millennio” (NMI 39-40).

Un certa originalità ha il riferimento nell’esortazione postsinodale Ecclesia in Oceania (2001):

“La familiarità con le Scritture è richiesta a tutti i fedeli, ma particolarmente ai seminaristi, ai sacerdoti e ai religiosi. Occorre incoraggiarli ad impegnarsi nella lectio divina, quella meditazione calma ed orante della Scrittura che permette alla parola di Dio di parlare al cuore umano. Tale forma di preghiera, privata o in gruppo, approfondirà il loro amore per la Bibbia e la renderà parte essenziale ed elemento vivificante della loro vita quotidiana” (n 38).

Infine una breve citazione dall’esortazione postsinodale Pastores Gregis (2003):

“Si tratta, anzitutto, della frequente lettura personale e dello studio attento e assiduo della Sacra Scrittura. Un Vescovo sarebbe vano predicatore della Parola all’esterno, se prima non l’ascoltasse dall’interno. Senza il contatto frequente con la Sacra Scrittura, un Vescovo sarebbe pure ministro poco credibile della speranza… Il Sinodo ha richiamato l’importanza della lectio e della meditatio della Parola di Dio nella vita dei Pastori e nel loro stesso ministero a servizio della comunità. Negli spazi della meditazione e della lectio, il cuore che ha già accolto la Parola si apre alla contemplazione dell’agire di Dio e, di conseguenza, alla conversione a Lui dei pensieri e della vita, accompagnata dalla richiesta supplice del suo perdono e della sua grazia” (n. 15).

A molti è nota la molteplice attività del card. C.M. Martini in questo settore: nella sua diocesi ha fondato e diretto per anni la “Scuola della Parola”. Anzi possiamo dire che la caratteristica preminente dei suoi piani pastorali e della sua stessa attività di conferenziere sta proprio nell’ispirazione biblica che modula le sue valutazioni e orienta le sue proposte prassiologiche e spirituali2.

Benedetto XVI da quando ha iniziato il suo pontificato ha già accennato varie volte a questa esperienza pastorale, considerandola come uno dei frutti più significativi della messa in pratica della Dei Verbum: “Tra i molteplici frutti di questa primavera biblica mi piace menzionare la diffusione dell’antica pratica della lectio divina, o “lettura spirituale” della Sacra Scrittura. Essa consiste nel rimanere a lungo sopra un testo biblico, leggendolo e rileggendolo, quasi “ruminandolo” come dicono i Padri, e spremendone, per così dire, tutto il “succo”, perché nutra la meditazione e la contemplazione e giunga ad irrigare come linfa la vita concreta. Condizione della lectio divina è che la mente ed il cuore siano illuminati dallo Spirito Santo, cioè dallo stesso Ispiratore delle Scritture, e si pongano perciò in atteggiamento di ‘religioso ascolto’” (Angelus, 6 nov. 2005).

I luoghi nevralgici della esperienza pratica sistematica della lectio divina restano, come in passato, le grandi abbazie, i centri conventuali, e oggi anche le case di spiritualità. Ma anche i piani pastorali diocesani o nazionali, le priorità di molti istituti religiosi, si orientano ormai su questa esperienza pastorale e spirituale.

In America latina il recupero della “lectio divina” è diventato un fenomeno di vaste proporzioni popolari, grazie all’attività instancabile del biblista C. Mesters, al quale si deve sia una specifica “inculturazione” del metodo classico e dei suoi contenuti, sia una originale capacità pedagogica nell’ articolare l’approccio alla sacra Scrittura, con la chiave della vita del popolo, le sue aspirazioni e la sua sapienza3. È conosciuto il progetto Tua palavra é vida, ora giunto a completamento, e tradotto in spagnolo e italiano.

Si deve chiaramente riconoscere, in ogni caso, che non si tratta di una pura riesumazione di una pratica spirituale antica, ma di una riassunzione in parte tradizionale, in parte innovativa. Lo stesso Benedetto XVI, parlando ai biblisti per i 40 anni dalla Dei Verbum (16 sett. 2005) aveva apertamente accennato alla possibilità di fare uso anche di “nuovi metodi” per far gustare la Parola di Dio4.

