Archive for September, 2010

Sobre la lectio divina

Monja trapense

Sobre la lectio divina

Como su nombre lo indica, la lectio divina es una lectura en la que Dios tiene algo que decir, o más exactamente que hacer, pero no sin nosotros. En efecto, Dios está en el origen, en el corazón y al término de nuestra lectio.

1. Dios está en el origen de nuestra lectio.

Para comenzar, pongámonos a la escucha del profeta Amós: “Miren que llegan días –oráculo del Señor- en que enviaré hambre al país: no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor; irán errantes de este a oeste, vagando de norte a sur, buscando la palabra del Señor, y no la encontrarán.” (Amós 8, 11-12)

Si días tras día buscamos asiduamente la palabra del Señor, es porque el Señor, antes, ha derramado sobre la tierra desolada de nuestro corazón el hambre y la sed de escucharlo. O más aún, tomando palabras de san Pablo, es porque Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama hacia Él (Gálatas 4,5). Por tanto, buscar la palabra del Señor viene a responder a este llamado confusa o ardientemente percibido en lo más secreto de nuestro ser. Leer la Biblia es encontrar la palabra de Verdad gracias a la cual irán tomando forma y rostro los gemidos inefables del Espíritu que habita en nosotros (Romanos 8, 11.22-26). Así Dios, en su palabra, toma nuestro lenguaje humano para que nosotros podamos comprender su llamada y así responderle. Él nos atrae hacia ella para revelarse a nosotros.

De ahí se desprende la importancia de la escucha, de una escucha profunda, por eso a ello nos invita san Benito al comienzo del Prólogo de su Regla: “Escucha, hijo, las instrucciones del maestro y presta el oído de tu corazón” (RB Prol. 1)

Para escuchar lo que el Espíritu dice a las iglesias –otra fórmula de san Benito tomada del Apocalipsis (RB Prol. 11 y Apocalipsis 2,7)-, es necesario escuchar allí donde el Espíritu habita y llama: en nuestros corazones (Gálatas 4,5 y Romanos 8, 11.22-27); o mejor, es necesario dejar a la palabra descender y resonar en esta profundidad donde el Señor nos espera. Él mismo nos lo dice por boca del profeta Oseas: “voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2, 16). Pues la palabra del Señor es una palabra de amor dirigida al corazón de cada hombre; por eso es necesario ir al desierto para percibirla, es decir acallar todo aquello que de ordinario nos ensordece, los ruidos de fuera pero también los pensamientos interiores, para estar solamente atento a la voz de Aquel que nos habla. Como lo hacemos cuando queremos orar, debemos seguir los consejos de san Mateo: “Cuando tú vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre a escondidas… tu Padre ve en lo secreto, …” (Mateo 6, 6), dejando fuera “las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los demás deseos [que] ahogan la palabra y no la dejan dar fruto” (Marcos 4,19)

En efecto, el rasgo esencial, característico de la palabra de Dios es de ser eficaz, mejor aun saludable, y es así porque ella es la Verdad. “Yo, el Señor, lo digo y lo hago” leemos al final del capítulo 36 del libro de Ezequiel. Y Dios se revela a nosotros como el que habla y hace a fin de que lleguemos a ser como aquellos que no sólo escuchan sino que ponen en práctica lo que escucharon. (Deuteronomio 4,1; RB Prol. 1). El nos atrae a su palabra para que finalmente dejemos que se haga carne en nosotros. También el modelo por excelencia de nuestra lectio, es decir de nuestra escucha y de nuestra respuesta, va a ser María, la servidora del Señor en quien el Verbo ha tomado vida, se ha encarnado para nuestra salvación (Lucas 1, 38.41). A ejemplo suyo guardaremos la palabra y la meditaremos en nuestro corazón, pues como ya lo dice el Deuteronomio: “no es palabra vacía para ustedes, sino que por ella vivirán” (Deuteronomio 32,47).

2. Dios está en el corazón de nuestra lectio

Desde las primeras palabras de la Biblia vemos en acción el soplo y la palabra de Dios (Génesis 1, 2-3); “Por la palabra del Señor se hizo el cielo, por el aliento de su boca las constelaciones”, cantamos, haciéndole eco, en el salmo 33. Muchas veces en su célebre obra “Contra los Herejes”, San Ireneo evoca las dos manos de Dios que han modelado al hombre, el Hijo y el Espíritu, o también el Verbo y la Sabiduría (Ad. Her. IV, Pr. 4; IV 7,4; V 1,3; V 6,1; V 28,4). Todo esto nos muestra cómo la palabra de Dios es inspirada, su Verbo está colmado, sin medida, del Espíritu (Juan 3, 34). Cuando, a ejemplo de Ezequiel o de Juan, tomamos estas palabras y las comemos (Ezequiel 3, 1-30; Apocalipsis 10, 8-10), Dios, como en los primeros días del Génesis, nos da forma, nos transforma a imagen de su Hijo y nos insufla su Espíritu de vida (Génesis 1, 26 y 2,7)

Desde el vamos, en efecto, la Palabra de Dios nos reenvía sin cesar a Cristo. Todas las Escrituras se refieren a Él como les hará comprender a los dos discípulos de Emaús (Lucas 24, 27.44). El da cumplimiento, plenitud de sentido a las promesas hechas a los patriarcas, a los anuncios de los profetas, a la esperanza de los salmistas: por todos lados se descubre poco a poco su rostro de Salvador. Presencia activa y vivificante que, de página en página, viene a nuestro encuentro y nos llama. Pues si el abre nuestra inteligencia y hace arder nuestro corazón (Lucas 24, 32), es porque desde ahora y cada vez más nos adherimos a Él sin retorno.

San Atanasio, obispo de Alejandría en el siglo IV, cuenta cómo san Antonio el Grande, a quien llamamos padre de los monjes, “entra en una iglesia. Alguien lee el evangelio y él escucha al Señor diciendo al rico: si tú quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y ven, sígueme, tendrás un tesoro en el cielo. Antonio habiendo recibido de Dios el recuerdo de los santos, como si la lectura hubiese sido hecha para él, salió en seguida de la iglesia. Los bienes que tenía de sus padres… él los regaló a la gente del pueblo para no tener nada que le pese…él vendió todos sus muebles y distribuyó a los pobres el dinero recibido…” (Vita § 2). Esto fue para él la aurora de una vida nueva, toda ordenada al amor del Señor que, poco a poco, lo conformaba a él.

Fortaleza de la palabra que nos conduce a preferir ante todo a Cristo (RB 72,11). Escuchada en la Iglesia o meditada en el secreto de nuestra habitación, ella nos invita a renunciar a nosotros mismos y a seguirle (Mateo 16, 24). Esto, para cada día, nos lo recuerda san Benito: “Escuchen con un oído atento la voz poderosa de Dios que cada día nos acucia diciendo: hoy si escuchan su voz, no endurezcan su corazón” (Prol. 9 y 10). Pues el tiempo del encuentro es siempre en el presente. Consentir a esta palabra es recibir el poder de llegar a ser desde ahora hijos de Dios (Juan 1, 12). Por ella aprendemos que “la vida es Cristo y morir [a sí mismo] una ganancia” (Filipenses 1,21). Así pues, Dios está en el corazón de nuestra lectio en tanto que ella nos abre a la presencia operante de Cristo en nosotros y en torno a nosotros. Por otra parte, la palabra de Dios es también y al mismo tiempo, experiencia del Espíritu. El apóstol Juan remarca repetidas veces el vínculo entre permanecer en Dios, guardar su palabra y recibir el don del Espíritu. Por ejemplo en su primera carta (1 Juan 3,24): “El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Reconocemos que el permanece en nosotros, gracias al Espíritu del cual él nos ha hecho don” (cf Juan 14, 23-26 y 1 Juan 4,13).

Cuando la palabra produce un vuelco a nuestro corazón y nos da la fuerza de la conversión (Hechos 2, 37-38), es decir de salir de nosotros mismos hacia el Otro y los otros; cuando permitimos a Dios entrar y dar un vuelco a nuestra vida, es el Espíritu que obra para recrearnos en Cristo, para hacernos renacer de lo alto, y precisamente cuando aun somos viejos, como Nicodemo (Juan 3,4.7-8), y no hay peor envejecimiento que el pecado (Romanos 6,6). Pues el Espíritu es comunión (2 Corintios 13, 13). Él nos introduce en la comunión del Hijo con el Padre, el construye la unidad del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. (cf 1 Corintios 12,13; Efesios 4,4; Colosenses 1,18). Los signos de que nuestra lectio ha encontrado a Cristo en el Espíritu es nuestra adhesión, nuestra participación renovada en la vida de la Iglesia. Dicho de otro modo: los que Dios ha engendrado por la Palabra de verdad (Santiago 1, 18; 1 Pedro 1, 23-25), el Espíritu los hace miembros vivos del cuerpo de Cristo. La dimensión trinitaria de la lectio se desarrolla y profundiza en comunión eclesial. Desde esta óptica, aquellos y aquellas que nos han precedido sobre este camino son para nosotros testigos y amigos que nos ayudan a progresar en él al recorrerlo. Es por esto que, después de la Biblia, los escritos de los Padres y de los santos de todos los tiempos constituyen un tesoro invalorable donde cada uno puede reconocer bajo múltiples y variadas formas, al único Espíritu de Dios transfigurando al hombre a imagen del Hijo amado (2 Corintios 3, 14-18), al menos a los que consienten.

3. Dios está al término de nuestra lectio

Amós hablaba de buscar la palabra del Señor, pero agrega: “no la encontrarán” (Amós 8, 11-12). A continuación la profecía aclara la causa de tal fracaso: el pecado, las infidelidades del pueblo (Amós 8,14). De hecho ¿cómo buscar la palabra de aquel de quien uno se separa con su conducta toda?, ¿cómo escuchar a alguien del cual uno se distancia? San Agustín lo dice de un modo admirable en su libro Confesiones: “¡Oh gozo mío, tardo en venir! Callabas entonces y yo me iba lejos, lejos de ti” (Confesiones II, II, 2).Si Dios nos habla, es para encontrarnos y esto no es posible a menos que nos volvamos a él y le abramos la puerta de nuestro corazón, pues él no la forzará jamás. “Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3,20). Estas palabras de Cristo resucitado en el Apocalipsis son precedidas por una invitación acuciante: “A los que amo yo los reprendo y corrijo. Sé fervoroso y arrepiéntete” (Apocalipsis 3, 19), es decir: “conviértete de tus pecados” (Ezequiel 18,27) y “regresa a mí pues te he rescatado” (Isaías 44,22)

Así Dios nos ama y si el nos atrae hacia su palabra (1er. punto), si él en ella nos descubre a Cristo en el Espíritu (2do. punto), es a fin de cuentas para unirnos a él en un solo espíritu (1 Corintios 6, 17). La lectio está ordenada a esta unión. En su palabra él nos ofrece lo que hace falta no sólo para buscarlo sino y sobre todo para encontrarlo. “Cuando recibía tus palabras, las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima” (Jeremías 15, 16). Y Jeremías nos da a continuación la clave de tal felicidad: “tu Nombre ha sido proclamado sobre mí”, es decir, como lo explica una nota de la TOB, se ha revelado en mí tu presencia.

La palabra es un instrumento potente para abrirnos a la gracia. El profeta Oseas ya lo sabía: “Preparen su discurso y conviértanse al Señor” (Oseas 14, 3). Más cerca nuestro en el tiempo, santa Teresa de Ávila cuenta en el libro de su vida que tenía el hábito de servirse de un libro como de un disparador para elevar su alma “Y muchas veces en abriendo el libro, no era menester más; otras leía poco, otras mucho, conforme a la merced que el Señor me hacía” (Libro de la Vida Cap. 4 n 9)

En efecto no es la cantidad la que cuenta sino la calidad, es decir la disposición del corazón, la intensidad del deseo, la profundidad de la escucha, la verdad de la vida, etc. …”Dí sólo una palabra y seré sanado” (cf Mateo 8,8). Es suficiente con frecuencia una sola palabra para alcanzar lo íntimo de nuestro ser, palabra por la cual el Señor nos toca y nos renueva. Recordado sin cesar el alimentará nuestra jornada y transformará nuestra vida: “dime, ¡Yo soy tu victoria!” (Salmo 34,3).

Es entonces la lectio, después de hacerse súplica, búsqueda, se expande en alabanza, en acción de gracias. Cuando la palabra se hace carne en María, en seguida surge el Magnificat. Al respecto los salmos son un lugar privilegiado donde aprender a pasar sin cesar de la lectio a la oración. En los salmos la palabra nos es dada para buscar a Dios implorando y encontrarlo en la exultación. La palabra recibida de Dios, se hace palabra nuestra para dirigirnos a él. “Tu mejor servidor –remarca san Agustín en Confesiones– es el que más atento está, no a oír de ti lo que él quiere, sino más bien a querer lo que oiga de ti” (Confesiones X, XXVI, 37). La lectio nos educa a esto, a unir nuestra voluntad a la de Dios, lo que según san Bernardo, es la definición del amor. (SC 71,6)

En síntesis

Dios está al origen de nuestra lectio: atrayéndonos en ella hacia su palabra, él hace nacer en nuestros corazones la esperanza. Dios está en el corazón de nuestra lectio: revelándonos en ella a Cristo en el Espíritu, él hace crecer nuestras vidas en la fe. Dios está al término de nuestra lectio: uniéndonos por ella a él por el acuerdo de nuestra voluntad a la suya, él consuma nuestro ser en el amor.

Al final de esta reflexión vuelvo a san Agustín; él escuchó un día cantar en una casa vecina: “¡Toma, lee! ¡Toma, lee!”. Y comenta: “Has llamado, has gritado, has roto mi sordera. Has relampagueado, has resplandecido, has disipado mi ceguera. Has exhalado perfume, lo respiré anhelando por ti. He gustado y tengo hambre y tengo sed. Me has tocado y me inflamé en deseo de tu paz.” (Confesiones X, XXVII, 38) “Cuando me haya adherido a ti con todo mi ser, en ningún sitio habrá para mí dolor y trabajo, y mi vida estará viva, toda llena de ti” (Confesiones X, XXVIII, 39)

Madre Christine Aptel

Monja trapense

Abadía de Notre Dame de Saint Joseph en Ubexy, Francia

http://www.abbaye-ubexy.com.fr/pagesnewsite/surlalectiodivina.htm

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Lectura espiritual de la Biblia

Raniero Cantalamessa

«LA LETRA MATA; EL ESPÍRITU DA VIDA»

La lectura espiritual de la Biblia

P. Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap.

1. La Escritura divinamente inspirada

En la segunda carta a Timoteo se contiene la célebre afirmación: «Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Tm 3, 16). La expresión que se traduce: «inspirada por Dios», o «divinamente inspirada», en la lengua original es una palabra única: theopneustos, formada por dos vocablos: Dios (Theos) e inspirar (pneo). Tal palabra tiene dos significados fundamentales: uno muy conocido, el otro en cambio habitualmente descuidado, si bien no menos importante que el primero.

El significado más conocido es el pasivo, evidenciado en todas las tradiciones modernas: la Escritura es «inspirada por Dios». Otro pasaje del Nuevo Testamento explica así este significado: «Movidos por el Espíritu Santo, hablaron aquellos hombres (los profetas) de parte de Dios» (2 Pe 1,21). Es, en resumen, la doctrina clásica de la inspiración divina de la Escritura, la que proclamamos como artículo de fe en el Credo, cuando decimos que el Espíritu Santo «habló por los profetas».

Podemos representarnos con imágenes humanas este evento en sí misterioso de la inspiración: Dios «toca» con su dedo divino -esto es, con su energía viva que es el Espíritu Santo- ese punto recóndito donde el espíritu humano se abre al infinito y desde ahí ese toque -en sí sencillísimo e instantáneo como es Dios que lo produce– se difunde como una vibración sonora en todas las facultades del hombre -voluntad, inteligencia, fantasía, corazón–, traduciéndose en conceptos, imágenes, palabras.

El resultado que, en tal modo, se obtiene es una realidad teándrica, esto es plenamente divina y plenamente humana: las dos cosas íntimamente unidas, auque no «confundidas». El Magisterio de la Iglesia -encíclicas Providentissimus Deus de León XIII y Divino afflante Spiritu de Pío XII– nos dice que los dos datos, divino y humano, se han mantenido intactos. Dios es el autor principal porque asume la responsabilidad de lo que está escrito, determinando el contenido con la acción de su Espíritu; sin embargo el escritor sagrado es también él autor, en el sentido pleno de la palabra, porque ha colaborado intrínsecamente en esta acción mediante una normal actividad humana, de la que Dios se ha servido como de un instrumento. Dios -decían los Padres– es como el músico que, tocándola, hace vibrar las cuerdas de la lira; el sonido es todo obra del músico, pero no existiría sin las cuerdas de la lira.

De esta obra maravillosa de Dios se saca a la luz, habitualmente, casi sólo un efecto: la inerrancia bíblica, o sea, el hecho de que la Biblia no contiene ningún error, si entendemos correctamente el «error» como ausencia de una verdad posible humanamente, en un determinado contexto cultural, teniendo en cuenta el género literario empleado y, por lo tanto, exigible por la parte de quien escribe. Pero la inspiración bíblica funda mucho más que la simple inerrancia de la palabra de Dios (que es algo negativo); funda, positivamente, su inagotabilidad, su fuerza y vitalidad divina y aquello que san Agustín llamaba la mira profunditas, la maravillosa profundidad.

Estamos ahora preparados para descubrir el otro significado de la inspiración bíblica. En sí mismo, gramaticalmente, el participio theopneustos es activo, no pasivo. La tradición misma ha sabido captar en ciertos momentos este significado activo. La Escritura, decía san Ambrosio, es theopneustos no sólo porque es «inspirada por Dios», sino también porque ,es «expirante de Dios», ¡porque expira a Dios!.

Hablando de la creación, san Agustín dice que Dios no hizo las cosas y después se fue, sino que aquellas, «venidas de Él, permanecen en Él». Igual ocurre con las palabras de Dios: venidas de Dios, permanecen en Él y Él en ellas. Después de haber dictado la Escritura, el Espíritu Santo se ha como encerrado en ella, la habita y la anima sin descanso con su soplo divino. Heidegger dijo que «la palabra es la casa del Ser»; nosotros podemos decir que la Palabra (con mayúsculas) es la casa del Espíritu.

La constitución conciliar Dei Verbum recoge también este filón de la tradición cuando dice que “las Sagradas Escrituras inspiradas por Dios (¡inspiración pasiva!) y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra de Dios mismo, y hacen resonar en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles la voz del Espíritu Santo» (¡inspiración activa!).

2. Docetismo y ebionismo bíblico

Pero ahora debemos tocar el problema más delicado: ¿cómo acercarnos a las Escrituras de manera que «liberen» de verdad para nosotros el Espíritu que contienen? He dicho que la Escritura es una realidad teándrica, esto es, divino-humana. Ahora bien: la ley de toda realidad teándrica (como son, por ejemplo, Cristo y la Iglesia) es que no se puede descubrir en ella lo divino sino pasando a través de lo humano. No se puede descubrir en Cristo la divinidad sino a través de su concreta humanidad.

Aquellos que en la antigüedad pretendieron hacerlo de modo distinto cayeron en el docetismo. Despreciando, de Cristo, el cuerpo y las características humanas como simples «apariencias» (dokein), perdieron también su realidad profunda y, en lugar de un Dios vivo hecho hombre, se encontraron en sus manos con una idea distorsionada de Dios. De igual forma, no se puede, en la Escritura, descubrir el Espíritu sino pasando a través de la letra, esto es, a través del revestimiento concreto humano que la palabra de Dios asumió en los diferentes libros y autores inspirados. No se puede descubrir en ellos el significado divino sino partiendo del significado humano, aquél entendido por el autor humano, Isaías, Jeremías, Lucas, Pablo, etc. En esto encuentra su plena justificación el inmenso esfuerzo de estudio e investigación que rodea el libro de la Escritura.

Pero éste no es el único peligro que corre la exégesis bíblica. Ante la persona de Jesús no existía sólo el riesgo del docetismo, o sea, de descuidar lo humano; existía también el peligro de quedarse ahí, de no ver en Él más que lo humano y no descubrir la dimensión divina del Hijo de Dios. En resumen, existía el peligro del ebionismo. Para los ebionitas (que eran judeo-cristianos) Jesús era, sí, un gran profeta, el más grande de los profeta, si se quiere, pero no más. Los Padres les llamaron «ebionitas» (de ebionim, los pobres) para decir que eran pobres de fe.

Sucede así también para la Escritura. Existe un ebionismo bíblico, es decir, la tendencia a quedarse en la letra, considerando la Biblia un libro excelente, el más excelente de los libros humanos, si se quiere, pero un libro sólo humano. Lamentablemente corremos el riesgo de reducir la Escritura a una sola dimensión. La ruptura del equilibrio, hoy, no es hacia el docetismo, sino hacia el ebionismo.

La Biblia se explica por muchos estudiosos intencionadamente sólo con el método histórico-crítico. No hablo de los estudiosos no creyentes, para los que esto es normal, sino de estudiosos que se profesan creyentes. La secularización de lo sagrado en ningún caso se ha revelado tan aguda como en la secularización del Libro Sagrado. Ahora bien: pretender comprender exhaustivamente la Escritura estudiándola con el único instrumento del análisis histórico-filológico ¡es como pretender descubrir el misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía basándose en un análisis químico de la hostia consagrada! El análisis histórico-crítico, aunque se llevara al máximo de la perfección, no representa, en realidad, más que el primer escalón del conocimiento de la Biblia, el referido a la letra.

Jesús afirma solemnemente en el Evangelio que Abrahán «vio su día» (Cf. Jn 8,56), que Moisés había «escrito de Él» (Cf. Jn 5,46), que Isaías «vio su gloria y habló de Él» (Cf. Jn 12,41), que los profetas y los salmos y todas las Escrituras hablan de Él (Cf. Lc 24,27.44; Jn 5,39), pero hoy día cierta exégesis científica duda en hablar de Cristo, ya prácticamente no lo entrevé en ningún pasaje del Antiguo Testamento o, al menos, teme decir que lo percibe ahí, por la cuestión de desacreditarse «científicamente».

El inconveniente más serio de cierta exégesis exclusivamente científica es que cambia completamente la relación entre el exegeta y la palabra de Dios. La Biblia se convierte en un objeto de estudio que el profesor debe «dominar» y ante el cual, como conviene a cualquier hombre de ciencia, debe permanecer «neutral». Pero en este caso único no está permitido permanecer «neutral» y no es dable «dominar» la materia; más bien hay que dejarse dominar por ella. Decir de un estudioso de la Escritura que él «domina» la palabra de Dios, pensándolo bien, es decir casi una blasfemia.

La consecuencia de todo esto es el cerrarse y «replegarse» de la Escritura sobre sí misma; vuelve a ser el libro «sellado», el libro «velado», porque -dice san Pablo– aquel velo«es eliminado en Cristo», cuando existe la «conversión al Señor», o sea, cuando se reconoce, en las páginas de la Escritura, a Cristo (Cf. 2 Co 3,15-16). 

Cuando se nos pide el por qué de la pobreza y aridez espiritual que reina en algunos seminarios y lugares de formación, no se tarda en descubrir que una de las causas principales es el modo en que se enseña en ellos la Escritura. La Iglesia ha vivido y vive de la lectura espiritual de la Biblia; truncado este canal que alimenta la vida de piedad, el celo, la fe, todo se vuelve árido y languidece. No se comprende más la liturgia, que está toda construida en el uso espiritual de la Escritura, o bien se la vive como un momento desprendido, en contraste con lo que se escucha en clase.

3. El Espíritu da la vida

Un signo de gran esperanza es que la exigencia de una lectura espiritual y de fe de la Escritura comienza a ser advertida de nuevo en la Iglesia y justamente por algunos eminentes exegetas. Uno de ellos, el P. Ignace de la Potterie, ha escrito: «Es urgente que cuantos estudian e interpretan la Escritura se interesen de nuevo en la exégesis de los Padres para redescubrir, más allá de sus métodos, el espíritu que los animaba, el alma profunda que inspiraba su exégesis; en su escuela debemos aprender a interpretar la Escritura, no sólo desde el punto de vista histórico y crítico, sino igualmente en la Iglesia y para la Iglesia». El P. H. de Lubac, en su monumental historia de la exégesis medieval, sacó a luz la coherencia, la solidez y la extraordinaria fecundidad de la exégesis espiritual practicada por los Padres antiguos y medievales.

Pero es necesario decir que los Padres no hacen, en este campo, más que aplicar la pura y sencilla enseñanza del Nuevo Testamento; no son, en otras palabras, los iniciadores, sino los continuadores de una tradición que tuvo entre sus fundadores a Juan, Pablo y al mismo Jesús. Estos no sólo practicaron todo el tiempo una lectura espiritual de las Escrituras, es decir una lectura referida a Cristo, sino que también dieron la justificación de tal lectura, declarando que todas las Escrituras hablan de Cristo (Cf. Jn 5,39), que en ellas estaba ya «el Espíritu de Cristo» que obraba y se expresaba a través de los profetas (Cf. 1 Pe 1,11), que todo, en el Antiguo Testamento, es dicho «por alegoría», esto es, en referencia a la Iglesia (Cf. Ga 4,24), o «para nuestra advertencia» (1 Co 10,11).

Por eso decir lectura «espiritual» de la Biblia no significa decir lectura edificante, mística, subjetiva, o peor aún, fantasiosa, en oposición a la lectura científica que sería, en cambio, objetiva. Aquella, al contrario, es la lectura más objetiva que existe porque se basa en el Espíritu de Dios, no en el espíritu del hombre. La lectura subjetiva de la Escritura (la que se basa en el libre examen) se ha difundido precisamente cuando se ha abandonado la lectura espiritual y allí donde tal lectura ha sido más claramente abandonada.

