De la mano de la Palabra, JRC ofm

fray José Rodriguez Carballo OFM

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm

MENDICANTES DE SENTIDO,

DE LA MANO DE LA PALABRA

Carta del Ministro General

de los Hermanos Menores

Pentecostés 2008

Roma 2008

1. Queridos hermanos y hermanas: Salud en Aquel que nos redimió y lavó en su preciosísima sangre.

Como es habitual, también este año, con motivo de las fiestas pascuales me acerco a todos vosotros para saludaros y desearos que la luz del Resucitado ilumine vuestro camino, en cualquier parte del mundo donde os encontréis y en cualquier situación por la que estéis atravesando. Pido al Señor de la Vida que ilumine también el camino de la Fraternidad universal que se prepara a vivir, como momento de gracia, los 800 años de su fundación.

Al mismo tiempo, como en años anteriores, deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre un tema que considero importante para nuestra vida y misión. En esta ocasión deseo haceros partícipes de algunas reflexiones sobre la Palabra de Dios en nuestra vida, y, más concretamente, sobre la lectura orante de la Palabra. El nuestro es el tiempo de las palabras, ¡ojalá lo fuera también de la Palabra! Nos regalaría su consejo y su luz, su consuelo y su esperanza, que tanto necesitamos.

2. Dos importantes acontecimientos eclesiales me llevan a elegir este tema: la apertura del Año paulino, querido por el Papa Benedicto XVI para conmemorar el bimilenario del nacimiento de San Pablo, que iniciará el 28 de junio del 2008, y la XIIª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá como tema: La palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia. Este Sínodo, en el que tendré la dicha de participar, se celebrará en el Vaticano del 5 al 26 de octubre del 2008. Ambos acontecimientos hacen que este año haya sido bautizado por muchos, y con razón, como el año de la Palabra.

Cuantos hemos abrazado la forma de vida que el Altísimo reveló a Francisco hace ahora 800 años, y cuyo núcleo central es el Evangelio, no podemos menos de reflexionar sobre la importancia de la Palabra de Dios en nuestras vidas, así como sobre lo que nos pide el año de la Palabra en el camino que estamos recorriendo como Fraternidad universal, dentro del proyecto la gracia de los orígenes.

3. La vida franciscana, como la vida consagrada en general, tiene que ponerse a la escucha de la Palabra. En nuestro mundo hay demasiadas palabras y poco silencio para que pueda oírse con nitidez la Palabra. Este año de la Palabra será un año de gracia si, desde ahora, el corazón de los hijos de la Iglesia, y, con ella y en ella, el corazón de los hijos e hijas de Francisco se vuelven a la Palabra del Señor para acogerla y obedecerla, para amarla, venerarla y vivirla, para buscarla, guardarla y anunciarla. Este tiempo será tiempo de gracia si sabemos mirarnos en el espejo de la Palabra y, fiándonos de ella, remar mar adentro (cf. Lc 5, 4-5), en esta humilde barquita que es la vida consagrada y la vida franciscana en los umbrales del siglo XXI.

Llamado y obligado, también yo, a servir y administrar las fragantes Palabras de mi Señor, y las Palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida, ¡cómo quisiera, mis queridos hermanos y hermanas, a través de esta carta, poder transmitiros, al modo de Francisco, la veneración y el amor por las Palabras divinas, y cómo desearía ardientemente trasmitiros el gusto por la Palabra! ¡Cómo me gustaría que juntos redescubriéramos con estupor la Palabra, y nos dejáramos acompañar por ella, unas veces para subrayar nuestra convicción de que hemos sabido elegir bien, otras veces para consolar nuestras sequedades y nuestras frustraciones! Que lo que no logren mis palabras, a causa de mis limitaciones, os lo enseñe el Espíritu del Señor, bajo cuyo impulso se escribió la Sagrada Escritura y cuya luz nos da la gracia de entenderlas.

Tu palabra me da vida

Nuestro Dios, un Dios que habla

4. Contrariamente a los ídolos que tienen boca y no hablan (Sal 115, 5) nuestro Dios es un Dios que habla. Así lo confiesan los autores sagrados cuando dicen oráculo del Señor, y así lo confesamos también nosotros cada vez que, después de leer o escuchar una página bíblica, proclamamos: Palabra de Dios, Palabra del Señor. Dios habla. Pero, ¿cómo habla?

Cuando un semita dice que Dios habla no lo dice en el sentido restrictivo en que lo decimos nosotros. Mientras en muchas de nuestras lenguas la palabra se reduce a una locución verbal, para el semita el término dabar, que ordinariamente traducimos por palabra, es mucho más rico, pues indica al mismo tiempo palabra, hecho o acontecimiento. La Palabra de Dios es, por tanto, un acto, un mensaje, y un signo. Y en ella es Dios que se revela a sí mismo con obras y palabras intrínsecamente ligadas. Hechos y palabras forman la economía de la revelación que mira a la salvación del hombre y, con él, de toda la creación.

5. Esta Palabra es siempre viva y eficaz (Hb 4, 2), dinámica y creadora: Y dijo Dios: haya luz; y hubo luz (Gn 1, 3). Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos (Sal 33, 6), con su Palabra fueron hechas todas las cosas (cf. Sb 9, 1), la creación entera narra la gloria de Dios (Sal 19, 1), y todo hace resonar su voz (cf. Sir 46, 17; Sal 68, 34). La creación, tal y como la presenta la Biblia, es un verdadero discurso de Dios y a la vez un discurso sobre Dios. Pero no sólo la creación, también la historia del Pueblo de Dios es Palabra de Dios y Palabra sobre Dios: Acuérdate de los días remotos, considera las edades pretéritas, pregunta a tu padre, y te lo contará, a tus ancianos, y te lo dirán (Dt 32, 7). A Dios le podemos conocer por las maravillas operadas a favor de su Pueblo (cf. Ex 3, 6), y por eso lo podemos llamar: el Dios de nuestros padres (Cf. Ex 3, 16; 6, 7)

Nuestro Dios es un Dios que se revela y se entrega en lo que dice y hace: Dios dice lo que hace y hace lo que dice. Su Palabra, animada por su amor salvífico hacia los hombres, es diálogo y alianza de amor, y manifiesta el don de sí mismo, en cuanto expresión de un amor que crea amando y amando da su vida. La revelación de Dios al mundo por medio de la Palabra, no tiene como meta informar al hombre sobre el amor que es Dios, sino que mira a realizar la unidad del hombre con Dios en el amor.

6. Pero no sólo por obras se nos ha revelado el Señor, sino por palabras intrínsecamente unidas a las obras. Si las obras confirman las palabras, también las palabras proclaman las obras y las explican. Quiere ello decir que mientras buscamos y encontramos a Dios en la creación, pues del Altísimo lleva significación, hemos de buscarlo y encontrarlo también en su Palabra. Si madrugamos por Dios, si estamos sedientos de él, y si nuestra tierra está reseca, agostada y sin agua (cf. Sal 62, 2), busquémoslo y encontrémoslo en la humildad de la Escritura santa: ella es forma solemne e irrevocable de la Palabra de Dios, Palabra viva, enérgica, tajante como espada de doble filo (cf. Heb 4, 12). Escúchala, recuérdala y trasmítela (cf. Dt 6, 4-9), y de nuevo será primavera en tu vida.

De este modo, la Palabra de Dios nacida del encuentro entre el Dios que actúa y el hombre que, inspirado por el Espíritu del Señor, lee e interpreta dicho acontecimiento, nos llevará de la mano a Cristo, el Verbo de la Vida que fijó su Morada entre nosotros, pues esa Palabra en la que Dios se nos revela y se nos entrega, se nos manifiesta y se nos esconde, lleva en su entraña noticia del Ungido de Dios, del Mesías Jesús. Él nos habla en toda la Escritura, de él habla toda la Escritura, Palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo.

Jesús la última Palabra de Dios a la humanidad

7. Jesucristo, el Verbo hecho carne, es la Palabra que existía desde el principio y estaba junto a Dios (cf. Gn 1, 1), y que, al cumplirse la plenitud de los tiempos (Gal 4, 4), en el seno de la santa y gloriosa Virgen María, en el que recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad, se hizo carne y puso su Morada entre nosotros (cf. Jn 1,1ss). A través de la encarnación, la Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, se hace hombre, el hombre de Jesucristo, y nuestro Dios se hace diálogo en carne viva.

La Palabra abundante del Antiguo Testamento se abrevia ahora en Jesucristo, que se convierte, al mismo tiempo, en mediador y plenitud de toda la revelación. De él escribió Moisés (cf. Jn 5, 46-47), y si la Ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo (Jn 1, 17). De este modo Jesucristo es el corazón de la Palabra de Dios, el Evangelio de Dios para el hombre (cf. Mc 1, 1), y todas las palabras del hombre son asumidas como Palabra de Dios al servicio de la única Palabra, la de Jesucristo, que resuena en el anuncio de los Profetas y de los Apóstoles.

8. De este modo, la Palabra pronunciada en Jesús es la última Palabra de Dios a la humanidad. Así lo afirma la Carta a los Hebreos: Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas, últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo (Hb 1, 1s). Así lo confirma también el Catecismo de la Iglesia Católica: Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta y definitiva del Padre, quien en él lo dice todo y no habrá otra palabra que aquella. Jesús, en cuanto habla las palabras de Dios (Jn 3, 34), cuenta la intimidad de Dios, y es la revelación plena del Padre: Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo (Mt 11, 27). En Jesucristo, Dios envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios: A Dios nadie lo ha visto jamás: el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Jn 1, 18).