Ora nuovo impulso alla lectio divina verrà certamente dal Sinodo 2008, che ha per tema: “La Parola di Dio nella vita e nella missione della Chiesa”. I Lineamenta già dedicano a questa esperienza un buona parte del paragrafo 25, ma l’allusione è diffusa in tutto il testo, e certamente avremo nel Sinodo la presentazione di molte di queste esperienze.

4. Natura della lectio divina

Uno dei più gravi ammonimenti che risuona presso i Padri è quello di non profanare la Scrittura facendo di essa un oggetto di speculazione o di conoscenza puramente intellettuale o di banale curiosità. Il credente sa che quando prende in mano la Scrittura può comprendere ciò che legge solo per grazia di Dio. Chi vuole accostare la Bibbia a motivo della lectio divina, ovviamente, bandisce la curiosità, ma non rinuncia anzi presuppone lo studio esegetico e teologico.

La lectio divina infatti è un modo di leggere la Bibbia che è complementare allo studio, ma si basa su ragioni di fede ed esprime la ricerca appassionata del volto di Cristo. “Le parole scritte nella Bibbia, diceva Origene, non sono altro che le parole stesse che lo sposo Gesù scambia con la sposa che è la Chiesa”. Quindi non ci si può accontentare di leggere la Bibbia solo nel momento propriamente detto della lectio divina, ma bisogna familiarizzare con la Bibbia.

La lectio divina non è una lettura qualsiasi della Bibbia, ma è una lettura che deve portare alla preghiera e alla contemplazione. E’ la ricerca sapienziale della verità. Per diventare consanguinei, quasi per partecipazione d’amore. Gregorio Magno, uno dei grandi maestri della lectio divina, diceva: “La Scrittura cresce con colui che legge” (Scriptura cum legente crescit).

Un testo rabbinico usava questa bella immagine:

“La Torah rassomiglia a una bella ragazza nascosta in una stanza del suo palazzo. Per amore di lei, l’innamorato osserva tutta la casa, guardando in tutte le direzioni, in cerca di lei. Lei sa tutto questo e apre un po’ la porta e lui solo la vede. Così è la parola della Torah: che rivela se stessa agli innamorati che la cercano. Quindi la chiave di interpretazione e di incontro è l’amore”.

C’è una progressiva conoscenza che raggiunge poi l’intuizione spirituale. Solo quando siamo diventati familiari reciprocamente possiamo parlarci faccia a faccia e svelarci i reciproci segreti e misteri nascosti. Per questo la Chiesa ha potuto proclamare come “dogmi” delle verità solo “implicitamente” riscontrabili nel testo biblico: perché, guidata dalla fede, poteva leggere molto di più di quello che di fatto appariva. Vale la pena soffermarci un momento su questa prospettiva “teologica” con cui accostare le Scritture.

5. Per accedere al “mistero”

Come ci attesta la Scrittura, la sapienza divina è misteriosa (cf. 1Cor 2, 7) e “Dio abita una luce inaccessibile” (1Tim, 6,16; 1Gv 4,12.20): solo il Figlio lo conosce e lo vede (Gv 6,46). È lui il “testimone verace” del Padre e il mediatore per poter avere accesso al Padre e per farsi “attirare” dal Padre (Gv 6, 43). Dopo che Cristo è salito ai cieli, noi abbiamo accesso al Padre attraverso Lui grazie all’azione dello Spirito: lo Spirito è inviato da presso il Padre e ci richiama e rende vivi i fatti e i detti della vita e la rivelazione offerta da Gesù Cristo (cf. Gv 16,13).

Questo è il mistero divino che ci anima, e che riempie la nostra esistenza. Ma è un mistero che non ci viene consegnato in un libro composto da fantasiosi scrittori. Il mistero ci viene consegnato in un libro che raccoglie un’esperienza: esso è descrizione parziale, frammentaria, lacunosa di un’esperienza intensa e inesprimibile, anzitutto vissuta, e poi solo in parte raccontata e scritta. Ed è trasmessa non solo perché sia conosciuta, ma perché diventi nuova esperienza e nuova comunione (cf. 1Gv 1,1-3)

Vale la pena considerare alcune esigenze teologiche sulla natura stessa della Parola di Dio, quando l’approccio della lectio divina intende essere un cercare Dio con tutto il cuore e con tutta la mente. Si tratta di principi teologici che vanno tenuti presenti, come contesto di un’autentica esperienza di Dio attraverso la lettura delle divine Scritture.