La lectura espiritual es por lo tanto algo bien preciso y objetivo; es la lectura realizada bajo la guía, o a la luz, del Espíritu Santo que ha inspirado la Escritura. Se basa en un evento histórico, esto es, en el acto redentor de Cristo que, con su muerte y resurrección, cumple el designio de salvación, realiza todas las figuras y las profecías, desvela todos los misterios escondidos y ofrece la verdadera clave de lectura de toda la Biblia. El Apocalipsis expresa todo esto con la imagen del Cordero inmolado que toma en la mano el libro y rompe sus siete sellos (Cf. Ap. 5,1ss.). No se comprende la palabra de Dios sin la Pascua y no se comprende la Pascua sin la palabra de Dios.

Quien quisiera, después de Él, continuar leyendo la Escritura prescindiendo de este acto, se asemejaría a uno que sigue leyendo una partitura musical en clave de fa después de que el compositor ha introducido en el pasaje la clave de sol: cada nota expresaría, desde ahí, un sonido falso y desentonado. Así, el Nuevo Testamento llama a la clave nueva «el Espíritu», mientras que define a la clave vieja «la letra», diciendo que la letra mata, y que el Espíritu da vida (2 Co 3, 6).

Contraponer entre sí «letra» y «Espíritu» no significa contraponer entre sí Antiguo y Nuevo Testamento, casi como si el primero representara sólo la letra y el segundo sólo el Espíritu. Significa más bien contraponer entre sí dos modos distintos de leer tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento: el modo que prescinde de Cristo y el modo que juzga, en cambio, todo a la luz de Cristo. Por eso la Iglesia puede valorar uno y otro Testamento, dado que ambos le hablan de Cristo.

4. Lo que el Espíritu dice a la Iglesia

La lectura espiritual no se refiere sólo al Antiguo Testamento; en un sentido distinto también tiene que ver con el Nuevo Testamento; también éste debe leerse espiritualmente. Leer espiritualmente el Nuevo Testamento significa leerlo a la luz del Espíritu Santo dado en Pentecostés a la Iglesia para conducirla a toda la verdad, es decir, a la plena comprensión y actuación del Evangelio.

Jesús explicó Él mismo, anticipadamente, la relación entre su palabra y el Espíritu que enviaría (aunque no debemos pensar que lo haya hecho necesariamente en los términos precisos que utiliza, al respecto, el evangelio de Juan). El Espíritu -se lee en Juan– «les enseñará y recordará» todo lo que Jesús ha dicho (Cf. Jn 14,25 s.), es decir, lo hará comprender a fondo, con todas su implicaciones. Él «no hablará de sí mismo», esto es, no dirá cosas nuevas con respecto a las que dijo Jesús, sino -como dice Jesús mismo– tomará de lo mío y se los explicará (Jn 16,13-15).

En esto es posible ver cómo la lectura espiritual integra y sobrepasa la lectura científica. La lectura científica conoce una sola dirección, que es la de la historia; explica en efecto lo que viene después, a la luz de lo que viene antes; explica el Nuevo Testamento a la luz del Antiguo que le precede, y explica la Iglesia a la luz del Nuevo Testamento. Buena parte del esfuerzo crítico en torno a la Escritura consiste en ilustrar las doctrinas del Evangelio a la luz de las tradiciones veterotestamentarias, de la exégesis rabínica, etc.; consiste, en suma, en la investigación de las fuentes (sobre este principio se basa el Kittel y tantos otros subsidios bíblicos).

La lectura espiritual reconoce plenamente la validez de esta dirección de investigación, pero a ella añade otra inversa. Consiste en explicar lo que viene antes a la luz de lo viene después, la profecía a la luz de la realización, el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo y el Nuevo Testamento a la luz de la Tradición de la Iglesia. En esto la lectura espiritual de la Biblia encuentra una singular confirmación en el principio hermenéutico de Gadamer de la «historia de los efectos» (Wirkungsgeschichte), según el cual para comprender un texto hay que tener en cuenta los efectos que ha producido en la historia, introduciéndose en esta historia y dialogando con ella.

Sólo después de que Dios ha realizado su plan, se entiende plenamente el sentido de aquello que lo ha preparado y prefigurado. Si todo árbol, como dice Jesús, se reconoce por sus frutos, de modo similar la palabra de Dios no se puede conocer plenamente antes de haber visto los frutos que ha producido. Estudiar la Escritura a la luz de la Tradición es un poco como conocer el árbol por sus frutos. Por ello Orígenes decía que «el sentido espiritual es lo que el Espíritu da a la Iglesia». Esto se identifica con la lectura eclesial o incluso con la Tradición misma, si entendemos por Tradición no sólo las declaraciones solemnes del Magisterio (que se refieren, por lo demás, a poquísimos textos bíblicos), sino también la experiencia de doctrina y de santidad en la cual la palabra de Dios se ha como encarnado nuevamente y «explicado» en el curso de los siglos por obra del Espíritu Santo.

Lo que se necesita no es por lo tanto una lectura espiritual que ocupe el lugar de la actual exégesis científica, con un retorno mecánico a la exégesis de los Padres; es más bien una nueva lectura espiritual que se corresponda al enorme progreso registrado por el estudio de la «letra». Una lectura, en síntesis, que tenga el aliento y la fe de los Padres y, al mismo tiempo, la consistencia y la seriedad de la actual ciencia bíblica.

5. El Espíritu que sopla a los cuatro vientos

Ante la extensión de huesos secos, el profeta Ezequiel oyó la pregunta: «¿Podrán estos huesos revivir?» (Ez 37,3). La misma cuestión nos planteamos hoy nosotros: ¿podrá la exégesis, agostada por el prolongado exceso de filologismo, reencontrar el impulso y la vida que tuvo en otros momentos de la historia de la Iglesia? El padre de Lubac, después de haber estudiado la larga historia de la exégesis cristiana, concluye más bien tristemente, diciendo que nos faltan, a los modernos, las condiciones para poder volver a suscitar una lectura espiritual como la de los Padres; nos falta esa fe llena de arrojo, ese sentido de plenitud y de unidad que tenían ellos, por lo que pretender hoy imitar su audacia sería exponerse casi a la profanación, al faltarnos el espíritu del que procedían aquellas cosas.

Sin embargo no cierra del todo la puerta a la esperanza y dice que «si se quiere reencontrar algo de aquello que fue en los primeros siglos de la Iglesia la interpretación espiritual de las Escrituras, es necesario reproducir antes sobre todo un movimiento espiritual». A distancia de algunos decenios, y con el Concilio Vaticano II de por medio, me parece hallar, en estas últimas palabras, una profecía. Ese «movimiento espiritual» y ese «impulso» comenzaron a reproducirse, pero no porque los hombres los hubieran programado o previsto, sino porque el Espíritu se puso a soplar de nuevo, inesperadamente, a los cuatro vientos sobre los huesos secos. Contemporáneamente a la reaparición de los carismas, se asiste a una reaparición de la lectura espiritual de la Biblia y es, también esto, un fruto, de los más exquisitos, del Espíritu Santo.

Participando en encuentros bíblicos y de oración, me quedo sorprendido al oír, a veces, reflexiones sobre la palabra de Dios del todo análogas a las que hacían en su tiempo Orígenes, Agustín o Gregorio Magno, si bien en un lenguaje más simple. Las palabras sobre el templo, sobre la «tienda de David», sobre Jerusalén destruida y reedificada después del exilio, se aplican, con toda sencillez y pertinencia, a la Iglesia, a María, a la propia comunidad o a la propia vida personal. Lo que se narra de los personajes del Antiguo Testamento induce a pensar, por analogía o por antítesis, en Jesús, y lo que se narra de Jesús se aplica y actualiza en referencia a la Iglesia y al creyente.

Muchas perplejidades respecto a la lectura espiritual de la Biblia nacen de no tener en cuenta la distinción entre explicación y aplicación. En la lectura espiritual, más que pretender explicar el texto, atribuyéndole un sentido ajeno a la intención del autor sagrado, se trata, en general, de aplicar o actualizar el texto. Es lo que vemos en acto ya en el Nuevo Testamento ante las palabras de Jesús. A veces se constata que, de una misma parábola de Cristo, se realizan aplicaciones distintas en los sinópticos, según las necesidades y los problemas de la comunidad para la que cada uno escribe.

Las aplicaciones de los Padres y las de hoy no tienen evidentemente el carácter canónico de estas aplicaciones originarias, pero el proceso que conduce a ellas es el mismo y se basa en el hecho de que las palabras de Dios no son palabras muertas, «para conservar en aceite», diría Péguy; son palabras «vivas» y «activas», capaces de dar salida a sentidos y virtualidades escondidas en respuesta a cuestiones y situaciones nuevas. Es una consecuencia de la que he llamado la «inspiración activa» de la Escritura, esto es, del hecho de que ella no es sólo «inspirada por el Espíritu», sino que «expira» también el Espíritu y lo hace continuamente, si se lee con fe. «La Escritura –ha dicho san Gregorio Magno– cum legentibus crescit, crece con aquellos que la leen». Crece, permaneciendo intacta.

Termino con una oración que escuché hacer una vez a una señora, después de que se había dado lectura al episodio de Elías quien, subiendo al cielo, deja a Eliseo dos tercios de su espíritu. Es un ejemplo de lectura espiritual en el sentido que acabo de explicar: «Gracias, Jesús, porque ascendiendo al cielo no nos dejaste sólo dos tercios de tu Espíritu, ¡sino todo tu Espíritu! Gracias por que no lo dejaste a un solo discípulo, ¡sino a todos los hombres!».

Prédicas para el Retiro de Cuaresma en la Casa Pontificia

14 de marzo de 2008 

http://www.cantalamessa.org/it/predicheView.php?id=246

Lectio Divina, fundamentos, praxis.

Enzo Bianchi

LA LECTIO DIVINA: FUNDAMENTOS Y PRAXIS

 FUNDAMENTOS DE LA LECTIO DIVINA

 La Lectio Divina (LD) es un ejercicio de lectura de la Biblia llamado a convertirse en escucha de la Palabra de Dios, en encuentro y relación con el Señor que habla a través de las páginas bíblicas. Esto significa que es necesario, ante todo, especificar la relación entre la Biblia y la Palabra de Dios.

La Escritura contiene la Palabra de Dios.

Entre Escritura y Palabra de Dios no hay una coincidente correspondencia. La Biblia misma atestigua que la Palabra de Dios es una realidad que excede la Escritura y la trasciende. La Palabra es realidad viviente, operante, eficaz (Is 55,10-11, Heb 4,12-13), omnipotente (Sab 18,15). Dios habla y su palabra crea (cf Gn 1) e instaura y guía la historia (el término hebreo davar significa tanto “palabra” como “historia”). La Palabra de Dios, según el NT, es el Hijo mismo de Dios (“Dios ha hablado en el Hijo” Heb 1,2), él es la palabra definitiva de Dios al hombre, él es la palabra a escuchar (cf Mt 9,7). Por consiguiente la Escritura no es inmediatamente Palabra de Dios.

¿Qué relación hay, entonces, entre Biblia y Palabra de Dios? Un texto de la Dei Verbum (DV) lo indica: “Las Sagradas Escrituras contienen la Palabra de Dios y, porque son inspiradas, son verdaderamente Palabra de Dios” (DV 24) Es interesante notar que la formulación contenida en el esquema inicial de la DV, el textus prior, decía: “Las Sagradas Escrituras no sólo contienen la Palabra de Dios, sino que son verdaderamente Palabra de Dios” El cambio ocurrido entre las dos redacciones muestra la preocupación de los padres conciliares por evitar la identificación de la realidad de la Biblia con la de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios está contenida en las Escrituras y en ellas debe ser re-encontrada a través de una operación de interpretación en el Espíritu. (“Las Escrituras son Palabra de Dios quia inspiratae”)

El Libro santo y su interpretación en el Espíritu

«La fe cristiana no es una “religión del Libro”. El cristianismo es la religión de la “Palabra” de Dios, no de una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y viviente”» (Catecismo de la Iglesia Católica 108). Como había afirmado Henri de Lubac, el cristianismo «no es una religión de la Biblia, sino de Jesucristo». Las Escrituras cristianas comprenden en sí también las Escrituras de Israel, el Antiguo Testamento, pero las engloba releyéndolas e interpretándolas en referencia al cumplimiento mesiánico realizado en Jesús el Mesías, es así que los libros veterotestamentarios incluidos en el Canon cristiano vienen comprendidos a la luz interpretativa determinante del evento pascual y de la persona de Jesucristo. Además, Jesús nada ha escrito. Y aún los evangelios, que permiten acceder a su conocimiento -que son “testimonio de Jesús”-, son escritos dirigidos por los evangelistas a una determinada comunidad cristiana en la segunda mitad del siglo I dC, y por consiguiente son textos que requieren una hermenéutica para ser elocuentes hoy. En el cristianismo el Libro santo, es decir la Biblia, confrontado con la persona viviente de Jesucristo, está en el lugar de un siervo, es decir al servicio. Esta conciencia encuentra una singular expresión en la tradición cristiana, en la afirmación que Cristo mismo es el libro santo. Escribe Hugo de San Víctor: «Toda la divina Escritura constituye un único libro y este único libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y encuentra en Cristo su cumplimiento» (De arca Noe morali II, 8).

Es cierto que la fenomenología de la religión reubica la Biblia entre los “libros sagrados”, caracterizados a saber, por: estar definidos y estructurados en un Canon, por su uso litúrgico, porque la ritualización de los gestos cultuales es confrontada con el Libro, por las interpretaciones y comentarios continuos que de ellos se hacen en la historia. A la Biblia cristiana le falta sin embargo el elemento de exclusividad -en cuanto engloba también a las Escrituras hebreas-, y el de la reglamentación de la vida social y política del grupo. Aspecto este, muy relevante en las “religiones de la ley” (Hebreismo, Islam). En el cristianismo el Libro es obra humana, históricamente fechada y geográficamente ubicada, los autores bíblicos han obrado «ut veri auctores» [como verdaderos autores] (Dei Verbum 11), experimentando los condicionamientos culturales de su tiempo; por consiguiente la letra del texto que es sustraída de todas estas mediaciones humanas, a la sacralidad, debe ser sometida a una necesaria interpretación. «La letra mata, el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6): el principio paulino es fundamental para la interpretación bíblica. El cristianismo es así la “religión de la interpretación” (Christoph Théobald), religión de la escucha, más que del Libro. Ciertamente se trata de una escucha y de una hermenéutica eclesiales en el Espíritu Santo porque sólo el Espíritu que ha inspirado los escritos puede re-suscitar la página escrita hace tanto tiempo como Palabra viviente hoy. Por lo tanto la escritura exige, para ser comprendida, que se alcance su dinamismo, el del Espíritu Santo. «La Escritura debe ser leída e interpretada en el mismo Espíritu en el que fue escrita» (DV 12).

Es así que la Biblia es “santa”, es decir participa de la alteridad y santidad de Dios mismo, y es un libro “distinto”, “separado” para la comunidad que leyéndolo en él reconoce la propia vocación, el propio fundamento de asamblea de Dios (ekklesía toû theoû), la propia razón de ser. Teológicamente, por consiguiente, la Biblia tiene un carácter teándrico, divino-humano; en cuanto biblioteca de libros, conjunto de textos distintos en lengua, género literario, fecha de composición y autores, aparece como palabra humana; como libro único (libro plural: tà biblía, los libros) ella tiene «a Dios como autor» (DV 11). Y es el Espíritu Santo quién articula la única voluntad y palabra de Dios en la multiplicidad de los libros y de las expresiones humanas. La Lectio Divina quiere realizar esta hermenéutica espiritual de la Escritura, pero esto significa que sólo a través de una introducción y de una iniciación a una praxis de lectura de la Biblia en el Espíritu se podrá dar sustancia a la reencontrada centralidad de la Palabra de Dios dentro de la Iglesia, de otro modo quedará como un slogan vacío.

La Escritura y la encarnación

La tradición cristiana ha puesto con frecuencia en paralelo el evento por el cual la Palabra (el logos) se hizo carne (Jn 1,14) y el evento por el cual la misma Palabra se ha hecho libro. Este paralelismo se encuentra en DV 13, donde es retomado el tema bíblico y patrístico de la condescendencia divina, del abajamiento de Dios para venir al encuentro del hombre que ha encontrado una bella formulación en un texto de Agustín: “Recuerden que es la misma palabra de Dios la que se difunde en todas las Escrituras, que un mismo Verbo resuena en la boca de todos los escritores sagrados, él, que estando al principio junto a Dios, no tiene necesidad de sílabas porque no está sometido al tiempo. Y no debemos maravillarnos si por condescender a nuestra debilidad él se abaja hasta la dispersión de nuestros sonidos humanos, porque él se abaja hasta tomar [como propia] la fragilidad de nuestro cuerpo” (Enarr. In Ps. CIII, 4,1). No debe entonces sorprender que la Escritura sea llamada, en la tradición cristiana, Corpus Christi: “Cuerpo del Hijo es la Escritura a nosotros transmitida” (Ambrosio, In Lucam VI, 33), y también: “Corpus Christi intellegitur etiam Scriptura Dei” (“Por Cuerpo de Cristo se entiende también la Escritura de Dios).

Escribe inmejorablemente un patrólogo contemporáneo: “Obra del Espíritu, como la humanidad de Cristo -la Eucaristía y la Iglesia, estos otros signos sensibles por medio de los cuales el Verbo se comunica a los hombres-, también la Escritura exige, para ser comprendida, que se alcance su dinamismo, el del Espíritu. Sólo una lectura espiritual de la Escritura permite percibir en las palabras la Palabra a la que estas reenvían, como sólo una comprensión espiritual de la humanidad de Jesús, de la Eucaristía y de la Iglesia permite percibir en el rabino judío, en el pan y el vino, en el grupo sociológico, la realidad de la cual son el signo. La dificultad no está en los signos, que son verdaderamente signos de lo que significan porque el Espíritu está en ellos, sino la ceguera natural que sólo puede ser removida por la adhesión al Espíritu que los anima.” Y como la encarnación está orientada al encuentro y a la comunión con el hombre, así también lo está la Escritura, la cual es capaz de comunicar el Señor a quien se acerca a ella en la fe y bajo la guía del Espíritu Santo.

La Lectio Divina: Método Tradicional de lectura creyente de las Escrituras

Después de haber apenas rápidamente aludido a cuestiones basilares, que fundan la posibilidad misma de la Lectio, podemos mostrar el carácter tradicional y al mismo tiempo actualísimo de la LD como método eclesial y orante de lectura de las Escrituras.

Un método tradicional de leer la Escritura

La LD repropone los principios basilares de lectura de la Escritura elaborados ya dentro del judaísmo y que luego pasaron a la tradición cristiana. La LD es una lectura de la Escritura que, adviniendo en la fe, en la oración, en la apertura al Espíritu, llega a ser escucha de la Palabra de Dios que por medio de la página bíblica se dirige “a nosotros hoy”. Esta lectura/escucha obra una profundización de los niveles semánticos del texto bíblico análogo al esquema de los cuatro sentidos de la Escritura presente tanto en el judaísmo como en el cristianismo. La doctrina hebrea del PaRDeS (acróstico de las palabras que indican los cuatro estratos de sentido) entreve cuatro momentos: peshat (simple), que es el sentido obvio, inmediato, literal; remez (alusión), que es el sentido alegórico, la profundización del sentido primero a través del recurso a otros textos bíblicos que “abren” aquel mismo sentido; derashah (búsqueda), que indica el nivel en el cual el lector se siente estimulado a una toma de responsabilidad en confrontación con el mensaje escuchado; sod (secreto), que es el sentido místico, que participa de la mirada de Dios sobre la realidad.

Asimismo con todas las obvias modificaciones, este esquema se representa en la doctrina cristiana de los cuatro sentidos de la Escritura difundido en la exégesis medieval. Doctrina que habla del sentido literal (que toca el significado histórico del texto), allegorico o spirituale (que indaga la carga kerigmática del texto mismo); tropologico o morale (que involucra la existencia del creyente), anagogico (que mira los planos contemplativo y escatológico). Estos cuatro niveles de sentido corresponden sustancialmente a la profundización que la LD permite alcanzar al lector de la Escritura guiándolo del nivel histórico-literal (lectio), a su profundización revelativa y teológica que hace emerger un mensaje central (meditatio), al cual se responde con la oración y con el compromiso en la vida (oratio), hasta hacerlo partícipe, en todo lo que vive, de la mirada de Dios sobre la realidad humana (contemplatio).

La formulación de Guigo el Cartujo

El esquema de la LD arriba propuesto, en cuatro etapas (lectio, meditatio, oratio, contemplatio) no es el único elaborado en el medioevo cristiano. Otros esquemas incluyen otros momentos: discretio, deliberatio, collatio, actio… pero de hecho más que verdaderos aportes se trata de explicitaciones de elementos que están ya dentro del esquema basilar y fundamental de cuatro momentos, que se recomienda, por lo tanto, como el más lúcido y esencial. Este fue formulado por Guigo II el Cartujo (siglo XII), en La escala de Jacob en estos términos: “Un día, mientras estaba ocupado en el trabajo manual, me puse a reflexionar sobre la actividad espiritual del hombre. Entonces de improviso cuatro grados espirituales se ofrecieron a mi reflexión, y estos son la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. (…) La lectura es un cuidadoso examen de las Escrituras que realiza el empeño del espíritu. La meditación es obra de la mente que se aplica a excavar en la verdad más oculta bajo la guía de la propia razón. La oración es el empeño amante del corazón en Dios con el fin de extirpar el mal y conseguir el bien. La contemplación es como un elevarse sobre sí misma por parte del alma que gusta las alegrías de la dulzura eterna”.

Este esquema no suministra una receta, sino indicaciones de un camino, bosqueja un itinerario pedagógico que no es ni mecanicista ni pedante. Más aún que una “técnica” se trata de un “arte”. Es normal que en las diversas edades de la vida (cronológica y espiritual) se otorgue mayor peso a uno u otro de los momentos de la LD. Sucede a veces que en los comienzos, cuando uno recién se va haciendo práctico con la Biblia, prevalezcan los momentos de la lectio y de la meditatio, es decir, del esfuerzo –también en el estudio- para la comprensión del texto. Más adelante en la vida espiritual resultará preponderante y también más inmediato el pasaje a la oratio, esto es a la respuesta de fe y de oración al mensaje del texto. Es importante subrayar que oración y acción, en el dinamismo de la LD, están estrechamente vinculadas. El texto de Guigo dice que la oratio consiste en “un empeño amante del corazón en Dios”, un volver con fervor el corazón hacia Dios, “para evitar el mal y hacer el bien”. Oración y dimensión ética están inescindiblemente entrelazadas en la respuesta que el cristiano da a la Palabra escuchada. Ésta consiste también en asumir la responsabilidad en lo cotidiano de la vida. En síntesis, es bueno tomar en serio el principio formulado por Gregorio Magno, Scriptura crescit cum legente (la Escritura crece con quien la lee), que se funda sobre el hecho de que el mismo Espíritu presente en las Escrituras está también presente en nosotros. El lector empeñado en una relación con el Señor a través de la asiduidad con las Escrituras, ve cambiar la propia experiencia de vida, la ve crecer y llegar a ser un elemento decisivo para la comprensión de la Palabra de Dios. Escribe Juan Casiano: “Las Escrituras se revelan a nosotros más claramente y nos abren su corazón y casi su meollo, cuando nuestra experiencia no sólo nos permite conocerlas, sino que hace que anticipemos el mismo conocimiento, y el sentido de las palabras no nos son reveladas desde alguna explicación sino de la experiencia viva que de ellas hemos hecho” (Casiano, Collationes X, 11)

Ocurre por lo tanto que, con el incrementarse de la experiencia espiritual y existencial, el mismo texto de la Escritura entrega significados insospechados. ¿No es por otra parte acaso verdad que, según la comprensión judaica y cristiana, cada palabra y versículo de la Escritura contienen innumerables facetas de significado? “Un solo párrafo escriturístico da lugar a múltiples sentidos” (Sanhedrin 34a); “En cada palabra de la Escritura brillan muchas luces” (Zohar III, 202a); “La Biblia tiene setenta rostros” (Bemidbar Rabbà XIII,15); “De la misma palabra de la Escritura surgen múltiples sentidos…, las mismas palabras se comprenden de múltiples modos” (Agustín, De doctrina christiana III, 27,38).

La unificación del creyente

A la luz de cuanto hemos dicho, debería resultar claro que la LD tiende a lograr la unidad entre vida y fe, entre existencia y oración, entre lo humano y lo espiritual, entre la interioridad y la exterioridad. En la aproximación a la Escritura la LD busca integrar el estudio, el análisis crítico del texto dentro de un acercamiento sapiencial y orante, en una aproximación, por lo tanto, de fe. Sustancialmente, por fin, los cuatro momentos de la LD que hemos considerado pueden ser sintetizados en dos movimientos fundamentales: el primero (lectio y meditatio) más objetivo, todo puesto en tensión hacia el objetivo de hacer emerger lo que el texto dice; el segundo (oratio y contemplatio) más subjetivo; en el cual emerge principalmente el lector con la propia vida y experiencia de fe, respondiendo a la palabra escuchada. La LD es entonces un movimiento respiratorio, en el cual lo que viene “respirado” es la palabra de Dios, su voluntad.

LA PRAXIS DE LA LECTIO DIVINA

No me detengo aquí sobre posibles formas de LD comunitaria, sino solamente sobre la LD personal.

Un tiempo y un espacio.