Desde que el Verbo se hizo carne (cf. Jn 1, 14), la Palabra de Dios tiene su centro en Cristo Jesús. Son muchas las palabras escritas, pero único es el Verbo de Dios que sintetiza toda la Escritura. Ésta no es algo, ni siquiera un libro, sino una persona viva, y esta persona es el Señor Jesús, presente bajo el velo de las palabras de las Escrituras, como presente está bajo los velos del pan y del vino. La encarnación de la Palabra revela todo lo que el hombre puede conocer de Dios. La revelación última de Dios en Cristo Jesús descubre la verdad plena de la revelación primera de Dios en la voz de la creación y en la luz de la Palabra inspirada.

9. Por otra parte, si de Cristo decimos con verdad que él es la Palabra encarnada, también decimos con verdad que en él encuentra cumplimiento la Palabra de la Escritura (cf. Lc 4, 21): Toda la Escritura divina constituye un único libro y este único libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y encuentra en Cristo su cumplimiento. Jesús de Nazaret aparece así como un acontecimiento nuevo y último de la Historia de la salvación, acontecimiento revelador de lo que Dios es para los pobres, para los cautivos, para los ciegos, para los oprimidos, para todos los que esperan un año de gracia del Señor (cf. Lc 4, 18-19).

Acercarnos a la Palabra, mis queridos hermanos y hermanas, es, por tanto, acercarse a Cristo, que habla cuando se lee la Sagrada Escritura. Acercarse a la Palabra es acercarse al Verbo de la Vida. Si cierto es que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo, también es cierto que, para nosotros, las Santas Escrituras no se pueden leer sino desde Cristo Jesús.

Palabra de Dios y Pueblo de Dios

10. El pueblo de Dios que ha nacido de la Pascua, la comunidad que por la fe ha entrado en alianza de amor con su Dios, está llamada a expresar, mediante la obediencia a la Palabra del Señor, la fidelidad a la alianza sellada. Su vocación será escuchar la Palabra y guardarla, escuchar la Palabra y seguirla, escuchar la Palabra y cumplir la voluntad del Señor (cf. Dt 6, 20-25). El pueblo de Dios habrá de aprender, no sin grave dificultad en el discernimiento, que la obediencia a la Palabra vale más que sacrificios y holocaustos (cf 1S 15, 22).

Hay una relación, tan manifiesta como misteriosa, entre Pueblo de Dios y Palabra de Dios, entre vida del Pueblo de Dios y obediencia a la Palabra de Dios (cf. Dt 4, 1; 5, 32-33; 32, 46-47), entre fuerza de la fe y apego a la Palabra del Señor, entre discernimiento de la voluntad de Dios y meditación asidua de la Palabra de Dios.

Intuimos que no puede haber Pueblo de Dios, no puede haber Iglesia, sin Palabra de Dios, que no puede haber libertad sin obediencia a la Palabra, que no puede haber dicha sin fidelidad a la alianza sellada con su Dios; como intuimos, también, que no puede darse una fraternidad, como familia unida en Cristo que sea viva y operante, sin que la Palabra ocupe un lugar importante en la vida de los hermanos y de las hermanas.

11. Tampoco se nos oculta que hay una relación íntima, tan estrecha como profunda, entre abandono de la Palabra de Dios y deterioro de la fe, entre desinterés por la Palabra y enfriamiento de las relaciones fraternas, y sospechamos que el actual decaimiento de la experiencia cristiana en amplios sectores de nuestras sociedades tiene que ver con la dificultad, experimentada también por muchos de aquellos que todavía se consideran creyentes, para acoger, valorar, contemplar y gustar la Palabra de Dios.

Y nos preguntamos: ¿No estará aquí también la raíz del cansancio, rutina y resignación, que tantas veces nos asfixia? ¿No estará en el abandono de la lectura asidua de la Escritura la causa de nuestro pesimismo de cara al mañana, y de la falta de lucidez en nuestros análisis de la situación presente, y de audacia en nuestras opciones de futuro? Pensémoslo, hermanos y hermanas, y seamos coherentes, si de verdad queremos ponernos en camino, gustar la gracia de los orígenes, y recobrar el frescor de nuestros orígenes.

En la Palabra, el Señor se nos revela y se nos entrega, con su Palabra nos ilumina y nos transforma, por su Palabra nos libera y nos guía, nos interpela y nos denuncia, nos amonesta, nos consuela y nos salva. Somos un pueblo que cree en un Dios que habla y se revela, una fraternidad que vive a la escucha de la Palabra.

Para el Pueblo de Dios acoger la Palabra es acoger a Dios mismo, y acoger a Dios es acoger la Vida. Para el Pueblo de Dios la Palabra es la fuente de la Vida. Somos una fraternidad fundada en la Palabra, que ha de dejarse refundar por ella, pues sólo en ella y desde ella encontrará su profunda razón de ser y la fuerza para enfrentarse a los desafíos del presente.

Palabra de Dios y oración

12. La Palabra de Dios nace de la experiencia de fe de un pueblo, una experiencia rica en acontecimientos, que alcanza su punto culminante en el misterio pascual de Cristo. De este modo, la Palabra de Dios es lugar de una cita y de un encuentro con la persona de Cristo, y, en cuanto tal, para un cristiano, y mucho más para un consagrado, es sustento, alimento, fuente límpida y perenne de vida espiritual, nutrimento incorruptible bajado del cielo para el alma sedienta de la contemplación.

Si orar es entrar en una relación personal con Dios, escucharle, hablarle, y obrar según Dios, en la Escritura Santa el Padre que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Si orar es responder a Dios después de haberle escuchado, en la proclamación o lectura de la Palabra le escuchamos, y a él respondemos cuando volvemos a Dios la Palabra que él mismo nos ha entregado. Si orar es hacer experiencia de encuentro con el Señor, la Sagrada Escritura es toda ella una historia de encuentros: la gran epopeya del encuentro de Dios con el hombre y del hombre con Dios

En la Sagrada Escritura no sólo encontramos bellos modelos de oración, como los salmos, el Magnificat (cf. Lc 1, 46ss), la oración del cristiano (cf. Mt 6, 9- 13) o la oración de Jesús (cf. Mc 14, 36- 39), sino que toda ella se vuelve oración cuando, después de escuchar o leer la Palabra, nos implicamos en los sentimientos que el texto nos sugiere y suscita en nuestro interior, volviéndose alabanza, agradecimiento, súplica, confianza, arrepentimiento, bendición.

Decía San Agustín: Si el texto es oración, orad, si es gemido, gemid; si es reconocimiento, estad en la alegría; si es un texto de esperanza, esperad; si expresa el temor, temed. De este modo la oración del creyente, nuestra oración, será un grito que brota desde lo profundo del corazón que arde por la Palabra de Dios. Sólo Dios habla bien a  Dios, afirmaba Pascal.

La Palabra de Dios es el mejor manual de oración en cuanto nos ayuda a transformar en oración todas las realidades que llenan la vida. ¿La entiendo así? ¿Es usada la Palabra, tanto personalmente como en fraternidad, como texto de oración o simplemente como información sobre Dios? ¿Cómo vivo y cómo celebra mi fraternidad la Liturgia de las Horas? ¿Qué cambios necesito dar en mi vida a fin que la lectura de la Palabra se convierta en oración?

Palabra de Dios y liturgia

13. Como bien sabemos, mis queridos hermanos y hermanas, la liturgia es el lugar privilegiado en el cual la Escritura se transforma en Palabra (cf. Neh 8, 1ss; Lc 4, 16-21). En la liturgia, la Palabra se revela como potencia de Dios en toda su capacidad creativa y salvífica (cf. 1Ts 2, 13), en cuanto signo sacramental y signo profético. En cuanto signo sacramental, en la Palabra es Cristo mismo que se hace presente y habla al Pueblo de Dios: Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Por ello, precisamente, en la proclamación litúrgica, la Palabra es plenamente eficaz, en cuanto actualización de la economía de la salvación que en ella se nos revela. Por otra parte, en cuanto signo profético, la Palabra anuncia y revela a la comunidad eclesial lo que se realiza en la acción sacramental. Esta es la novedad de la celebración cristiana. Ya no somos hijos de la antigua Alianza en la cual se miraba al futuro esperando el cumplimiento de las promesas. Somos hijos del Evangelio, y cuando escuchamos la Palabra podemos decir en verdad: hoy se cumple, pues entre nosotros está realmente el que es cumplimiento de todas las promesas (cf. Lc 4, 16-21; 24, 15-35. 44-49).

Si es cierto que la celebración litúrgica se sostiene y apoya principalmente en la Palabra de Dios, pues, en efecto, en la celebración litúrgica la Palabra es proclamada y explicada, de tal modo que quienes en ella participan puedan acceder al misterio de la Palabra realizada en la acción sacramental, también es bien cierto que la liturgia es el espacio óptimo para la comprensión de la Palabra (cf. Lc 24, 13ss). No hay otro espacio más apropiado para dejarse agarrar por la Palabra, que no sea el espacio litúrgico y sustancialmente eucarístico, en el cual la epiclesis o invocación unánime de la comunidad de los creyentes puede estar segura que será atendida, gracias, una vez más, a la promesa hecha por el Señor (cf. Mt 18, 19; Lc 11, 13). ¡El mismo don del Espíritu que hace reconocer en el pan y en el vino el cuerpo del Señor, permite también reconocer, según la enseñanza común de los padres de la Iglesia y del mismo San Francisco, la Palabra de Dios en la letra de la Escritura inspirada!

14. La Palabra pronunciada por Jesús no se limita a obrar y a realizar su obra salvífica durante el ministerio público del Redentor: su Palabra continúa su actividad y su fecundidad dentro de la Iglesia, particularmente cuando se lee o escucha en la celebración litúrgica. En ella el en aquel tiempo, ocurre en este tiempo, hoy. De este modo, la asamblea litúrgica es mucho más que una simple manifestación de la unidad del pueblo de Dios: es sacramento visible del Verbo, según una expresión de San Agustín, es el sacramento del Verbo que se hace oír particularmente durante las celebraciones litúrgicas, en las que la Palabra adquiere un sentido nuevo y más fuerte.