1. Il libro sacro è momento della Parola di Dio. Il nostro Dio è una persona, è il Dio vivente: parla, ascolta, comunica. Quindi parola di Dio (dabar Jahwé) è molto più che una parola. È tutto ciò che Dio rivela: i suoi progetti – le sue azioni – il suo amore. È opere, legge, oracolo: tutto insieme. È l’essere stesso di Dio nella sua attività. Ancor più chiaramente è Dio stesso in quanto agisce e si rivolge ad extra. Per cui creazione, storia, emozione interiore, tragedie del popolo: tutto è Parola di Dio. La Parola suprema ed estrema è Cristo Gesù: Dio detto e comunicato nella storia, nella forma impensabile di un essere umano. La Bibbia non è la parola di Dio cosificata, ma la contiene, la trasmette, ne è gravida. Dietro e dentro le parole della Scrittura sta infatti il mistero di un Dio comunicativo: “Tutta la divina Scrittura costituisce un unico libro e quest’unico libro è Cristo, perchè tutta la Scrittura parla del Cristo e trova in Cristo il suo compimento” (Ugo di San Vittore).

2. La storia della Parola ci giunge intimamente connessa con la risposta. Perchè la risposta è esigita dalla stessa Parola. Dio manifestandosi produce, fa, realizza, mette in atto. Il libro rappresenta il momento della trascrizione “permanente” di un incontro, di un “evangelium scriptum in cordibus fidelium“.

Le Scritture formano la struttura più intima del popolo di Dio e della chiesa vivente: non sono un prodotto a priori, cui si aggancia il popolo in un secondo momento, come da fuori. Ma sono espressione del popolo generato attorno alla Parola, convocato dalla Parola, proclamatore, nel cuore e per iscritto, delle grandi gesta di Dio.

Non si può separare la Bibbia dal cammino della storia (e di un popolo) sotto la guida della Parola. I libri sacri sono pertanto condensazione del filone sotterraneo dell’ethos del popolo, sono esplicitazione e tematizzazione della sua coscienza religiosa. Solo dentro la comunità che spera ed attende, che ricorda e vive i testi sono eloquenti e ritorneranno eloquenti. Questo ci mostrano per esempio le grandi assemblee: Sichem: Gs 24; Dt 27; Giosia: 2Cron 34; Esdra: Esd 8. Sia la tradizione giudaica che quella cristiana hanno in comune la percezione della relatività della scrittura riguardo alla parola: per cui nella tradizione giudaica si sviluppa il tema delle due tôrâ: quella scritta, la tôrâ bîketab e quella orale tôrâ shebbe‘al peh; mentre in ambito cristiano quest’ultima viene chiamata tradizione.

3. La Chiesa nel deserto nasce dalla Parola: c’è un legame stretto tra Popolo e Parola, fin dal suo nascere. La Parola di Dio nel caos preesistente ha creato la terra e l’universo, con la sua parola, nel caos egiziano ha chiamato con la sua parola alla libertà la moltitudine dispersa e l’ha riunita in un solo popolo, come “proprietà prediletta”. E’ sulla Parola di Dio che Mosé corre il rischio e l’avventura dell’Esodo.

La “convocazione nel deserto” (At 7,38) – al momento dell’alleanza – avviene sulla base delle Parole: “Radunami un popolo e io farò udire le mie parole” (Dt 4,10). E dopo che Mosé ha letto, il popolo accetta l’alleanza “conclusa dal Signore sulla base di tutte queste parole” (Es 24,7-8). Questa alleanza costitutiva dell’identità e della storia era ricordata ogni giorno: nello shema: “Ascolta Israele…” (Dt 6,4), nell’incontro sinagogale ogni settimana, nelle grandi feste pasquali di ogni anno (cf. Dt 26: piccolo “credo storico”). Nei momenti di crisi si convoca il popolo attorno alla Parola (cf. le assemblee e gli ordinamenti dei libri) e si implora misericordia e salvezza secondo le promesse.