Para la LD es necesario, ante todo, un lugar de soledad y de silencio. Se trata de buscar y escuchar a Dios “que está en lo secreto” (Mt 6,6). Para disponerse a escuchar la Palabra es menester hacer callar las múltiples palabras y rumores que ensordecen el corazón, es necesario entrar en la esencialidad del silencio y de la soledad, obrando una toma de distancia de las muchas presencias que diariamente nos asedian. Una palabra autorizada puede nacer sólo del silencio, de una larga escucha, de la capacidad de meditar y pensar, de reflexionar y ponderar. Para ayudarse en la LD se puede recurrir a un icono, a un cirio encendido; ciertamente es esencial involucrar el cuerpo en el encuentro con el Señor, encuentro al cual se está disponiendo. La LD no es meramente intelectual, sino que quiere considerar toda la persona, todo el cuerpo. Es bueno dedicar a la LD un tiempo fijo en la jornada, un tiempo al cual permanecer fieles, no los retazos dejados después de muchas tareas. Un tiempo adecuado a la seriedad que debe caracterizar la LD es el de una hora, pero ciertamente es la perseverancia, la cotidianeidad la que produce los frutos, más allá de la medida del tiempo que depende del status  y de los compromisos de aquel que se dedica. La LD edifica el sensus fidei, está a la base de la capacidad de discernimiento, y es también esfuerzo ascético; necesita de interiorización para que la semilla de la Palabra pueda crecer y echar raíces; de perseverancia porque una escucha entusiasta pero incapaz de durar en el tiempo permanece estéril; de lucha espiritual para retener la Palabra y no dejarla sofocar por las zarzas y espinos de los deseos mundanos (cf Mc 4,13-20). Así, muy concretamente, la LD permite a la Palabra de Dios ejercer un real señorío sobre la vida del creyente. También estas últimas consideraciones muestran que la LD no es una actividad que coincida con el estudio de un texto y en tal estudio se agote, pero ciertamente las personas “intelectuales” corren siempre el riesgo de reducir la LD a una experiencia de fruición intelectual o estética; el texto hace surgir ideas brillantes en las cuales se complace, o bien viene cultivado en su “belleza” y de esta intuición se gratifica, impidiéndose alcanzar sin embargo el fruto espiritual verdadero y profundo de la LD.

La oración

A la LD uno se prepara con el silencio, con el éxodo de sí mismo, pero también con la oración. Y antes que nada con la epíclesis, con la invocación al Espíritu Santo el cual puede abrir el oído de nuestro corazón para darnos la inteligencia de la Palabra. Después de la oración al Espíritu, puede ayudar a entrar en el clima de escucha y diálogo amoroso con el Señor que habla por medio de las páginas bíblicas, la lectura de una estrofa del salmo de la escucha (Sal 119), verdadero y propio dueto de amor comparable al Cantar de los Cantares. Se entra así siempre más en la LD como lugar sacramental de experiencia del amor de Dios.

Puede ahora iniciar el itinerario de la LD a través del texto bíblico.

Lectio

La acción inicial de la LD es un ejercicio de lectura. Creo que hoy, en un tiempo en el cual se lee poco, sobre todo se lee a toda prisa, para almacenar el máximo en el menor tiempo posible, es necesario aprender y enseñar a leer, a relacionarse dialécticamente con un libro, y en particular con aquel libro tan exigente como es la Biblia. Y sobre la Biblia, de hecho, y solo en ella, es que se ejerce la LD. Ciertamente la tradición cristiana nos da ejemplos de una acepción muy larga de la LD en el sentido que ha sido aconsejada y ejercitada también en relación a textos con autoridad de los padres de la Iglesia, etc. De todos modos sólo la Biblia goza de aquel estatuto particularísimo en la Iglesia que la hace sacramento de la Palabra de Dios. Además, si esta lectura es “divina” es justamente porque se ejercita sobre las Escrituras inspiradas. Los otros libros (textos de los Padres, textos eucológicos, etc.) pueden tomarse como prolongación y comentario del texto bíblico, o bien pueden ser objeto de una lectura espiritual, pero la LD es una lectura de la Escritura. Ahora bien, ¿cómo elegir los textos a leer? O se elige un libro de la Biblia y se hace de él una lectura continua, (leyéndolo perícopa por perícopa, día tras día), o bien se hace la LD sobre textos (o sobre un texto) de la liturgia del día. En el primer caso el enriquecimiento está constituido por el poder entrar en profundidad en uno de los libros bíblicos tomándolo en su conjunto, mientras que en el segundo está dado en la compenetración entre oración personal y oración litúrgica. Dice un bello texto de Gregorio Magno: “Muchas cosas en la Sagrada Escritura que solo no alcanzaba a comprender, lo he captado poniéndome de frente a mis hermanos (coram fratibus meis positus intellexi)…Me di cuenta que la inteligencia me era dada por mérito de ellos” (In Hiezechielem II, 1). El texto indica, por un lado, que la vida común es lugar y criterio hermenéutico de la Escritura, por otro lado –porque la expresión de Gregorio parece hacer referencia precisamente a la celebración eucarística- indica que la liturgia es espacio privilegiado de exégesis y de comprensión de la Escritura. Como el Leccionario festivo de la Iglesia católica es más rico ofrece la posibilidad que la LD recoja la unidad que atraviesa a las tres lecturas, o al menos la del párrafo del AT y del Evangelio, el Leccionario ferial, en cambio, no permite esto. En todo caso es espiritualmente útil hacer la LD sobre un texto bíblico que se adapte al tiempo litúrgico que se está viviendo.

Además, si alguno tiene poco o ningún conocimiento bíblico, es bueno para él llevar una cierta gradualidad de introducción a la Escritura, iniciándola por un texto simple y fundamental al mismo tiempo (por ejemplo el Evangelio de Marcos, al cual puede seguir Ex 1-24, luego Hechos de los Apóstoles, a continuación un profeta, etc.), y dejando para más tarde, cuando se tenga mayor competencia y soltura en el manejo de la Escritura, libros como Daniel, Carta a los Romanos, Carta a los Gálatas, Carta a los Hebreos, Apocalipsis,…

Frente al texto es necesario finalmente comenzar a leer. Se leerá el texto varias veces: hasta cuatro o cinco veces. Si se trata de textos ya conocidos, el riesgo es de leer superficialmente, de no detenerse sobre el texto, y así perderle la riqueza. Puede en tal caso ser útil escribir el texto recopiándolo. Esto obliga a un esfuerzo de concentración notable y con frecuencia capaz de hacer alcanzar dimensiones y aspectos del texto de los cuales nunca nos habíamos dado cuenta. Si, en fin, se conocen las lenguas hebrea y griega, entonces se puede leer la Biblia en el original, accediendo a aquella gran riqueza que inevitablemente viene ofuscada u oculta del todo en una traducción. En todo caso una buena traducción, o una traducción confrontada con otras, pueden satisfacer la necesidad de tener una base seria de partida. Puede ser útil espiritualmente utilizar ciertos instrumentos, entre los cuales las Concordancias son basilares, y si se lee un Evangelio la Sinópsis. También si se está haciendo la LD en el encierro del propio cuarto, en perfecta soledad, se leerá en voz alta, para poder escuchar físicamente lo que es leído. Los padres medievales insistían sobre la importancia del escuchar las voces paginarum; la escucha es ya oración, es ya acogida en sí mismo de la palabra y por lo tanto de la presencia de Aquel que habla.

Meditatio

La meditación no debe ser entendida en el sentido de una meditación instrospectiva de caracter loyoleano [ejercicios ignacianos] o de un autoanálisis sicologizante. Es en cambio una profundización del sentido del texto leído, y en esta operación de profundización pueden intervenir los instrumentos de estudio, de consulta, o bien diccionarios bíblicos, comentarios, etc. La LD no se debe confundir con el estudio de un texto bíblico, pero el estudio puede y debe ser integrado en la LD. Se trata de hecho, de superar la alteridad del texto, la distancia que nos separa de los textos escritos hace mucho tiempo y en lenguas y contextos culturales muy diversos a los nuestros. Es necesario tomar en serio esta alteridad del texto para no arriesgarnos a caer en el subjetivismo y para no hacer decir al texto lo que propiamente nunca ha dicho. Es una cuestión de obediencia a la Palabra, de no manipulación de la Palabra. Por lo tanto es bueno deponer también aquellos slogans a veces repetidos que tachan de intelectualismo, de operación “meramente cultural”, a un acercamiento a la Biblia que simplemente quiere ser respetuoso de la alteridad del texto escriturístico.

Rechazar el estudio, el esfuerzo de profundización, es una actitud que prepara el camino al entorpecimiento y a la decadencia de una persona y de una comunidad. De cualquier modo, sean cuales fueren los instrumentos puestos a disposición para mejor entender el texto bíblico en cuestión, serán siempre los esfuerzos personales los que se revelarán como más fecundos. En la meditatio se debe tender a hacer emerger la punta teológica del texto, su mensaje central, o al menos un aspecto relevante. Entonces podrá darse aquel encuentro dialógico expresado tan felizmente por un reformador, Bengel: Te totum applica ad textum, rem totam applica ad te [Aplícate todo tú al texto, aplica el texto todo a ti]. Comienza así el diálogo entre la persona y el texto, la interacción entre la vida del lector y el mensaje del texto. Surge en este punto, naturalmente, la oración.

Oratio

El movimiento dialógico que se instaura entre el lector y el texto se convierte en diálogo orante en el cual el creyente se dirige a Dios con un “tú”. Aquí obviamente no hay indicaciones precisas para dar, sino la exhortación a la docilidad al Espíritu y a la Palabra escuchada. Esta Palabra de hecho modela la oración orientándola en el sentido de la intercesión o del agradecimiento o de la súplica o de la invocación…Puede suceder que la oración se manifieste simplemente con un silencio de adoración, o sin más con el gozoso don de las lágrimas de compunción. Es menester también recordar que a veces la LD permanece en la aridez del desierto; el texto resiste nuestros esfuerzos de comprensión, la Palabra permanece muda, y más aún nuestra oración no sale…Dentro de una relación auténtica sucede también esto, existen también estos momentos, y la relación con el Señor no está exenta. El Señor llama a salir al desierto para encontrarlo, pero a veces el desierto no llega a ser lugar de encuentro sino solamente de aridez y de fatiga. Sin embargo, también ahora es necesario perseverar, permanecer, ofrecer el cuerpo átono en oración muda. El Señor sabe discernir también el deseo de orar. De todos modos la eficacia de la asiduidad con la Palabra de Dios en la LD se mide sobre largos períodos. El ejercicio de escucha crea en el creyente un espacio de acogida para el Señor, y la Palabra escuchada regenera al creyente en hijo de Dios (cf Jn 1,12), y lo hace capaz de contemplación.

Contemplatio

La contemplación es precisamente el último “grado” de esta escala ideal. El creyente se siente visitado por la Presencia de Dios y conoce la “indecible alegría” (1 Ped 1,8) de tal inhabitación. San Bernardo ha hablado de esta experiencia: “Confieso que el Verbo me ha visitado, y varias veces. Si bien con frecuencia ha entrado en mí, yo ni siquiera lo he advertido. Sentía que estaba presente, recuerdo que había venido, a veces he podido presentir su visita, pero no sentirla; y ni siquiera sentía su desaparición, porque desde dónde había entrado en mí, o a dónde se había ido dejándome de nuevo, o por dónde había entrado o salido, también ahora confieso ignorarlo, según cuanto fue dicho: «No sabes de dónde viene ni a dónde va»“ (Bernardo, Sermoni sul Cantico dei Cantici LXXIV,5)

La contemplación no designa un estado estático ni tampoco alude a “visiones”, sino que indica la progresiva conformación de la mirada del hombre a la mirada divina; indica así la adquisición de un espíritu de agradecimiento y de compasión, de discernimiento y de makrothymía [longanimidad], de paciencia y de paz. Como la Palabra tiende a la Eucaristía, así la LD modela progresivamente un hombre eucarístico, capaz de agradecimiento y gratuidad, de discernimiento de la presencia del Señor en el otro y en las diversas situaciones de la existencia. Este hombre será también un hombre de caridad, capaz de agape. La LD culmina en la vida, manifiesta su fecundidad en la vida de un hombre.

La LD dibuja así una parábola desde la oración hasta la oración; iniciada con la invocación al Espíritu, culmina en la contemplación, en el agradecimiento, en la alabanza. La LD tiende a la Eucaristía.

 * * *

Reflexiones compartidas por Enzo Bianchi, Prior de la Comunidad de Bose, el 13 de marzo  de 2007, en la Jornada de retiro del Clero de Chieti-Vasto y de Ortona-Lanciano.

La Escritura, escuela de vida

Armand Veilleux o.c.s.o.

La lectio divina como escuela de oración en los Padres del desierto

La Escritura, escuela de vida

La vocación de Antonio, como ha sido descrita por Atanasio en su Vita Antonii, es muy conocida. Un día el joven Antonio, formado en una familia cristiana de la Iglesia de Alejandría (o en todo caso de la región de Alejandría), y que había escuchado leer las Escrituras desde su infancia, entra en la iglesia y se siente especialmente “tocado” por el pasaje evangélico que escucha leer: se trata del relato de la vocación del joven rico: “Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Tú ven y sígueme.” (Mt. 19, 21; Vit. Ant. 2)

Sin duda Antonio ha escuchado antes muchas veces este texto; pero ese día el mensaje lo toca de lleno y él lo recibe como una llamada personal. Lo pone en práctica, pues, vende la propiedad familiar -bastante importante – y reparte a los pobres el resultado de la venta, reservando justamente lo que necesita para ocuparse de su joven hermana cuya responsabilidad le compete.

Un poco más tarde, entrando de nuevo en la iglesia, escucha otro texto del Evangelio que le impresiona tanto como el primero: “No se preocupen por el mañana” (Mt. s, 34; Vit. Ant. 3). Este texto también lo alcanza en pleno corazón, como una llamada personal. Confía entonces su hermana a una comunidad de vírgenes, (tales comunidades existían desde hacía mucho tiempo), se desprende de todo lo que le queda y emprende la vida ascética cerca de su pueblo, haciéndose guiar por los ascetas de la región.

Este relato es una muestra elocuente del sentido que tenía la Escritura para los Padres del Desierto. Era desde el principio escuela de vida. Y porque era escuela de vida era igualmente escuela de oración entre hombres y mujeres que aspiraban a hacer de su vida una oración continua como pretende la Escritura.

Los Padres del Desierto deseaban vivir fielmente todos los preceptos de la Escritura. Y, en la Escritura, el único precepto concreto que encontraban sobre la frecuencia de la oración no era que se debía orar a tal o tal ora del día o de la noche, sino que era necesario orar sin cesar.

Atanasio escribe de Antonio: (Vit. Ant. 3): “Trabajaba con sus manos, pues había escuchado: El que no trabaja, que no coma (2 Tes. 3, 10). Con una parte de su ganancia compraba pan, y distribuía el resto entre los necesitados. Oraba continuamente, habiendo aprendido que es necesario orar sin cesar en la intimidad. Antonio estaba tan atento a la lectura que nada se le escapaba de las Escrituras, tanto que la memoria le hacía las veces de los libros”.

Se debe subrayar seguidamente en el texto de Atanasio, que la oración continua se acompaña de otras actividades, en particular del trabajo. He citado ese texto según la traducción de Benoit Lavaud, pero la traducción “estaba tan atento a la lectura que nada se le escapaba de las Escrituras” es ambigua. Se puede entender fácilmente que quiere decir “estaba tan atento a hacer su lectura”… cuando el sentido del original griego es: “escuchaba la lectura con una atención tal…” como por su parte lo había entendido Evagrio en su traducción latina: “auditioni Scripturarum ita studium commodabat…” (escuchaba las Escrituras con una unción tal).

Evidentemente  no se puede hablar de la Escritura como escuela de oración en los Padres del Desierto, sin referirse a las dos admirables Conferencias que Casiano ha dedicado explícitamente a la oración, las dos atribuidas a Abba Isaac, la 9na y la 10ma.

El principio fundamental está dado de entrada al inicio de la Conf.9: “El fin único del monje y la perfección del corazón consisten en la perseverancia ininterrumpida en la oración. E Isaac explica que todo el resto de la vida monástica, la ascesis y la práctica de las virtudes no tienen otro sentido ni más razón de ser que conducir a este fin.

¿Qué significa “lectio divina”?

Antes de pasar adelante, quiero precisar rápidamente que cuando hable de la lectio divina en los Padres del Desierto en esta conferencia, no entenderé la expresión lectio divina en el sentido técnico (y reductor) que se le ha dado en la literatura espiritual y monástica de las últimas décadas.

La palabra latina lectio en su acepción primaria, significa enseñanza, lección. En sentido secundario y derivado, lectio puede designar también el texto o el conjunto de textos que transmiten esta enseñanza. Así, se habla de lecciones (lectiones) de la Escritura leídas durante la liturgia. En fin, en un sentido más derivado todavía, y más tardío, lectio puede querer decir también “lectura”.

Es en este último sentido en el que se entiende esta expresión hoy. En nuestros días, en efecto, se habla de lectio divina como de una observancia determinada, y se nos dice que se trata de una forma de lectura diferente de todas las demás y que, por encima de todo, es preciso no confundir la verdadera lectio divina con otras formas de simple “lectura espiritual”. Es una visión completamente moderna que, como tal, representa una concepción extraña a los Padres del Desierto, y sobre la que volveré en breve.

Si se consulta el conjunto de la literatura latina primitiva (se puede hacer fácilmente en nuestros días, sea mediante buenas concordancias, sea con el CDRom del CETEDOC), se constata que cada vez que se encuentra la expresión lectio divina entre los escritores latinos anteriores a la Edad Media, esta expresión designa la Sagrada Escritura misma, y no una actividad humana sobre ella. Lectio divina es sinónimo de sacra pagina. Así se dice que la lectio divina nos enseña tal o cual cosa; que debemos leer atentamente la lectio divina, que el Divino Maestro, en la lectio divina nos recuerda tal o cual exigencia, etc.

Ejemplos:

Cipriano: “Sit in manibus divina lectio”, (De zelo et livore, cap 16)

Ambrosio: “ut divinae lectionis exemplo utamur”, (De bono mortis, cap.1, par.2)

Agustín: “aliter invenerit in lectione divina”,(Enarr. in psalmos, ps.36, serm. 3, par.1)

Este es el único sentido que tenía la expresión lectio divina en la época de los Padres del Desierto. Este es, pues, el sentido en el que yo la emplearé en esta conferencia, excepto cuando haga alusión al enfoque contemporáneo. No hablaré de una observancia particular que tiene por objeto la Escritura, sino de la Escritura misma como Escuela de vida y, por tanto, Escuela de oración de los primeros monjes.

¿Lectura?

Hablar de “lectura” de la Escritura en los Padres lleva, sin embargo, a confusión. La lectura propiamente dicha, como se entiende hoy, debía ser en resumidas cuentas bastante rara. Los monjes pacomianos, por ejemplo, que venían en su mayor parte del paganismo, debían, desde su llegada al monasterio, aprender a leer si no sabían, a fin de poder aprender la Escritura. Un texto de la Regla dice que no debe haber nadie en el monasterio que no sepa de memoria al menos el Nuevo Testamento y los Salmos. Pero, una vez memorizados, estos textos se convierten en objeto de una “meleté”, de una meditatio o ruminatio continua a lo largo de toda la jornada y de una gran parte de la noche, tanto en privado como en la synaxis. Esta ruminatio de la Escritura es concebida no como una oración vocal, sino más bien como un contacto constante con Dios a través de su Palabra. Una atención constante que llega a convertirse en oración constante.

Un relato de los apotegmas expresa bien esta importancia relativa de la lectura con relación a la importancia absoluta del contenido de la Escritura.

Un día de frío intenso, Serapión encuentra en Alejandría un pobre completamente desnudo. Piensa: ‘Este es Cristo, y yo soy un homicida si muere antes de que haya intentado ayudarle’. Serapión se quita entonces todos sus vestidos y los da al pobre, quedándose desnudo en la calle, con solo un Evangelio bajo el brazo, único objeto conservado… Un viandante que lo conocía, le pregunta: ‘Abba Serapión, quién te ha quitado tus vestidos?’ Y Serapión, mostrando su Evangelio responde: ‘He aquí el que me ha quitado mis vestidos’. Serapión sigue su camino y ve un hombre conducido a la cárcel porque no puede pagar una deuda. Lleno de compasión le da su Evangelio, a fin de que, vendiéndolo, pueda saldar lo que debe. Cuando, sin duda tiritando, Serapión vuelve a su celda, su discípulo le pregunta dónde está su túnica, le responde que la ha enviado allí donde era más necesaria que sobre su cuerpo. A la segunda demanda de su discípulo: ‘Y dónde está tu Evangelio?’, Serapión responde: “He vendido al que me decía continuamente: Vende tus bienes y dalos a los pobres (Lc.12, 33); lo he dado a los pobres, a fin de lograr una confianza mayor el día del juicio (Pat. Arm. 13,8, R:III, 189).

Como hemos visto al principio, Antonio, cristiano de nacimiento, ha sido convertido a la vida ascética por la lectio divina, o la sacra pagina, proclamada en la comunidad eclesial local, en el curso de la celebración litúrgica.

Pacomio, que procedía de una familia pagana del Alto Egipto, también fue convertido por la Escritura, pero por la Escritura interpretada y encarnada en la vida concreta de una comunidad cristiana que vivía del Evangelio, la de Latópolis. Conocéis la historia: El joven Pacomio había sido reclutado por la armada romana y con los demás reclutas fue conducido en barco hacia Alejandría. Una tarde el navío se detiene en Latópolis y los reclutas son custodiados en la cárcel: los cristianos del lugar les llevan entonces víveres y bebidas. Es el primer encuentro de Pacomio con el cristianismo.

Para Antonio, representante por excelencia del anacoretismo, como para Pacomio, representante del cenobitismo, la Escritura es, ante todo Regla de vida. Es también la única verdadera Regla del monje. Ni Antonio ni Pacomio han escrito una Regla en el sentido que se entenderá en la tradición monástica después de ellos, aunque cierto número de reglamentos prácticos de Pacomio y de sus sucesores hayan sido reunidos con el nombre de “Regla de Pacomio”.

La Escritura como única “regla” del monje

A un grupo de hermanos que querían una “palabra” de Antonio, este les respondió: ¿Han escuchado la Escritura? ésta les es muy conveniente”. (Reparad en la palabra: “escuchado” –èkousate)(Ant. 19).

Alguien pregunta a Antonio: “¿Qué debo hacer para agradar a Dios?”. El Anciano responde: “Observa lo que te voy a recomendar: donde quiera que te encuentres, ten siempre a Dios ante tus ojos; hagas lo que hagas, actúa según el testimonio de las Escrituras”. (Ant. 3).

Subrayemos, en primer lugar, tres cosas en este breve apotegma. Primeramente, el monje que interroga a Antonio no busca una enseñanza teórica y abstracta. Su pregunta, como la del joven rico del Evangelio, es muy concreta. “¿Qué debo hacer? — “¿Qué debo hacer para agradar a Dios?” (Esta es, por otra parte, una actitud que se encuentra constantemente en los apotegmas). La respuesta de Antonio es doble: Se agrada a Dios si se le tiene siempre ante los ojos, es decir, si se vive constantemente en su presencia — lo cual es propiamente la idea que tienen los Padres del Desierto de la oración continua; y esto es posible si se deja guiar por las Escrituras. Antonio no habla aquí de lectura o de meditación de la Escritura, sino de hacer todo según el testimonio de las Escrituras.

Un día, Teodoro, el discípulo preferido de Pacomio, pregunta a este con fervor de neófito, cuántos días se debe ayunar durante la Pascua, es decir, durante la Semana Santa. (La regla de la Iglesia y la costumbre generalizada era hacer un ayuno total durante el Viernes y el Sábado Santos; pero algunos pasaban tres o cuatro días sin comer nada). Pacomio le recomienda atenerse a la Regla de la Iglesia, que exige guardar un ayuno absoluto sólo durante los dos últimos días, a fin, dice él, de tener fuerzas para cumplir sin desfallecer las cosas que nos mandan las Escrituras: la oración continua, las vigilias, las recitaciones de la ley de Dios y el trabajo manual.

Lo verdaderamente importante para los Padres del Desierto, no es leer la Biblia, sino vivirla. Evidentemente, para vivirla es preciso conocerla. Y, como todo cristiano, el monje aprendía la Escritura, en primer lugar, escuchando su proclamación en la asamblea litúrgica. Así aprendía de memoria partes importantes de la Escritura a fin de poderla rumiar a lo largo de la jornada. En fin, algunos tenían acceso a los manuscritos de la Escritura y podían hacer una lectura privada. Esta lectura privada no era más que una forma entre otras, y no necesariamente la más importante, de dejarse interpelar constantemente por la Palabra de Dios.

La hermenéutica del desierto

Algunos de los relatos que he mencionado nos dejan entrever las líneas-fuerza de lo que se podría llamar la hermenéutica de los Padres del Desierto; una hermenéutica que, bien seguro, jamás será formulada en forma de principios abstractos, pero que no por ello deja de serlo. Los grandes maestros de la hermenéutica moderna, que consideran toda interpretación como un diálogo entre el texto y el lector o el auditor, y para quien toda interpretación debe llevar a una transformación o a una conversión, no han inventado nada. Han formulado una realidad que los Padres del Desierto han vivido, sin poder formularla, cierto, — o en todo caso sin preocuparse de formularla.

En el desierto, la Escritura es constantemente interpretada. Esta interpretación no se expresa en forma de comentarios y homilías, sino en acciones y gestos, en una vida de santidad transformada por el diálogo constante del monje con la Escritura. Los textos no dejan de ser cada vez más significativos, no solamente para los que los leen o los escuchan, sino también para quienes encuentran a esos monjes que han encarnado esos textos en su vida. El hombre de Dios que ha asimilado Su palabra ha llegado a ser un nuevo “texto”, y un nuevo objeto de interpretación. Es, por otra parte, en este contexto donde hay que entender el hecho de que en el desierto la palabra del Anciano es considerada con el mismo poder que la Palabra de la Escritura.

He citado ya el apotegma de Antonio en el que responde a los hermanos: “¿Han escuchado la Escritura? ésta les es muy conveniente”. De hecho, los hermanos no quedaron muy satisfechos con esta respuesta y le dijeron: “Padre, queremos también una palabra tuya”. Entonces Antonio les dijo: “El Evangelio dice: si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra”. Ellos replicaron: “Nosotros no podemos hacer eso”. El Anciano le dijo: “Si no pueden presentar la otra, soporten al menos que se les pegue sobre una mejilla” — “No podemos tampoco eso” — “Si no pueden eso, respondió Antonio, no devuelvan el mal que han recibido”. Ellos dijeron: “No podemos”. Entonces, el Anciano dijo a su discípulo: “Prepárales una pequeña papilla de harina pues están enfermos. Si no pueden con esto y no quieren hacer esto, ¿qué puedo hacer yo por ustedes? Tienen necesidad de oraciones”.

Hijos de la Iglesia de Egipto y de Alejandría

Por otra parte, esta manera de concebir la Escritura como Regla de vida no era exclusiva de los monjes. No debemos olvidar que los Padres del Desierto que nos son conocidos a través de los Apotegmas, la literatura pacomiana, Palladio y Casiano, etc. son ante todo los monjes egipcios de finales del siglo III y de principios del IV. Estos monjes son hijos de la Iglesia. Pertenecían a una Iglesia muy concreta, la de Egipto, formada en la tradición espiritual de Alejandría.

El mito según el cual la mayor parte de los primeros monjes, comenzando por Antonio, eran analfabetos e ignorantes, no resiste ya a la crítica. Muchos estudios recientes, en particular los de Samuel Rubenson sobre las Cartas de Antonio, han demostrado que Antonio y la mayor parte de los monjes del desierto de Egipto habían asimilado la enseñanza espiritual de la Iglesia de Alejandría, que estaba marcada todavía por la enseñanza de los grandes maestros de la Escuela de Alejandría, y en particular por el impulso místico que le había dado su maestro más ilustre, el gran Orígenes.

La Iglesia de Alejandría, había nacido desde la primera generación cristiana en el seno de una diáspora judía muy cultivada, contaba, según Plinio, alrededor del millón de miembros; esto explica que esta Iglesia de Alejandría y de Egipto tuviera desde su origen una orientación judío-cristiana muy marcada. Explica a la vez igualmente su apertura a la tradición escrituraria y mística que había marcado las Iglesias Judío-cristianas desde las primeras generaciones de cristianos.

La Escuela del Desierto es, desde muchos puntos de vista, la réplica en la soledad de la Escuela de Alejandría en la que se sabía que Orígenes había vivido con sus discípulos una existencia monástica anticipada, completamente centrada sobre la Palabra de Dios. Según una hermosa descripción perteneciente a Jerónimo, esta existencia era una alternancia continua que iba de la oración a la lectura y de la lectura a la oración, tanto de noche como de día. (Carta a Marcela 43,1; PL 22:478: Hoc diebus egisse et noctibus, ut et lectio orationem exciperet, et oratio lectionem)

Por lo demás, esto no era exclusivo de Egipto. Casi en la misma época, Cipriano de Cartago formulaba una regla que sería citada después por casi todos los Padres latinos: “Ora asiduamente o lee; en algunos momentos habla a Dios, en otros escucha lo que Dios te dice” (Carta 1,15; PL 4:221 B: Sit tibi vel oratio assidua vel lectio: nunc cum Deo loquere, nunc Deus tecum — que se convertirá en la fórmula clásica: “cuando oras, hablas a Dios, cuando lees, Dios te habla”).

Si no todos los monjes de Egipto eran Evagrio y si pocos de ellos han debido leer a Orígenes en sus textos, no es menos verdad que han sido formados en la espiritualidad cristiana por la enseñanza de pastores que permanecían fuertemente influenciados por la orientación que Orígenes había dado a la Iglesia de Alejandría a través de la Escuela que había dirigido durante muchos años.

Esto explica la sólida espiritualidad bíblica del monaquismo primitivo. Se podría objetar, sin embargo, que las citas bíblicas son, en suma, bastante escasas en los Apotegmas, aunque sean mucho más numerosas en la literatura pacomiana. La respuesta es que la Escritura estaba tan impresa en la forma de vida de los ascetas, que era superfluo citarla en pasajes. Monje pneumatóforo era el que vivía según las Escrituras, el que estaba lleno del mismo Espíritu que había inspirado las Escrituras. (Se estaba lejos entonces de la costumbre moderna que pretende que una afirmación, una enseñanza no sea tomada en serio, si no va arropada por una nota al pie de página, indicando todas las personas que han dicho lo mismo antes que nosotros).

La tradición de lo que ahora se llama lectio divina, es decir, el cuidado de dejarse interpelar y transformar por el fuego de la Palabra de Dios, no se comprendería sin su conexión, más allá del monaquismo primitivo, con la tradición de la ascesis cristiana de los tres primeros siglos y también con su raigambre en la tradición de Israel.

En la catequesis recibida en su Iglesia local, el monje ha aprendido que ha sido creado a imagen de Dios, que esta imagen ha sido deformada por el pecado y que debe ser restaurada. Por eso debe dejarse transformar y reconfigurar a imagen de Cristo. Por la acción del Espíritu Santo y por su vivir según el Evangelio, su semejanza con Dios es gradualmente restaurada y puede conocer a Dios.

El objetivo de la vida del monje, tal como lo ha expresado Casiano, es la oración continua, que él describe como una atención constante a la presencia de Dios, que se realiza a través de la pureza de corazón. A esta se llega, no a través de tal o cual observancia, tampoco a través de la lectura o la meditación de la Escritura, sino dejándose transformar por ella.

El contacto con la Palabra de Dios – poco importa que ese contacto sea a través de la lectura litúrgica, la enseñanza de un padre espiritual, la lectura privada del texto, o la simple “rumia” de un versículo o de algunas palabras aprendidas de memoria – es el punto de partida de un diálogo con Dios. Este diálogo se establece y se prosigue en la medida en que el monje ha alcanzado una cierta pureza de corazón, una simplicidad de corazón y de intención, y también en la medida en que ha puesto en práctica los medios para llegar a esta pureza de corazón y para mantenerla. Ese diálogo, en el curso del cual la Palabra interpela sin cesar al monje a la conversión, mantiene esa atención continua a Dios que los Padres consideran como una oración continua y que es el objetivo de su vida.

Para los monjes del desierto, la lectura de la Palabra de Dios no es simplemente un religioso ejercicio de lectio que prepara gradualmente el espíritu y el corazón a la meditatio y después a la oratio, en la esperanza de poder alcanzar también la contemplatio (…si es posible antes que haya terminado la media hora o la hora de lectio). Para los monjes del desierto el contacto con la Palabra es el contacto con el fuego que arde, que perturba y que llama violentamente a la conversión. El contacto con la Escritura no es para ellos un método de oración; es un encuentro místico. Y a menudo este encuentro les da miedo, tan conscientes son de sus exigencias!

Círculo hermenéutico

La Escritura adquiere constantemente un sentido nuevo cada vez que se la lee. También en esto la hermenéutica moderna recoge las intuiciones de los Padres del Desierto: Estos se encontrarían bastante de acuerdo con la afirmación de San Agustín: “Ayer has comprendido un poco; hoy comprendes más; mañana comprenderás más todavía: la luz misma de Dios se hace más fuerte en ti (In Ioh. tract. 14,5, CCL 36, p.144, lineas 34-36)

Para los monjes del desierto, las palabras de la Escritura (como, por lo demás, igualmente las de los Ancianos), trascienden la dimensión limitada del “acontecimiento” en el que eran primeramente encontradas y del que recibían su significado. Estas “palabras” proyectan un “mundo de sentidos” en el que intentan penetrar. La llamada a vender todo, a dar el fruto de la venta a los pobres, a seguir el Evangelio (Mt 12, 91), la exhortación a no dejar jamás que el sol se ponga sobre su cólera (Ef.4,25), el mandamiento de amar; todos estos textos han formado la vida de los Padres del Desierto de una manera particular y han proyectado un “mundo de sentidos” al que ellos se han esforzado por entrar, por aproximarse. La santidad en el desierto consistía en dar una forma concreta a ese mundo de posibilidades que brotaba de los textos sagrados, interpretándolos y apropiándoselos en la vida concreta.

Abba Nesteros (en la Conf. 14 de Casiano), nos dice que “debemos tener el celo de aprender de memoria una serie de textos sagrados y rememorarlos sin cesar. Esta meditación continua, dice Nesteros nos procura un doble fruto”. Primero nos preserva de malos pensamientos. Después, esta recitación o meditación continua nos llevará a una comprensión que se renueva continuamente. Y Nesteros tiene esta frase admirable: “A medida que, por este estudio, nuestro espíritu se renueva, las Escrituras comienzan también a cambiar de rostro (sripturarum facies incipiet innovari)”. Una comprensión más misteriosa nos es dada, cuya belleza crece con nuestro progreso. (Una vez más nos encontramos con el lazo indisoluble entre la puesta en práctica de las Escrituras y la capacidad de comprenderlas a nivel más profundo).

(Se podría comparar una vez más esta visión a la aproximación moderna de un Ricoeur, por ejemplo, que dice que un texto, una vez salido de la mano de su autor, adquiere una existencia autónoma, y asume una nueva significación cada vez que es leído – siendo cada lectura una interpretación, que es la revelación de una de las posibilidades casi infinitas contenidas en el texto).

Según el método moderno de lectio divina, se debe leer lentamente y se debe parar en un versículo mientras este alimenta el corazón, o el espíritu, si no las emociones, y se pasa al versículo siguiente cuando los sentimientos se enfrían o la atención se disipa. Los primeros monjes se quedaban en un versículo hasta que lo habían puesto en práctica.

Un hermano vino al encuentro de Abba Pambo y le pidió que le enseñara un salmo. Pambo se puso a enseñarle el salmo 38: pero apenas pronunció el primer versículo: “Yo dije: vigilaré mi proceder, para que no se me vaya la lengua…”, el hermano no quiso escuchar más. Dijo a Pambo: “Este versículo me basta; ruega a Dios que yo tenga la fuerza de aprenderlo y de ponerlo en práctica. Diecinueve años más tarde se empeñaba en ello todavía… (Arm 19, 23 Aa: IV 163).

También a Abba Abraham, que era un escritor excelente, además de ser un hombre de oración, un hermano pidió le copiara el salmo 33. Se conformó con copiarle el versículo 15: “apártate del mal, obra el bien; busca la paz y corre tras ella”, diciendo al hermano: “Empieza por practicar esto y después te copiaré el resto…” (Arm 10,67: III, 41).

La Biblia para los Padres no es algo que se conoce con la inteligencia, ni tampoco con el corazón, como se gusta repetir en nuestros días, (confundiendo, por lo demás, bastante a menudo el concepto bíblico de corazón con una noción de “corazón” más reciente y un poco sentimental). Para los Padres se conoce la Biblia cuando se la asimila hasta el punto de traducirla en vida. Cualquier otro conocimiento que no lleve a esto es vano.

Comprensión de la Escritura

Pero todo esto no quiere decir que no sea necesario abordar la Escritura también con la inteligencia. Los monjes ponen gran cuidado en conocer el sentido literal de la Escritura antes de aplicársela. En los monasterios pacomianos, por ejemplo, había cada semana tres catequesis en el curso de las cuales, sea el superior del monasterio, sea el superior de la casa interpretaba la Escritura durante la synaxis, después de lo cual los hermanos intercambiaban entre ellos lo que habían entendido, a fin de asegurarse que todos habían comprendido bien.

La interpretación de un texto difícil exige un esfuerzo de la inteligencia; pero este esfuerzo sería inútil sin la luz divina, que se debe pedir en la oración. En este sentido la oración debe preceder a la lectio aunque también puede ser su fruto. A dos hermanos que interrogaban a Antonio sobre el sentido de un texto difícil del Levítico, Antonio pide esperar un tiempo, mientras se ponía en oración, para pedir a Dios que le envíe a Moisés para enseñarle el sentido de esta palabra. (Arm. 12,1B:III,148). Antes que él, Orígenes hacía lo mismo, pidiendo a sus discípulos que orasen con él para alcanzar la comprensión de un texto sagrado particularmente difícil, a fin, decía él, de encontrar la “edificación espiritual” contenida en ese texto. (Orígenes, Homilías sobre el Génesis. Trad. y notas: L. Doutreleau, SD 7, París 1943, Hom. 2,3, p.96). Subrayemos la expresión “contenida en el texto”. El sentido espiritual de la Escritura no es algo que le sea artificialmente añadido: es algo que el texto contiene, y que es preciso descubrir.

De la misma manera, un gran monje, Isaac de Nínive, escribía: “No te acerques a las palabras llenas de misterio de la Escritura sin oración… Dí a Dios: “Señor, concédeme entender el poder que se encuentra aquí” (Ver J. WENSINGK, Mystic Treatises bu Isaac of Nineve, Amsterdam 1923, par. 329, ch. XLV, p.220). Lo que se busca en un texto no es una significación abstracta, intemporal, es un poder capaz de transformar al lector.

Las teorías modernas sobre la lectio divina insisten generalmente sobre el hecho de que la lectio es algo completamente distinto del estudio. Los Padres, ciertamente, no habrían entendido esta distinción y esta división en compartimentos separados. Su aproximación a la Escritura estaba unificada. Todo esfuerzo para aprender la Escritura, para comprenderla, para ponerla en práctica era un único esfuerzo para entrar en diálogo con Dios y para dejarse transformar por Él en ese diálogo que se convertía en oración continua. Ni ellos, ni Orígenes – el hombre por excelencia de la Escritura -, ni sobre todo un Jerónimo, para quien la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo, (In Esaiam. Prol. CCL 73,2, CCL 78,66) habrían comprendido un estudio de la Escritura que no fuese un encuentro personal con el Dios viviente.

Para Jerónimo, la oración no reside primeramente en el corazón sino en la inteligencia (de donde pasa al corazón). Hay que conocer primero a Dios para amarlo. El que conoce verdaderamente ama necesariamente. De aquí la importancia de estudiar a fondo y de comprender las Escrituras con la inteligencia.

De Marcela que, más que las demás discípulas que Jerónimo había estudiado a fondo las Escrituras y las leía asiduamente, éste decía: “Ella comprendía que la meditación no consiste en repetir los textos de la Escritura… pues sabía que no merecía su comprensión sino después de haber traducido a vida sus mandamientos” (Ep. 127,4, CSEL 56,148).

En su Conferencia 14, Casiano, un excelente transmisor de la espiritualidad del desierto egipcio en el que ha vivido durante muchos años, en la misma época que Evagrio, distingue dos formas de ciencia, la práctica y la teorética, siendo esta última la contemplación de las cosas divinas y el conocimiento de los significados más sagrados. A esta teorética o contemplación de las cosas divinas, la llama también “ciencia verdadera de las Escrituras”, y la divide en dos partes, la interpretación histórica y la inteligencia espiritual. Una y otra pertenecen a la contemplación.

Casiano añade: “Si queréis llegar a la verdadera ciencia de la Escritura, tratad primeramente de conseguir una inquebrantable humildad de corazón. Es esta quien os conducirá, no a la ciencia que infla, sino a la que ilumina, por la consumación de la caridad”. Entonces, lo que hace que el estudio de la Escritura sea o no una actividad contemplativa, no es el método de lectura o de interpretación utilizado, sino la actitud del corazón.

Pre-comprensión

La hermenéutica de Ricoeur nos enseña que cuando se lee un autor antiguo no se entra propiamente en relación con el pensamiento del autor, sino con la realidad misma de la que este habla. Es por esto que no es posible la comprensión de un texto, sin una pre-comprensión que consiste en una cierta relación ya existente entre el lector y la realidad de la que habla el texto. Ahora bien, se encuentra ya una intuición semejante en Casiano, en el final de la décima Conferencia. Isaac, después de haber explicado los medios para llegar a la oración pura añade: “Vivificado por este alimento (el de las Escrituras) del cual él no cesa de nutrirse, se impregna hasta tal punto de todos los sentimientos expresados en los salmos que, en adelante, los recita no como compuestos por el profeta, sino como si él mismo fuera su autor, y como una oración personal…” Y añade: “En efecto, las divinas Escrituras se nos revelan más claramente, y nos manifiestan su corazón y su meollo, cuando nuestra experiencia, no solamente nos permite entrar en su conocimiento, sino también anticipar el conocimiento mismo, tanto que el sentido de las palabras no se nos revela por explicación alguna, sino por la experiencia que hemos hecho” (Conf. X,11)… “Instruidos por lo que nosotros mismos sentimos, no los percibimos como cosa meramente oída, sino experimentada y palpada con nuestras manos; como algo que damos a luz desde lo profundo de nuestro corazón, como si fueran sentimientos que forman parte de nuestro propio ser. No es la lectura la que nos hace penetrar en el sentido de las palabras, sino la propia experiencia adquirida.” (ibid)

No existe comprensión e interpretación sin una pre-comprensión. Bajo este punto de vista es claro que la vida que llevan los monjes en el desierto, hecha de silencio, de soledad y de ascesis, constituía una precomprensión que condicionaba ampliamente su comprensión de la Escritura. El silencio y la pureza de corazón eran vistos como precondiciones para entender e interpretar las Escrituras en su pleno sentido.

No se comprende sino lo que se ha vivido ya, al menos en una cierta medida. Por esto san Jerónimo indica un orden en el que aprender la Escritura: primero el Salterio, después los Proverbios de Salomón y Qohelet, después el Nuevo Testamento. Y sólo cuando el alma está ampliamente preparada a través de una larga relación de intimidad amorosa con Cristo, puede abordar con provecho el Cantar de los Cantares.

Palabra de los Ancianos

Los Padres del Desierto respondían a veces a la pregunta que se les proponía con una palabra de las Escrituras; pero respondían también con otras palabras a las que se concedía la misma importancia. Se estaba convencido de que el poder de esas palabras procedía de la gran pureza de vida del santo Anciano que las pronunciaba, pues él mismo había sido transformado por la Escritura.

La noción moderna de lectio divina

Me gustaría ahora hacer unas reflexiones sobre la concepción que se tiene hoy de la lectio divina, a la luz de las enseñanzas de los Padres del Desierto que acabo de presentar.

Lo que hoy se llama lectio divina es presentado como un método de lectura de la Escritura y también de los Padres de la Iglesia y de los Padres del monaquismo. El método consiste en una lectura lenta y meditativa del texto, una lectura hecha más con el corazón que con la inteligencia, se dice, sin una finalidad práctica, sino simplemente para dejarse impregnar por la Palabra de Dios

Este método, en tanto que método, tiene sus orígenes en el siglo XII y no deja de tener relación con lo que se ha llamado “teología monástica”. En esta época la pre-escolástica había desarrollado su método que iba de la lectio a la quaestio, seguía la disputatio. La reacción de los monjes fue entonces desarrollar su propio método: la lectio conducía a la meditatio, después a la oratio… y un poco más adelante se añadirá la contemplatio, que se distinguirá de la oratio.

Mientras el enfoque de la Escritura que he descrito como propio de los Padres del Desierto era en realidad un enfoque que ellos tenían en común con el conjunto del pueblo de Dios, el nuevo enfoque o “nuevo método”, pues se trata ahora de un ejercicio, de una observancia importante de la existencia monástica, que se ha refugiado en los monasterios.

Mucho más tarde, en la época de la devotio moderna se generaliza la “lectura espiritual”, que se toma especial cuidado en diferenciarse netamente de la lectio divina monástica. Siguiendo la corriente general, la vida espiritual se especializa, se divide en compartimentos estancos.

Sería extraño al tema de la presente conferencia analizar esta larga evolución. Me permito al menos algunas observaciones. La primera es que cabe preguntarse cómo habría evolucionado la teología si los monjes no hubieran rechazado el método naciente. En efecto, lo que se llama “teología monástica” no tenía, hasta el siglo XII, nada de específicamente monástico. Era la manera en que se hacía teología en todo el pueblo de Dios, bien seguro, con un gran pluralismo tanto en los monasterios como fuera de ellos. Esta forma sapiencial y contemplativa de hacer teología había sabido hasta entonces asumir y transformar (inculturar, se diría hoy) las aportaciones de los distintos métodos y de las diversas corrientes de pensamiento. Cabe legítimamente preguntarse cómo habría evolucionado la teología de los siglos siguientes si los monjes no hubieran rechazado el método naciente y lo hubieran asimilado como habían sabido asimilar tantos otros antes. Es verdad que para bien o para mal, una manera llamada monástica de hacer teología se mantuvo en los monasterios y la teología escolástica se desarrolló en las escuelas fuera de los monasterios. En un Tomás de Aquino, el nuevo método es utilizado todavía en una perspectiva profundamente contemplativa. En los comentaristas -y los comentaristas de los comentaristas, se irá resecando cada vez más.

Lo mismo ocurrió con el estudio de la Escritura. Los monjes habían jugado hasta este momento un papel preponderante en la interpretación y uso de la Escritura, aunque su enfoque no fue esencialmente diferente del que tenía el conjunto del pueblo de Dios. A partir del momento en que, sufriendo (sin darse cuenta de ello) la influencia del nuevo pensamiento, elaboran su propio método de lectura paralelo al de la escolástica, y así existen en la Iglesia dos enfoques de la Escritura completamente distintos: uno que quiere una lectura con el corazón (y que en algunas épocas olvidará a menudo hacer seguir a la inteligencia) y una orientación científica que se desecará cada vez más.

Por otra parte, se debe reconocer que al precisar su propio método de lectio, los monjes eran ya dependientes de la nueva mentalidad, pre-escolástica, que había creado la necesidad de un método. Los primeros monjes no tenían método, tenían una actitud respecto a la lectura.

Con frecuencia, en el curso de los últimos siglos, los monjes olvidaron su manera propia de leer la Escritura y los Padres y de hacer teología y adoptaron la de todo el mundo. Ha sido, pues, necesario para los monjes de nuestra época, volver a una forma de hacer teología distinta de la de los manuales escolásticos y volver a una manera de leer la Escritura y los Padres distinta de la de la exégesis científica moderna. Se debe un gran reconocimiento a Dom Jean Leclerq por haber orientado el monaquismo contemporáneo en esta dirección. Por lo demás, se podría decir con un poco de humor, que los conceptos de teología monástica y de lectio divina, tal como son entendidas hoy, son las dos creaciones más bellas de Dom Leclerq.

Era importante, digo, que el monaquismo redescubriera esta manera de leer la Escritura y esta manera de hacer teología. Pero es preciso ir más lejos: es preciso reconocer que esta manera de leer la Escritura y de hacer teología no tiene nada de específicamente monástico. Es todo el pueblo de Dios quien debe redescubrirla, porque ese fue, en una época, el modo en que todo el pueblo de Dios leía la Escritura y hacía teología.

Falta, sin embargo, dar un paso más. Falta superar la fragmentación de la vida del monje y de los demás cristianos. Falta redescubrir la unidad primitiva perdida a lo largo del camino.

En efecto, si es verdad que se debe celebrar el lugar que ha conquistado la lectio divina en la vida de los monjes y también en la de muchos cristianos fuera de los monasterios desde hace unos cuarenta años, no es menos verdad que la actitud presente a propósito de esta realidad no está exenta de peligro.

El peligro está en que, frecuentemente, aunque a veces de manera imperceptible, se ha transformado la lectio en un ejercicio – un ejercicio entre otros, a pesar de que se le considere el más importante de todos. El monje fiel hace una media hora o una hora o incluso más de lectio al día, y pasa a su lectura espiritual, a sus estudios y a sus demás actividades. Adopta una actitud gratuita de escucha de Dios durante esta media hora y con frecuencia se entrega a las otras actividades durante el resto de la jornada con la misma intensidad, el mismo espíritu de competición, la misma disipación que si no hubiera optado por una vida de oración continua y de búsqueda constante de la presencia de Dios.

No solamente todo eso es totalmente extraño al espíritu de los Padres del Desierto, sino que esta actitud está en contradicción con la naturaleza misma de la lectio divina. Lo esencial en ésta, tal como ha sido descrito por sus mejores teóricos, es la actitud interior. Ahora bien, esta actitud no es algo de lo que uno se puede revestir durante media o una hora del día. Se tiene permanentemente o no se tiene. Impregna toda nuestra jornada o el ejercicio que se llama lectio es un juego vacío.

Dejarse interrogar por Dios, dejarse interpelar, formar, a través de todos los elementos de la jornada, tanto a través del trabajo como a través de los encuentros con los hermanos; tanto a través de la dura ascesis de un trabajo intelectual serio como a través de la celebración litúrgica y de las tensiones normales de la vida comunitaria – todo esto es terriblemente exigente. Relegar esta actitud de total apertura a un ejercicio privilegiado cuyo sentido mismo es impregnar el resto de nuestra jornada es quizás una manera demasiado fácil de desentenderse de esta exigencia.

Para los Padres del Desierto, leer, meditar, orar, analizar, interpretar, escudriñar, traducir la Escritura – todo esto formaba un bloque inseparable. Habría sido impensable para un Jerónimo considerar que su profundo análisis sobre el texto hebreo de la Escritura para extraerle todos sus matices, no merecía el nombre de lectio divina.

Es, ciertamente, afortunado que se haya redescubierto la importancia de leer la Palabra de Dios con el corazón, leerla para dejarse transformar. Pero yo creo que es un error hacer de ello un ejercicio, en vez de impregnar de esta actitud los mil y un enfoques que la Escritura permite.

Más aún, creer que el texto de la Escritura puede alcanzarme en mi vida profunda, interpelarme y transformarme solamente cuando me sitúo ante él totalmente desnudo, sin recurrir a todos los instrumentos que pueden permitirme captarlo en su significación primera, corre el gran riesgo de conducir a una actitud fundamentalista – no rara en nuestros días – o incluso a una falsa mística, también bastante frecuente.

Puesto que es generalmente admitido en nuestros días, que la lectio divina puede tener como objeto no solamente la Escritura sino también los Padres de la Iglesia, y, para monjes y monjas, particularmente los Padres del monacato, me permito también una reflexión.

Siendo la tradición monástica una interpretación vivida de la Palabra de Dios, tiene una importancia semejante a la suya, aunque secundaria con relación a ella. Hemos visto además cómo los Padres del Desierto tendían a conceder el mismo poder a la Palabra o el ejemplo de un Anciano transformado por el Espíritu, que a la Palabra de Dios o a un ejemplo bíblico. Pero esta palabra vivida que es la tradición monástica tiene necesidad de ser interpretada y continuamente reinterpretada ella también.

En nuestros días, en las comunidades monásticas se ha redescubierto a los Padres. Hay que aplaudir este redescubrimiento. Pero su mensaje, aún más que el de las Escrituras, está envuelto en un contexto cultural que no es, como se acepta demasiado a menudo, la cultura monástica – como si no hubiera más que una – sino el contexto cultural de tal o cual época particular en la que los monjes antiguos han vivido su vocación monástica. El lector moderno debe exponerse, sin ningún espíritu crítico, a la gracia transformante que ellos han vivido y que ellos transmiten; pero no puede hacerlo más que después de haber desbrozado con un sentido crítico refinado, la cáscara cultural que oculta este alimento sustancioso.

Así como no existe una cultura cristiana, paralela a todas las culturas profanas, más precisamente culturas locales cristianizadas – por lo demás en diversos grados; así tampoco existe una cultura monástica, sino diversas culturas transformadas por su encuentro con el carisma monástico. El uso de los Padres como materia de lectio divina requiere un serio trabajo de exégesis y de estudio para alcanzar la realidad que ellos han vivido, más allá del ropaje cultural que los envuelve. Además, uno se lee a sí mismo en los textos que admira; y, evidentemente, se encuentra más a sí mismo cuanto más se los admira.

El monje de hoy será interpelado, llamado a la conversión, transformado por la lectura de los Padres del monacato, únicamente a condición de que se deje “tocar” por ellos en todos los aspectos de su experiencia monástica. Y esto no se producirá más que en la medida en que él los capte en el conjunto de su experiencia: lo que supone un análisis profundo de su lengua y de su lenguaje, de su pensamiento filosófico y teológico, del contexto cultural en el que ellos han vivido. Me parece artificial e incluso peligroso distinguir este estudio de la lectio propiamente dicha, como si no fuera más que una cuestión previa…

El monje de hoy pertenece necesariamente a una cultura determinada, y a una Iglesia local, por tanto, a una cultura cristiana determinada. Es esta cultura la que, en él, reencuentra la tradición monástica y debe dejarse interpelar y transformar por ella. Yo me temo que, demasiado frecuentemente, en nuestro enfoque de los Padres, presionemos sobre todo los jóvenes a asumir como un ropaje la cultura monástica de una época pasada con riesgo de convertir nuestros monasterios en campos de refugiados culturales.

Conclusión

Los Padres del Desierto nos recuerdan la importancia primordial de la Escritura en la vida del cristiano y la necesidad de dejarse transformar constantemente en el crisol de la Palabra de Dios.

Sin embargo, incluso un estudio rápido como este que hemos hecho de la manera en que los monjes abordaban la Escritura, nos lleva a poner en cuestión algunos aspectos de la concepción moderna de la lectio divina o, más precisamente, nos llama a sobrepasarlos para volver a un sentido más profundo de la unidad de lo vivido. El monje, menos que nadie, puede permitirse estar dividido. Su mismo nombre, monachos, le recuerda sin cesar la unidad de preocupación, de aspiración y de actitud que corresponde al que o a la que ha elegido vivir un solo amor con corazón indiviso.

Roma, 7 de noviembre de 1995

Armand VEILLEUX, o.c.s.o.

Monje de la Trapa de Scourmont

http://www.scourmont.be/Armand/writings/lectio-fra.htm

Centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia

Card. Carlo Martini

 

LA CENTRALIDAD DE LA PALABRA DE DIOS

EN LA VIDA DE LA IGLESIA

Carlo Maria Card. Martini, sj

El título que me ha sido confiado para describir mi tema es complejo. Consta de dos partes (papel de la Palabra en la Iglesia y animación bíblica de la pastoral). Parece que la relación entre ambas partes sea evidente, pero en realidad no es tan fácil explicarla con rigor científico.

Se podría poner en evidencia este hecho explicitando el texto con algunas preguntas, como por ejemplo: ¿Cuál es el papel de la Palabra de Dios en la Iglesia? ¿Por qué este lugar es central (y no dificulta otras centralidades, en particular la de Cristo? ¿Qué relación hay entre esta centralidad de la Palabra y el lugar de la Sagrada Escritura en la Iglesia? ¿Cómo animar con la Escritura la vida cotidiana de los fieles en su dedicación al Reino de Dios? Y todavía: ¿Qué relación tiene todo esto con la Revelación que da título al documento del que celebramos su 40 aniversario?

Como es obvio, no puedo profundizar en cada una de estas preguntas que ciertamente ya han sido planteadas por los ponentes que me han precedido. Sin embargo, yo las he planteado aquí al principio para que la complejidad y la amplitud del tema se hagan manifiestas. Me limitaré a subrayar algunos aspectos prácticos relativos sobre todo a la animación bíblica de la pastoral. Evidentemente, el texto fundamental de referencia para este tema es la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II. Esta Constitución ya ha sido presentada en sus aspectos teológicos por el Cardenal Kasper y su recepción en estos 40 años por Mons. Onayekan. Me limitaré, pues, a los puntos siguientes:

1. Quisiera empezar con un recuerdo personal y con un testimonio del queridísimo Papa difunto Juan Pablo II.

2. ¿Cuáles eran los problemas abiertos en el tiempo de la Dei Verbum?

3. ¿Cómo los afrontó el Concilio?

4. ¿Cuál era la presencia de la Escritura en la vida de la Iglesia en el tiempo del Vaticano II?

5. ¿Qué aportó la Dei Verbum en cuanto a la presencia de la Escritura en la Iglesia?

6. ¿Cuáles han sido las consecuencias para la animación bíblica del ejercicio pastoral, sobre todo en lo que concierne la lectio divina de los fieles?

1. Recuerdo personal y testimonio del Papa Juan Pablo II

Quiero empezar mi conversación con un recuerdo del queridísimo Papa difunto Juan Pablo II. Es un recuerdo que me atañe personalmente, porque en su penúltimo libro, titulado “Levantaos, vamos”, habla del obispo como “sembrador” y “servidor de la Palabra” y dice (Pag. 36):

“Tarea del obispo es hacerse servidor de la Palabra. Justo como el maestro se sienta en la cátedra, aquella silla situada emblemáticamente en la Iglesia llamada “Catedral”. Él se sienta para predicar, para anunciar y para explicar la Palabra de Dios”. El Papa añade que evidentemente hay diversos colaboradores del obispo en el anuncio de la Palabra: los sacerdotes, los diáconos, los catequistas, los maestros, los profesores de teología y un número siempre mayor de laicos preparados y fieles al Evangelio.

Pero sigue (y esto me afecta muy de cerca): “Sin embargo, nadie puede sustituir la presencia del obispo que se sienta en la cátedra o que se presenta en el ambón de su iglesia episcopal y personalmente explica la Palabra de Dios a las personas que se reúnen a su alrededor. También él, como el escriba que se convierte en discípulo del reino de los cielos, se parece a un patrón de casa que extrae de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. Tengo el gusto de mencionar al cardenal Carlo Maria Martini, arzobispo emérito de Milán, cuyas catequesis en la catedral de su ciudad atraían a multitud de personas, a las cuales él revelaba el tesoro de la Palabra de Dios. Su ejemplo es solamente uno entre los muchos que demuestran cuán grande es el hambre de Palabra de Dios entre la gente. ¡Cuán importante es saciar esta hambre! Siempre me ha acompañado la convicción de que, si quiero saciar en los demás esta hambre interior, es necesario que, siguiendo el ejemplo de María, yo sea el primero en escuchar la Palabra de Dios y meditarla en el corazón”.

He citado esta página porque me recuerda momentos entrañables vividos en la catedral de Milán, en particular con miles y miles de jóvenes que escuchaban en silencio la Palabra de Dios. Y la he citado para rendir homenaje a la memoria de Juan Pablo II que gentilmente ha querido mencionarme en este su penúltimo libro. Pero con esto quiero también afirmar que la posibilidad que nosotros tenemos hoy de saciar abundantemente el hambre de la Palabra de Dios de tanta gente es también el mérito del documento del Concilio del que celebramos los 40 años, es decir, la Dei Verbum.

2. ¿Cuáles eran los problemas abiertos a propósito de la Escritura en la época del Concilio?

Me limitaré a algunos aspectos, sólo lo necesario para poner de relieve el tema que nos interesa. De hecho, hojeando las crónicas de la época, es fácil darse cuenta de que los problemas más significativos en el ámbito de los estudios bíblicos y de la presencia de la Escritura en la Iglesia al menos eran tres.

1. La relación Tradición – Escritura. Éste era un tema muy candente especialmente en el Norte de Europa, en el ámbito del diálogo entre protestantes y católicos. Se trataba de responder a la pregunta si la Iglesia extrae sus dogmas de la Sagrada Escritura o también de una tradición oral que contiene cosas no dichas por la Escritura.

El Concilio de Trento, cuatro siglos antes, ya había discutido el problema y había dejado de lado la fórmula que se había propuesto, es decir, que las verdades reveladas se encuentran “partim in libris scriptis ed partim in sine scripto traditionibus”, a favor de una fórmula que no agravara el problema: las verdades reveladas se encuentran “in libris scriptis et sine scripto traditionibus”: o sea, no “partim” – “partim” sino “y – “y”.

El problema se presentaba entonces crudamente, a raíz de discusiones encendidas por parte de estudiosos recientes, católicos y protestantes. El Concilio lo trató ampliamente. Pero no es mi tarea reconstruir aquí la historia de esta problemática. A continuación mencionaré solamente la solución a la que se llegó.

2. La aplicación del método histórico-crítico a la Sagrada Escritura y el problema anexo de la inerrancia de los libros sagrados. Se había logrado un cierto progreso respecto a la doctrina muy rígida del pasado con el reconocimiento de la validez de los géneros literarios, y esto gracias a la Encíclica “Divino afflante Spiritu” de 1943. Pero la cuestión quedaba todavía pendiente, y culminó en una exasperada polémica a finales de los años 50. El blanco de esta polémica era sobre todo la enseñanza del Pontificio Instituto Bíblico, acusado de no tener en cuenta la verdad tradicional de la inerrancia de los libros sagrados.

El problema no afectaba solamente la interpretación de la Escritura, sino también la relación cotidiana de los fieles con la Biblia. Si se obligaba a los fieles a una interpretación de tipo casi fundamentalista de los libros sagrados, no pocos de entre ellos, sobre todo los más eruditos y preparados, se habrían alejado.

3. Tema muy candente, que nos afecta particularmente en esta ponencia, era también el del “movimiento bíblico”, que desde hacía más de cuarenta años estaba favoreciendo una nueva familiaridad con los textos sagrados y un acercamiento más espiritual a la Escritura, entendida como fuente de oración e inspiración para la vida. Pero se trataba de iniciativas un poco elitistas, sometidas a sospecha y crítica. Era importante reconocer oficialmente lo que había de bueno en este movimiento, regular este nuevo florecimiento de iniciativas, darles un lugar en la Iglesia, corregirlas en caso necesario, valorando a fondo los peligros de desviación que todavía hoy se repiten a propósito de esta lectura de la Biblia de parte de los laicos.

Estos son, pues, los grandes temas que agitaban el ánimo de los Padres conciliares. No estaba en juego, en cambio, el concepto de revelación, que de hecho luego se reveló determinante para la elaboración de toda la Constitución.

3. ¿Cómo tuvo lugar, en el ámbito del Concilio, el proceso de clarificación sobre estos temas, y sobre todo sobre el tercero, es decir, la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia?

El esquema preparatorio de estos argumentos, realizado por la comisión encargada, fue propuesto a los padres conciliares el 14 de noviembre de 1962 con el título “Constitutio de fontibus Revelationis”.

Aquella primera sesión fue tempestuosa. El cardenal Liénart dijo simplemente: “Hoc schema mihi non placet”. En la misma línea se manifestaron, con fuertes críticas, los cardenales Frings, Léger, Koenig, Alfrinck, Ritter y Bea. En sentido opuesto hablaron, en cambio, otros Padres. Fue así que con muchas fatigas y tensiones se llegó al voto del 20 de noviembre. Con gran descontento de muchos prevaleció la opinión de continuar la discusión. El Papa Juan XXIII intervino con un gesto de gran sabiduría, imponiendo que se retirase el esquema para encargarlo a una nueva comisión para que lo rehiciera.

A partir de entonces se inició una gran tarea que produjo numerosas formas de texto, la última de las cuales fu aceptada el 22 de setiembre de 1965. Sin embargo, todavía se proponían “modos” diferentes. Fueron valorados e incorporados en el texto que se sometió a votación el 20 de octubre de 1965. Se llegó así a la votación definitiva el sucesivo noviembre que registró 2344 votos a favor y 6 votos en contra.

¿Cuáles fueron los puntos que se clarificaron mejor en la nueva redacción que recibió el título de “Constitución dogmática sobre la divina Revelación” o “Dei Verbum”, sus palabras iniciales, que se incorporaron gracias a una propuesta hecha en la última discusión (setiembre 1965)? Recuerdo cinco.

1.El concepto de “revelación” que, como he dicho, no era un punto a discutir al inicio del Concilio, pero que poco a poco se fue perfilando durante las discusiones y la reelaboración del texto hasta que se expresó como se encuentra ahora en el número dos de la Constitución: no referido a las verdades sino al hecho de que Dios mismo se comunica: “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2Pe 1,4) (DV, 2)”. Esta clarificación sobre la naturaleza de la revelación tuvo un efecto positivo en todo el texto, y favoreció una acogida favorable del mismo.

2. Un concepto amplio de Tradición. Respecto a lo que se solía decir anteriormente, el Concilio presentaba, en el texto definitivo de la Constitución, un concepto amplio de Tradición, que se expresaba así: “La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (DV, 8). Se afirmaba así la unidad de Tradición y Escritura, contra cualquier tentativa de separación: “La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo” (DV, 9).

En el número siguiente se describe la relación entre las tres grandezas: Tradición, Escritura y Palabra de Dios: “La Tradición y la Escritura constituyen el depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia” (DV, 10).

3. Frente a las discusiones sobre la interpretación de la Escritura y especialmente sobre la ausencia de todo error en ella, el Concilio proponía en su formulación definitiva una concepción amplia de la inerrancia. En el primer esquema preparatorio se hablaba de una inerrancia “in qualibet re religiosa vel profana”. El texto definitivo (DV, 11) afirma que “los Libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra”. Con esto se acallaron muchas y ociosas discusiones del pasado sobre dicho argumento.

Pero a nosotros aquí nos interesa sobre todo el trabajo que el Concilio dedicó a la importancia y centralidad de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. El concilio, en su redacción final, recibe las instancias fundamentales del movimiento bíblico y promueve una familiaridad orante de todos los fieles con toda la Escritura. Sobre este tema el Concilio trabajó en todas las sesiones, hasta la última, con numerosas redacciones del texto, propuestas y enmendaciones de última hora, que hacen que la historia de este capítulo sea muy compleja y difícil de describir. Me limitaré a los puntos fundamentales, partiendo de la situación de la Escritura en la Iglesia católica en la época del Vaticano II.

4. ¿Cuál fue la presencia de la Sagrada Escritura en la Iglesia en la época del Vaticano II?

La situación hasta el inicio del siglo XX se podía describir con las palabras de Paul Claudel, que afirmaba: “El respeto hacia la Sagrada Escritura no tiene límites: se manifiesta sobre todo estando lejos! (cf. La Escritura Santa, en La Vie intelectuelle 16 [1948] 10). Aunque estas palabras parezcan exageradas, reinaba entre los católicos una cierta lejanía, sobre todo de los laicos, respecto a la Sagrada Escritura (aunque los modos de contacto con su contenido eran muchos). Esta lejanía se explica por muchas razones, una de ellas, no la última, fue que hasta el siglo XVIII era una minoría la que sabía leer y escribir. Pero la razón principal era una cierta desconfianza de las autoridades eclesiásticas hacia la lectura de la Biblia por parte de los laicos. Esta desconfianza nació a raíz sobre todo de la reforma protestante y de otros movimientos, en vigor desde la Edad Media, que promovían un contacto directo de los laicos con la Escritura, pero separando de hecho su lectura del contexto eclesial. Hasta la Edad Media no se tuvo noticia de ninguna medida que limitara el acceso a la Escritura, aunque el precio prohibitivo de los manuscritos dificultaba el uso directo de parte de los fieles. Se tienen noticias de auténticas restricciones a partir de algunos Concilios regionales, por ejemplo, el de Toulouse en 1229 en ocasión de la lucha contra los albigenses y el de Oxford del 1408 a raíz del movimiento de Wicleff. Otras prohibiciones siguieron en Inglaterra, Francia y otros sitios. Pablo IV en 1559 y Pío IV en 1564, al promulgar el índice de libros prohibidos, prohibieron también imprimir y tener Biblias en lengua vulgar, a no ser con un permiso especial. Esto correspondía a un impedimento práctico que afectaba a muchos laicos: no poder acercarse a toda la Biblia en lengua vulgar. De hecho se seguía imprimiendo sólo la Vulgata latina. Por ejemplo, en Italia, después de una primera traducción italiana anterior al Concilio de Trento, del 1471 (la llamada Biblia de Malermi), hubo que llegar hasta finales del 1700, es decir a la traducción de Antonio Martini, para tener una Biblia traducida en italiano para los católicos. En 1757 se habían permitido de manera general las ediciones en lengua vulgar traducidas de la Vulgata, siempre y cuando fuesen aprobadas por las autoridades competentes y tuviesen notas. La Biblia de Martini se basaba en la Vulgata latina, mientras la primera versión católica a partir de los textos originales apareció en Italia sólo en la primera mitad del 1900.

El movimiento bíblico gozaba en cambio de un contacto directo y una familiaridad orante de todos los fieles con el texto completo de la Escritura en la lengua del pueblo, traducida a partir de los textos originales. Este movimiento quería, en sus expresiones más maduras, que la lectura se realizara en el cuadro de la tradición de la Iglesia, definida precisamente en el sentido como la citaría la Dei Verbum, es decir, la totalidad de aquello que la Iglesia transmite en la vida, en el culto, en la oración y en la doctrina. No quería ser un movimiento solamente para algunas élites. Por esta razón, había que superar no pocas resistencias e incomprensiones, que todavía no han desaparecido del todo ni siquiera hoy.

5. ¿Cuál fue la aportación del Concilio a la presencia de la Escritura en la Iglesia?

El Vaticano II trata este tema sobre todo en el capítulo VI de la Dei Verbum que lleva por título “La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia”. Desde el principio enuncia un principio fundamental (DV, 21): “Toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura”. Después de esta afirmación el capítulo aplica este principio a las traducciones en lenguas modernas, a la necesidad del estudio profundo de los textos sagrados de parte de los exegetas, subraya la importancia de la Sagrada Escritura en la teología y finalmente recomienda la lectura de la Biblia a todos los fieles. Después de recomendar la lectura de la Sagrada Escritura a todos los clérigos, en primer lugar a los sacerdotes, a los diáconos y catequistas, continúa de este modo: “El santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Flp 3,8)”. Esta exhortación tan encarecida a todos los fieles, fundamental para el movimiento bíblico, corresponde a la petición de muchos Padres conciliares. Se añadió también una frase incisiva de San Jerónimo: “Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”. El Concilio recomienda por esto a todos los fieles que “acudan de buena gana al texto… también por medio de la llamada “lectura piadosa” [hoy se suele llamar “lectio divina”, e sobre ella hablaremos más adelante]. Se añade que la lectura de la Sagrada Escritura debe ir acompañada de la oración, para que pueda realizarse el coloquio entre Dios y el ser humano; porque (y aquí se cita a San Ambrosio) “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” (San Ambrosio, De officiis ministrorum, I,20,88).

Se trata, pues, de una lectura que podríamos llamar “espiritual”. Hecha bajo el impulso del Espíritu Santo, gracias al cual “toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñar, convencer, corregir y formar en la justicia” (2Tim 3,16). Y una lectura que se deja guiar por aquel Espíritu de verdad que guía “a la verdad toda entera” (Jn 16,13) y que “escruta todas las cosas, incluso las profundidades de Dios” (1Cor 2,10). Quiere ser, pues, una lectura hecha en la Iglesia, en el surco de la gran tradición eclesiástica, en el cuadro de todas las verdades de fe y en comunión con los pastores de la Iglesia.

6. ¿Cuáles son las consecuencias para la animación bíblica del ejercicio pastoral, sobre todo en lo que se refiere a la lectio divina de los fieles?

En mi experiencia de obispo en Milán durante más de veinte años he podido ver concretamente los frutos de esa oración hecha a partir de la Escritura, sobre todo en muchísimos jóvenes y en tantos adultos que han encontrado en esta familiaridad con la Biblia la capacidad de orientar su vida según la voluntad de Dios también en la gran ciudad moderna y en un ambiente secularizado.

Muchos fieles comprometidos y muchos sacerdotes han encontrado en la lectura orante de la Escritura la manera para asegurarse la unidad de vida en una existencia a menudo fragmentada y lacerada por mil diversas exigencias, en la que era esencial encontrar un punto sólido de referencia. El diseño de Dios que las Escrituras nos presentan, que tiene su culminación en Jesucristo, nos permite unificar nuestra vida en el marco del plan de salvación.

La familiaridad orante con la Biblia nos ayuda, además, a afrontar uno de los retos más grandes de nuestro tiempo, que es el de vivir juntos como personas diferentes no sólo en la etnia sino también en la cultura, sin destruirnos mutuamente y también sin ignorarnos, respetándonos y estimulándonos recíprocamente para una mayor autenticidad de vida.

Esto vale también para cualquier camino ecuménico y también para la relación entre las grandes religiones, que no debe llevar ni a conflictos ni a barreras, sino que más bien debe estimular a hombres y mujeres sinceramente religiosos a comprender los tesoros de los demás y a hacer comprender los propios, invitando a las personas a ser más veraces y transparentes ante de Dios y sus llamadas.

Si me preguntan por la raíces de esta experiencia, las encuentro principalmente en el hecho que ante la Palabra por medio de la cual “todo se hizo” (Jn 1,3) y en la cual hemos “sido reengendrados de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios viva y permanente” (1Pe 1,23), nosotros nos reconocemos en nuestro origen común, dignidad, fraternidad fundamental, más allá de todas las divisiones ulteriores.

Evidentemente los modos concretos para la animación bíblica de la pastoral son muchos. Se trata de dejar espacio a la energía creativa de los pastores y los fieles. Yo podría mencionar muchas de estas experiencias, como las semanas de meditación vespertina en la catedral o en las parroquias sobre un personaje o un libro bíblico; las catequesis en la radio o televisión que tenían una audiencia en la diócesis de miles y miles de personas. Incluso en la llamada “Cátedra de los no creyentes”, con la que se encontraban las personas con inquietud religiosa, su punto de referencia era un texto de la Sagrada Escritura.

Aquí quisiera mencionar en modo particular las experiencias de auténtica lectio divina. La lectio divina está en cierto modo en la base de todo y constituye el método de fondo para toda la animación sucesiva. El Concilio recomienda la lectio divina a todos los fieles. Se trata obviamente de una experiencia espiritual y meditativa y no propiamente exegética. Consiste en ponerse ante el texto con una explicación sencilla, que sepa captar los puntos fundamentales y su mensaje permanente y que sea capaz de interpelar a la persona que lo lee y medita, y de estimularla a orar a partir del texto que tiene delante. De hecho la Biblia hay que considerarla no solamente en cuanto a sus contenidos y afirmaciones, como un texto que dice algo a alguien, sino también como Alguien que habla a quien lee y suscita en él/ella un diálogo de fe y esperanza, arrepentimiento, intercesión, ofrecimiento de sí mismo… Esa era la lectio divina tradicional en el primer milenio de la era cristiana, aquella que prevalecía en las homilías bíblicas de los Padres de la Iglesia (pienso en las explicaciones bíblicas de San Ambrosio de Milán o en las de San Agustín de Hipona): una lectura finalizada a un encuentro con el Autor de la Palabra, una lectura capaz de plasmar y orientar la existencia.

Personalmente siempre me he esforzado para hacer practicar, también a los fieles más sencillos, este tipo de lectura de la Biblia sin excesivas complicaciones de método. Por eso, he promovido en la catedral de Milán las escuelas de la Palabra que han enseñado a miles de jóvenes un modo de acercarse simple y orante al texto sagrado. Existen, de hecho, muchas maneras de hacer la lectio, pero personalmente estoy convencido que sobre todo hay que enseñar a la gente un método sencillo y que se pueda retener con la memoria. Yo lo expreso con la tríada: lectio, meditatio, contemplatio.

Por lectio entiendo la lectura del texto que se tiene delante (mejor si es el de la liturgia del día), intentando captar las pausas (la estructura), las palabras clave, los personajes, las acciones y sus calificaciones, colocándolo en el contexto del libro bíblico al que el texto pertenece y en el contexto, sea de toda la Escritura, sea de la época actual (nosotros leemos este texto “hoy”). Este momento a menudo pasa inadvertido, porque se tiene la impresión de conocer el texto y de quizás haberlo leído y escuchado muchas veces. Pero el texto hay que leerlo cada vez como si fuera la primera vez y, si se analiza en manera simple, revelará aspectos que hasta ahora estaban escondidos o implícitos. Se trata en sustancia de responder a la pregunta: ¿qué dice este texto?

Por meditatio entiendo la reflexión sobre los mensajes del texto, sobre los valores permanentes que nos trasmite, sobre las coordenadas del actuar divino que nos da a conocer. Se trata de responder a la pregunta: ¿qué nos dice este texto? ¿Cuáles son los mensajes y valores que nos comunica? 

Por contemplatio u oratio entiendo el momento más personal de la lectio divina, aquél en el cual yo entro en diálogo con Aquél que me habla a través de este texto y a través de toda la Escritura. De esta descripción me parece evidente que este ejercicio de lectura bíblica conduce a todos hacia aquella Palabra en la que reencontramos nuestra unidad y al mismo tiempo enardece los corazones análogamente a lo que les ocurría a los dos discípulos en el camino hacia Emaús: “¿No nos ardía el corazón mientras conversaba con nosotros en el camino, cuando nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).

En esta línea del ardor del corazón concentrado en la Palabra es posible esperar una renovación de la Iglesia más allá de cuanto no puedan conseguir discusiones y consultas. Esperamos, pues, que se lleve a la práctica como método pastoral en todas las comunidades cristianas y por todos los fieles lo que ha propuesto el Concilio Vaticano II en la Dei Verbum: que este modo de meditar y orar a partir de la Escritura se convierta en un ejercicio común para todos los cristianos, también porque constituye un antídoto eficaz contra el ateísmo práctico de nuestra sociedad sobre todo en Occidente y un fermento de comunión también en relación con las grandes religiones del Este de nuestro planeta. Tal insistencia de la Iglesia en la lectio divina ha continuado también después del Concilio. A la Dei Verbum, de hecho, han seguido diversos documentos oficiales importantes que han subrayado y profundizado algunos aspectos de la Constitución. Recuerdo algunos: en cuanto a la interpretación de la Escritura (cf. Capítulo III de la Constitución) hemos de citar el documento de la Pontificia Comisión Bíblica con el título “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” [1] del 1993. Para la relación entre los dos Testamentos (cf. Capítulo tercero y cuarto) el documento de la misma Comisión Bíblica “El pueblo hebreo y sus Sagradas Escrituras en la Biblia Cristiana” [2] del 2001.

Mucho se ha insistido para que la Sagrada Escritura ocupe el lugar central que le corresponde en la vida de la Iglesia. En este contexto se multiplican las exhortaciones a la lectio divina. La instrucción de la Pontificia Comisión Bíblica del 1993 hablaba de la lectio como de una oración que nace de la lectura de la Biblia bajo la acción del Espíritu Santo. En el documento programático para el tercer milenio Novo Millennio Ineunte el Papa subraya la necesidad (n. 39) de “que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite captar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y plasma la existencia”. Habría que añadir el documento de la Congregación para la vida consagrada (Volver a empezar desde Cristo) y otros análogos de las diversas Congregaciones Romanas y los documentos de las Conferencias Episcopales de varios países (por ejemplo la C.E.I.). Se puede ver, pues, como también a nivel oficial los signos lanzados en el terreno de la Iglesia por la Dei Verbum han seguido dando frutos.

También hay que recordar aquellos aspectos que han sido profundizados por los teólogos y exegetas. Recuerdo en particular el tema de la relación entre revelación como comunicación divina y Escritura. A este propósito, así se expresa un teólogo en un escrito reciente: “La impresión de una cierta abstracción que puede resultar hoy de una lectura integral de la Dei Verbum… deriva del hecho que el capítulo VI sobre “La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia’ no estructura a fondo el conjunto de la Constitución y ni siquiera el concepto de revelación. Y, sin embargo, es precisamente en este capítulo que se consigue el objetivo pastoral, establecido por Juan XXIII como programa al concilio. Aquí encontramos uno de los principales problemas de la recepción conciliar que debe tener en cuenta el hecho de que este principio no se ha mantenido por completo en todos los documentos y que, a causa de su promulgación tardía, algunos textos fundamentales y muy controvertidos, como la Dei Verbum, no han podido influenciar suficientemente la redacción de los documentos eclesiológicos adoptados en precedencia (Christof Theobald, Il Regno, 2004, p. 790).

Se abren nuevos espacios de búsqueda, a cuarenta años de la Dei Verbum, para una profundización más orgánica de los temas evocados por este texto conciliar y sobre todo para una acción pastoral que verdaderamente haga resaltar la primacía de la Escritura en la vida cotidiana de los fieles, en las parroquias y en las comunidades. El futuro de la Constitución está, pues, en nuestras manos, pero sobre todo en las manos de aquel Espíritu que, habiendo guiado a los Padres conciliares en un terreno delicado y difícil, nos guiará también hoy y mañana para que nos alimentemos de la Palabra y así podamos conformar nuestra vida con ella.

[1] A éste documento lo puedes encontrar en el sitio del Vaticano, más precisamente en la sección de las publicaciones de la Pontifica Comisión Bíblica

http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/pcb_doc_index_sp.htm 

[2] A éste documento lo encuentras en el mismo link.

Año 2005

Lectio Divina por P. Mercier Pss

A la escucha del Señor

LECTIO DIVINA

 Charlas (desgrabadas) del P. Roberto Mercier Pss.

Dadas en la ciudad de San Juan –Argentina- en agosto de 2002.

* * *   * * *

Primera noche.

En la Pquia. de Guadalupe

La Palabra de Dios es pan, es alimento. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Para vivir es necesario alimentarnos y hay alimentos para dos vidas, para la vida que perece y para la vida eterna. De los alimentos perecederos depende la intensidad con la que podemos llevar esta vida pero por más sustanciosos o sabrosos que sean no dejan de ser perecederos como la vida que alimentan. Finalmente moriremos. En cambio el pan que Dios nos da es alimento para la vida eterna. El que come mi carne no morirá jamás, mis palabras no pasarán. La Palabra es alimento para la vida eterna.

Hemos sido engendrados por la Palabra, somos hijos de la Palabra. Debemos alimentarnos con la Palabra. Todo lo que se dice de la Eucaristía se puede decir de la Palabra. La Palabra no muere.

¿Cómo comer la Palabra? La Palabra que es Pan para la vida eterna, ¿cómo comerla? La Lectio Divina (L D) responde a esta necesidad vital.

La vida divina es impalpable. Creer sin ver. El ciego de nacimiento (Jn 9) no veía pero escuchó. Todo el itinerario que hizo, lo hizo por la ESCUCHA. Le preguntaron ¿quién te abrió los ojos?. Respondió Aquel que me dijo… Nosotros no vemos pero creemos en la Palabra. Cuando la escuchamos algo se transforma en nosotros. Toda nuestra vida de creyentes se desenvuelve en la escucha.

En el comienzo todo era un caos. Dios todo lo hizo con la Palabra, ordenó el caos y se relacionó. La Palabra también pone orden en una persona, en Abraham, cuando éste escucha. Cuando la Biblia dice Dios dijo, los biblistas dicen que Él entró en relación con los hombres y con las cosas creadas. ¿Por qué eligieron la expresión Dios dijo para explicar la relación de Dios con todo lo creado? Porque la Palabra es la realidad menos representable, es impalpable, es indecible, la realidad más misteriosa. La relación de Dios con cada uno de nosotros es una realidad. Dios entra en relación conmigo, entra en relación misteriosamente con cada uno de nosotros.

En el NT se dice Jesús dijo para enseñarnos que Jesús entró en relación con la creación y los hombres. Él es el que habla, tiene la iniciativa. Con Jesús Dios entra en relación con los hombres. ¿Cuál es el propósito de la Palabra hecha hombre? Relacionarse con los hombres. Dios entra en contacto con el hombre por la Palabra. La relación se hace a través de la Palabra. Aprendemos a alimentarnos con la Palabra, podemos vivir de la Palabra. ¿Cómo hacerlo? Quien dice palabra dice escucha, quien dice texto dice lectura. La Palabra quedó en un texto. Para que el texto dé la Palabra de Dios tenemos que romper la cáscara del texto. El texto es Palabra de Dios cuando permanece en nosotros. La Palabra tiene que permanecer. La palabra permanecer es la que se refiere a la vida eterna. Estado de permanencia, estado de eternidad. La Palabra será vida, resurrección. Hacer estallar el texto para que brote la Palabra de Dios. Hacer permanecer la Palabra en nosotros. El método que trata de hacer permanecer la Palabra en nosotros es la LD. La LD es una manera de entrar en contacto con la Palabra. El método tiende a hacer permanecer la Palabra en nosotros. El método no fue inventado por un maestro espiritual, nos viene de la Revelación ya en el AT. Es una relación, un contacto con la Palabra. La relación se descubre por la calidad e intensidad de nuestro amor. La mamá y su bebé no hablan, con el niño pequeño habla poco, pero se aman mucho, están en contacto, se comunican. El que mucho ama, se relaciona mucho. El que no ama, no se relaciona.

Se decía de san Bernardo que hablaba Biblia. En el primer milenio de la historia de la Iglesia hay muchos testimonios de memorizar la Palabra para hacerla vida.

No podemos encasillar la forma de relación con la Palabra en un solo método. Se trata de entrar en contacto con el Señor en la Palabra. Los numerosos métodos de entrar en contacto con la Palabra tienen algo en común: el AMOR.

Antes del 1300, hasta poco después de san Francisco de Asís, todos practicaban la LD. Era la única manera de hacer oración. Después del 1300 tiene su aparición, en conventos no de oriente sino de occidente, especialmente al norte de Alemania, la “devotio moderna” que es una corriente espiritual. Toda la oración aquí consiste en elevar la mente a Dios, en la quietud, etc. No es ya la Biblia el centro de la oración. Sin embargo durante esos siglos en oriente y en los monasterios benedictinos se conservó la práctica de la lectio. Desde hace un tiempo, a partir de los sesenta se comienza a redescubrir la LD para occidente. La Biblia vuelve a estar en nuestras manos.

Segunda noche.

Salón del Colegio Don Bosco.

En la Parroquia de Guadalupe hemos empezado a presentar ayer no tanto un curso sobre la Biblia en son de información, sino más bien unas orientaciones muy insertadas en la historia desde antes de Cristo. Unas orientaciones para abordar la Palabra como comida. Orientaciones para enseñar a comer la Palabra, en orden a alimentarnos con la Palabra.

He presentado nuestra vida cristiana, nuestra espiritualidad cristiana, como una espiritualidad de la Palabra de ahí la urgencia de alimentarnos con la Palabra de Dios. Es fácil entender la expresión “comer el Pan eucarístico” pero, ¿cómo comer la Palabra? El Pan eucarístico y la Palabra son el mismo Jesús, debemos comer la Palabra. La LD es el método para comer la Palabra, para acogerla como alimento nutritivo. Este método viene del AT, encontramos características de esta manera de leer en Nehemías capítulo 8.

Lectura de Nehemías Capítulo 8

No interesa estudiar este texto, eso informa pero no interesa a nuestro propósito. El propósito es sacar de este texto las características de esta lectura, para encontrar senderos que nos pongan en pista, nos ayuden a aprender a leer como ellos. No tenemos aquí el método, sólo tenemos una lectura. Esta manera de leer se va a extender por el judaísmo en las sinagogas. Se cristianiza cuando los primeros judíos se convierten al cristianismo.

8,1… todo el pueblo se congregó como un solo hombre… No todos tienen un libro (los rollos) en su casa para leer, a la fuerza tienen que reunirse para escuchar, pero la escucha es muy personal. Como un solo hombre. Una sola Palabra, un solo Espíritu, un solo Bautismo nos hacen uno, pero cada uno tiene que vivir en su propio bautismo. Todo el pueblo se reune y crea una unidad pero dentro de la unidad la escucha la hace cada uno. El bautismo nos reune en un solo pueblo pero cada uno vive en sus responsabilidades, vive su vida bautismal. La Palabra habla a cada uno personalmente en su corazón, en su historia, en sus sentimientos, con su cultura.

* Es una lectura personal.

8,1… en la plaza que está delante de la puerta del Agua… Una lectura que se hace en un lugar preciso, no caminando. Los monjes en sus monasterios tienen un rinconcito con una mesa, media pared y una silla. Hay hombres y mujeres creyentes que tienen un lugarcito con un crucifijo, se sientan en una silla y hacen allí su oración. Es su rincón de oración. Esto condiciona sicológicamente. Cuando vamos al comedor nos vienen ganas de comer, lo mismo para dormir cuando vamos al dormitorio, nos predispone. Del mismo modo sucede con el rinconcito, lugar designado para orar, me predispone. Corazón abierto para acoger la Palabra. Es importante tener ese lugarcito.

* Una lectura en un lugar preciso.

8,1… Dijeron al escriba Esdras que trajera el libro de la Ley de Moisés… El libro de la Ley de Moisés es el Pentateuco. Le piden traer el libro, se trata de traer, insinúa una celebración de la Palabra. Saco la Biblia de debajo de la mesa. Procesión, entrada, introducción. La LD se trata de una celebración de la Palabra personal que tiene sus introducciones, su disposición.

* Es una celebración de la Palabra, personal.

8,2 Trajo el sacerdote Esdras la Ley ante la asamblea, integrada por hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Una lectura para todos, hombres, mujeres y niños. Se puede hacer a solas, o con los hijos, con los nietos. Se puede hacer con otros hermanos de la comunidad.

* Es una lectura para todos.

8,3 Leyó una parte… Se lee una parte, un día cinco versículos, otro día dos versículos, diez o quince versículos. Una parte.

* Es una lectura parcial.

8,3… desde el alba hasta el mediodía… Lectura prolongada. Es ésta una de las características más precisas. La distingue de las otras maneras de leer. Se diferencia de una lectura de 10 o 15 minutos, una lectura informativa antes de la Misa, para enterarnos de que se trata. Diferente a leer el texto de la Misa del día siguiente. Los monjes están no menos de una hora, pero no más de dos, cada vez que se sientan.

* Es una lectura prolongada.

Más adelante se dirá que es un ejercicio que se repite. DURACIÓN-REPETICIÓN, características de una terapia. Un ejercicio prolongado y repetido. Después de una operación se somete a una terapia para recuperar la agilidad, la naturalidad, la espontaneidad. La LD es un ejercicio prolongado y repetido, es una terapia. Es en orden a la curación, a recobrar la buena forma espiritual. Hydroterapia: curación por el agua. Cada día ejercicios prolongados, repetidos en el agua. Helioterapia: tratamiento por el sol… Logoterapia: la LD es una logoterapia es un tratamiento para recobrar, alcanzar, mantener la buena forma espiritual, la vida espiritual, por la Palabra. Curación, tratamiento por la Palabra.

Desde el alba hasta el mediodía… Desde el alba. Los Evangelios nos informan que de madrugada, cuando todavía era oscuro, Jesús se levantó, salió, se fue a un lugar solitario a orar. Aquel que desde el alba se dedica a la LD, terapia de la Palabra, imita a Jesús os he dado el ejemplo para que vosotros también hagáis como yo. Desde que Jesús viniera, desde que la Palabra se encarnara, vivimos de la espiritualidad de la imitación. Hacemos con nuestro cuerpo mortal, con nuestra humanidad, lo mismo que Él hizo con el suyo. Sabemos que haciendo como Él, hacemos como Dios. Tomando esto en cuenta, haciendo esto, se despliega el sentido profundo de este ejercicio. Al principio puede presentarse como algo pesado. No sólo hacemos como Él y así hacemos como Dios sino que aquí en nuestra casa prolongamos los gestos y acciones salvíficas, entro en este movimiento de salvación y además me hago corredentor con Él, con la Virgen María para todo el mundo. ¡Esto es precioso!

Desde el alba hasta el mediodía. No sólo una terapia para sentirme bien, sino una terapia para imitar a Jesús, hacer como Él. Una terapia que me permite entrar en este movimiento de redención porque Él cuando era de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, lo hacía como salvador, por nosotros que aquí reunidos somos más que dos o tres. Una de las múltiples presencias de Cristo entre nosotros.

Desde el alba hasta el mediodía. Cuando todavía está oscuro, estar con la Palabra. Dice Evagrio Póntico: «que el sol naciente te encuentre con la Biblia en las manos» ¿qué significa esto? Tener la Biblia en las manos es estar en diálogo con Dios. Que el sol naciente te encuentre en diálogo con Dios. Esta Palabra es luz, Yo soy la luz del mundo. Cuando todavía está oscuro y uno está haciendo la LD, está saludando la luz creada estando en contacto con la luz increada, con la Palabra que es luz. Cuando el sol naciente está iluminando las cosas creadas estoy yo ahí en contacto con la Palabra que ilumina mi corazón.

Tomar la costumbre de estar en contacto prolongado con la Palabra en ciertos días de la semana tiene un sentido muy profundo en la vivencia cristiana.

8,3… y los oídos del pueblo… Es una lectura escuchada. Se recomienda hacer esta lectura en voz baja. ¿Por qué? Porque se trata de la Palabra y quien dice palabra dice escucha. Ayer les hablé de la Palabra como medio de relación con Dios, quien dice texto dice lectura. Si estamos en contacto con la Palabra, tenemos que escucharla para experimentar que estamos escuchando la Palabra. Decirla en voz baja permite escucharla.

* Es una lectura escuchada.

8,3… y los oídos del pueblo estaban atentos al libro de la Ley… Es una lectura escuchada y muy atenta. Es una lectura recogida, minuciosa, hecha con interés, saboreada. Leer por leer, gratuita. No tanto para entender sino para estar en contacto con la Palabra, la comprensión vendrá más tarde, no nos preocupemos por esto. Nos suele interesar comprender y se nos olvida escuchar, se nos olvida que estamos en presencia, en contacto con la Palabra. Una lectura atenta, minuciosa, lenta, interesada. Para fijar la atención se recomienda transcribir la Palabra, como lo hacían los copistas en Israel, o los monjes en el desierto o en sus monasterios. Copiar. Transcribir para fijar la atención, para interiorizar. Es una forma de la LD. Unos transcribirán unos versículos, otros transcribirán todo el texto. Hay mil formas de estar en contacto con la Palabra.

* Es una lectura gratuita, atenta, saboreada.

8,5 Esdras abrió el libro… Abrió el libro en un lugar marcado. Detalle importante. Marcar, previamente, con una cinta, el lugar de nuestra lectura. Evitemos distracciones buscando el texto a leer.justo en el momento de las introducciones, hagámoslo antes.

* Marcar previamente el texto a leer.

8,5…y al abrirlo, el pueblo entero se puso en pie… Aquí viene el primer preámbulo. Cada uno está en su lugarcito, tiene señalado el texto a leer pero no se dedica inmediatamente a la lectura sino que antes se pone en presencia de Dios.

El pueblo entero se puso en pie. Se invita el cuerpo a la oración, no es sólo la oración mental, es una oración también corporal. Es muy importante para no distraernos con el cuerpo. La incomodidad cansa y llama la atención. Cuando el cuerpo duele, distrae; es precisamente el cuerpo que dejé en la puerta y que toca y me dice “yo también quiero orar”. Uno puede empezar poniéndose de pie. Cuando entra una persona importante uno se pone de pie para manifestar su respeto hacia esa persona. Abierto el libro, uno está de pie; toma conciencia que está en presencia de la Palabra. ¡Muy importante!

* Primer preámbulo: me pongo en la presencia de Dios. Oración también corporal.

8,6 Esdras bendijo a Yahveh, el Dios grande… Segundo preámbulo. Una oración de bendición, una oración de alabanza, una oración al Dios grande, al Creador. Una oración de acción de gracias por el don de la Palabra. Una oración de acción de gracias por el tiempo que Dios nos da, agradecerle y ofrecer este tiempo. Otra vez el cuerpo, y todo el pueblo, alzando las manos … gesto de ofrecimiento. Gesto también de acogida de la Palabra, del Espíritu…. Respondió: ‘¡Amén! ¡Amén!’…  Palabras hebraicas, familia del amén que significa yo creo. Hacer una oración de fe, un acto de fe, “yo creo que Tú estás presente en la Palabra. Yo creo porque es la acción del Espíritu Santo que pasa por la Palabra, que es acción eficaz en mí, que me transforma”. E inclinándose se postraron ante Yahveh, rostro en tierra. Rostro en tierra: actitud de adoración. Se postran, de rodillas, actitud de humillación como creatura dependiente de Dios. Luego uno se sienta. No hemos empezado a leer, estamos en las introducciones. Son muy importantes, el éxito depende de éstas. ¿Cuánto tiempo en esto? El que indique el Espíritu Santo, media hora, quince minutos, cinco, no medir el tiempo. Donde uno se siente bien allí se queda. El propósito es estar en contacto con Dios. Luego uno se sienta.

* Segundo preámbulo: alabanza, adoración, acción de gracias. Con gestos. Humildad.

8,8 Y Esdras leyó en el libro de la Ley de Dios, aclarando e interpretando el sentido, para que comprendieran la lectura. Meollo, núcleo de la LD. Una lectura aclarada, interpretada, comprendida. Orígenes, 200 dC., dice que es absolutamente necesario orar para comprender las cosas de Dios. Oración y comprensión. ¿Por qué? Las cosas de Dios más que por el raciocinio se comprenden por una especie de ósmosis. Como los esposos que se comprenden al vivir juntos. La teología en todas sus ramas, este estudio de las cosas de Dios, se tiene que hacer con la oración, de lo contrario será una elucubración, especulación fría que nada tiene que ver con el contacto con Dios. Se trata aquí de leer aclarando, interpretando para comprender. ¿Cómo aclarar? Todo está en esto. ¿Cómo aclarar la lectura que estoy haciendo para poder interpretar y comprenderla? No es leyendo las notas a pie de página de la Biblia. La LD es una LECTURA EXCLUSIVA DE LA PALABRA DE DIOS, no con notas explicativas de estudiosos. Aclarar el texto que estoy leyendo como en los vv.8,13-14 se nos dice El segundo día… se reunieron… para comprender las palabras de la Ley. Y encontraron escrito en la Ley… el segundo día volvieron a leer y encontraron escrito en la Ley, es una lectura que busca la aclaración en la Biblia, en el texto, no en un comentario que hizo alguien, no en la imaginación de uno, sino en el libro. Se trata para ello de recordar paralelos, es decir, otros textos de la Biblia que se parecen al texto que estoy leyendo, las mismas palabras repetidas, las mismas actitudes. Recordar otros pasajes que van a aclarar mi pasaje.

Ejemplos: Se nos dice (2 Sam 6) que cuando se hizo el traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén en tiempos del rey David, entonces toda la procesión, unos ochenta kilómetros, se puso en marcha por la montaña. En un momento dado uno tocó el Arca, porque se iba a caer, el Arca símbolo de la presencia de Dios en medio del pueblo, tocó el Arca y murió. Ante esto David dijo “no quiero el Arca en mi casa”. Entonces el Arca que venía en esta larga procesión por la montaña se quedó tres meses en la casa de Obededom, y la casa de Obededom fue rejuvenecida de alegría, de bendiciones de Dios. En el NT ¿dónde tengo lo mismo? El Angel le dijo a María que llevaría en el seno al Hijo de Dios. En aquellos días se puso en marcha por la montaña, fue a casa de Isabel y permaneció allí unos tres meses. Eso aclara el texto, ahora yo interpreto: ¿Qué quiere decir? Que María es el Arca de la Alianza, que lleva la presencia de Dios, por eso decimos en las letanías “Arca de la Alianza, ruega por nosotros.” Por los paralelos, ¡cuidado! Que el paralelo diga realmente la cosa. No acomodemos.

Otro: Ahora vamos a hacer al revés. Leemos el NT que nos recuerde el AT. Jesús subió al monte… En AT ¿quién subió al monte? Moisés subió al monte. ¿Qué hizo Moisés cuando estuvo en el monte? Dialogaba con Dios. Muy preciso en el texto, no imaginemos, dejemos la loca imagina-ción afuera, ¡el texto!. Moisés estuvo en el monte y estuvo allí hablando, en diálogo con Dios. Tomo esto y lo traigo al NT. Cuando Jesús sube al monte es para dialogar con Dios. Cuando Moisés estuvo dialogando con Dios ¿qué le sucedió? Recibió los diez mandamientos, las enseñanzas para la vida. Tomo esto y me voy donde Jesús: Jesús cuando sube al monte está dialogando con Dios y allí está aprendiendo las enseñanzas para dar al pueblo, de hecho Jesús dice Yo no digo nada por mí mismo, sino todo lo que digo lo oigo del Padre, he fusionado. Ahora yo cambio, lo pongo en forma impersonal, ya mi texto aclaró ahora lo voy a interpretar, no por raciocinio, siempre con las mismas palabras. En lugar de Jesús pongo se , cuando se sube al monte se dialoga con Dios (oración) se recibe de Dios las enseñanzas para la vida. ¿Dónde se reciben las enseñanzas para la vida? en la oración, en el diálogo con Dios. Esa es la interpretación. Ahora para entender lo mío pongo yo, cuando yo dialogo con Dios en el monte, retirado, aprendo a vivir. Además me digo “Lo hago pocas veces, lo tendría que hacer más seguido…” ¿se dan cuenta cómo la Palabra lo está iluminando, examinando, como un espejo que devuelve su retrato, como un examen de conciencia?. Esto es muy cortito pero se dan cuenta que no es una simple lectura, es un contacto con la Palabra. El secreto de esta lectura, dicen los hermanos de Taizé, es “lee poco, detente mucho”; uno se detiene en cada palabra, en cada versículo.

Traemos otro paralelo para interpretar más. Jesús subió a otro monte ¿cuál? El de la Transfiguración. Estaba dialogando allí. ¿A qué apuntaba el diálogo allí?, a su pasión, a su muerte, a su resurrección, a su misión. Cuando uno se retira al monte para dialogar con Dios aprende a vivir, recibe las enseñanzas,-tomo todo-, además se enfrenta, toma fuerzas para enfrentarse con su misión, su responsabilidad. Y en ese momento ¿qué sucede?, viene transfigurado, cambia de figura. Cuando se dialoga con Dios se aprende a vivir, se reciben las enseñanzas, uno tiene fuerzas para cumplir con su misión, uno está transfigurado. El texto se aclara. Sólo tomo Jesús subió al monte… pero los paralelos aclaran, interpretan sin hacer ningún esfuerzo de la especulación, del raciocinio, de la imaginación, no. Sin decirme ¿qué me dice el texto?, no, sino ¿qué dice el texto?. Y para saber qué dice el texto yo lo hago hablar de esta manera, y yo lo escucho. No hay posibilidad de equivocarse ni de decir “ a mi me parece”. El Espíritu Santo lo puede iluminar pero el propósito es ver qué dice el texto para ajustar mi vida al texto, no lo que me parece sino lo que dice el texto.

Otro ejemplo: Se nos dice que cuando se presentaron los tres misteriosos personajes a Abraham, en el Génesis, en la vera de la tienda, silenciosos, a la puerta, Abraham corrió donde Sara para decirle que preparara la comida, que haga unas tortillas. Luego fue al establo donde estaba el criado para que preparase el ternero y él mismo empezó a hacer la salsa. Se nos decribe esto como que todos trabajan y no hablan, están trabajando para el misterioso triple visitante. Paralelo de escena. (de entre los presentes en el salón uno dice “Tabor” pero no es escena paralela, otro dice “última cena”, tampoco ésta es. Acomodación no, no forzar). Tres que trabajan para uno que visita: María, Marta y Lázaro que trabajan en silencio con el visitante que es Jesús. Marta sirve la mesa, María realiza el rito de acogida y Lázaro está en la mesa; se nos dirá que Abraham estaba allí de pie a la mesa. ¿Qué significa? Significa que lo de Abraham era una visita de Dios, una imagen que ya con Jesús no es más una imagen. Y nadie habla, todo en silencio. Uno piensa, el silencio pertenece a la eternidad, el ruido pertenece al tiempo. De hecho hemos dicho que Dios habla, pero no habla con la voz, con el ruido, Dios es muy silencioso y así lo dice San Juan de la Cruz «una Palabra habló Dios que es su Hijo y ésta ha entrado en un eterno silencio y el silencio ha de ser vida del alma» Dios es muy silencioso pero habla. Hablar, cuando se dice de Dios, es entrar en contacto, relacionarse. Se nos cuenta que el lugar más indicado donde Dios se relaciona es el silencio. De hecho cuán silenciosos son nuestros difuntos ¿por qué?, entraron en el silencio de Dios. El silencio es el lenguaje de Dios, por eso todo el mundo que entra en el silencio lo entiende. Sabemos por experiencia que cuando estamos en silencio, orando en contacto con Dios, cuan cercanos nos sentimos con nuestros difuntos. En Betania, por un instante, en la casa de Marta, María y Lázaro estuvimos en un rincón de eternidad celebrando en silencio, en una comida, al vencedor de la muerte. Es lo que haremos eternamente, celebrar al vencedor de la muerte, en el silencio de Dios, en una relación tan íntima que no se necesitará, ni oir, ni escuchar, ni ver; una relación íntima que va a celebrar al vencedor de la muerte, y nosotros como todos, resucitados también, a la mesa que el Padre habrá preparado en honor de su Hijo, vencedor de la muerte.

Tercera noche.

Salón del Colegio don Bosco.

Hemos terminado anoche con el v. 8 de Nehemías cap. 8. Este es el núcleo de la LD, nos describe el método en su actividad más auténtica de aclaración de un texto en orden a interpretarlo para comprenderlo, ese es el propósito. Orígenes dirá que es absolutamente necesario orar para entender las cosas divinas. Se trata de orar para comprender. No se establece ninguna oposición entre oración y estudio. Como se trata del Misterio de Dios, el estudio no se puede hacer de otra manera que en un ambiente de fe. Puedo estudiar las ciencias sin orar, las puedo abarcar, pero tratándose de las cosas de Dios que están selladas por el Misterio, que están bajo el sello del Misterio, yo nunca las podré abarcar. Aún más, su comprensión no depende sólo de un ejercicio intelectual. La comprensión del Misterio de Dios, de Dios mismo, de las cosas divinas, se logra por cierta ósmosis. Por cierta relación de unión tan íntima que nos hace penetrar en el conocimiento del otro, del amor que lleva al conocimiento de los esposos, no a fuerza de raciocinio ni de análisis, estamos en una lectura creyente. La LD será una lectura creyente porque el que escribió es un creyente y el que lee es un creyente. Para que nuestra lectura sea auténtica debe ser una lectura creyente. Es una lectura que pondrá al lector en sintonía con el autor y a ambos en búsqueda de Dios, ambos en búsqueda de comprensión de las cosas de Dios. Esta lectura no es ejercicio de estudio. Esta lectura no se preocupará tanto si Abraham existió, si pasaron el mar Rojo al nivel del canal de Suez, eso no nos interesa. Lo que nos interesa es saber por qué el autor describió el acontecimiento de esa manera. Doy siempre un ejemplo hablando de la tempestad calmada. Si miramos en Juan es precisamente una tempestad no calmada. ¿Existió o no existió una tempestad calmada? Estoy haciendo una pregunta de tontos. ¿Por qué Juan describió este acontecimiento de esta manera? Esta es la buena pregunta. Él la describe no calmada y los otros dicen que se calmó ¿por qué? Porque el autor es un creyente que enseña a los creyentes cómo vivir como creyentes a partir de un acontecimiento. Lo mismo las bodas de Caná. Este acontecimiento describe todo menos una boda. Entonces alguno dice ¿no hubo boda? ¿fue invención? eso dice el tonto con su diploma. Yo me digo, yo me pregunto, por qué Juan describió este acontecimiento de esta manera, y la respuesta es muy sencilla, para que creáis, para provocar nuestra fe, para enseñarnos la fe, para enseñarnos a vivir la fe descubriendo quién es Jesús. De paso les muestro, hubo una boda en Caná de Galilea, pero no se habla de la novia, al final nos enteramos que hay un esposo. Lo más raro es que en una boda nos van a contar el problema de la falta de vino, haber si era la cosa más importante en una boda. Y van a poner interés en unas jarras, en su contenido, jarras que debían estar en el Templo ¿Qué hacían en una casa familiar?. Y además esta señora que está en casa ajena y está dando órdenes a la servidumbre. Todo es incoherente y más aún los meseros que no conocían a esta señora obedecen y obedecen al otro. Y el pobre maestresala, encargado de los barriles de vino, queda como un zapato, por el suelo. El maestresala va donde el esposo, nos enteramos del esposo. No lo reprocha, no, le hace una reflexión: haz guardado el mejor vino para el final, dice el esposo, ¿cómo que he guardado el mejor vino para el final? ¡no sabía que había vino guardado! Es un relato incoherente como relato de boda, quiere decir que no nos quiere describir una boda. Toma el acontecimiento de la boda como pretexto para enseñar, y allí nos quiere contar un signo de Jesús que es muy distinto a estar interesado en contar una boda. Y precisamente nos cuenta de esa manera el acontecimiento para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios, y allí se manifestó. Quiero mostrarles que con los textos no tenemos que hacernos esas preguntas tontas, si existió o no existió, si se dio o no se dio. Lo que cuenta es que tenemos hoy un texto que lleva 2000 años y que fue escrito para que creamos. Es precisamente esto lo que tiene en cuenta la LD tiene en cuenta el texto como presencia de Dios entre nosotros, de Dios que nos habla.

8,8… aclarando e interpretando el sentido, para que comprendieran la lectura. Ayer decíamos que esta lectura aclarada se hace por el juego de los paralelos; tratando de recordar unos paralelos aquí y allí, paralelos de las mismas actitudes, de las mismas palabras, de los distintos, de las oposiciones y así el texto va hablando

*  Es una lectura concordativa, hecha por el juego de los paralelos.

8,9… Este día está consagrado a Yahveh vuestro Dios;… Todo el día haciendo la lectura. Se trata de una lectura que consagra el tiempo. Cada vez que me pongo en mi rinconcito de LD en mi pieza, a solas y empiezo esta lectura estoy consagrando el tiempo a Dios, lo estoy santificando, le estoy diciendo “tú me has dado este tiempo, yo te lo consagro”, ¡esto es muy hermoso!

* Es una lectura que santifica el tiempo.

8,9… todo el pueblo lloraba al oir las palabras de la Ley. Es una lectura que deja espacio a la expresión de los sentimientos. Cuantas veces personas leyendo en voz baja se sintieron conmovidas porque la Palabra de Dios toca las fibras más hondas del corazón.

* Es una lectura que deja espacio a los sanos sentimientos.

8,10…Id y comed…, bebed… ¿qué nos recuerda? Tomad y comed. Tomad y bebed. ¿cuándo? después de escuchar la Palabra. ¡la misma estructura de la celebración eucarística! Se escucha la Palabra y después, tomad y comed, tomad y bebed,… y mandad su ración a quien no tiene nada preparado… Compartir con los pobres. He aquí la base de la existencia de nuestra fe: escuchar la Palabra, celebrar la Eucaristía y compartir con los demás. Y con ello entiendo que cada vez que yo dedique este tiempo prolongado a la lectura de la Palabra en mi casa, no sólo me estoy preparando para la celebración eucarística, no sólo la estoy prolongando sino que la estoy celebrando ya.

* Lectura con estructura eucarística y en relación con la Eucaristía.

8,10… No estéis tristes: la alegría de Yahveh es vuestra fortaleza. Una lectura que comunica fuerza. La alegría, esa alegría que nadie os podrá quitar. Esta alegría que penetra el corazón.

* Lectura que comunica la alegría de Dios. Fortalece.

8,13 El segundo día… se reunieron junto al escriba Esdras para comprender las palabras de la Ley… Se trata de una lectura diaria. Nosotros no lo podríamos hacer diariamente pero sí hay muchas personas que lo pueden hacer. Lo importante es precisar durante la semana un tiempo, dos tiempos. En lugar de mirar la TV dispongo de una hora y media, por la noche o por la mañana, según los deberes de cada uno, para alimentar mi fe. Para considerarme a mi mismo como creyente, como engendrado por la Palabra. Para alimentar, revitalizar mi sangre de engendrado por la Palabra, para purificar esta sangre con la Palabra. Precisar un tiempo y mantener esta prioridad. Decir ‘ya estoy comprometido’ frente a cosas que puedan distraer y no verse en la obligación de decir con quién estoy comprometido. Cuando uno empieza a obedecer a estas citas con la Palabra, renunciando a otros encuentros de orden social, ya puede decir ‘la Palabra me está moviendo’, ‘la Palabra está empezando a tener importancia en mi vida’. Es diferente a un interés al margen de mi vida. Si lo hago el viernes ya el jueves me digo ‘mañana tengo una cita’, sicológicamente yo me preparo y llegó allí dispuesto. Empieza uno a decirse a sí mismo que la Palabra tiene importancia en su vida, empieza a decirse a sí mismo ‘yo soy creyente’, ‘yo vivo de la Palabra’. Lo importante no es tanto hacerlo cada día sino fijar en la semana un momento prolongado o dos momentos prolongados. Con el tiempo se puede cambiar el día, el horario, más veces, menos veces por semana. Si uno se cansa, saber adaptarse a esta obligación vital.

* Lectura que pone al centro de mi vida la Palabra. Lectura prolongada diaria o periódica.

8,15.16. En cuanto lo oyeron, hicieron pregonar en todas las ciudades y en Jerusalén: “Salid al monte y traed ramas de olivo…, para hacer cabañas conforme a lo escrito. 16 Salió el pueblo y trajeron ramas y se hicieron cabañas… Poner en práctica la Palabra. Es una lectura con escucha, comprensión y puesta en práctica. Bienaventurados los que escuchan mi Palabra y la ponen en práctica.

* Lectura que hace vida la Palabra.

8,18 Esdras leyó en el libro de la Ley de Dios diariamente, desde el primer día al último. Durante siete días, se celebró fiesta; al octavo tuvo lugar, según la norma, una asamblea solemne. Hicieron eso durante siete días. ¿Recuerdan?, siete días de la creación. Siete es totalidad, todos los juegos de cifras con siete. Doce también es una cifra simbólica, todos los juegos con doce. Las doce tribus de Israel son todo el pueblo de Israel, la totalidad del pueblo. Los doce apóstoles son la totalidad de la base de la Iglesia. Doce columnas, solidez. Doce por doce, ciento cuarenta y cuatro y esto al infinito es por mil, ciento cuarenta y cuatro mil. Doce por doce es el pueblo de Dios, AT y NT y esto al infinito, por mil. Dice luego el vidente del Apocalipsis que vió una muchedumbre inmensa que no podía contar. Esto es distinto al 144.000 de los Testigos de Jehová. Hay juegos de cifras que hablan. Aquí dice que leyeron durante siete días, es decir todos los días, toda la existencia, toda la vida.

* Lectura para toda la vida.

Hasta aquí tenemos las bases de esta manera de leer. Luego se multiplicaron las sinagogas como el lugar de la Palabra y allí la leían. Iban entre semana para escuchar la Palabra. La aprendían de memoria pues no la tenían en sus casas. Era importante memorizarla y la memorizaban repitiéndola. Esto hacían los niños de 11 años que iban a recibir el kippá. A los 12 años eran judíos adultos, caían bajo la obligación de la Ley. En Lc leemos que cuando Jesús tuvo doce años fue a Jerusalén, en peregrinación con sus padres. Estos niños, el año anterior, aprendían de memoria los salmos porque en la peregrinación tenían que entonarlos. Aprendían de memoria otros textos de la Escritura y en sus casas obedecían a la Palabra en su actuar. Estos fueron algunos de los primeros cristianos, ¡qué buena preparación! Cuando ellos se convirtieron, esta manera de leer se cristianizó, ellos siguieron haciendo lo mismo. No es como tal la Iglesia que inventó esto, está ya en la Revelación. Estos judeocristianos siguieron orando así y se propagó en la Iglesia. Hasta el 1300 era la única manera de orar, de vivir como creyentes con la Palabra. Los que se convirtieron siguieron siendo judíos en su modo de ser, tenían su moral, rezaban antes de comer, tenían su vida normal. Como cristianos seguían orando, los diferenciaba su credo nuevo, creían que Jesús de Nazareth, nacido de Santa María Virgen era Hijo de Dios, resucitado de los muertos, pero el resto lo hacían como antes. En Hechos dice que Pedro y Juan subían al Templo para la oración, o sea que durante muchos años el cristianismo era como una corriente espiritual dentro del judaísmo, como hoy en día hay corrientes espirituales en la Iglesia, la renovación carismática, los neocatecumenales, los salesianos, el carmelo seglar, etc hasta que el cristianismo molestó a las autoridades, entonces se separaron.

Orígenes, 180-200, exhortó a un hijo espiritual suyo a dedicarse al estudio de la Palabra así, leyendo. En el cristianismo por primera vez aparece esta exhortación de estudiar las Sagradas Escrituras leyendo. Luego San Ambrosio en Milán por el 430 dijo por primera vez en latín lectio divina: «alimentaos de la Palabra celestial en la lectio divina» (comentario a san Lucas), San Agustín, san Jerónimo, san Basilio, Casiano, san Benito, todos en sus escritos hablan de la LD pero no dicen cómo se hace porque es muy conocida. Yo digo ‘vamos a rezar el Padrenuestro’, yo escribo esto y leen esto y ya saben como es, pero no escribo el Padrenuestro porque ya todo el mundo lo sabe. Dicen, vamos a dedicarnos a la LD pero no dicen como se hace, ya lo saben. Poco a poco a medida que los siglos se van encimando se siente la necesidad de explicarla. A comienzos del segundo milenio, sobretodo San Bernardo, van a explicar cómo se hace. La práctica de la LD es común hasta que entra en la Iglesia la corriente de la oración mental: pensar, imaginarse, reconstruir la historia, mirar con los ojos de la imaginación, escuchar lo que dicen, pero nada de texto. A partir del siglo trece la Palabra comienza a desaparecer del escenario público –hasta san Francisco de Asís viven su fe con la Lectio- para dejar todo el espacio siglos después a la devotio moderna, pero hace unos treinta a cuarenta años volvemos como Iglesia a la Palabra. El Concilio Vaticano II ya exhorta a dedicarse a esta lectura –DV,25-, Juan Pablo II en muchas ocasiones cuando escribe invita a los fieles a dedicarse a la lectio divina.

Aparece en 1100 una carta (ver Apéndice) de un monje francés que se llama Guigo II, de la Cartuja, que va a describir la LD en cuatro dimensiones. Es apenas la sistematización de lo que hemos leído. Cuatro dimensiones que se expresan con sustantivos latinos, como el título que lo hemos dejado en latín Lectio Divina. Las cuatro dimensiones son: lectio  meditatio  oratio  contemplatio, son los cuatro senderos que uno va a utilizar para estar en contacto con la Palabra. La LD es esencialmente contacto con la Palabra y el éxito del ejercicio consiste en ESTAR PEGADO AL TEXTO, con la Palabra. Nunca cerrar el libro, siempre tenerlo abierto y entonces estar leyendo, estar transcribiendo, estar repitiendo, estar dialogando con Dios, etc pero nunca decir ‘ya he leído, cierro el libro ahora voy a pensar’ esa es otra manera. La LD es esencialmente un contacto con el texto, las palabras siempre.

Describiré ahora las cuatro dimensiones. Para no caer en el error o la confusión, no traduzcamos las palabras latinas al español. Si yo traduzco lectio por lectura, meditatio por meditación, oratio por oración, contemplatio por contemplación, inmediatamente tomo el concepto que me hice con las palabras lectura, meditación, oración y contemplación y lo traslado al primer milenio. Preguntémonos mejor qué es lo que Jerónimo, Agustín, Benito, Basilio, Casiano pensaban cuando decían lectio, cuando decían meditatio, qué es lo que san Bernardo pensaba cuando decía oratio. Ustedes saben que las palabras evolucionan y estamos en el tercer milenio. Hace más de mil años que se cuajó esto. Tenemos que preguntarnos que es lo que estos pensaban cuando escribían.

Jerónimo decía a Fabiola: ‘dedícate a la lectio divina’.

Empecemos con lectio. La lectio es todo excepto lectura.

Se puede describir diciendo que es el contacto con la Palabra a través del texto

¿Cómo se hace? Es un ejercicio gratuito, no es un ejercicio interesado. No es una lectura.interesada. Habitualmente nosotros entendemos por lectura un ejercicio informativo, yo leo para informarme. Existen cursos de lectura veloz: aprender muchas cosas en poco tiempo, leer en diagonal, leer el título, las primeras líneas y las últimas. La LD no es interesada para leer, ni va a obedecer a la curiosidad. Es una lectura por que estamos con el texto pero es gratuita. Leer por leer, leer por darme el gusto de leer. Por eso muchos leen en voz alta y se dan el gusto de leer la Palabra con la conciencia de estar en contacto con la Palabra. Alguno me dice: ‘padre no entiendo todo’, le digo: ‘estás haciendo exactamente como María’ ¿recuerdan? María y Marta, que María estaba a los pies de Jesús y lo escuchaba. Se pueden imaginar que no entendía, no comprendía todo lo que le decía, todo lo que escuchaba, se complacía en escuchar a Jesús, la Palabra de Dios. Lo importante no es tanto entender, aunque sí vamos a entender en otro momento.

La LD es un ejercicio que busca la comprensión y la busca por el juego de la lectura concordativa, por el juego de los paralelos. Se trata de hacer un malabarismo con las palabras, o sea, jugar con las palabras. Cambiar el orden de las palabras, poner al comienzo el final, cambiar el verbo de tiempo, de persona. Repetir el texto, repetir lentamente el texto, si no me nace nada sigo adelante. Es una especie de juego con la letra, haciéndole a las palabras preguntas, haciéndole preguntas a la Palabra.

Ayer se los mostré. Jesús subió al monte ¿Dónde hay un monte en la Biblia? En Moisés en el Sinaí, Elías en el Horeb, Jesús en la transfiguración, en el monte de los olivos. Todo eso es monte.¿Qué sucede en el monte? Allí con Moisés sucede que dialoga con Dios, recibe los mandamientos, Jesús en el monte de la Transfiguración, mientras está allí es transfigurado durante la oración, en el monte de los olivos Jesús se enfrenta con la muerte. Entonces uno dice: en la oración, -porque el monte es la oración, la proximidad con Dios, en todos los casos cuando uno está en la proximidad con Dios uno está orando-, cuando uno está orando aprende a vivir, es transfigurado, se prepara para enfrentarse a la muerte, etc el texto se está aclarando. Jesús subió al monte y se sentó en el monte de las Bienaventuranzas. Imagínense, arriba en el monte, en medio de la espesura, se sentó y toda la muchedumbre enfrente y él se sienta, nadie lo va a ver a lo mejor, Mateo no nos está describiendo el hecho de que se sentara sino el significado. ¿A dónde en la Biblia Jesús se sienta? Entró al Templo y se sentó entre los doctores y comenzó a enseñar y les hacía preguntas. Cuando Jesús se sienta es para enseñar. Y Pilato lo sentó allí, como el rey, es rey también. Pero también es un juez cuando se sienta para juzgar, se sentará en el trono al final del tiempo en el juicio final. Cuando Jesús se sienta significa que Jesús es Maestro, es Rey, es Juez. Va a enseñar, su enseñanza será una enseñanza de rey, su enseñanza será un juicio para aquellos que no la cumplan. Ya el texto se va iluminando, ¿por qué se sentó?

Se hacen preguntas al texto y buscamos en los paralelos las respuestas.

Otro ejemplo. Caín andaba cabizbajo porque ya Dios no quería su ofrenda, ¿recuerdan uno así que estuviera de mal humor con el padre? El hijo mayor que andaba cabizbajo, de mal humor como Caín ¿por qué Caín andaba así? Estaba celoso de su hermano. Tomo esto y lo traigo al hijo mayor. El hijo mayor no quería entrar, andaba así cabizbajo, de mal humor, porque estaba celoso del hermano.

Uno entiende inmediatamente con la luz del paralelo. Hacer una lectura así. Eso se puede hacer a solas. ¿Y las notas? Es lo de menos. El primero que nos recuerda estos paralelos es el Espíritu Santo. Hay que invocar al Espíritu Santo. Debemos hacer los preámbulos de la oración, pedir la luz. Jesús le dio este oficio al Espíritu Santo: Él les recordará todo lo que he dicho. El Espíritu Santo es la memoria de Dios. Uno mismo queda sorprendido de recordar tantos paralelos. El texto se va iluminando, interpretando por sí solo, y yo vuelvo, yo lo repito, allí donde el versículo me gusta yo lo repito, aún después de los paralelos, lo transcribo, lo repito.

Cuando estoy repitiendo así, ampliándolo, ya eso es meditatio, la meditatio está en la lectio. La meditatio es la lectio repetida. Es el texto repetido, no lo podemos separar. Este texto me gusta yo lo repito, repitiéndolo me lo sé de memoria. Allí está la meditatio De hecho la palabra meditatio no significa meditación, no. Es todo excepto meditación. Cuando nosotros decimos meditación estamos pensando en la reflexión, en la confrontación de la vida a la luz de la Palabra, en el análisis, en reconstruir la historia. Para entender bien lo que es la meditatio vamos a la Vulgata, la Biblia en latín. San Jerónimo la tradujo toda en latín, allí buscamos dónde aparece la palabra meditatio. Uno descubre que el verbo meditari o el sustantivo meditatio aparece en la pluma de san Jerónimo cada vez que está el verbo hebraico hgh (hagah) [se pronuncia “jaga”]. Cada vez que Jerónimo encuentra el verbo hagah pone meditari, de ahí el sustantivo meditatio. Pero este verbo aparece en muchos lugares. Aparece para describir diferentes acciones, el rugido del león, el susurro de la paloma, y la oración en llanto suplicante de un creyente judío. ¿Qué relación hay entre estas tres acciones? Este idioma es primitivo, habla por imágenes, entonces la imagen se puede aplicar por su significado a estos tres casos. ¿Qué hay en común en los tres casos? En los tres casos se trata de un sonido y de un sonido que se repite. Eso es la meditatio.

¿Qué es la meditatio?

En un primer tiempo: Un contacto con la Palabra a través de la repetición memorizante

En un segundo tiempo: Un contacto con la Palabra a través de la recitación orante.

Es facilísimo. Es mucho más fácil que reconstruir el lugar, el tiempo de las escenas, etc Una bella frase:”Te alabaré Señor, entre todos los pueblos, voy a cantar tu Nombre entre las gentes. Tú eres mi fortaleza, mi baluarte. Yo te amo”. Todo eso es Palabra, yo la recito, eso es meditatio. “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. Repetir la Palabra de memoria, eso es meditatio. “Yo soy el pan de Vida, el que come de este Pan no morirá jamás y Yo lo resucitaré en el último día”, la meditatio es esto. Estar recitando la Palabra así, en un primer momento repetirla, si me gusta la repito, la transcribo, se amplia mucho y ya después la Palabra permanece en mi memoria.

Así estando a solas, voy por la vereda, o en el colectivo, o estando en la cocina trabajando, yo recito, ya es oratio. Es la Palabra que permanece en mí, que se convierte en oración, ¡eso me parece muy hermoso y muy fácil, todo el mundo lo puede hacer!

¿Se dan cuenta de donde viene? De los judíos que tenían que aprender de memoria. Un día estaba yo en Jerusalén con otros compañeros, nos ofrecieron un guía judío para visitar centros de interés judío. Entramos en una sala grande, como ésta. Yo recuerdo porque me impactó esto. El joven judío dijo: ‘Vamos a ir a una Escuela de Yahveh’, una Facultad de Teología para nosotros. Entramos allí y atrás había como unos ochenta jóvenes y menos jóvenes. Estaban dispersos en la sala, con su kippá y estaban allí bzz bzz, había como un murmullo. What are they doing? [¿qué están haciendo?] le pregunto al guía, y me dice hagah, ¡¡¡hagah!!!, repetí sorprendido. Estaban repitiendo en voz baja para aprender de memoria.

Veamos el Salmo 1, versículo 2, ahí está el verbo hagah, tomemos una traducción: “sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche”, traduttore traditore dicen los italianos, el traductor.es traidor. En cambio la Biblia de Jerusalén pone: “su ley susurra (paloma) día y noche”. Esto es meditatio una recitación en voz baja para memorizar la palabra y luego recitar en cualquier lugar, en el trabajo, en el viaje, cuando uno está solo, en público.

Poco a poco podremos vivir de la Palabra, poco a poco pondremos la Palabra en el centro de nuestra vida. Se pueden reunir varias personas, se puede reunir la familia, y tomar el texto y leer el texto. En cada palabra recordar paralelos, para enriquecernos, juntos empezamos a aclarar el texto y lo volvemos a leer, cada uno lo leerá en silencio para memorizarlo, y de pronto alguno dice ‘yo me acordé de otro paralelo’, se va enriqueciendo. Permaneced en mi amor, permaneced en mí, así aclaro. Permanecer en el amor es permanecer en Él y claro, permanecer en Él es permanecer en el amor. Yo me acuerdo Dios es amor, entonces permanecer en el amor es permanecer en Dios y mire cómo todos juntos, sin salir del texto, con las mismas palabras. Sería una magnífica catequesis. También para los niños, hacer que aprendan de memoria la Palabra, los niños memorizan más fácil. Hacer que la transcriban. Dictarles.

Les leo dos textos, cómo la LD se puede hacer de mil maneras, hay para todos:

Un monje francés dice: ‘uno leerá en voz alta y lentamente el texto escogido otro lo transcribirá en una hoja; este otro se dejará guiar por la polisemia de la palabra, este otro escuchara la palabra cual una sinfonía, apuntará las reminiscencias, evocará las correspondencias con otras partituras de los dos testamentos –la lectura concordativa, los paralelos- aquel otro tapizará la memoria de su corazón con bellas páginas de la Bibllia que recitará cual una palabra que engendra personalmente –es la meditatio, aprender de memoria y recitar- vías múltiples de acercamiento sin distinción real con referencia al centro, multiplicidad de puntos de descubrimiento que lleva al punto central ya que su realización no tiene otro propósito que el de mantener la escucha de la Palabra, de permitirle a la Palabra resonar en el fondo del corazón de uno’.

Un texto hermoso de Casiano que habla de la LD, de la meditatio en cuanto es repetición memorizante y nos da el por qué de esto en orden a la comprensión. Dice así: ‘Después de deshaceros de todas las ocupaciones y pensamientos terrestres, esforzaos de todas maneras en dedicaros asiduamente, que digo, constantemente a la LD hasta que esta meditatio contínua impregne vuestra alma y la forme, por así decirlo, a su imagen. Por eso debemos tener el celo de aprender de memoria la continuidad de las Sagradas Escrituras y de repasarlas sin cesar en nuestra memoria, porque de pronto después de recorrer varias veces ciertos pasajes, esforzándonos para aprenderlos de memoria, no hemos podido en el momento comprenderlos porque le falta a nuestro espíritu la libertad necesaria; pero cuando luego, lejos de los trajines, de las ocupaciones diversas y de los objetos que llenan nuestros ojos, los repasamos en silencio –es el segundo momento de la meditatio– sobretodo durante las noches, esos pasajes se nos aparecen en una luz más grande, lo mismo con sentidos escondidos que no sospechábamos para nada en la víspera. Es cuando descansamos clavados de cierta manera en el letargo de un profundo sueño que la inteligencia del texto se nos revela –allí donde permanece la Palabra, la Palabra trabaja, aún cuando sus amigos duermen, Dios trabaja. La Palabra que permanece en la memoria, en el corazón, purifica, transforma, ilumina, se revela a sí misma, ¡es impresionante!- En la medida que por ese estudio nuestro espíritu se renueva, las Escrituras empiezan también a cambiar de rostro, se nos da ella en una comprensión más misteriosa cuya belleza aumenta con nuestro progreso.’

Cuarta y última noche.

Salón del Colegio don Bosco.

Oratio y contemplatio en LD.

No traducir oratio por oración, podríamos pensar en oración mental y así al terminar el ejercicio podríamos decir: ‘mi oración no ha sido muy buena, no he pensado nada’, equivocándonos. El valor de la oración no está en tener bellos pensamientos, bellas ideas, no es pensar; tampoco es tener sentimientos agradables, de consuelo, de alegría, no es sentir. El valor de la oración está en el querer: “yo quiero lo que tú quieres Señor”. Si quieres que me sienta bien, está bien, y si quieres que yo me sienta sin ideas, pues bien también. Acostumbrémonos a no medir nuestra oración

La oración es ante todo, dice santa Teresa, un diálogo con Aquel que sabemos nos ama. No es sentir ni pensar sino saberse amados. La familia de Marta, María y Lázaro es una familia que se sabe amada por Jesús, por eso le mandan a informar Aquel a quien tú amas está enfermo, aquel a quien tú quieres está enfermo. En la oración no le dice Marta: “ven rápido Señor que está enfermo, ven a curarlo”, no, ella dice “aquel a quien tú quieres, a quien tú amas, está enfermo”. San Agustín dice: “basta con que lo sepas Señor porque no abandonas a quienes tú amas”. La oración es el presentarse ante el Señor sabiéndonos amados. Entonces la oratio será un diálogo de amor con Aquel que sabemos nos ama. Pero cómo hacer ese diálogo, pues claro, la oración es obra del Espíritu Santo en nosotros. Así lo dice san Pablo: es el Espíritu Santo que ora en nosotros. Yo sólo le presto al Espíritu mi capacidad de traducir su oración. ¿Cómo lo voy a hacer? ¿Cómo hacer para estar en sintonía con la oración del Espíritu Santo que ora en mí? Ya en la LD estoy en contacto con el Espíritu Santo, a través de las palabras, porque el Espíritu Santo está en cada palabra. Todo el ejercicio que he hecho de leer, de releer, de repetir, de memorizar, de recitar, de transcribir, de decir en voz baja, de recordar paralelos me pone ya en contacto con el Espíritu Santo. Ya estamos orando, estoy en contacto con aquel que sé que me ama. En el momento de la oratio, de pronto, nace en uno el deseo de hacer suya esta oración de la Palabra entonces se cambia el pronombre de los verbos: Padre glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique, Padre yo te glorifico, te doy gracias ésta es la oración de Jesús, pues la hago mía ‘Padre glorifica a tu hija, para que tu hija te glorifique, yo te alabo, yo te doy gracias’ allí está la oración con las palabras de la Biblia, no con otras. Utilizar las palabras de la lectura para hablar con Dios. Poner el pronombre yo, poner el verbo en primera persona del singular, cuando es Jesús. Jesús lloró ante la tumba de Lázaro y Jesús lloró al ver la ciudad, yo también Señor lloro al ver este mundo tan degenerado, al ver la miseria. Yo también lloro, yo entro en tus sentimientos. Miren estamos hablando, ya es la oratio. San Agustín dirá, si el texto es de temer, teme; si el texto es de alegría, regocíjate, y si es un texto de esperanza, espera. Procura no decirle nada a Dios sin el texto Él no te dirá nada sin el texto.

Ya está bien descripto cómo orar, es estar en contacto con la Palabra por el diálogo, es decir utilizar las palabras del texto para dialogar con Dios. ¡Esto es fácil!

Entonces podemos decir que la oratio es: un contacto con la Palabra, a través del diálogo con Dios.

Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente dice a Felipe… al levantar yo los ojos, cambio Jesús por yo, al levantar yo los ojos hacia Dios, yo veo a todo el mundo que espera la oración de mí, yo levanto mis ojos, levanto mis ojos hacia Ti Señor, es el Salmo que dice esto. La oración en este sentido no es complicada, porque es llevada por el texto y hemos dicho que en este texto está el Espíritu Santo, entonces los sentimientos que están ahí, son los sentimientos del Espíritu Santo y así no me desvío, no caigo en sentimentalismo ni en imaginaciones locas. Me dejo llevar por el texto y estoy seguro que estoy orando con el Espíritu Santo, como lo quiere el Espíritu. En este momento ya está la oratio y uno pasa un versículo así. ¿Se han dado cuenta todo lo que se puede hacer?, transcribirlo, aprenderlo de memoria, tratar de iluminarlo con algún paralelo, fusionar los dos paralelos y sacar allí poniendo el versículo en forma impersonal con el se y poner el verbo en primera persona singular, lo leo con yo; vuelvo a leer, vuelvo a repetirlo, si no tengo resonancias sigo adelante, allí donde me guste el versículo me quedo ahí, lo repito. ‘Así no terminaré jamás la Biblia’ me dijeron una vez, pero no es el asunto terminar sino ¡empezar! También me dijeron, ‘Yo he hecho sólo tres versículos en una hora y media, no he avanzado’. Donde se sienta bien, quédese. El afán es el enemigo número uno de la lectio divina. Querer leer, leer, leer, hacer mucho, no es éste el propósito sino el estar en contacto con Dios, dialogando, dejando que la Palabra nos invada, entre en la cabeza, baje al corazón, utilizándola para hablar con Dios. Dice la Regla de unos monjes “lee poco, detente mucho”. Cuidado con la tentación de decir después de una hora, de una hora y media, ‘Ay! Yo he hecho muy poco!’, esto sería realmente equivocarse. Si un día hacen tres versículos y al otro día vuelven a esos versículos de pronto les van a decir más. Guillaume de Saint Thierry, también San Jerónimo, dicen: “cuando lees, Dios te habla, escúchalo; cuando oras, hablas con Dios, ámalo”. Se vuelve sobre los versículos de la vez anterior, nos hablan más todavía, habrán más resonancias, entonces me quedo, de pronto ya no habrán más, entonces sigo. Detenerse mucho para desmenuzar las palabras, los versículos. Ya les expliqué todo esto, hacer malabarismos, recortar las frases, unir una palabra del comienzo con otra para hacer brotar la Palabra de Dios. Ya estamos en el propósito de la LD que es la oratio es decir el contacto con la Palabra a través del diálogo con Dios. Lo hemos escuchado, lo hemos mirado, hemos comprendido, hemos hablado con Él. Dos pasos adelante, uno para atrás. Uno va adelante, habla con Dios, vuelve a repetir el versículo, memoriza, recita el versículo, lo transcribe y vuelve a hablar con Dios con otra palabra del versículo. Todo se hace al mismo tiempo. No podemos decir ‘ahora es el tiempo de la lectio ’, ‘ahora cierro el libro’ y es el tiempo de la meditatio ‘voy a pensar’, no. Todo se hace con el dedo en el texto, con el lápiz escribiendo, puedes escribir tu oración. Conviene tener un cuaderno al lado para no escribir en la Biblia.

Contemplatio No traducirlo al castellano. No es la contemplación en el concepto moderno, es decir estar quieto, no pensar en nada. ¿Quiénes son contemplativos? Todos pueden serlo. El verdadero contemplativo es Jesús. ¿Cuándo Jesús es contemplativo? En el huerto de Getsemaní, cuando dice ante la muerte, ante el cumplimiento de su misión, de su vocación, pasando por un momento muy difícil dice: no lo que yo quiera sino lo que tú quieras. La unión de las voluntades: querer lo que Dios quiere. No haz querido ni sacrificios, ni holocaustos, heme aquí para hacer tu voluntad. Aún sin saber, previamente, sin saber cual es la voluntad de Dios estar siempre dispuestos; como se suele decir, estar siempre conformes, no estar siempre alegando, rechazando, acusando a Dios, analizando, sino amar lo que Dios quiere de uno y querer lo que Dios ama para uno. Sabemos que lo que vivimos nunca será para nuestro mal, aunque a veces eso se presente como negativo. Hacer siempre lo que Dios quiere y amar hacer lo que Él quiere. Así los verdaderos contemplativos están en la calle, en la cocina, en las fábricas trabajando, en los monasterios. Hablar en la LD de contemplación es más bien hablar de un don, porque la contemplatio es un estado de la voluntad, del corazón, que consiste en querer lo que Dios quiere como un bien. Esto no depende de uno, por eso san Bernardo y sus hijos, sus cistercienses, toman sólo las tres dimensiones primeras lectio meditatio oratio ahí nomás. La contemplatio no depende de nosotros, depende de la gracia de Dios porque es el contacto con la Palabra a través de la unión de las voluntades.

Podemos decir que Contemplatio es: Un contacto con la Palabra a través de la unión de voluntades

Querer lo que tú quieres esto exige, esto implica la conversión de la voluntad. Yo no puedo convertir mi voluntad, es Dios quien me va a convertir mi voluntad y me la va a convertir por la acción de la Palabra, por el largo contacto con la Palabra. Claro, si frecuentemente me dedico a las tres primeras dimensiones me estoy disponiendo ciertamente para acoger este don de la conversión de la voluntad. Uno nunca sabe que es contemplativo, no se da cuenta, no, porque esa conversión, la transformación de mi voluntad en la voluntad de Dios, eso se manifestará exteriormente, mentalmente, por una actitud de paz, una actitud de paz ante todo lo que pueda suceder. Jesús en su pasión nunca está agitado, atormentado, no. Yo quiero lo que tú quieres, lo que sí, si este caliz puede pasar lejos de mí, sí porque siento que me repugna esta situación pero no sea lo que yo quiero, heme aquí para hacer tu voluntad. Jesús lo vive siempre con una gran paz –ver los relatos de la pasión- Este estado de contemplatio se puede manifestar por un estado de paz, una actitud profunda de paz, de tranquilidad ante todo lo que pueda suceder. Sentirse conforme, no estar alegando, no decir por qué esto a mí, por qué me sucede esto. Yo que me dedico a la Palabra ¿estar acusando a Dios?, ¡no!. Los que hacen suya la oración de Jesús, los contemplativos, están en la vida monástica –en la clausura- y en la calle, están en todas partes, son los que hacen suya la oración del Señor en Getsemaní no lo que yo quiero sino lo que tú quieres es esto un gran don que se recibe de Dios

Termino así la explicación de las cuatro dimensiones de la LD, saber cómo estar en un tiempo prolongado con la Palabra leyendo escuchando, interpretando, aclarando, comprendiendo, repitiendo, recitando, dialogando. Uno no hará todo, un día se sentirá mucho más llamado a transcribir, sentirá cansancio. Alguna vez uno no estará bien, alguna mala digestión, no se siente bien, entonces lee en voz baja y transcribe, tomó Jesús los panes y después…‘¿es el relato de la última cena?, no es la última cena, es la multiplicación de los panes, ah! La multiplicación de los panes estaba preparando la última cena. La multiplicación de los panes fue el banquete eucarístico ofrecido en la montaña’, las mismas palabras, -se le olvida a uno que tiene mala digestión- ‘ah! Señor quiero tomar el pan que me das y darte gracias para compartir, repartirlo a los demás también’, yo estoy orando con estas palabras ¿se dan cuenta qué fácil? ‘Porque tú Señor has tomado el pan que te han dado, que este muchachito te ha dado de su pobreza, yo también Señor de mi pobreza quiero tomar el pan que me das, mi pobreza para dártela y darte gracias, te doy gracias Señor, yo quiero también repartir a los demás de mi pobreza’, ya es oración y sigo transcribiendo porque ya se me viene de nuevo el dolor de cabeza, yo transcribo, esto es LD. Se adapta a todos los estados anímicos y de salud. Un día me siento con fiebre, me quedo en la cama, me quedo recitando lo que he aprendido de memoria. El Rosario de la Palabra: en cada cuenta repetir la misma palabra, el mismo versículo de la Biblia, en la otra decena empezar otro versículo, esto también es LD. LD no es sólo cuando se está en la mesa con el Libro. El propósito de la LD es sacar la Palabra del libro para hacerla permanecer en uno, llevar la Palabra siempre con uno, ese es el propósito, de manera que la LD no será sólo cuando estemos haciendo el ejercicio de transcripción, de paralelos, uno puede estar caminando y estar recitando en voz baja, esto es LD también. Es muy amplia. Hasta en el lecho de muerte se puede hacer. El sacerdote que me inició en la LD estaba viejito y enfermo, agonizando, en Roma. Lo visité y escuchaba que decía “tú lo sabes… tú lo sabes… tú lo sabes…” ah! dije y recordé ¿me amas? la pregunta de Jesús a Pedro. El tú lo sabes aquel sacerdote lo repetía estando paralizado, inmóvil. El no estaba solo, las palabras lo acompañaban. La Palabra lo sostenía en el paso de la muerte porque la Palabra no muere. Murió recitando la Palabra.

Consejos prácticos, cómo organizarse.

Fijar un tiempo. Unos, cada día, otros, dos o tres veces por semana y otros una vez por semana. Fijar un día y una hora precisos. Con preferencia en tiempo de mucha calma. Algunos despiertan muy temprano, otros son aves nocturnas, el silencio de la noche. Tratar de ser fiel a los tiempos elegidos. Peligro: la actividad social; frente a ella decir: “ya estoy comprometido”.

¿Cuánto tiempo cada vez? No menos de una hora, no más de dos, como sugiere san Benito. No menos de una hora para dar tiempo a las introducciones. No más de dos para evitar el cansancio.

Un lugar preciso. La mesita en el rincón, limpia de imágenes y de otros objetos para evitar distracciones. La Biblia también debe estar limpia, sin señaladores, salvo la cintita que nos indica lo que vamos a leer, sacar las estampitas, las oraciones, las fotos, etc, No escribir en la Biblia. Procurarse un cuaderno para transcribir, para anotar los paralelos, la oración., las resonancias en la propia vida. Junto a la limpieza de la mesita y de la Biblia cuidar la limpieza de corazón.

El libro preciso. Guillaume de Saint Thierry dice “hacer, en horas precisas, una lectura precisa”. Tomar un texto al azar, mariposeando, no permitiría asimilar la Palabra, memorizarla. No serviría.

Cuando empieza a ponerla en primer lugar, antes de la actividad social, sabe que la Palabra es ya importante en su vida. Disciplina personal. Cuando uno empieza a negarse a la vida social para estar con la Palabra, cuando uno lo hace por voluntad, no por sentimiento, experimenta un gran gozo.

Escoger un libro de la Biblia. La gran tradición de la LD dice empezar con el primer versículo en el Génesis. Una lectura contínua. Lo más acertado es escoger un libro, de preferencia del AT que son menos conocidos para nosotros. Hacer una lectura contínua para no desperdiciar ningún trozo de la Palabra. La preferencia por un libro del AT es por el juego de los paralelos. Si leo los Evangelios que conozco bien, no recuerdo paralelos del AT que no conozco bien. Ejemplo: Abraham dijo, Señor mi Dios ¿que me darás? ¿recuerdan en el NT que alguno dijo: A nosotros que lo hemos dejado todo ¿qué nos darás?, sí, los apóstoles, ¿se dan cuenta cómo les vino el paralelo?, son también paralelos de actitudes, no sólo de palabras. Siempre el futuro ¿qué nos darás?. El Señor nos hace levantar los ojos al futuro.

¿Cuáles libros del AT? Hay algunos más fáciles. Sabiduría: bellísimo. Uno cambia el nombre de Sabiduría por el de Jesús. San Jerónimo dice que esto sería una lectura crística del AT. Eclesiástico: 52 capítulos. A un capítulo por semana nos llevaría más de un año el libro. El autor es Ben Sirá, el Sirácida. Se llama eclesiástico porque san Cipriano nos dice que en el primer siglo de la Iglesia, la ecclesía utilizaba este libro para hacer la catequésis permanente. Este libro se escribió pocos años antes de Jesús, de manera que toda la revelación está allí lista para abrir las puertas a Jesús. Hablan de la resurrección, de la vida del más allá. También recuerda toda la historia de la salvación, Moisés, Melquisedec, Josué,…, los recuerda y los alaba. Hecha una mirada de fe sobre toda la historia de la salvación. Después se detiene en todo lo visible y lo invisible, en la creación. Las virtudes, los pecados, todo viene en parrafitos cortos. Repasa toda la enseñanza de la ecclesía. Haríamos LD y catequesis permanente con una fuerza abierta al NT. Salmos. Oraciones ya hechas. Es fácil. Recordar a Jesús. Cambiar las palabras del pueblo, del salmista por yo. Proverbios.

Recordar la gran importancia de la introducción, de los preámbulos.

Una Lectio en el evangelio de Juan.

Sabiendo Jesús que había llegado la hora… sabiendo Jesús todo lo que le iba a suceder Jesús todo lo hace sabiendo, sabe bien lo que le sucedería, no es víctima; clarividencia. Sabiendo Jesús que venían a tomarle, que intentaban tomarle por la fuerza para hacerle reysí, tú lo has dicho yo soy el rey…venían a tomarle por la fuerza para hacerle rey y subió de nuevo al monte. Tantas veces se nos dice que Jesús subió al monte. Estaba en el apogeo de su fama venían a hacerlo rey. Jesús de nuevo se va al monte, como aquella vez cuando era oscuro, de madrugada, se levantó, salió, subió al monte a orar. Se refugió en la oración, en el monte. Él solo allá arriba, está en el monte él solo. Al atardecer bajaron sus discípulos, Él solo arriba en el monte en diálogo con Dios, para aprender a realizar, a cumplir su misión -ante este momento tan importante de fama, de popularidad-, que yo he venido para esto. Los discípulos bajando, al atardecer, cuando ya la luz comienza a desaparecer. Yo soy la luz, camina en la luz. Ya viene la noche, el atardecer; uno no sabe a donde va si camina en la noche. Los discípulos, después de este momento de gran éxito, están entrando en la noche pero bajando, baja rápido Zaqueo, como Yo he bajado. No puede subir aquel que no ha bajado. Jesús está allá arriba solo en el monte, pero Él ha bajado, Yo soy el que ha bajado del cielo. Los discípulos bajaron. El que baja está en la tierra: la encarnación. Y Jesús Él solo está en el monte, arriba. Bajaron los discípulos ya en la noche y bajaron a la orilla del mar, recordando ya su vocación, cuando Jesús pasando por la orilla del mar vió a dos hermanos y los llamó, están en el lugar de su llamada. Y subiendo a una barca -como tantas veces lo habían hecho, como lo hicieran con Jesús y les dijera boga mar adentro, subiendo a la barca de Pedro para alejarse de la muchedumbre- se dirigían a la otra orilla del mar, como los hebreos en Egipto que pasando a través del Mar Rojo, adverso enemigo, se dirigían hacia el otro lado del mar. Veamos bien, los discípulos solos que se están dirigiendo en medio de las adversidades al otro lado del mar, donde los hebreos encontraron la liberación cuando pasaron el Mar Rojo ellos también. En la noche solos caminando en esta tierra, -porque bajaron, se encarnaron como Jesús que bajó-, se están dirigiendo a través de las adversidades al otro lado del mar, como aspirando a la liberación. Y ya había oscurecido, ya no es más el atardecer. Esperaron mucho a Jesús, y no venía y ya era muy tarde, entrados en la oscuridad, cuando se camina y no se sabe a donde se va, y Jesús todavía no había venido. Vino a los suyos y los suyos no lo acogieron pero a todos aquellos que lo acogieron les dio poder de ser hijos de Dios, Jesús es aquel que vino, que viene, que vendrá, pero todavía no había venido y lo esperaban y Él solo estaba arriba en el monte y todos nosotros aquí abajo, en medio de la noche, caminando, y todavía no ha venido y lo esperamos. Y soplaba el viento, viento que va contra nosotros. El viento, la noche, el mar, todas las fuerzas adversas. Y el mar empezó a hacerse más fuerte, la adversidad más dura, los obstáculos, y cuando habían remado unos seis kilómetros de lucha contra las fuerzas adversas, sin saber bien a donde se iba, sin ver en la oscuridad, y Jesús todavía no había venido, estaba Él solo arriba en el monte, cuando ya en esta lucha, en esta resistencia ven a Jesús, lo ven en la oscuridad, la luz brilló en la oscuridad, no después sino dentro, cuando están en la oscuridad, cuando piensan que están solos, que no sienten la presencia de Jesús, -porque todavía no ha venido, lo esperan-, lo ven, en medio de las dificultades, lo vemos, en medio de las dificultades; la fe me hace ver lo que no se ve, yo lo veo a Él. En medio de la oscuridad, en medio de la lucha, lo veo como una luz, porque la fe me hace ver lo que no se ve y lo que no se ve es Jesús, porque todavía no ha venido, y lo ven caminando sobre las fuerzas adversas, dominando todas las adversidades, porque Yo soy el camino. Lo ven que caminaba, y se acercaba y tuvieron miedo, ¡no tuvieron miedo del mar!, tuvieron miedo de ver a Jesús en medio de la oscuridad, no tengais miedo, no temas Abraham, no temas María. Cada vez que Jesús se presenta como aquel que domina todo, da miedo, es por eso que Jesús dice no temas yo soy el mismo, el mismo que está contigo, no temas estaré contigo dice a Abraham, no temáis sabed que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, pero Él les dijo Yo soy, como había dicho Yahveh a Moisés, Moisés preguntó ¿cómo te llamas? Dile a los hebreos Yo soy; la divinidad. Por eso en medio de las dificultades aquel que está más allá es aquel que está aquí conmigo que dijo a Abraham Yo soy para ti un escudo protector, el que está más allá está conmigo, es mi escudo protector. El inalcanzable, el soberano está conmigo, por eso no tengo que temer, porque Él está conmigo, no temas María el Señor está contigo. El motivo por el que no tenemos que temer es porque Él, el soberano, mi protector está conmigo por eso no hay que temer en medio de las dificultades, en medio de la oscuridad y allí quisieron acogerlo, vino a los suyos y los suyos no lo acogieron pero a todos los que lo acogieron…, quisieron acogerlo como aquel que viene, aquel que vino, aquel que vendrá y lo quisieron acoger en la barca, pero no dice el texto que lo acogieron en la barca, sólo están en esta actitud de acogida en medio de la noche, al verlo que viene, en medio del trabajo, de la resistencia, lo ven y lo quieren acoger al que viene, al que vendrá pero ¡sorpresa!, la barca tocó en seguida la tierra, al lugar donde se dirigían. Señor ¿a dónde iremos?, a donde yo voy ahora no puedes venir ahora sino más tarde. ¿A dónde vamos? A donde está Él, arriba en el monte con Dios, solo. Y en medio de las dificultades, del trabajo, de las resistencias, de la noche, y en esta actitud de espera, de esperanza para acogerlo, ¡sorpresa!, sin que se calmara la tempestad, tocamos el lugar a donde vamos: la vida eterna.

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Preguntas de un periodista del canal católico de la ciudad.

1. ¿Tan solos para interpretar, no hay peligro de desviarnos? – Para no desviarnos “ la Biblia se interpreta por la Biblia”, no necesariamente por comentarios. Hay comentarios que nos insinúan interpretaciones muy raras, aún entre los católicos. Interpretar el texto por el juego de los paralelos. No lo que yo pienso sino lo que dice la Palabra. Lectura concordativa de la escuela rabínica del judaísmo. Uno no está interpretando sino escuchando lo que la Palabra dice de ella misma. No hay riesgo aquí.

2. ¡Tan solos!, ¿no es muy individual, y la dimensión social de la fe?  -No tanto social sino comunitaria. Somos comunidad por la Palabra. Haciéndolo personalmente, haciéndola en la reunión comunitaria nos enriquecemos. Se puede hacer comunitariamente pero no a base de reflexión sino con la collatio de san Jerónimo, es decir en comunidad pero con el juego de los paralelos.