La proclamación de la Palabra en las celebraciones litúrgicas tiene, por tanto, un primado absoluto sobre cualquier otra forma de lectura. Si al rito litúrgico le quitásemos la proclamación de la Palabra, le habríamos quitado al mismo tiempo su conexión con las maravillas obradas por Dios en la Historia de la Salvación y, de este modo, lo habríamos privado también de su capacidad para configurar al pueblo de Dios, para darle la identidad que nace de los acontecimientos de esa Historia.

Si queremos adentrarnos en el misterio de la celebración litúrgica, busquemos en la Palabra la luz que nos ha de iluminar, pues celebración y Palabra tienen su centro en Cristo Jesús, una y otra recuerdan el misterio de Cristo, una y otra lo perpetúan, cada una a su manera. Teniendo en cuenta cuando acabamos de afirmar, la lectura orante de la Palabra ha de considerarse como preparación o prolongación de cuanto se da en la celebración litúrgica.

Nuestra liturgia tiene que hacerse cada día más vida, y para ello hemos de declararle la guerra a la monotonía. Esa monotonía que nos hace pasar de puntillas por la Palabra, y no por respeto. ¿Cómo logar que la Palabra tenga el protagonismo que le pertenece en nuestras celebraciones litúrgicas? ¿Cómo abrir cauces para comentar la Palabra, aplicarla a la vida y dejarnos iluminar por ella?

Lámpara es Tu Palabra para mis pasos,

luz en mi camino

La Palabra de Dios en la vida de Francisco

15. En la época en que vivió san Francisco la Biblia era difícilmente asequible a los cristianos de a pie y, en general, a los laicos. Dos eran las barreras principales para acceder al texto sagrado: el elevado coste de los manuscritos, y la lengua, ya que muchos eran iletrados, o, cuando menos, no dominaban el latín, lengua común para acceder al texto bíblico. Sólo una élite intelectual y rica podía permitirse el lujo de tener una Biblia. Francisco no formaba parte de esa élite, y sin embargo llama la atención el constatar el gran conocimiento que tenía de la Escritura sagrada y el gran amor que nutría por la Palabra.

Su vida, en efecto, estuvo marcada toda ella por la Palabra. Al inicio de su andadura evangélica fue la Palabra la que le mostró lo que debía hacer, y al final de sus días sería, también, la Palabra la que le acompañaría en su glorioso tránsito. La Palabra fue para él compañera de camino en todo momento, hasta dejarse penetrar totalmente por ella: Estoy tan penetrado de las Escrituras que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo: sé a Cristo pobre y crucificado. Nada extraño que todos sus Escritos, desde las Oraciones a las Reglas, pasando por las Cartas y las Admoniciones, estén llenos de citas bíblicas, hasta presentarse como verdaderos y propios mosaicos escriturísticos. La Palabra del Señor está perfumada y Francisco está embriagado de su fragancia.

El simple e idiota Francisco, como él mismo se solía presentar, sin mayor instrucción, es decir, sin una formación propia del clérigo o del letrado de entonces, tenía un conocimiento tal de la Palabra que penetraba la oscuridad de los misterios, y aquello que permanecía inaccesible a la ciencia de los maestros se abría al afecto del amante. Él, sin ser maestro en el hablar, resolvía cuestiones dudosas, y, como Job (cf. Job 28, 11), hacía luz en los puntos oscuros, logrando desentrañar cuanto el texto escriturístico escondía a los estudiosos.

16. ¿Cómo era posible todo esto? La respuesta nos la ofrece el mismo san Buenaventura: Nada extraño que el Santo recibiera de Dios la inteligencia de las Escrituras, ya que por la perfecta imitación de Cristo llevaba impresa en sus obras la verdad de las mismas, y por la plenitud de la unción del Espíritu Santo poseía dentro de su corazón al Maestro de las sagradas letras. Si a Dios sólo se le conoce amándole, Francisco conoce a Dios y los secretos de Dios ocultos en la Palabra porque ama. Si el Padre revela sus secretos a los sencillos (cf. Lc 10, 21-22; Dn 2, 22; Si 4, 18), Francisco conoce esos secretos porque escucha la Palabra con corazón pobre y disponible, como María (cf. Lc 2, 19. 51). Si se conoce la Palabra en la medida en que se pone en práctica, Francisco la conoce porque no era oyente sordo de la Palabra, sino que se apresura a vivirla sin tardanza: Esto es lo que ansío cumplir con todas mis fuerzas. Su conocimiento de la Escritura no era un conocimiento especulativo, sino sapiencial. Para él, la Palabra no era un texto de ayer, sino de hoy, y para el hoy de Francisco, como lo demuestra cuando dice: el Señor dice en el Evangelio…, y no en aquel tiempo dijo Jesús, como era normal citar los dichos de Jesús. Francisco no ha estudiado, si no que ha vivido la Palabra, con simplicidad y pureza, tal como declara haber escrito su Regla, que quiere ser sólo un eco del Evangelio.

Pero Francisco creció en la comprensión de la Palabra gracias a la meditación asidua de cuanto había escuchado. Era tan fiel a esta práctica que no podía renunciar a la escucha de la Palabra ni en los días de su enfermedad. Lo demuestra de especial modo el hecho de haber mandado escribir un evangeliario (escribir toda la Biblia costaba demasiado) para su uso. De este modo la Palabra, escrita en la Antigua Alianza sobre piedra (cf. Es 31, 18), se iba gravando ahora en su corazón, gracias, también, a la memorización de cuanto escuchaba. Esto le permitía meditar y saborear constantemente la Palabra, aún sin tener delante el texto, y permitía a la Palabra germinar y fructificar cotidianamente en la vida de Francisco.

No es de extrañar, por tanto, que en la Palabra, Francisco encontrase el dinamismo más profundo de su vida evangélica, el motor de arranque de su camino espiritual. Él, al igual que los Padres de la Iglesia, leyendo la Biblia no leía simplemente los textos escritos con mano de hombre, sino a Cristo viviente, y Cristo le hablaba. Encontrándose con la Palabra, el Poverello no se encontraba con un texto para ser interpretado, sino ante Cristo mismo, que pide ser escuchado. Para él, escuchar la Palabra no era leer un libro, sino acoger al Cristo vivo, participar en el Banquete de la vida donde es Cristo mismo quien se hace nuestro alimento. Dios se ha hecho hombre, Dios se ha hecho Eucaristía, Dios se ha hecho Palabra. Por eso Francisco se nutría de la Palabra, como del Pan y del Vino eucarísticos, y la Palabra se le ofrecía con la profundidad de Cristo: Entremos de madrugada en la iglesia –dirá a Bernardo, y pidamos consejo a Cristo, con el Evangelio en la mano. Esta verdad explica tantas cosas en la vida de Francisco.

17. Para Francisco las Santas Palabras son signos sensibles de la Presencia real – corporaliter-, actual y vivificante de Cristo, como lo son el Pan y el Vino eucarísticos. Para él, la Palabra, como la Eucaristía, son una prolongación de la encarnación. En la Palabra, como en la Eucaristía, Dios se revela y actúa; la Palabra, como la Eucaristía, nos acerca al corazón de Dios y nos salva. Acoger la Palabra es acoger la Vida, rechazar la Palabra es rechazar la Vida que se nos ofrece también, y sobre todo, en la Eucaristía. Hasta a nosotros, acostumbrados a leer esta verdad en los documentos del Vaticano II, no deja de sorprendernos tal parangón. Para Francisco es una evidencia de fe: Y a nadie de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede ser salvado sino por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos pronuncian, proclaman y administran.

Esta fe en la presencia real de Cristo en su Palabra es la que explica la profunda veneración de Francisco por la Palabra: Amonesto por eso a todos mis hermanos y les animo en Cristo a que, donde encuentren palabras divinas escritas, las veneren como puedan, y por lo que a ellos toca, si no están bien colocadas o en algún lugar están desparramadas indecorosamente por el suelo, las recojan y las pongan en su sitio, honrando al Señor en las palabras que él pronunció. Y lo que pidió a sus hermanos lo hizo el mismo, como lo anota el hermano León de su puño y letra en el breviario que se conserva en el protomonasterio de Santa Clara en Asís: Oído o leído el Evangelio, el bienaventurado Francisco besaba siempre el Evangelio con la máxima reverencia del Señor. Y no veamos en esta actitud de profunda veneración del texto sagrado un signo de fundamentalismo o de integralismo. Es la expresión exterior de una actitud profundamente creyente ante la Palabra de Dios.

18. Por otra parte, para Francisco el acontecimiento de la Palabra permanece siempre profundamente radicado en su dimensión eclesial. De la Iglesia, Francisco recibe la Palabra y de la Iglesia la luz para interpretarla. Para el Poverello la Palabra es dada a la Iglesia y en ella crece por la fe y la comunión de los creyentes. La convicción de la eclesialidad de la Palabra le lleva también a honrar y venerar a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, como a quienes nos administran espíritu y vida. La comprensión de la Palabra queda así inserta en la vida de la Iglesia.

Francisco vivió en clima de escucha atenta de la Palabra y ésta transformó su vida. Nada extraño que en las últimas exhortaciones a los hermanos recomendó el Evangelio por encima de todas las demás disposiciones. Era el más bello regalo que había recibido del Señor, y el mejor regalo que podía dejar a sus hermanos.