Israele era convinto che la Parola trasmessa, più che un rotolo, era l’espressione e l’esperienza di una presenza sempre nuova; e quindi il libro era qualcosa di sempre incompiuto, perchè la presenza non era mai ripetitiva, ma sempre nuova. Da qui deriva la grande libertà di aggiungere, correggere, adattare, sotto l’emozione nuova, o la nuova coscienza collettiva. Si pensi anche solo alla grande rilettura che si chiama deuteronomistica. Ma esempio classico possono essere sia i Salmi, che rappresentano la storia pregata; sia i profeti che ripetono la storia e la mettono di nuovo in moto; sia il culto, specie le grandi feste, che hanno un ruolo profetico, simbolico, reale e non solo rituale.

4. Verità da cercare. Se nella Bibbia noi a volte non troviamo la verità che cerchiamo o forse il contrario, e ciò ci sconcerta, forse è perchè le chiediamo una verità che fa comodo a noi e non prestiamo attenzione alla verità che essa ci offre. La verità biblica va scoperta: non è una fotografia istantanea, ma è il tentativo di fissare l’inesprimibile; magari riprendendolo da sempre nuove angolature, con rettifiche, integrazioni. Perchè è una verità che progredisce: Dio si svela e si incide nella memoria dinamica del popolo. Perciò la Bibbia non è che l’ultimo tempo di una lunga e complessa attività dello Spirito santo che consegna – attraverso l’opera di scrittori carismatici, radicati nella memoria del popolo – tutta la vicenda in Parola scritta: perché nel tempo non si dimentichino le “meraviglie” operate da Dio per la sua bontà.

È pertanto un libro del popolo, il suo archivio più prezioso e aperto, nel quale Dio continua ad agire istruendo i suoi figli. E’ il libro del popolo eletto che proclama per la sua vita una parola e una memoria di liberazione sempre in atto. Va accostato perciò con l’animo del discepolato e con la fede in Dio presente.

6. Atteggiamenti spirituali

Chiaramente ci sono delle disposizioni spirituali necessarie perché la lectio divina, sia davvero un’esperienza di amore effettivo e costante della Parola, alimenti la vita interiore e getti luce sulla vita, in modo da guidarne le scelte e sostenere la fedeltà generosa e creativa. Si tratta di coltivare alcuni atteggiamenti spirituali, che sono condizioni indispensabili per un buon esito della lectio divina.

Ascolto silenzioso: creare un clima di silenzio, esterno e interno. Bisogna arrivare alla pacificazione interiore, ad una concentrazione serena, ad un silenzio vivente.

Atteggiamento di fede: credere che il testo sacro è ispirato, che in certo senso è una realtà vivente, e che la Bibbia è il Libro per eccellenza, non un libro fra i libri.

La comunione con la Chiesa: la Scrittura è data attraverso la comunità, è un tesoro vivo che ci viene messo nelle mani da una comunità vivente. La Scrittura si legge nella Chiesa e risuona come parola vivente in comunione ecclesiale.

Un cuore largo e buono: Dio chiama al dialogo appartato, per parlare al nostro cuore. Il cuore è l’organo principale della lectio divina, perchè è lì la irripetibilità personale. Prima della lectio bisogna chiedere al Signore un cuore largo, un cuore che ascolta, aperto e docile, obbediente e leale.

Ascolto impegnato: la Parola deve diventare vita. Per questo bisogna essere disposti a lasciarsi giudicare dalla Parola e a conformare la vita alle esigenze mostrate dalla Parola.

Invocare lo Spirito santo: se manca il dono dello Spirito il libro resta chiuso davanti a noi. Dettato dallo Spirito Santo, solo lo Spirito renderà di nuovo comprensibile il libro, e viva l’emozione personale o collettiva che l’ha alimentato (DV 12).

Scrive Lineamenta: La Parola di Dio deve essere la prima fonte che ispira le vita spirituale nelle varie pratiche, come esercizi spirituali, ritiri, devozioni ed esperienze religiose” (Lineamenta n. 25). Avrei qualche riserva su questa frase, perché potrebbe insinuare – e molti lo pensano, anche sul piano pastorale – che si tratta di un pium exercitium. Io sono del parere che si deve evitare di usare la categoria di “pia exercitia” (cf. SC 13), per parlare della lectio divina. Da quello che abbiamo detto sulla teologia della Parola, si vede bene che si tratta di qualcosa del tutto particolare: in cui prima del nostro protagonismo, è il protagonismo di Dio che agisce e realizza. La lettura orante della Parola diviene col tempo ben altro rispetto ai pia exercitia, perché suscita una sete di dialogo con Dio, illumina i criteri di discernimento e stimola ad una conversione esistenziale non puramente moralistica. Ma allo stesso tempo è un percorso esigente, che chiede costanza e perseveranza, un amore appassionato per la Parola come sorgente pura e perenne di santità e di dialogo orante.

Per farla con il popolo bisogna sforzarsi sempre di entrare come “popolo” nel segreto della Parola: a piedi scalzi davanti a questo roveto ardente, col volto chino presso il debir dove dimora la gloria. Non si tratta di insegnare qualche cosa al popolo dei credenti: ma di vivere insieme un’avventura rischiosa e trasfiguratrice, trasformatrice e adorante, lasciandosi “educare” da Dio (cf. Os 11,1-4).

Non è facile per chi è “esperto” della Parola, mettersi in sintonia con la fede incerta e a volte confusa del popolo: corre il rischio allora di imporre la propria teoria, la propria spiegazione, la propria applicazione. Solo ascoltando con cuore amante la Parola, per poterla davvero poi condividere e riascoltare con cuore stupito e sguardo contemplativo assieme al popolo, la lettura orante diviene davvero ascolto orante, dialogo orante, contemplazione e profezia che squarcia i veli di una storia opaca, e illumina di immensità le nostre esistenze precarie.

7. Una riserva sulle quattro fasi classiche

La famosa lettera di Guigo II all’amico monaco Gervasio, intitolata Lettera sulla vita contemplativa o Scala claustralium, è diventata la sistemazione classica dell’esperienza, fino ad oggi ancora esemplare e orientativa. Nell’illustrare le varie fasi della lectio divina, Guigo prendeva lo spunto dall’invito del Signore: “Chiedete e vi sarà dato, cercate e troverete, bussate e vi sarà aperto” (Mt 7,7). E così applicava:

“La lettura indaga e la meditazione trova, l’orazione chiede e la contemplazione assapora. La lettura è un accurato esame delle Scritture che muove da un impegno dello Spirito. La meditazione è un’opera della mente che si applica a scavare nella verità più nascosta sotto la guida della propria ragione. L’orazione è un impegno amante del cuore in Dio allo scopo di estirpare il male e conseguire il bene. La contemplazione è come un innalzamento al di sopra di sé da parte dell’anima sospesa in Dio, che gusta le gioie della dolcezza terrena…

La lettura si può dire che porti alla bocca il cibo solido, la meditazione lo mastica e lo macina, l’orazione ne sente il sapore, la contemplazione è la dolcezza stessa che dona gioia e ricrea le forze. La lettura rimane nella scorza, la meditazione penetra il midollo, l’orazione si spinge alla richiesta suscitata dal desiderio, la contemplazione riposa nel godimento della dolcezza raggiunta”5.

Come si vede questa lettura orante della Parola, viene proposta in quattro fasi o stadi: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. La gradualità di questi passaggi costituisce un complesso unitario di atti che intende mantenersi nella sua integrità pur conservando la diversità di accenti. Non sono come delle fasi cronologiche successive, separabili, esse si intrecciano e si mescolano.

È significativo quanto dice ancora lo stesso Guigo II:

“La lettura senza la meditazione è arida, la meditazione senza la lettura è soggetta a errore, la preghiera senza la meditazione è tiepida, la meditazione senza la preghiera è infruttuosa. La orazione fatta con fervore porta all’acquisto della contemplazione, mentre il dono della contemplazione senza l’ orazione è raro e miracoloso“.