A la luz de lo dicho es bueno que nos preguntemos: ¿cómo me comporto ante el texto de la Escritura sagrada? ¿Qué actitudes interiores y qué comportamientos exteriores tengo hacia la Palabra de Dios? ¿Cómo entiendo la relación entre Palabra de Dios e Iglesia? En mí y en mi fraternidad, ¿hay una escucha genuina de fe de la Palabra de Dios? ¿Qué aspectos tendré que aclarar y reforzar en mi relación con la Palabra?

La Palabra de Dios en nuestras vidas

19. Hoy en día, después del largo y forzado exilio al que fue sometida la Palabra, y gracias particularmente al Concilio Vaticano II, se advierte siempre más hambre y sed de la Palabra de Dios, como ya profetizara el Profeta (cf. Am 8, 11- 12), y hasta podemos decir que asistimos en la iglesia a una verdadera primavera de la Palabra; basta constatar el interés que la Sagrada Escritura suscita entre clérigos, religiosos, y laicos. Seguro que se trata de una necesidad vital a la que hay que dar una respuesta, pues es Dios mismo quien la suscita.

A esta primavera de la Palabra son muchos los hermanos y hermanas que están contribuyendo activamente. Cada vez son más entre nosotros los que, junto con los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, hacen de la Palabra el verdadero alimento de sus vidas, viático en su caminar, estímulo primario para su conversión, fuerza para la misión, luz en sus búsquedas de sentido, guía para un recto discernimiento sapiencial de la realidad que están viviendo y de las opciones de futuro, solicitación a hacer, es decir, a poner en práctica, la Palabra (cf. Lc 8, 21), y fuente de perenne consolación y esperanza. Cada vez son más los hermanos y hermanas que encuentran deleite y alegría en las santísimas Palabras y obras del Señor, y con ellas mueven a los hombres al amor de Dios, con gozo y alegría. Cada vez son más los hermanos y hermanas que reconocen y aseguran el primado de la Palabra en sus propias vidas y en la misión que les ha sido encomendada, empeñándose frecuentemente en la lectura orante de la Palabra, en la creación y animación de grupos bíblicos entre los laicos y religiosos, así como en una predicación que sabe a Palabra y la hace gustar a los fieles. Todos estos son de Dios, porque escuchan la Palabra de Dios (cf. Jn 8, 47).

Quiero agradecer aquí la labor de tantos profesores de Sagrada Escritura que parten el pan de la Palabra en las aulas. Por propia experiencia conozco la preparación asidua y, por tanto, el duro trabajo que ello comporta, pero también el gozo y el provecho que uno mismo experimenta. Particular mención se merecen los hermanos que trabajan incansablemente en nuestra Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología de Jerusalén. A ellos mi personal gratitud, pues es mucho lo que debo a ese Centro, y el agradecimiento en nombre de toda la Orden por su labor a favor de la Palabra. Gratitud y agradecimiento, también, a los Estudios Bíblicos Franciscanos de Hong Kong y de Tokio por el monumental trabajo que han realizado al traducir los textos bíblicos al chino y al japonés, respectivamente, y hoy por la gran difusión bíblica que hacen en China y Japón. Finalmente, mi gratitud se extiende a todos aquellos que se esfuerzan por ser tierra buena y acogen dócilmente la semilla de la Palabra en sus corazones; y a cuantos, a través de la predicación y o cualquier otra actividad apostólica o intelectual, que siempre apostólica deberá ser, dicen, anuncian y administran las santas palabras a los demás.

20. A cuantos viven sumergidos en esa corriente de encuentro con la Palabra y de difusión de la misma, llegue mi palabra de aliento para que su compromiso a favor de la Palabra no venga a menos. A cuantos no están todavía en ella, mi palabra quiere ser de exhortación e invitación, fraterna y apremiante a la vez, a fin que, como María de Nazaret, modelo viviente del encuentro con la Palabra (cf. Lc 1, 38; 2, 19. 51) se abran a ella y la engendren en sus vidas; y a ejemplo de Francisco, modelo de escucha operante y sin glosa, acepten la Palabra de todo corazón y diariamente escudriñen las Escrituras, como los cristianos de Berea (Hch 17, 11).

Oíd, señores hijos y hermanos míos, y escuchad mis palabras (Hch 2, 14). Inclinad el oído de vuestro corazón (cf. Is 55, 3) y obedeced a la voz del Hijo de Dios, nos exhorta el padre y hermano Francisco. Si hoy como ayer es urgente conocer mejor al hombre Jesús, reconocido como Cristo y confesado como el Señor, no tenemos otro camino para alcanzar este objetivo que no sea tomar en las manos el libro de las Escrituras, abrirle las puertas de nuestros corazones, y ofrecerle escucha y acogida a la Palabra. Si arde nuestro corazón por el deseo de salir de lo insignificante o de la postración de nuestros cotidianos fracasos, no tenemos otro camino que el de dejarnos agarrar por la Palabra y darle un amplio espacio en nuestras vidas. Ser agarrados por la Palabra y por Cristo son una única y misma cosa. Si queremos recrear y re-fundar nuestra vida y misión, no nos queda otra salida que la de abrir espacio a la Palabra, releerla, estudiarla, meditarla, acogerla desde un corazón vacío y pobre, susurrarla día y noche (cf. Sal 1, 2), para luego vivirla y celebrarla.

Frecuentar la Palabra, acercarnos a ella, rondarla y cortejarla, hacerle silencio, escucharla, familiarizarnos con ella, guardar como un tesoro en el arca de la memoria esa Palabra que en algún momento hizo arder nuestro corazón (cf. Lc 24, 32), dejarnos sorprender por ella, nos permitirá movernos al ritmo de la música de Dios, como Francisco, y nuestra vida recobrará juventud y el cansancio quedará atrás, y nuestro ir al encuentro con Cristo y hacia los hombres y mujeres, nuestros hermanos, será con andar apresurado y con paso ligero, sin que nos dejemos envolver por tiniebla alguna ni amargura, y podemos avanzar con mayor seguridad en el camino de los mandatos del Señor.

La Palabra de Dios es fuente de vida consagrada –se afirmó en el Congreso Internacional de la vida Consagrada celebrado en Roma, en el 2004-. Crecer en la vida de fe y crear comunidad es el resultado de oír la Palabra. Alimentados por la Palabra nos trasformamos en siervos de la Palabra en la tarea de la evangelización. La pasión por la Palabra nos lleva a la pasión por la humanidad. Oír la Palabra estimula un clima de relaciones interpersonales. En la medida en que nos acerquemos a la Palabra y la hagamos vida, nuestras visiones distintas de la realidad irán convergiendo hasta encontrarse en la comunión profunda.

La razón última de nuestro estilo de vida llamado consagración no es otra que haber escuchado, de una manera o de otra, la Palabra. Todos los fundadores, pero bien podemos decir especialmente Francisco y Clara, han sido vigías de la Palabra, oyentes incansables de la Palabra, y han hecho de sus vidas una respuesta firme y profética a la Palabra. La vida consagrada y, con ella, la vida franciscana de hoy necesitan mirarse en la Palabra y acicalarse con ella. Sólo desde la Palabra podrán nacer de nuevo (Jn 3, 3) y ganar en significatividad, caminar con lucidez y audacia con los ojos puestos en el futuro, y, de este modo, ser no sólo memoria sino también profecía de futuro, vivir el presente con pasión y abrazar el futuro con esperanza.

La vida consagrada y, con ella, la vida franciscana, están llamadas a recorrer un largo éxodo de búsqueda y de renovación que ya no tiene marcha atrás. Somos, junto a tantos hombres y mujeres, nuestros contemporáneos, mendicantes de sentido. Desde la escucha de la Palabra nuestra vida será, en el presente y en el futuro, como lo ha sido en el pasado, propuesta alternativa y de frontera. La Palabra nos invita a ello, nos urge y nos convoca. Desde y con la Palabra nuestras vidas serán testimonio de una palabra que no podemos callar, de una razón que no se puede ocultar, de una convicción que necesitamos compartir. Con el fuego de la Palabra nuestro corazón arderá y nuestra vida encontrará el ritmo de Dios que es siempre joven y actual, que no pasa nunca. La Palabra tiene una fuerza transformadora impresionante, y si nuestra vida se deja tocar por la Palabra se transformará sin duda alguna: la rutina dejará paso a la novedad evangélica, el cansancio a la osadía, la resignación a la lucidez y audacia, los miedos a la libertad. Cuando somos capaces de abandonarnos a la Palabra, de fiarnos de ella, de apostarlo todo a una sola carta, pase lo que pase, nos queda un sabor intenso que nos asegura que somos de Dios y para Dios, que no estamos solos. Si nuestra vida se pone a la escucha de la Palabra, y se deja llevar de la mano por ella, encontrará nuevos parajes y nuevas sendas para hacer el camino más llevadero y gozoso. Es necesario abrir espacios personales y comunitarios a la Palabra. Nuestro futuro, como el futuro de toda vida consagrada, está en dejarnos hacer por la Palabra.

21. La gracia del VIII centenario de la fundación de nuestra Orden y del carisma franciscano será una fiesta, una acción de gracias de la Fraternidad universal y de toda la Familia Franciscana si, como nos invita el Padre y Hermano Francisco, abrimos los oídos de nuestro corazón, para escuchar atentamente la voz del Hijo de Dios, que hace resonar la alegre noticia del amor de Dios por la humanidad. La gracia de los orígenes será gustada por los hermanos y hermanas sólo si nos comprometemos con la Palabra, y permanecemos fieles a las palabras, vida y doctrina y al santo Evangelio de Jesucristo.

Nosotros que hemos prometido observar el Evangelio, somos llamados a ser habitación y morada del Espíritu del Señor (cf. Jn 14, 23), esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12, 50), acogiendo el mensaje de Jesús, y custodiando su Palabra en nuestros corazones, para luego engendrarla y darla a luz en nuestras vidas, pues sólo así sobre nosotros descansará el Espíritu (cf. Is 11, 2).

Si guardamos su Palabra y seguimos sus caminos, entonces viviremos y creceremos, pero si nuestro corazón se aparta de ella, entonces, moriremos sin remedio (cf. Dt 30, 15-18). No podemos dejarnos matar por la letra, sino que hemos de seguir el espíritu de la Palabra divina y dejarnos vivificar por ella. Sin la Palabra, guardada en el corazón y dada a luz en la cotidianidad de nuestra vida, habrán muerto el encanto y la canción de nuestra existencia, se habrá apagado la vida en la mirada y en el corazón, se habrán petrificado los sentimientos, se habrá secado el manantial de la esperanza. Sin la Palabra ¡habrá, oh desgracia, muerte sin remedio!.

La Palabra, por la que hemos sido hechos y redimidos, todavía hoy sigue llevándonos de la muerte a la vida (1Jn 3, 14). El milagro obrado en la vida de san Agustín por el que se vio curado de la esclavitud de la carne al escuchar un texto de la carta a los Romanos (cf. Rm 13, 11ss), sigue realizándose en tantos hombres y mujeres de nuestros días. Si los siete sacramentos son signos que se ven, la Palabra es un sacramento que se oye, un signo que, a través de palabras humanas, nos permite entrar misteriosamente en contacto con la viva verdad y voluntad de Dios, y oir la voz misma de Cristo, que, como al paralítico, nos cura de nuestra parálisis y nos posibilita caminar (Jn 5, 1ss), o, como al ciego de nacimiento, abre nuestros ojos para que podamos ver (cf Jn 9, 7). La aguas de Israel que curaron la lepra de Naamán el sirio (cf. 2R 12. 14) son para los santos Padres las divinas Escrituras. Ellas continúan a sanarnos de nuestras enfermedades, como atestigua la misma Escritura: No los curó hierba ni emoliente alguno se dice de Israel en el desierto-, sino tu palabra, Señor, que todo lo sana (Sb 16, 12).

22. Queridos hermanos y hermanas: el Amén, el testigo fiel, que está fuera y llama nos invita a abrirle la puerta que le separa de los que estamos dentro: Mira que estoy a la puerta llamando: si uno me oye y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos (Ap 3, 20). Tenemos secretas resistencias a creer que somos deseados por el Señor, y que es él quien busca nuestra presencia (cf. Gn 3, 8-9). Abramos la puerta a la Palabra, dejémonos habitar por ella, y con ella entrará y habitará en nuestra casa mucha gente herida por experiencias de fracaso, soledad, fragilidad y desamor. Y entonces serán ellos mismos los que nos ayudarán, cuales expertos escribas, a traducir, comprender, discernir, intuir y des-codificar la Palabra que llega a nosotros cifrada detrás de gritos silenciosos de la humanidad sufriente.

Demos, queridos hermanos y hermanas, primacía a la Palabra en nuestras vidas, de tal modo que sea Él, Cristo el Señor, y sólo Él, el Señor absoluto de nuestras vidas, como lo fue en la vida de Francisco y de Clara. Y entonces seremos dichosos: Dichoso el hombre que en la Ley del Señor pone su delicia y en ella medita [susurrando su Ley] día y noche. Será como un árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo y cuya hoja no cae (Sal 1, 1-3).

Veneremos y acojamos cuidadosamente las Escrituras como lo que son Palabra de Dios, tal y como nos enseña Francisco, siguiendo en esto a los Padres. Uno de ellos, Orígenes dice a los cristianos de su tiempo y hoy a nosotros: Vosotros que estáis acostumbrados a tomar parte en los divinos misterios, cuando recibís el cuerpo del Señor lo conserváis con todo cuidado y toda veneración para que ni una partícula caiga al suelo, para que nada se pierda del don consagrado. Estáis convencidos, justamente, de que es una culpa dejar caer sus fragmentos por descuido. Si por conservar su cuerpo sois tan cautos – y es justo que lo seáis-, sabed que descuidar la Palabra de Dios no es culpa menor que descuidar su cuerpo. ¿Qué importancia tiene la Palabra de Dios en mi vida? ¿Qué lugar ocupa en mi jornada? Que el Señor despierte nuestros oídos cada mañana, para escuchar como discípulos y así poder decir una palabra de aliento al que está cansado (cf. Is 50, 4).

Habla, Señor,

que tu siervo escucha

La lectura orante de la Palabra

23. En esta tercera parte de la carta deseo, mis queridos hermanos y hermanas, presentaros un método que nos lleva a ver la Escritura sagrada como un organismo vivo y que nos interpela; una lectura que nos lleva a establecer una relación personal con el texto. Se trata, como bien habéis intuido, de la lectura orante de la Palabra. Sé muy bien que no es el único método para orar con la Palabra de Dios, pero os comunico el que yo, desde hace tiempo, vengo practicando, y que tiene el aval de haber alimentando la espiritualidad de muchos hombres y mujeres desde hace siglos.

La lectura orante de la Palabra es el arte que busca actuar el paso del texto bíblico a la vida y se presenta como un precioso instrumento que puede ayudarnos a superar el abismo que tantas veces constatamos entre fe y vida, entre espiritualidad y cotidianeidad. La lectura orante de la Palabra no es una simple práctica de piedad, es un método que mira a la puesta en práctica de la Palabra escuchada; es una hermenéutica existencial de la Escritura que lleva al creyente a buscar en la página bíblica, ante todo, a Cristo, a poner en diálogo la propia vida con la persona de Cristo que se nos revela, y, finalmente, a ver iluminada con nueva luz la propia vida cotidiana.

La lectura orante de la Palabra es esencial e indispensable para el crecimiento de la fe de cuantos nos decimos discípulos y misioneros del Verbo del Padre, y muy particularmente de cuantos hemos profesado el Evangelio como nuestra regla y vida. De hecho, si es verdad que es en la celebración litúrgica, como ya hemos dicho, donde el en aquel tiempo se transforma en hoy, también es verdad que es particularmente a través de la lectura orante de la Palabra donde nos apropiamos de ella y donde la personalizamos, dejándonos instruir por Dios mismo (cf. Jn 6, 45). En la liturgia Dios habla al pueblo, en la lectura orante de la Palabra Dios me habla a mí directamente, y lo que en la liturgia es diálogo con el pueblo, en la lectura orante de la Palabra ese diálogo se hace único y personal. Si la liturgia manifiesta visiblemente a la Iglesia, la lectura orante de la Palabra permite a cada uno de nosotros sentirse Iglesia: Yo iglesia, decía San Bernardo.

24. Algunos de entre nosotros se resisten a adoptar como método de oración la lectura orante de la Palabra por pensar que es un método propio y exclusivo de los monjes. Nada más falso, mis queridos hermanos y hermanas. El método de la lectura orante de la Palabra ya estaba en uso en el judaísmo (cf. Neh 8, 1ss), fue luego utilizado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm (cf. Jn 6, 26ss), y de Nazaret (Lc 4, 17ss), así como en la liturgia celebrada con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13ss), y desde un principio fue heredado por la iglesia primitiva (cf. 2Tm 3, 14-16). Desde entonces, generaciones de cristianos han orado con este método, nutriendo sólidamente su fe con una profunda espiritualidad bíblica. Uno de estos cristianos que dio un primado claro en su vida a la Palabra de Dios, y que oró con el método de la lectura orante de la Palabra, como ya hemos visto, fue nuestro padre y hermano Francisco.

Los santos Padres no cesaron de invitar a los cristianos a adoptar este método de oración. Baste citar entre todos ellos a san Juan Crisóstomo quien recomendaba al pueblo que le había sido confiado dicho método de oración. Sus palabras me parecen muy apropiadas en el contexto al que hice referencia anteriormente: Algunos decís que no sois monjes… Pero en esto os equivocáis –dice el Crisóstomo-, porque pensáis que la Escritura es sólo para los monjes, mientras, en cambio, es todavía más necesaria a vosotros, queridos fieles, que estáis en el mundo. ¿Hay algo más grave y pecaminoso que no leer la Escritura y el creer que la lectura sea inútil y no sirva para nada?. Y es siempre el Crisóstomo quien recomienda a sus fieles: Volved a casa y preparad dos mesas: una con los platos de la comida, otra con los platos de la Escritura. Y todavía: Cuando volváis a casa dirá en otra ocasión-, tomad la Escritura y… releed y repetid lo que habéis escuchado.

Si esto, queridos hermanos y hermanas, es válido para todos los fieles que ansían convertirse en cristianos adultos, pasando de lo bueno a lo mejor ¿qué decir de quienes hemos profesado vivir según el santo Evangelio?

Es verdad que este método entró en crisis en el medioevo a causa de una lectura que tendía más a la quaestio y a la disputatio que a la meditación y a la oración, pero hoy, gracias al Vaticano II, después de un exilio forzado de la Palabra y del método de la lectura orante de la Palabra en la vida de muchos cristianos, la Palabra ha sido liberada y asistimos a una nueva epifanía de la Palabra de Dios en la comunidad cristiana. Por otra parte, es el mismo Concilio en proponer a todos los creyentes el método de la lectura orante de la Palabra: El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Fil 3, 8). Los Lineamenta propuestos a nuestra atención con vistas al próximo Sínodo afirman: Se ha de alentar vivamente sobre todo esa praxis de la Biblia que se remonta a los orígenes cristianos y que ha acompañado a la iglesia en su historia. Se llama tradicionalmente Lectio Divina con sus diversos momentos (lectio, meditatio, oratio, contemplatio).

Mientras animo a todos los hermanos y hermanas a asumir la lectura orante de la Palabra como método primario de la iniciación a la vida espiritual y de su continuidad, invito también a preguntarse: ¿Qué resonancia tienen estas palabras del Concilio y de los Lineamenta en mi vida y en la vida de nuestras fraternidades? Son muchos los laicos, por no hablar de los religiosos, que han tomado muy en serio esta apremiante invitación por parte de la Iglesia, ¿y nosotros?

Método de la lectura orante de la Palabra

25. Como ya hemos visto por el texto citado de los Lineamenta, la lectura orante de la Palabra tradicionalmente tiene cuatro momentos: lectura, meditación, oración, y contemplación. Estos cuatro momentos tienen como finalidad la de llevar al creyente a una profundización progresiva del texto bíblico, de tal forma que la lectura lleve al encuentro con el Señor y, de este modo, a realizar una verdadera transformación de la propia vida. La lectura orante de la Palabra sitúa la vida del creyente en la tensión evangélicamente fecunda de la conversión, en cuanto que el proceso que en ella se realiza es un itinerario que de la lectura y escucha de la Palabra lleva al conocimiento y del conocimiento lleva al amor y a una vida nueva, en conformidad con la voluntad del Señor. De este modo, la lectura del texto bíblico se transforma en martyría, en testimonio de la Presencia, que encuentra su cumplimiento más elevado en el don de la propia vida por amor.

Cuanto diremos sobre el método de la lectura orante de la Palabra no pretende ser un esquema rígido. La lectura orante de la Palabra es un camino hacia Dios y, como todo camino, también ella ha de ser proporcionada al paso, fuerzas y ritmos del caminante. El resultado hacia el cual se ha de tender no es la realización de un esquema, sino la utilización libre de él para conseguir el encuentro con Dios a través de la Palabra leída, escuchada, acogida, orada, contemplada y vivida en los días feriales de nuestra existencia.

Por motivos de practicidad, señalo como momentos de la lectura orante de la Palabra los siguientes: Lectura/escucha, meditación/ asimilación, oración/contemplación, práctica/anuncio.

Lee / escucha: ¿qué dice el texto?

26. La lectura no sólo es el primer paso de la lectura orante de la Palabra, sino que es la puerta que nos abre a la inteligencia, y a la comprensión de la Palabra, así como a la oración con la misma. La lectura no tiene su fin en sí misma, sino que debe orientar hacia la interiorización de la Palabra y el diálogo de meditación. Pero para que cumpla esa misión es necesario saber leer. Una lectura inteligente y provechosa, entre otras cosas comporta:

a. Lectura programada. La lectura de la Palabra exige dedicarle un tiempo determinado, que favorezca la calma, el silencio, la soledad. La lectura, como la oración a la cual tiende, no puede hacerse en tiempos sobrantes, en tiempos a rellenar. Para que la lectura sea eficaz es necesario reservarse un tiempo considerado importante, y ser fiel a él. ¿Qué espacio ocupa en tu jornada la lectura orante de la Palabra? ¿Por qué?

b. Lectura atenta y en el silencio. En nuestros días la disciplina de la vigilancia y la atención se ha vuelto un arte difícil, también entre nosotros, asediados como estamos por mil llamadas a la extroversión, distraídos por tantos ruidos que nos vienen de fuera o que nos resuenan dentro. En vez de ser porteros vigilantes (cf. Mc 13,34) para acoger la Palabra, formamos parte de una generación de somnolientos, sordos, ciegos y mudos, prisioneros en las redes vacías de la trivialidad, embotados para la interioridad, que pisan constantemente el acelerador para huir de la realidad. Las palabras se van acumulando en las estanterías de nuestro corazón, las ideas, discursos, razonamientos, opiniones y comentarios van ocupando todos sus rincones, y devoran ese espacio de desierto y silencio al que Dios está queriendo traernos, y su Palabra se queda en el umbral de nuestra casa, porque la puerta está cerrada y no hay respuesta a su llamada.

Si perdemos el hábito de la atención, leeremos el texto, pero no nos sorprenderá la Palabra; creceremos probablemente en la ilustración, pero no en la sabiduría del corazón; nos consultarán como a peritos, pero no habrá en nuestras respuestas esa vibración que hace intuir bajo ellas un corazón deslumbrado y habitado por la palabra. Por otra parte, una lectura sin silencio exterior no nos llevará a la comprensión del texto y a la oración (cf. Mt 6, 6). El conocimiento de Dios, objetivo último de la lectura, exige tiempo y, como dice Guillermo de Saint-Thierry, silencio y secreto. La lectura orante de la Palabra exige una cura de silencio. En una sociedad como la nuestra somos llamados a recuperar espacios de silencio, a hacer desierto, para asegurar nuestro equilibrio interior y psicológico, para contemplar el mundo y los otros con los ojos del corazón, los únicos que pueden penetrar en las profundidades, y, sobre todo, para escuchar la voz de Dios que habla y que a todos tiene algo nuevo que decirnos. ¿Estamos dispuestos a ello?

c. Lectura asidua. Leer con provecho exige también asiduidad. Una lectura ocasional no edifica, más bien nos hace inestables. En la lectura de la Palabra es necesaria la asiduidad, pues sólo ésta produce la familiaridad y la familiaridad produce y aumenta la fe, como dice el gran conocedor de la Palabra San Jerónimo. Sólo la asiduidad en la lectura nos llevará a la asimilación de la Palabra hasta hacerla parte de uno mismo. Sólo una lectura asidua nos llevará a la oración, robustecerá la fe, y transformará nuestra vida a imagen y semejanza de la Palabra. Lee con mucha frecuencia la divinas Escrituras, … el Libro Santo no se te caiga nunca de tus manos, aconsejará San Jerónimo, y San Isidoro de Sevilla advierte: Quien desea estar siempre unido a Dios debe leer frecuentemente las Escrituras. Sólo quien lee asiduamente puede entrar en la intimidad de la Palabra y descubrir sus secretos. Tal vez por este motivo Francisco después de pedir a todos los hermanos que acojan benignamente con amor divino las fragantes palabras de nuestro Señor Jesucristo, amonesta: Y los que no saben leer, háganselas leer con frecuencia. ¿Con qué frecuencia te dedicas a la lectura orante de la Palabra? ¿Estás satisfecho?

d. Lectura creyente. No se trata de una lectura de carácter intelectual, sino sapiencial, espiritual, es decir: una lectura que parte de la certeza que es el Espíritu quien inspira la Palabra y quien la explica. No se trata de leer y acercarnos a una palabra humana, sino a una Palabra que confesamos ser Palabra de Dios. Con la lectura no se trata de saciar nuestra curiosidad intelectual, sino de encontrarse con la Palabra, de saborear la Palabra que es Cristo. Ello presupone la fe, la sola que nos lleva a descubrir, tras las palabras, la Palabra de la vida. Sin la fe la lectura será una lectura muerta y estéril, por erudita que sea. Leer la Palabra sin fe sería, en expresión de Kierkegaard, como contemplar el espejo sin mirarse a él. Sin la fe, la sola lectura no nos manifestará lo más recóndito de nuestro ser, no cuestionará nuestra vida y, por tanto, no podrá transformarnos. Una lectura de la Palabra que no sea creyente no sólo no dará los frutos que sería de esperar, sino que producirá la muerte: La letra mata, pero el espíritu da vida. Sólo una lectura hecha con los ojos de la fe nos dispondrá a escuchar y a acoger el mensaje de la Palabra, por difícil y radical que parezca, con un corazón abierto y disponible. En este contexto es sumamente importante recordar que lectura orante de la Palabra, o lectio divina, es una lectura hecha a dos: el Espíritu que la ha inspirado y la hace verdaderamente Palabra viva en quien la lee, y nosotros. Sin el Espíritu, y seguimos hablando de fe, no encontraremos en la Palabra el Verbo de Dios. Una lectura hecha con fe nos lleva a una lectura epiclética, que producirá en nosotros la comprensión, la iluminación, la docilidad y el vacío necesario para dejarnos habitar por la Palabra y, como María, engendrarla en nuestra vida. ¿Cómo andamos de fe cuando leemos la Escritura sagrada? ¿Cómo nos situamos ante la Palabra, como palabra humana o como Palabra de Dios? ¿Acojo o domestico las exigencias radicales del Evangelio?

e. Lectura continua. Buscar textos según el propio gusto es reducir la Escritura a un libro en el que se busca lo que se quiere encontrar. Por ello es recomendable hacer la lectura orante de la Palabra basándose en el leccionario o haciendo una lectura continuada de la Sagrada Escritura o de uno de sus libros. Sólo así se podrá evitar caer en un puro subjetivismo. La comprensión del texto exigida por la lectura orante de la Palabra depende de la familiaridad con todo el texto bíblico, de tal modo que un texto sea comprendido y comentado con otro texto. Es necesario leer la Biblia con la Biblia. Para ello podemos y, en la medida de lo posible es necesario, servirse de los instrumentos a nuestro alcance que nos ayuden a una mejor comprensión del texto, como puede ser un buen comentario, sin olvidar, sin embargo, que la Palabra de Dios nos ha sido dada para la unción espiritual y para la caridad, no para la simple erudición o la simple cultura. ¿Me dejo iluminar y enjuiciar por la Palabra o soy de los que buscan ser justificados por ella en todo lo que hacen y dicen?

f. Lectura eclesial. La iglesia es el cuerpo donde la Palabra puede resonar verdaderamente como lo que es: Palabra de Vida. La Iglesia, que no es dueña de la Palabra, sin embargo la custodia e interpreta auténticamente, gracias a la acción del Espíritu que la asiste. Sólo la comunión con ella, vivida en plena docilidad al Espíritu, único verdadero exegeta de la Palabra, nos puede librar del subjetivismo interpretativo, del arbitrio, y del consumismo privado de la Palabra. Francisco, como ya hemos recordado, nos pone en guardia contra todo ello y nos enseña a leer la Palabra en comunión con la Iglesia. La lectura orante de la Palabra sólo es posible en el contexto eclesial y, por ello, comunitario, aun cuando se haga individualmente. La Palabra, nacida en la comunidad de fe, se comprende en la comunidad, por eso la vida fraterna en comunidad favorece el redescubrimiento de la dimensión eclesial de la Palabra: acogerla, meditarla, vivirla juntos, comunicar las experiencias que de ella florecen y así adentrarse en una auténtica espiritualidad de comunión.

La lectura de la Palabra, con todos los requisitos de los que hemos hablado, ha de ir acompañada de la voluntad de escucharla. Escucha Israel (Dt 4, 1; 5, 1; 6, 4-9), es la invitación que resuena constantemente en los oídos del Pueblo de Dios. Escucha, es el estribillo constante en la boca de los profetas, y el imperativo para todo aquel que se dispone a entrar en la lectura orante de la Palabra.

A la Palabra corresponde la escucha, la sola que permite aceptarla, acogerla, y abrirle el corazón de uno mismo, para luego obedecerla sin tardanza, inmediatamente (cf. Mc 1, 18. 20). La escucha exige hacer silencio, que permite que el mundo del otro, en este caso de la Palabra, entre en uno; exige prestar atención, que permite gestar la Palabra en el corazón, hospedarla; exige disponibilidad, es decir, que entre en uno mismo y haga morada en uno. Se entiende así que sin la escucha, la lectura es superficial, la Palabra se pierde, la comunicación se rompe, y el encuentro no se da.

Medita/asimila:

¿Qué te dice hoy la Palabra?

27. No basta leer la Palabra, es necesario guardarla, custodiarla en el corazón (cf. Ez 3, 10), para que pueda producir los frutos esperados. No basta el encuentro material con la Palabra, es necesario asimilarla, acogerla con fe, hacerla nuestra. A esto mira precisamente este segundo momento de la lectura orante de la Palabra: la meditación/asimilación.

Para la Biblia meditar significa susurrar, pronunciar en voz baja. Es por ello que la meditación a la que nos referimos se conoce, también, como rumiación de la Palabra. Es a través de ese susurro o rumiación del texto bíblico como se llega al conocimiento del texto, es decir, al conocimiento de la voluntad de Dios, para poder luego ponerla en práctica, vivirla, obedecerla. De este modo, la meditación lleva a la asimilación y de ésta se pasa a la captación del hoy de la Palabra que permite la confrontación de la vida, personal o comunitaria, con la Palabra escuchada.

La meditación no es una elucubración, sino un diálogo, un encuentro personal con el que se nos ha revelado como él durante la lectura. La meditación no es, por tanto, una técnica que tiene como finalidad el propio sujeto, sino un camino que busca abrir el sujeto a la alteridad y a la comunión con el Verbo, a fin de llegar a tener los mismos sentimientos de Cristo (cf. Fil 2, 5). Esto, sin embargo, no se alcanza sin trabajo, sin rumiarla, lo cual comportará también, y según las propias posibilidades, el estudio de la Palabra.

La meditación es una operación espiritual que de la lectura y de la escucha del texto bíblico lleva a una respuesta de oración y contemplación, y a una respuesta de vida: la meditación mira a vivir y encarnar la Palabra. No por casualidad, la tradición bíblica habla de masticar y comer la Palabra: Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que te doy. Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel (Ez 3, 3). Jeremías, por su pare, habla de devorar la Palabra con avidez. Tanta era la alegría que le inundaba al comerla (cf. Jr 15, 16), la dulzura que le proporcionaba (cf. Sal 119, 103. 105). La meditación/ asimilación nos permite dejarnos habitar por la Palabra, acogerla en la propia intimidad, por eso sólo quien come la Palabra, puede luego comunicarla a los demás: Come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel (Ez 3, 1).

En este segundo momento de la lectura orante de la Palabra debe darse la simultaneidad necesaria entre la comprensión de la Palabra de Dios a través de la mente y la acogida generosa del corazón. En la meditación, precisamente porque se trata de asimilar el texto, debe involucrarse todo el hombre, sintetizado en el binomio tradicional de mente y corazón. Este momento es sumamente importante, pues se trata de dejarse transformar por la Palabra para ser Palabra viva de Cristo mismo, Palabra misma de Jesús, hecha visible y hecha carne en quien la recibe con amor.

28. En la primera Regla Francisco, basándose en la parábola del sembrador (cf. Mt 13, 3- 23), presenta cuatro tipos de encuentro con la Palabra. En el primer caso la Palabra no es entendida y pronto viene el maligno para llevarse lo que ha sido depositado en el corazón. En el segundo caso la Palabra es abandonada a causa de las persecuciones o tentaciones. En el tercer caso la Palabra es sofocada por las preocupaciones del mundo. En el cuarto caso –es el de quien la escucha con corazón bueno, es decir, con buenas disposiciones-, la Palabra es comprendida, custodiada, y da fruto.

La Palabra si no es escuchada con corazón bueno se pierde, es sofocada, no puede producir fruto. Quien no acoge la Palabra con unas determinadas disposiciones es tierra a lo largo del camino, tierra entre rocas y entre zarzas, donde la Palabra no puede crecer y menos, todavía, dar fruto. Francisco nos pone en guardia contra esta posibilidad diciéndonos: Y guardémonos mucho de la malicia y de las sutilezas de Satanás, que quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón vueltos a Dios. El maligno quiere que la Palabra no encuentre tierra buena, es decir, que no permanezca en el corazón. Y es que la Palabra pone al corazón en estrecha relación con el Señor, que es lo que el espíritu del mal no quiere en absoluto. Pera evitar esta relación, el maligno, con astucia, intenta ir a la causa del corazón vuelto hacia el Señor: la Palabra custodiada en el corazón del hombre.

El corazón del hombre es presentado por Francisco, siguiendo las Escrituras, como una casa, una habitación, de la cual el maligno ha sido echado fuera por el poder de la Palabra. Es necesario vigilar, estar en guardia, a fin de que no regrese con mayor fuerza, so pretexto de una recompensa. Perder la Palabra del corazón significaría perder al Señor, mientras que guardarla y custodiarla en el corazón posibilita servir, amar, adorar y honrar al Señor Dios con corazón puro y mente pura. Es la permanencia de la Palabra la que transforma el corazón de piedra en corazón de carne, el inmundo en corazón puro: Vosotros estáis limpios gracias a Palabra que os he anunciado (Jn 15, 3).

En la meditación/asimilación nos jugamos el fruto de la lectura orante de la Palabra. Es necesario, por tanto, prepararla con atención, tanto en la disposición del corazón, como en los aspectos exteriores: tiempo, lugar, silencio…Y aquí resuena también la Palabra del Señor: La atraeré a mí, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón (Os 2, 16). Hemos de disponer el corazón para la palabra como un campo reservado y protegido, recordando que la Palabra resuena sólo en un corazón disponible y en el silencio. Entonces el desierto se transforma en lugar habitado por la Palabra, en memoria del amor primero (cf. Jr 2, 2), en lugar de la fidelidad (cf. Dt 32, 10-12). ¿Con cuáles medios custodio la Palabra en el corazón?

Ora/contempla:

¿Qué le dices al Señor con la Palabra?

29. Una vez asimilada la Palabra gracias a la meditación, ahora es el momento de orar con la Palabra. Una vez que sabemos lo que el Señor nos dice, ahora es el momento de preguntarnos ¿qué le digo al Señor? Orar es responder a Dios después de haberle escuchado, es decirle sí a su proyecto sobre nosotros, y, en cierto sentido, es restituirle la Palabra escuchada. En este tercer paso de la lectura orante de la Palabra es el momento de hablarle al Señor, de manifestarle lo que sentimos en nuestro corazón, llevados de la mano de la Palabra. El padre san Francisco es un buen ejemplo de ello en sus Oraciones. La Palabra ha llegado a nosotros, anida en nuestro corazón, y ahora vuelve a Dios en forma de oración. Así lo vemos en las grandes oraciones del Nuevo Testamento: Magnificat (cf. Lc 1, 46ss), Benedictus (cf. Lc 2, 67ss), y Nunc dimitis (cf. Lc 2, 29-32).

La oración en el contexto de la lectura orante de la Palabra es un grito que brota desde lo más profundo del corazón que arde por la Palabra de Dios. Transformar la Palabra en oración es mirarnos al Espejo, presente en ella, para dejarnos transformar por él, interior y exteriormente, y luego ser también nosotros espejo para los demás. El cuando escuchas, Dios te habla; cuando oras, tú hablas a Dios, de Ambrosio se cumple. El círculo se cierra, es completo.

La oración, por tanto, no es un medio para la lectura orante de la Palabra, sino el resultado de ella, como resultado de la oración es la contemplación: momento pasivo de la intimidad, momento en que la Palabra es saboreada en el corazón, conocimiento de Dios con la experiencia del corazón, concentración en el misterio de Dios (cf. Jn 17, 3). Tras una prolongada oración uno experimenta la presencia del Señor que suscita en nosotros: estupor, maravilla, mirada limpia de la realidad con los ojos de los sencillos, de los pobres en el espíritu. En este contexto, la contemplación es la que sale de un corazón habitado y tocado por la Palabra. Si la oración nos lleva a lo concreto de la vida, pues la oración nunca se puede separar de la vida: oramos lo que vivimos y amamos a Dios a través de nuestras situaciones y de las cosas concretas que vivimos; la contemplación, en cambio, nos lleva a concentrarnos en lo esencial: mirar únicamente a Jesús, reposar en él, acoger su amor por nosotros (cf. Lc 10, 39). De este modo la contemplación nos lleva de los acontecimientos y situaciones de la vida, a descubrir y saborear en ellos la presencia activa y creadora de la Palabra, y el encuentro sobre Ella es sustituido por el encuentro con Ella. Entonces la Palabra habitará por la fe en nuestros corazones y, finalmente, conoceremos el amor de Cristo (cf. Ef 3, 17-19).

Pon en práctica/anuncia:

¿Qué hacer con la palabra?

30. La conclusión natural de la lectura orante de la Palabra es ésta: poner en práctica la Palabra y dar testimonio del Señor. En la Escritura sagrada una misma palabra, shemá, significa escuchar, obedecer, poner en práctica. Escuchar no es sólo adquirir información sobre Dios, sino adherirse a una Palabra que compromete el modo de vivir. Si escuchar es la respuesta natural del hombre a un Dios que habla, la obediencia de la fe (cf. Rm 1, 5; 10, 14-17) es la meta de toda escucha.

La lectura orante de la Palabra no es, por tanto, solamente una escuela de oración, es también una escuela de vida. No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos. Sino el que escucha y pone en práctica la Palabra (Mt 7, 21). Nuestra comunión con el Señor expresada en términos humanos usados por el Evangelio –madre, hermanos, hermanas-, depende del hacer vida en nuestras vidas la Palabra de Dios (cf. Mt 12,

48-50).

Quien acoge la Palabra en la fe y en la obediencia, y la deja obrar, experimenta una fuerza transformadora, pues es habitado por Cristo, como dice el Apóstol: Es Cristo quien vive en mi (Gál 2, 20). La obediencia a la Palabra ilumina cualquier otra obediencia. La Palabra acogida con un corazón puro nunca es ineficaz, pues como dice el profeta: como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra y la hace germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mi vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión (Is 55, 10-11). Cuando, como María, se acoge la Palabra y se conserva en el corazón (cf. Lc 1, 38; 2, 19. 51), la Palabra nos pone en camino hacia quienes nos necesitan (cf. Lc 1, 39- 45). La Palabra escuchada y acogida se transforma en vida.

Francisco se esmeró constantemente por pasar de la vida a la Palabra y de la Palabra a la vida, encarnando en propuestas concretas de vida cada fragmento que leía o escuchaba de la Palabra. Según él, la Palabra de Dios si sólo se oye es palabra muerta, que produce la muerte. A quienes, privados de sabiduría espiritual, se limitan a oír la Palabra bien se les puede aplicar las palabras que Francisco escribe en una de sus Cartas: ven, conocen, saben y hacen el mal, y a sabiendas pierden sus almas. Por eso pone gran cuidado en preservar a los hermanos de una escucha de la Palabra descomprometida y desencarnada de la vida.

Ya hemos hecho referencia a la explicación que da de la parábola del sembrador en la primera Regla. Ese texto muestra la preocupación de Francisco de que sus hermanos sean tierra buena, a fin que la Palabra sembrada en sus corazones pueda germinar, crecer y dar fruto. La misma preocupación la muestra Francisco en dos de sus Admoniciones. Para Francisco, la Palabra de Dios no puede permanecer ineficaz. La Palabra escuchada está llamada a producir fruto en la vida, y quiere, además, ser restituida al Señor, de quien es todo bien, con la palabra y el ejemplo. Las santísimas palabras no se pueden separar de las obras del Señor. La actividad pastoral de los hermanos y de las hermanas, que consiste en mover a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría, está ligada a la escucha atenta y a la puesta en práctica de la Palabra. Francisco no puede soportar la superficialidad.

El punto de llegada de la lectura orante de la Palabra es la evangelización. Y esto es importante no olvidarlo. El fruto de la lectura orante de la Palabra se obtiene sólo cuando se rompe la caparazón del tibio seno materno y se permite a los demás poder beber en aquella misma Palabra que por fin nos ha transformado el corazón. Nos decía recientemente Benedicto XVI: Nutrid vuestra jornada de oración, de meditación y de escucha de la Palabra de Dios. Vosotros, que tenéis familiaridad con la antigua práctica de la lectio divina, ayudad también a los fieles a valorizarla en su existencia cotidiana. Y sabed traducir en testimonio cuanto la Palabra indica, dejándoos plasmar por ella que, como semilla acogida en un buen terreno, da frutos abundantes. Seréis, de este modo, dóciles al Espíritu y creceréis en la unión con Dios, cultivaréis la comunión fraterna entre vosotros y estaréis prontos a servir con generosidad los hermanos, sobre todo los que se encuentran en necesidad. Llamados a anunciar la Palabra a los demás, sólo saciando nuestra sed en el encuentro con la Palabra, como la Samaritana, podremos convertirnos en mensajeros Palabra.

Conclusión

31. La muchacha de Nazaret, la Virgen hecha Iglesia, ella, palacio, casa y tabernáculo de la Palabra, que está atenta a la Palabra y es capaz de guardarla y meditarla en su corazón, es paradigma de todos nosotros que queremos escuchar, acoger y vivir la Palabra. Llamados a caminar desde Cristo, Palabra del Padre a la humanidad, sentimos la necesidad de mirar a María, oyente atenta de la Palabra, a fin que la escucha de la Palabra, en la antigua y siempre válida tradición de la lectura orante de la Palabra, nos interpele, oriente y modele nuestra existencia. Es el único camino para lograr que se impregnen en nosotros los rasgos del Verbo Encarnado.

Queridos hermanos y hermanas: Francisco y Clara, y con ellos tantos hermanos y hermanas nuestros a lo largo de estos 800 años de historia de nuestra Fraternidad, han constatado que la Palabra de Dios es una Palabra viva y eficaz. Ellos se dejaron agarrar, interpelar, cuestionar, e iluminar por esta Palabra liberadora y creativa, y sus vidas cambiaron. Ellos también nos han mostrado cómo la Palabra sólo es eficaz si la encarnamos en la vida cotidiana, y que no la podemos ofrecer enlatada o precintada, sino que ha de ser expuesta desde la vida, porque no es ideología sino propuesta de vida. Urge leer nuestra vida desde la Palabra y la Palabra desde la vida. Y en esto también los pobres pueden ser nuestros maestros.

Llamados a anunciar la Palabra, los hermanos y hermanas de hoy y de mañana, en un mundo profundamente secularizado no podremos testimoniar a Cristo si no somos contemplativos que se dejan, en el silencio de la lectura orante de la Palabra, reengendrar por medio de la Palabra de Dios viva y permanente (1P 1, 23). Si de Dios sólo podemos hablar si antes hablamos con él, la Palabra sólo se puede comunicar a los demás si antes hemos saciado nuestra sed de plenitud en el manantial de la Palabra. Siguiendo el ejemplo de cuantos nos precedieron en el seguimiento de Cristo según la forma de vida evangélica que nos trasmitieron Francisco y Clara, seamos diligentes en la escucha de la Palabra y recibámosla con docilidad. No nos contentemos sólo con oír la Palabra, engañándonos a nosotros mismos, más bien pongámosla por obra, pues sólo así podrá salvar nuestras vidas y será para nosotros fuente de felicidad, gozo y alegría (cf. Sant 1, 19. 21.

25; Jr 15, 16.).

Estamos en camino, un camino que queremos nos lleve a lo esencial de nuestra experiencia de fe, un camino que nos aleje de la tentación de domesticar las palabras proféticas del Evangelio para adaptarlas a un estilo de vida cómodo. Y en este camino necesitamos fortalecernos con el alimento de la Palabra. La forma de vida que nos dejaron Francisco y Clara vive de la Palabra, bebe de la Palabra y encuentra su descanso en la Palabra. El deseo de servicio y de misión que nos lleva a ser menores entre los menores de la tierra, se mantiene encendido gracias a la Palabra. La fidelidad que anida en el corazón de tantos hermanos y hermanas se repone todos los días en la meditación asidua de la Palabra. La comunión entre nosotros, desde la lógica del don, se mantiene viva gracias a la Palabra que nos convoca. Sólo la Palabra nos pone en camino y nos empuja a la misión, capacitándonos, al mismo tiempo, para llevar a cabo una seria revisión de nuestra misión e iniciar, con osadía, caminos inéditos de presencia y de testimonio. Dejémonos acariciar por la brisa de la Palabra. Sea ella lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 118, 105).

¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!

Habla, Señor… ¡No te quedes callado!

tu silencio es terrible.

Necesitamos oír tu voz

más que del pan y del vino,

más que del amor y de la vida.

Necesitamos oír esa voz

que nos haga compañía

en nuestro trabajo

y en nuestra peregrinación.

Habla, Señor… ¡No te quedes callado!

tu silencio es terrible.

¡Habla, aunque no te escuchemos!

¡Habla, aunque nuestro

ruido interior ahogue tu voz!

¡Habla, aunque tu palabra nos queme!

Habla, Señor…

¡No te quedes callado!

tu silencio es terrible.

Señor: Danos hambre y sed,

no de pan o de agua,

sino de escuchar tu Palabra.

Señor: Tú que te acercas al hombre

en el aquí y en el ahora,

concédenos el favor

de escuchar hoy tu voz

María, Madre y Sierva de la Palabra

alcánzanos la gracia

de descubrir su belleza,

de tal modo que, custodiándola

en nuestro corazón,

sea nuestro gozo y alegría. Fiat, fiat.

Roma, 23 de marzo, solemnidad de la Resurrección del Señor, de 2008.

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm

Ministro general

Ver en este blog la página Lectura Orante-franciscanos

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