Molti di coloro che si propongono di accostare la Parola di Dio, per bere a questa “sorgente pura e perenne di vita spirituale” (DV 21), seguono le classiche fasi del maestro certosino. Anzi le assumono per schema assoluto, da seguire quasi letteralmente. Quello che la sapienza spirituale di Guigo II aveva proposto come orientamento aperto, viene così trasformato in schema quasi rigido e obbligatorio. Col rischio di allontanare, più che avvicinare alla lectio divina.

Nella mia esperienza io ho constatato che bisogna rielaborare queste quattro grandi categorie in modo meno rigido. Se poi si tratta di fare esperienza di lectio divina bisogna tener presente che si deve lavorare di creatività e di attenzione. Intanto il popolo non ha tutta la nostra cultura biblica e teologica col popolo Nella pratica spesso – come il grande maestro C.M. Martini ha in vari modi richiamato – appaiono anche altre esigenze. Come per esempio non esagerare l’apporto dell’esegesi, guidare verso il passaggio al discernimento pratico, la condivisione della sapienza ricevuta aprendo l’esperienza al dialogo, mostrare come riuscire a fare della Parola anche la base della nostra risposta orante, ecc.

8. Una esigenza poco calcolata

Oggi in particolare si insiste non solo sulla ispirazione dello scrittore biblico, ma anche sulla ispirazione del lettore credente. Questo cambia molto le forme e le prospettive della lettura, e anche della lectio divina. E il lettore oggi è antropologicamente diverso da quello del passato

Divina eloquia cum legente crescunt6: questa espressione di Gregorio Magno è citata spesso per affermare una interpretazione che si apre a infinite possibilità, secondo la sensibilità spirituale e culturale del lettore. Penso che non si debba applicare solo alle “settanta scintille” (secondo il commento rabbinico) che possono sprizzare dalla roccia della Parola di Dio che viene martellata (cf. Ger 23,29), ma anche alle mutazioni antropologiche e culturali.

Infatti mentre per le generazioni antiche la “lettura” del testo biblico avveniva raramente per conto individuale, ma piuttosto in gruppo, e quindi aveva grande rilievo la capacità uditiva e di memorizzazione; a partire dalla diffusione della stampa e quindi dal possesso personale di molti testi da leggere e consultare agevolmente, gli atti del leggere e studiare, ruminare e assimilare sono diventati altra esperienza antropologica7.

La nostra fase storica e culturale infine sta ulteriormente transitando verso altri paradigmi dello stesso leggere e meditare, assimilare e gustare. Leggiamo moltissimi libri, ma raramente li assaporiamo e li mastichiamo lentamente: si tratta di una appropriazione trasversale, di una lettura che si lascia colpire da qualche cosa che risalta nel testo. Soprattutto le più giovani generazioni non conoscono la riflessione sapienziale che pratica quanto diceva il veggente: mangiare il testo sacro, gustarlo nella sua dolcezza e nella sua amarezza (cf. Ez 2,8; 8,1-3; Ap 10,8-11).

L’atto del leggere oggi non solo è in totale libertà di stile e di metodo, ma spesso anche in piena follia. E l’atto dell’ascoltare con empatia e coinvolgimento emotivo e immaginativo, è fuori moda: la nostra è una società parolaia proprio perché tutti parlano e sbraitano, ma nessuno ascolta. C’è un disagio generale, culturale ma anche di spiritualità. La stessa gerarchia ecclesiastica sembra presa dalla mania del dire e dichiarare, all’infinito e con ossessione compulsiva: con un effetto sulla recezione inversamente proporzionale alla declamazione invasiva.

Come non vedere che da questa situazione di consumo rapido e senza assimilazione di testi e dichiarazioni, notizie ed emozioni, deriva un influsso palese e preoccupante anche per tutto ciò che riguarda la lettura e l’ascolto della Parola di Dio attraverso le Scritture sacre? L’uditore/lettore di oggi ha sovrabbondanza di testi da leggere e quanto a metodi ne incontra a dozzine, e tutti interessanti e robusti. Ma non riesce ad orientarsi nella confusione, non è portato verso un arricchimento che metta in gioco la diversità degli approcci. E’ troppo faticoso per il lettore medio di oggi: che in fondo cerca la semplificazione per una immediata fruizione, per una appropriazione esistenziale che forse solletichi l’emozione e la traduzione moralistica spicciola.

In nome di un’ aderenza alla prassi e alla vita reale, con la pretesa di trovare luce per capire la vita e per orientarla, spesso negli incontri di lectio divina si pongono immediatamente davanti al testo biblico l’inquietudine e l’incertezza della prassi, perché la Parola le illumini e le sciolga dalla loro ambiguità e complessità. Con l’evidente rischio di strumentalizzare la Parola alla “produzione” di senso e di guarigione. Mentre invece la sua prima funzione è quella di restare parolamistero, sfida alle preoccupazioni di trovare una “risposta” da gestire, richiamo ad un “oltre”, ad un altro orizzonte, dove abita l’Altro, il totalmente Altro, cioè il Vivente che passa, mette la tenda ma anche è un Dio misterioso e nascosto (cf. Is 45,15).

Conclusione

Non c’è lectio senza cultura: non si deve pensare che la “verità” cada dal cielo in maniera miracolosa. Essa si svela anche attraverso la conoscenza del contesto umano in cui la Parola di verità ha preso forma e linguaggio. Da qui l’importanza dell’ esegesi scientifica, delle riflessioni degli esperti, della tradizione interpretativa dei santi e degli artisti, del confronto serio con la nostra realtà. Sono tutti elementi importanti, che ognuno deve usare secondo le proprie doti e la propria preparazione8.

Noi non possiamo dare alla Parola una forza nuova, una efficacia con le nostre riflessioni e le nostre attualizzazioni. La Parola in se stessa possiede già una dynamis di rivelazione, di giudizio, di trasfigurazione, di fermento e di liberazione: quello che dobbiamo fare è esporci a questa dinamis, come ci si espone al fuoco o al sole per riscaldarci. È questo il senso della hypakoè dei padri e dei monaci: un ob-audire con cuore umile e piegato (cf. Is 66,2).

E non si tratta di una esposizione solo individuale, o selettiva a seconda delle visioni ideologiche che ci più piacciono. Ma di una esperienza comunitaria e totalizzante: perché è proprio la comunità credente il contesto ermeneutico più adeguato per svelare i percorsi epifanici della Parola e per darle l’opportunità di far germogliare nuove stagioni fra i credenti. La comunità in ascolto non è una circostanza secondaria. È il contesto privilegiato – come diceva del resto san Gregorio Magno – per ridare alla Parola il significato pieno e vitale: è nella comunità che l’appello esistenziale echeggia con più forza.

Per questo la tradizione interpretativa del certosino Guigo II con la sua opera Scala claustralium, sui quattro gradi o momenti della lectio divinalectio, meditatio, oratio, contemplatio – quando la si è assunta come schematismo rigido, da gestire individualmente, è diventata una protesi artificiale dall’esito insicuro. Egli aveva in mente soprattutto la vita solitaria del monaco: e non si preoccupava affatto di una “comunità interpretante”, perché al suo tempo la coscienza ecclesiale era sentita in modo molto diverso dalla nostra chiesa comunione. Tutto passava attraverso l’enfasi sull’individuo: il secolo di Guigo II (verso il 1150) è caratterizzato appunto dalla “riscoperta dell’individuo”.

“La lectio divina non è affatto una pratica da riservare a qualche fedele molto impegnato o a un gruppo di specialisti della preghiera. Essa è una realtà senza la quale noi non saremmo cristiani autentici in un mondo secolarizzato. Questo mondo richiede personalità contemplative, attente, critiche, coraggiose. Esso richiederà di volta in volta scelte nuove e inedite. Richiederà attenzioni e sottolineature che non vengono dalla pura abitudine né dall’opinione comune, bensì dall’ascolto della parola del Signore e dalla percezione dell’azione misteriosa dello Spirito Santo nei cuori” (C.M. Martini).

Da tutto questo ampio discorso se ne può dedurre che si intrecciano nel tema della lectio divina molte esigenze fondamentali di una sana e seria spiritualità cristiana oggi. E i sentieri che l’esegesi sempre di nuovo apre, trovano riflesso e incidenza anche nel metodo e nello stile della lectio divina: siano essi tecnici (come la interpretazione retorica e quella narrativa), o esistenziali e di tipo antropologico culturale (come la lettura popolare, femminista, della psicologia del profondo, simbolica, ecc.). Tutto ciò che è umano deve entrare nelle preoccupazioni e nella sapienza orientatrice del vivere cristiano (GS 1).

**************

1. Testi guida di carattere generale: SECONDIN B., Lectio divina: natura e prassi. La parola di Dio fonte privilegiata di esperienza spirituale, in Esperienza e Spiritualità, miscellanea in onore di C.A. Bernard, a cura di H. Alphonso, Pomel Editrice, Roma 1995, pp. 63-91; i primi capitoli di introduzione al libro SECONDIN B., Lettura orante della Parola. ‘Lectio divina’ sui Vangeli di Marco e Luca, Messaggero, Padova 2003, pp. 13-47; SECONDIN B. – ZECCA T. – CALATI B. (Edd.), Parola di Dio e Spiritualità, Las, Roma 1984; MASINI M., La “lectio divina”. Teologia, spiritualità, metodo, San Paolo, Cinisello B. 1996: testo fondamentale; BIANCHI E., Pregare la Parola. Introduzione alla “lectio divina”, Gribaudi, Torino 1996 (trad. in varie lingue); GUIGO II Certosino, Tornerò al mio cuore, a cura di ARBORIO MELLA E., Qiqajon, Bose 1987; VERLINDE J.M., Initiation à la “lectio divina, Parole et Silence, Paris 2002 (trad. it. LDC); AA.VV., Ascolto della Parola e preghiera. La “lectio divina”, Libreria Ed. Vaticana, Città del Vaticano 1987; ZEVINI G., La “lectio divina” nella comunità cristiana. Spiritualità, metodo, prassi, Queriniana, Brescia 1999 (trad. spagn.); AA.VV., Ripartire da Cristo, Parola di Dio. Lectio divina e vita salesiana oggi, Atti del V Convegno Mondiale ABS, Kràkov 2005, Las, Roma 2005.

2 . Le Edizioni Dehoniane (Bologna) hanno pubblicato di anno in anno – durante i 22 anni di episcopato milanese del card. C.M. Martini – i principali discorsi e testi di Martini: sono una fonte interessante proprio per il metodo di approccio ai grandi problemi a partire da testi biblici. Corsi di esercizi e altri testi occasionali sono egualmente numerosi, ma in genere non scritti, ma parlati.

3 . C. MESTERS, Far ardere il cuore. Introduzione alla lettura orante della Parola, Messaggero, Padova 2003.

4 . Una informazione essenziale, ma sufficiente su queste notizie, si può trovare nel sito http://www.lectiodivina.it nella sezione “Eventi”.

5 . Il testo completo si trova in molti testi: per es. in: Tornerò al mio cuore, Qiqajon, Bose 1987, pp. 27-41.

6 . L’espressione originale: “Scriptura sacra aliquomodo cum legentibus crescit”, è di Taione di Saragozza, Sententiarum libri, III, 40: PL 80,896. Il testo in GREGORIO MAGNO, Homiliae in Ezech., I,7: CCL, 142, 87.

7 . Un libretto interessante sull’arte antica del leggere: L’atto del leggere. Il mondo dei libri e l’esperienza della lettura nelle parole dei padri della chiesa, Qiqajon, Bose 2004. Per una riflessione attuale: H. BLOOM, Come si legge un libro (e perché), Rizzoli, Milano 2000.

8 . Per un metodo sulla lectio personale e in gruppo: cf. Lettura orante della Parola. Lectio divina sui Vangeli di Marco e Luca, Messaggero, Padova 2003, pp. 43-47. Delle impostazioni complementari si trovano nel libro di C. MESTERS, Far ardere il cuore. Introduzione alla lettura orante della Parola, Messaggero, Padova 2003; mentre una applicazione originale al metodo della “preghiera del silenzio” si trova nel libro CHALMERS J., Il suono del silenzio. Ascoltare la Parola con il profeta Elia, Messaggero, Padova 2005.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: