La Palabra para la vida, Bruno Forte

Mons. Bruno Forte

LA PALABRA PARA LA VIDA

La Sagrada Escritura y la belleza de Dios

Carta pastoral 2006-2007

Mons Bruno Forte Arzobispo Metropolitano de Chieti-Vasto

Intentemos comprender juntos qué es la Palabra de Dios. Si la comprendes verdaderamente, con la mente y el corazón, sentirás la necesidad de ponerte a la escucha de la palabra en la que es Dios mismo quien te habla, dándote luz para conocerte a ti mismo en la verdad, sabiduría para discernir los signos de su presencia, fuerza que te hace capaz de decirle a tu vez palabras de amor, que sean voces de tu oración, confesión de tu humilde fe, canto en el canto de la Iglesia entera, que nace de la Palabra y por la Palabra es llamada a hacerse testimonio hasta los confines últimos de la tierra.

1. ¿Por qué una carta sobre la Palabra de Dios?

He pensado escribirte una carta sobre la Palabra de Dios, porque estoy convencido de que en nuestra sociedad compleja está ocurriendo algo parecido a cuanto se describe en el libro del profeta Amós: “He aquí, vendrán días –dice el Señor- en los que mandaré hambre al país, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor” (Amós 8, 11). Reconozco este hambre en la necesidad de amor que hay en cada uno de nosotros, hombres y mujeres de este tiempo “post-moderno”, siempre más prisioneros de nuestras soledades. Sólo un Amor infinito puede apagar la espera que nos arde dentro: sólo Dios que es Amor puede decirnos que no estamos solos en este mundo y que nuestra casa está en la ciudad celestial, donde ya no habrá ni dolor ni muerte. “Desde aquella ciudad –escribe san Agustín- nuestro Padre nos ha enviado cartas, nos ha hecho llegar las Escrituras, en donde encender en nosotros el deseo de volver a casa” (Comentario a los Salmos, 64, 2-3). Si comprendes que la Biblia es esa “carta de Dios”, que habla precisamente a tu corazón, entonces te acercarás a ella con la emoción y el deseo con el que un enamorado lee las palabras de la persona amada. Entonces, Dios, que es Padre y Madre en el amor, te hablará justo a ti y la escucha fiel, inteligente, humilde y orada de cuanto Él te dice saciará poco a poco tu necesidad de luz, tu sed de amor. ¡Aprender a escuchar la voz que te habla en la Sagrada Escritura es aprender a amar; la Palabra de Dios es la buena noticia frente a la soledad! Por eso, la escucha de la Escritura es escucha que libera y salva.

2. ¡Dios habla!

Sólo Dios podía romper el silencio de los cielos e irrumpir en el silencio del corazón; sólo Él podía decirnos –como ningún otro- palabras de amor. Es cuanto ha sucedido en su revelación, primero al pueblo elegido, Israel, y luego en Jesucristo, la palabra hecha carne. Dios habla a través de acontecimientos y palabras intimamente conectados, Él se comunica a sí mismo a los hombres. Puestos por escrito bajo la inspiración de su Espíritu, estos textos constituyen la Sagrada Escritura, el morar de la Palabra de Dios en las palabras de los hombres. ¡La Palabra de Dios es Dios mismo en el signo de su palabra! Ella participa de su poder: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.” (Isaías 55, 10-11). El término hebraico dabar, traducido habitualmente como “palabra”, significa tanto palabra como acción; por eso los diez mandamientos son nombrados en hebraico como “las diez palabras” para indicar que ellos expresan al mismo tiempo las exigencias del amor de Dios y la ayuda que Él da para corresponderle. El Señor dice lo que hace y hace lo que dice. En el Antiguo Testamento anuncia a los hijos de Israel la venida del Mesías y la instauración de una nueva alianza; en el Verbo hecho carne cumple sus promesas más allá de toda expectativa. El Primero y el Nuevo Testamento nos narran la historia de su amor por nosotros, según un camino por el cual Dios educa a su pueblo para el don de la alianza cumplida: ¡el Antiguo Testamento se ilumina en el Nuevo y el Nuevo es preparado en el Antiguo! ¿Cómo podría el árbol del cumplimiento ser menos que la raiz de la cual viene? “Si es santa la raiz , lo serán las ramas…recuerda que no eres tú quien mantiene a la raíz, sino la raíz a ti” (Romanos 11, 16 y 18). ¡Por eso, los discípulos de Jesús, amamos las Escrituras que Él mismo ha amado!

3. La Palabra se hace carne

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1, 14). El cumplimiento de la revelación, don supremo del amor divino, es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, la Palabra única, perfecta y definitiva del Padre, quien en Él nos dice todo y nos dona todo. “En el pasado muchas veces y de muchas formas habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, y por quien creó el universo” (Hebreos 1, 1-2). En Jesús los textos del Primer Testamento adquieren y manifiestan su pleno significado: “Toda la Escritura es un libro solo y este libro es Cristo” (Hugo de san Victor, El arca de Noé, II, 8] Nutrirse de la Escritura es nutrirse de Cristo: “La ignorancia de las Escrituras –afirma san Jerónimo- es ignorancia de Cristo” (Comentario al profeta Isaías, PL 24,17). Quien quiera vivir de Jesús debe escuchar incesamente las divinas Escrituras, sin excluir ninguna. En ellas se revela el rostro del Amado, tanto en el hoy que pasa como en el día del amor sin fin.: “Busco tu rostro, Señor, buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos nosotros los cristianos… Si perseveramos en el buscar el rostro del Señor, al término de nuestro peregrinar terrenal será Él, Jesús, nuestra eterna alegría, nuestra recompensa y gloria para siempre” (Benedicto XVI, Discurso del 1 de setiembre de 2006 en el Santuario del Volto Santo de Manoppello)

4. El Espíritu interprete de la Palabra

¿Cómo encontrar al Viviente en el jardín de la Escritura, como en el jardín del sepulcro? Para que nos suceda a nosotros lo que le sucedió a la mujer, cuyos ojos se abrieron para reconocer al Señor Resucitado en aquel, que primero había tomado como al cuidador del jardín (cf Juan 20, 15s), es necesario ser llamado por el Amado, tocado por el fuego de su Espíritu: “El Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14, 26). El Espíritu Santo, que ha guiado el pueblo elegido inspirando los autores de las Sagradas Escrituras, abre el corazón de los creyentes a la inteligencia de su contenido. Así la Escritura “crece con el que la lee” (san Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, I 7,8). Ningún encuentro con la Palabra de Dios habrá de ser vivido, entonces, sin haber primero invocado el Espíritu, que descierra el libro sellado, moviendo el corazón y dirigiéndolo a Dios, abriendo los ojos de la mente y dando dulzura al acto de consentir y creer en la verdad. (cf Concilio Vaticano II, Constitución sobre la divina revelación Dei Verbum 5). El Espíritu Santo nos hace entrar en toda la entera Verdad a través de la Palabra de Dios, haciéndonos operarios y testigos de la fuerza liberadora que ella posee y que es tan necesaria para el mundo en el que a menudo parece se ha perdido el gusto y la pasión por la Verdad. Antes de leer las Escrituras, invoca siempre al dador de dones, la luz de los corazones, el Espíritu Santo

5. La Iglesia, creación y casa de la Palabra.

Para hacernos capaces de acoger fielmente la Palabra de Dios, el Señor Jesús ha querido dejarnos –junto con el don del Espíritu- también el don de la Iglesia, fundada sobre los Apóstoles. Son ellos los que han escuchado la palabra de salvación y la han transmitido a sus sucesores como joya preciosa, custodiada en el cofre seguro del pueblo de Dios peregrino en el tiempo. La Iglesia es la casa de la Palabra, la comunidad de la interpretación, garantizada por la guía de los pastores a quienes Dios ha querido confiar su rebaño. La lectura fiel de la Escritura no es obra de navegantes solitarios, sino que es vivida en la barca de Pedro: el anuncio, la catequesis, la celebración litúrgica, el estudio de la teología, la meditación personal o en grupo, vivida también en familia, La inteligencia espiritual madurada en el camino de la fe, son otros tantos canales que nos vuelven familiares con la Biblia en la vida de la Iglesia. Es además particularmente hermoso y fecundo meditar la Palabra siguiendo la distribución que de ella hace cada día la liturgia, dejándonos guiar por su mano en la frondosa selva de los textos bíblicos. Acompañado por la Madre Iglesia, ningún bautizado debe sentirse indiferente ante la Palabra de Dios: escucharla, anunciarla dejarse iluminar por ella para iluminar a los otros es una tarea que nos compete a todos, cada uno según el don recibido y la responsabilidad que le ha sido confiada, con la pasión misionera que Cristo demanda a sus discípulos, sin excluir ninguno (cf Marcos 16, 15: ¡por esto he querido en la diócesis tener una Escuela de la Palabra abierta a todos!). Desde los sacerdotes a los diáconos, desde los padres a los catequistas, desde los consagrados a las consagradas, desde los teólogos a los profesores, desde los miembros de asociaciones y movimientos a cada uno de los bautizados, ya sean jóvenes o adultos, todos somos llamados a ser Iglesia engendrada por la Palabra, que anuncia la Palabra: ¡también tú!

6. La obediencia de la fe a la Palabra

A la Palabra del Señor corresponde verdaderamente que se acepte recibirla en una escucha acogedora, como es la obediencia de la fe, “con la cual el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Él revela” (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 5). Dios, que se comunica a tu corazón, te llama a ofrecerle no algo de tí, sino tú mismo. Esta escucha acogedora te hace libre: “Si se mantienen fieles a mi palabra, serán realmente discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres.” (Juan 8, 31s). En la Palabra es Dios mismo quien te alcanza y te transforma: “La Palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante que espada de dos filos; penetra hasta la separación de alma y espíritu, articulaciones y médula, y discierne sentimientos y pensamientos del corazón.” (Hebreos 4,12). Abandónate a la Palabra. Confía en ella. Ella es eternamente fiel, como Dios que es quien la dice y la habita. Por eso, si acoges con fe la Palabra, no estarás nunca solo: en la vida, como en la muerte, entrarás a través de ella en el corazón de Dios: “Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios” (san Gregorio Magno, Registro de las cartas, 5,46). Escuchar, leer, meditar la Palabra, gustarla, amarla, celebrarla, vivirla y anunciarla en palabras y obras: es éste el itinerario que se te abre por delante, si comprendes que en la Palabra de Dios está la surgente de la vida. Dios en persona te visita en ella: porque la Palabra te toma, te arrebata el corazón y se ofrece a tu fe como ayuda y defensa en el crecimiento espiritual.

7. Un camino para recibir la Palabra: la “lectio divina”

¿Cómo leer la Palabra de Dios? Un camino bien aceptado para profundizarla y gustarla es la lectio divina, que constituye un verdadero y propio itinerario espiritual en varias etapas. La primera es la lectio, la lectura propiamente dicha. Lee atentamente, varias veces, un pasaje de la Escritura, y pregúntate: “¿Qué dice el texto en sí?”. Pasa de ahí a la meditatio, la meditación, que es como un descanso interior: recógete y pregunta a Dios: “¿Qué me dices con éstas tus palabras?” Ponte en la actitud del joven Samuel: “Habla, Señor, que tu servidor escucha” (1 Samuel 3, 10), Responde, luego, con la oración, la oratio,dirigiéndote así a Dios que te ha hablado: “¿Qué te diré a Tí, mi Señor?”. La respuesta la darás invitando a tu Dios a habitar en la casa de tu corazón., para que transforme tus pensamientos y tus pasos. Arrivarás, así, a la contemplatio, aquel contemplar haciendo, en la cual tu corazón, tocado por la presencia de Cristo, se preguntará: “¿Qué debo hacer ahora para realizar esta Palabra?”, y buscará como vivirlo. Atención, inteligencia, juicio, decisión: a través de estas cuatro etapas, vividas en el encuentro con la Palabra, ella será para ti como “lámpara que alumbra en la oscuridad, hasta que amanece el día y el astro matutino amanezca en sus corazones” (2 Pedro 1,19). Precisamente así, la Escritura podrá guiarte y acompañarte en los caminos de la vida: “Lámpara para mis pasos es tu Palabra, luz en mi camino” (Salmo 118 [119], 105). A veces podrá parecerte que la Palabra leida no te dice nada: ¡a no desanimarse! Vuelve a ella e invoca: “¡Señor, dame vida según tu palabra!” (107). Esta dificultad tuya la vivieron ya muchos antes que tú, Abraham, Sara, Moisés, Jeremías, Ester, el Bautista, Pedro, Pablo. Estos y otros hombres y mujeres de la Biblia, pueden decirte del cansancio y la alegría de creer. Prueba encontrarlos meditando los textos que narran sus historias con las etapas de la lectio divina: descubrirás cuan cercanos son a tus demandas y como sus experiencias te hablan (busco seguir este camino en los encuentros del “laboratorio de la fe” dirigido sobre todo a los jóvenes)

8. La Palabra surgente de amor.

Las palabras de Dios amor nos hacen capaces de amar. El amor es el fruto que produce una escucha verdadera de la Palabra: “Sean de aquellos –advierte san Jerónimno- que ponen en práctica la Palabra y no sólo oyentes, engañándose ustedes mismos” (1, 22). Quien se deja iluminar por la Palabra, sabe que el sentido de la vida consiste no en el replegarse sobre sí mismo, sino en el éxodo de sí sin retorno, en esto consiste el amor. La escucha de la Sagrada Escritura te hace sentir amado y te hace capaz de amar: si te entregas sin reservas a Dios que te habla, será Él quien te entregue a los otros, enriqueciéndote con todas las capacidades necesarias para ponerte al servicio de ellos. Por eso Benedicto XVI invita especialmente a los jóvenes, puestos frente a la vida, “a adquirir familiaridad con la Biblia, a tenerla al alcance de la mano, para que sea como una brújula que indica el camino a seguir” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud 2006). La Palabra es guía segura porque –entre tantos rumores del mundo- nos conduce a empeñarnos por los otros sobre los pasos de Jesús, a reconocer en ellos su voz que llama. Las obras “signo” de Caritas presentes en nuestra Iglesia (los centros de escucha, las casas de acogida, las mesas, etc), las diversas actividades de voluntariado, los desafíos de la justicia, de la paz, de la salvaguarda de la creación, las personas que cada día tocan a la puerta de tu corazón, te esperan para que evalues si la Palabra que escuchas te ha cambiado verdaderamente el corazón. Si haces estas cosas, podrás sentir como dirigidas a ti cuanto dice el Señor: “Les aseguro que lo que hayan hecho a uno solo de éstos, mis hermanos menores, me lo hicieron a mí” (Mateo 25, 37-40).

9. La Palabra, fuente de alegría y de esperanza.

Si escuchas la Palabra y la custodias, sentirás que tu vida permanece en el corazón mismo de Dios, de donde nace continuamente la confianza para el presente y la esperanza para el mañana: “Quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca” (Mateo 7, 24) Esta confianza se nutre de la alegría de sentirse amado: “Cuando recibía tus palabras, las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima, yo llevaba tu Nombre, Señor, Dios todopoderoso” (Jeremías 15,16). Por eso los dos discípulos del camino de Jerusalén a Emaús, en la explicación de la Escritura reencontraron el calor del corazón, fueron colmados por la alegría del encuentro (cf Lucas 24, 13-35). La Escritura, narración de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo, es memoria de este gran amor, que suscita la fe en aquel que llevará al cumplimiento sus promesas. Dándote razones de vida y esperanza, la Palabra te abre al mañana de Dios y te ayuda a traerlo al presente con la fuerza de los humildes actos de fe y los simples gestos de caridad. Por su fuerza, la Palabra es también la razón de la gran esperanza que anima el diálogo ecuménico: si nos esforzamos en ser discípulos de la única Palabra, ¿cómo podríamos considerar nuestras divisiones más importantes de la unidad a la cual ella nos llama?

10. De la Palabra al Silencio

De la escucha obediente de la Palabra brota la elocuencia silenciosa de la vida: “Nosotros damos siempre gracias a Dios, porque, cuando escucharon la Palabra de Dios que les predicamos, la recibieron, no como palabra humana, sino como realmente es, Palabra de Dios, que actua en ustedes, los creyentes.” (1Tesalonicenses 2, 13). Esta existencia habitada por el Eterno se nutre siempre de nuevo en la escucha de su Silencio, que nos alcanza a través de la Palabra y nos abre al silencio del deseo y de la espera. Quien ama la Palabra, sabe cuanto es de necesario el silencio, interior y exterior, para escucharla verdaderamente, y para dejar que su luz nos transforme mediante la oración, la reflexión y el discernimiento. En el clima del silencio, a la luz de las Escrituras, aprendemos a reconocer los signos de Dios y a considerar nuestros problemas con el designio de salvación que la Escritura nos testimonia. La escucha es el silencio fecundo habitado por la Palabra. “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (Dichos de luz y amor 104; cfr. Subida II, 22,3-6). No pronunciaré más, entonces, la palabra de vida, sin haber antes caminado largamente por los senderos del silencio, en la escucha meditativa y profunda de la palabra que viene del Eterno.

11. El icono de María, Virgen de la escucha.

María es el icono de la escucha fecunda de la Palabra, ella nos enseña a acogerla, a custodiarla y a meditarla incesantemente: “María conservaba y meditaba todo en su corazón” (Lucas 2,19). Imagen perfecta de la Iglesia, María se deja plasmar por la Palabra de Dios: “que se cumpla en mí tu palabra” (1, 38). Y la escucha se hace don de amor; la Virgen de la anunciación va a lo de Isabel a socorrerla en su necesidad. Señora de la escucha, María se presenta en la visitación como Madre del Amor: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (2,43). Su voz es portadora de la alegría mesiánica: “Mira, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura dio un salto de gozo en mi vientre” (2, 44). Su felicidad fue haber escuchado y creído la Palabra del Eterno: “¡Dichosa tú que creíste! Porque se cumplirá lo que el Señor te anunció.” (2, 45). A María –creatura de la Palabra, que intercede por nosotros en la gloria de Dios- pido nos ayude a vivir como Ella en la escucha de la Palabra, para acoger en nosotros al Verbo de la vida y llevarlo a los otros, en la transparencia y en el empeño de todos nuestros días. Orar con María, confiarse a su intercesión (por ejemplo con la oración del Rosario, tan rica en motivos bíblicos), te ayudará a custodiar y vivir las divinas Escrituras.

12. La palabra para vivir

La oración de un monje, experto en la asidua meditación de las Escrituras, nos ayuda a entrar en la escucha de la Palabra de Dios siguiendo el ejemplo de María: “Te rogamos, Señor, que nos hagas conocer lo que amamos, porque nada buscamos fuera de Tí. Tú eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Te ruego, oh nuestro Jesús, que inspires nuestros corazones con el soplo de tu Espíritu y traspases con tu amor nuestras almas para que cada uno de nosotros pueda decir con toda verdad: Hazme conocer aquel que mi alma ama; estoy de hecho herido por tu amor. Deseo que aquellas heridas queden impresas en mí, oh Señor. ¡Feliz el alma traspasada por la caridad! Ella buscará la surgente y allí beberá. Bebiendo en ella, de ella tendrá siempre sed. Quitándose la sed, anhelará con ardor aquel de quien siempre tiene sed, bebiendo en él no obstante continuamente. De este modo para el alma el amor es sed que busca con ansia, es herida sanadora”. (san Colombano, Instrucciones 13 sobre Cristo fuente de vida, 2-3, Opera, Dublin 1957, 118-120). Sólo el amor abre al conocimiento del Amado: “Podía conocer el sentido de las palabras de Jesús, sólo aquel que reposó sobre el pecho de Jesús” (Orígenes, In Joannem 1,6: PG 14, 31). ¡Apoya tú también la cabeza en el pecho del Señor, como el discípulo amado en la Última Cena (cf Juan 13, 25), y escucha sus palabras, dejando que su corazón hable al tuyo! Es cuanto pido a Dios para tí, mientras “te encomiendo al Señor y a la Palabra de su gracia que tiene el poder de hacerte crecer y te concede la herencia con todos los santos” (cf Hechos 20,32). Amén.

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Aquí tienes el original de la Carta.

La Parola per vivere

La Sacra Scrittura e la bellezza di Dio

Lettera pastorale per l’anno 2006-2007

Mons. Bruno Forte, Arcivescovo Metropolita di Chieti-Vasto

Proviamo a capire insieme che cos’è la Parola di Dio: se lo capisci veramente, con la mente e col cuore, sentirai il bisogno di metterti in ascolto delle parole in cui è Dio stesso a parlarti, dandoti luce per conoscere te stesso nella verità, sapienza per discernere i segni della Sua presenza, forza che ti renda capace di dirGli a tua volta parole d’amore, che siano voce della tua preghiera, confessione della tua fede umile, canto nel canto della Chiesa intera, che dalla Parola nasce e della Parola è chiamata a farsi testimone fino agli estremi confini della terra

1. Perché una lettera sulla Parola di Dio?

Ho pensato di scriverti una lettera sulla Parola di Dio, perché sono convinto che nella nostra società complessa stia avvenendo qualcosa di simile a quanto è descritto nel libro del profeta Amos: “Ecco, verranno giorni – dice il Signore Dio – in cui manderò la fame nel paese, non fame di pane, né sete di acqua, ma d’ascoltare la parola del Signore” (8,11). Riconosco questa fame nel bisogno di amore che è in ciascuno di noi, uomini e donne di questo tempo “post-moderno”, sempre più prigionieri delle nostre solitudini. Solo un Amore infinito può appagare l’attesa che ci brucia dentro: solo il Dio che è Amore può dirci che non siamo soli in questo mondo e che la nostra casa è nella città celeste, dove non ci sarà più né dolore né morte. “Da quella città – scrive Agostino – il Padre nostro ci ha inviato delle lettere, ci ha fatto pervenire le Scritture, onde accendere in noi il desiderio di tornare a casa” (Commento ai Salmi, 64, 2-3). Se capisci che la Bibbia è questa “lettera di Dio”, che parla proprio al tuo cuore, allora ti avvicinerai ad essa con la trepidazione e il desiderio con cui un innamorato legge le parole della persona amata. Allora, il Dio, che è Padre e Madre nell’amore, parlerà proprio a te e l’ascolto fedele, intelligente, umile e pregato di quanto Lui ti dice sazierà poco a poco il tuo bisogno di luce, la tua sete d’amore. Imparare ad ascoltare la voce che ti parla nella Sacra Scrittura è imparare ad amare: la Parola di Dio è la buona novella contro la solitudine! Perciò, l’ascolto delle Scritture è ascolto che libera e salva.

2. Dio parla!

Solo Dio poteva rompere il silenzio dei cieli e irrompere nel silenzio del cuore: solo Lui poteva dirci – come nessun altro – parole d’amore. È quanto è avvenuto nella sua rivelazione, dapprima al popolo eletto, Israele, e poi in Gesù Cristo, la Parola eterna fatta carne. Dio parla: attraverso eventi e parole intimamente connessi, Egli comunica se stesso agli uomini. Messi in scritto sotto l’ispirazione del Suo Spirito, questi testi costituiscono la Sacra Scrittura, la dimora della Parola di Dio nelle parole degli uomini. La Parola di Dio è Dio stesso nel segno della Sua parola! Essa partecipa della Sua potenza: “Come la pioggia e la neve scendono dal cielo e non vi ritornano senza avere irrigato la terra, senza averla fecondata e fatta germogliare, perché dia il seme al seminatore e pane da mangiare, così sarà della parola uscita dalla mia bocca: non ritornerà a me senza effetto, senza aver operato ciò che desidero e senza aver compiuto ciò per cui l’ho mandata” (Isaia 55,10s). Il termine ebraico dabar, tradotto abitualmente “parola”, significa tanto parola che azione: così, i dieci comandamenti sono detti in ebraico “le dieci parole” per indicare che essi esprimono al tempo stesso le esigenze dell’amore di Dio e l’aiuto che Egli dà per corrispondervi. Il Signore dice ciò che fa e fa ciò che dice. Nell’Antico Testamento annuncia ai figli d’Israele la venuta del Messia e l’instaurazione di una nuova alleanza; nel Verbo fatto carne compie le Sue promesse oltre ogni attesa. Primo e Nuovo Testamento ci narrano la storia del Suo amore per noi, secondo un cammino con cui Dio educa il Suo popolo al dono dell’alleanza compiuta: l’Antico Testamento si illumina nel Nuovo e il Nuovo è preparato nell’Antico! Come potrebbe l’albero del compimento fare a meno della radice da cui viene? “Se è santa la radice, lo saranno anche i rami … Sappi che non sei tu che porti la radice, ma è la radice che porta te” (Romani 11,16 e 18). Perciò, discepoli di Gesù, amiamo le Scritture che Lui stesso ha amato!

3. La Parola si fa carne

“E il Verbo si fece carne e venne ad abitare in mezzo a noi” (Giovanni 1,14). Il compimento della rivelazione, dono supremo dell’amore divino, è Gesù Cristo, il Figlio di Dio fatto uomo per noi, la Parola unica, perfetta e definitiva del Padre, il quale in Lui ci dice tutto e ci dona tutto. “Dio, che aveva già parlato nei tempi antichi molte volte e in diversi modi ai padri per mezzo dei profeti, ultimamente, in questi giorni, ha parlato a noi per mezzo del Figlio, che ha costituito erede di tutte le cose e per mezzo del quale ha fatto anche il mondo” (Ebrei 1,1s). In Gesù i testi del Primo Testamento acquistano e manifestano il loro pieno significato: “Tutta la Scrittura è un libro solo e questo libro è Cristo” (Ugo da San Vittore, L’arca di Noè, II, 8). Nutrirsi della Scrittura è nutrirsi di Cristo: “L’ignoranza delle Scritture – afferma San Girolamo – è ignoranza di Cristo” (Commento al Profeta Isaia, PL 24,17). Chi vuole vivere di Gesù deve ascoltare incessantemente le divine Scritture, nessuna esclusa. È in esse che si rivela il volto dell’Amato, in questo oggi che passa e nel giorno dell’amore senza fine: “Il tuo volto, Signore, io cerco: ricercare il volto di Gesù deve essere l’anelito di tutti noi cristiani… Se perseveriamo nel cercare il volto del Signore, al termine del nostro pellegrinaggio terreno sarà Lui, Gesù, il nostro eterno gaudio, la nostra ricompensa e gloria per sempre” (Benedetto XVI, Discorso del 1 Settembre 2006 al Santuario del Volto Santo di Manoppello).

4. Lo Spirito interprete della Parola

Come incontrare il Vivente nel giardino delle Scritture, simile al giardino del sepolcro? Perché avvenga a noi ciò che avvenne alla donna, i cui occhi si aprirono a riconoscere il Signore Risorto in colui, che prima aveva preso per il custode del giardino (cf. Giovanni 20,15s), è necessario essere chiamati dall’Amato, toccati dal fuoco del Suo Spirito: “Il Consolatore, lo Spirito Santo che il Padre manderà nel mio nome, egli v’insegnerà ogni cosa e vi ricorderà tutto ciò che io vi ho detto” (Giovanni 14,26). Lo Spirito Santo, che ha guidato il popolo eletto ispirando gli autori delle Sacre Scritture, apre il cuore dei credenti all’intelligenza di quanto è in esse contenuto. Così la Scrittura “cresce con colui che la legge” (San Gregorio Magno, Omelie su Ezechiele, I, 7, 8). Nessun incontro con la Parola di Dio andrà vissuto, allora, senza aver prima invocato lo Spirito, che schiude il libro sigillato, muovendo il cuore e rivolgendolo a Dio, aprendo gli occhi della mente e dando dolcezza nel consentire e nel credere alla verità (cf. Concilio Vaticano II, Costituzione sulla divina rivelazione Dei Verbum, 5). È lo Spirito a farci entrare nella Verità tutta intera attraverso la porta della Parola di Dio, rendendoci operatori e testimoni della forza liberante che essa possiede e che è così necessaria a un mondo in cui spesso sembra si sia perso il gusto e la passione per la Verità. Prima di leggere le Scritture, invoca sempre il datore dei doni, la luce dei cuori: lo Spirito Santo!

5. La Chiesa, creatura e casa della Parola

Per renderci capaci di accogliere fedelmente la Parola di Dio, il Signore Gesù ha voluto lasciarci – insieme col dono dello Spirito – anche il dono della Chiesa, fondata sugli Apostoli. Sono essi che hanno accolto la parola di salvezza e l’hanno tramandata ai loro successori come un gioiello prezioso, custodito nello scrigno sicuro del popolo di Dio pellegrino nel tempo. La Chiesa è la casa della Parola, la comunità dell’interpretazione, garantita dalla guida dei pastori a cui Dio ha voluto affidare il Suo gregge. La lettura fedele della Scrittura non è opera di navigatori solitari, ma va vissuta nella barca di Pietro: l’annuncio, la catechesi, la celebrazione liturgica, lo studio della teologia, la meditazione personale o di gruppo, vissuta anche in famiglia, l’intelligenza spirituale maturata nel cammino della fede, sono altrettanti canali che ci rendono familiari alla Bibbia nella vita della Chiesa. È poi particolarmente bello e fecondo meditare la Parola secondo la distribuzione che ne fa ogni giorno la liturgia, lasciandosi guidare per mano da essa nella rigogliosa foresta dei testi biblici. Accompagnato dalla Chiesa Madre, nessun battezzato deve sentirsi indifferente alla Parola di Dio: ascoltarla, annunciarla, lasciarsene illuminare per illuminare gli altri è compito che ci riguarda tutti, ciascuno secondo il dono ricevuto e la responsabilità che gli è affidata, con la passione missionaria che Cristo chiede ai Suoi discepoli, nessuno escluso (cf. Marco 16,15: perciò ho voluto in diocesi una Scuola della Parola aperta a tutti!). Dai sacerdoti ai diaconi, dai genitori ai catechisti, dai consacrati alle consacrate, dai teologi agli insegnanti, dai membri di associazioni e movimenti a ogni singolo battezzato, giovane o adulto che sia, tutti siamo chiamati a essere Chiesa generata dalla Parola che annuncia la Parola: anche tu!

6. L’obbedienza della fede alla Parola

Alla Parola del Signore corrispondi veramente se accetti di porti in quell’ascolto accogliente, che è l’obbedienza della fede, “con la quale l’uomo si abbandona tutto a Dio liberamente, prestando il pieno ossequio dell’intelletto e della volontà a Dio che rivela e assentendo volontariamente alla rivelazione data da Lui” (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 5). Il Dio, che si comunica al tuo cuore, ti chiama ad offrirGli non qualcosa di te, ma te stesso. Questo ascolto accogliente ti rende libero: “Se rimanete fedeli alla mia parola, sarete davvero miei discepoli; conoscerete la verità e la verità vi farà liberi” (Giovanni 8, 31-32). Nella Parola è Dio stesso a raggiungerti e trasformarti: “La parola di Dio è viva, efficace e più tagliente di ogni spada a doppio taglio; essa penetra fino al punto di divisione dell’anima e dello spirito, delle giunture e delle midolla e scruta i sentimenti e i pensieri del cuore” (Ebrei 4, 12). Affidati, allora, alla Parola. Fidati di essa. Essa è fedele in eterno, come il Dio che la dice e la abita. Perciò, se accogli con fede la Parola, non sarai mai solo: in vita, come in morte, entrerai attraverso di essa nel cuore di Dio: “Impara a conoscere il cuore di Dio nelle parole di Dio” (San Gregorio Magno, Registro delle lettere, 5, 46). Ascoltare, leggere, meditare la Parola; gustarla, amarla, celebrarla; viverla e annunciarla in parole e opere: è questo l’itinerario che ti si apre dinanzi, se comprendi che nella Parola di Dio sta la sorgente della vita. Dio in persona ti visita in essa: perciò la Parola ti coinvolge, ti rapisce il cuore e si offre alla tua fede come aiuto e difesa nella crescita spirituale.

7. Una via per accogliere la Parola: la “lectio divina”

Come leggere la Parola di Dio? Una via ben collaudata per approfondirla e gustarla è la lectio divina, che costituisce un vero e proprio itinerario spirituale in varie tappe. La prima è la lectio, la lettura propriamente detta. Leggi attentamente, più volte, un passo della Scrittura, e domandati: “Che cosa dice il testo in sé?”. Passa quindi alla meditatio, la meditazione, che è come una sosta interiore: raccogliti e chiedi a Dio: “Che cosa dici a me con queste Tue parole?”. Mettiti nell’atteggiamento del giovane Samuele: “Parla, Signore, perché il Tuo servo Ti ascolta!” (1 Samuele 3,10). Rispondi, quindi, con l’orazione, l’oratio, rivolgendoti così al Dio che ti ha parlato: “Che cosa dirò io a Te, mio Signore?”. La risposta la darai invitando il tuo Dio ad abitare nella casa del tuo cuore, perché trasformi i tuoi pensieri e i tuoi passi. Giungerai, così, alla contemplatio, quel contemplare agendo, in cui il tuo cuore, toccato dalla presenza di Cristo, si chiederà: “Che cosa devo fare ora per realizzare questa Parola?”, e cercherà di viverlo. Attenzione, intelligenza, giudizio, decisione: attraverso queste quattro tappe, vissute nell’incontro con la Parola, essa sarà per te come “lampada che brilla in luogo oscuro, finché non spunti il giorno e la stella del mattino si levi nei vostri cuori” (2 Pietro 1,19). Proprio così, la Scrittura potrà guidarti e accompagnarti sulle strade della vita: “Lampada per i miei passi è la Tua parola, luce sul mio cammino” (Salmo 118[119]105). A volte potrà sembrarti che la Parola letta non ti dica niente: non scoraggiarti! Ritorna ad essa e invoca: “Signore, dammi vita secondo la tua parola!” (v. 107). Questa tua difficoltà l’hanno già vissuta tanti prima di te, Abramo, Sara, Mosé, Geremia, Ester, il Battista, Pietro, Paolo: questi, e altri uomini e donne della Bibbia, possono dirti la fatica e la gioia di credere. Prova a incontrarli meditando i testi che narrano la loro storia con le tappe della lectio divina: scoprirai quanto sono vicini alle tue domande e come la loro esperienza ti parli (è la via che cerco di seguire negli incontri del “laboratorio della fede”, rivolti soprattutto ai giovani).

8. La Parola, sorgente di amore

Le parole del Dio Amore ci rendono capaci d’amare. È l’amore il frutto che nasce dall’ascolto vero della Parola: “Siate di quelli – avverte San Giacomo – che mettono in pratica la Parola e non soltanto ascoltatori, illudendo voi stessi” (1,22). Chi si lascia illuminare dalla Parola, sa che il senso della vita consiste non nel ripiegarsi su se stessi, ma in quell’esodo da sé senza ritorno, che è l’amore. L’ascolto della Sacra Scrittura ti fa sentire amato e ti rende capace di amare: se ti consegni senza riserve al Dio che ti parla, sarà Lui a donarti agli altri, arricchendoti di tutte le capacità necessarie per metterti al loro servizio. Ecco perché Benedetto XVI invita specialmente i giovani, posti davanti alla vita, “ad acquistare dimestichezza con la Bibbia, a tenerla a portata di mano, perché sia come una bussola che indica la strada da seguire” (Messaggio per la Giornata Mondiale della Gioventù del 2006). La Parola è guida sicura perché – fra i tanti rumori del mondo – ci conduce a impegnarci per gli altri sui passi di Gesù, a riconoscere in loro la Sua voce che chiama. Le opere “segno” della Caritas presenti nella nostra Chiesa (i centri di ascolto, le case di accoglienza, le mense, ecc.), le diverse attività di volontariato, le sfide della giustizia, della pace e della custodia del creato, le persone che ogni giorno bussano alla porta del tuo cuore, ti aspettano per capire se la Parola che ascolti ti ha cambiato veramente il cuore. Se farai queste cose, potrai sentire come rivolto a te quanto dice il Signore: “Ogni volta che avete fatto queste cose a uno solo di questi miei fratelli più piccoli, l’avete fatto a me” (Matteo 25,37-40).

9. La Parola, fonte di gioia e di speranza

Se ascolti la Parola e la custodisci, sentirai che la tua vita dimora nel cuore stesso di Dio, da dove nasce continuamente la fiducia per il presente e la speranza per il domani: “Chiunque ascolta queste mie parole e le mette in pratica – dice Gesù – è simile a un uomo saggio che ha costruito la sua casa sulla roccia” (Matteo 7,24). Questa fiducia si nutre della gioia di sentirsi amati: “Quando le tue parole mi vennero incontro, le divorai con avidità; la tua parola fu la gioia e la letizia del mio cuore, perché io portavo il tuo nome, Signore, Dio degli eserciti” (Geremia 15,16). Perciò i due discepoli, nel cammino da Gerusalemme ad Emmaus, nella spiegazione delle Scritture ritrovarono il calore del cuore, riscoprirono le ragioni della speranza, furono avvolti dalla gioia dell’incontro (cf. Luca 24,13-35). La Scrittura, narrazione della storia dell’alleanza fra Dio e il Suo popolo, è memoria viva di questo grande amore, che suscita fiducia in Colui che porterà a compimento le Sue promesse. Dandoti ragioni di vita e di speranza, la Parola ti apre al domani di Dio e ti aiuta a tirarlo nel presente con la forza di umili atti di fede e di semplici gesti di carità. Per questa sua forza, la Parola è anche la ragione della grande speranza che anima il dialogo ecumenico: se ci sforziamo di essere discepoli dell’unica Parola, come potremo considerare le nostre divisioni più importanti dell’unità a cui essa ci chiama?

10. Dalla Parola al Silenzio

Dall’ascolto obbediente della Parola scaturisce, dunque, l’eloquenza silenziosa della vita: “Noi ringraziamo Dio continuamente, perché, avendo ricevuto da noi la parola divina della predicazione, l’avete accolta non quale parola di uomini, ma, come è veramente, quale parola di Dio che opera in voi che credete” (1 Tessalonicesi 2,13). Quest’esistenza abitata dall’Eterno si nutre sempre di nuovo dell’ascolto del Suo Silenzio, che ci raggiunge attraverso la Parola e ci apre al silenzio del desiderio e dell’attesa. Chi ama la Parola, sa quanto sia necessario il silenzio, interiore ed esteriore, per ascoltarla veramente, e per lasciare che la sua luce ci trasformi mediante la preghiera, la riflessione e il discernimento: nel clima del silenzio, alla luce delle Scritture, impariamo a riconoscere i segni di Dio e a riportare i nostri problemi al disegno della salvezza che la Scrittura ci testimonia. L’ascolto è il silenzio fecondo abitato dalla Parola: “Il Padre pronunciò una parola, che fu suo Figlio e sempre la ripete in un eterno silenzio; perciò in silenzio essa deve essere ascoltata dall’anima…” (S. Giovanni della Croce, Sentenze. Spunti di amore, n. 21, in Opere, Roma 19672, 1095). Non pronunciare mai, allora, la parola della vita, senza aver prima lungamente camminato nei sentieri del silenzio, nell’ascolto meditativo e profondo della Parola che viene dall’Eterno!

11. L’icona di Maria, Vergine dell’ascolto

Maria è l’icona dell’ascolto fecondo della Parola: ella ci insegna ad accoglierla, a custodirla e a meditarla incessantemente: “Maria, da parte sua, serbava tutte queste cose meditandole nel suo cuore” (Luca 2,19). Immagine perfetta della Chiesa, Maria si lascia plasmare dalla Parola di Dio: “Avvenga di me quello che hai detto” (1,38). E l’ascolto si fa dono d’amore: la Vergine dell’annunciazione va da Elisabetta a soccorrerla nella sua necessità. Donna dell’ascolto, Maria si presenta nella visitazione come Madre dell’Amore: “A che debbo che la madre del mio Signore venga a me?” (2,43). La sua voce è portatrice della gioia messianica: “Ecco, appena la voce del tuo saluto è giunta ai miei orecchi, il bambino ha esultato di gioia nel mio grembo” (v. 44). La sua beatitudine è aver ascoltato e creduto alla Parola dell’Eterno: “Beata colei che ha creduto nell’adempimento delle parole del Signore” (2,45). A Maria – creatura della Parola, che intercede per noi nella gloria di Dio – chiedo di aiutarci a vivere come Lei in ascolto della Parola, per accogliere in noi il Verbo della vita e portarlo agli altri, nella trasparenza e nell’impegno di tutti i nostri giorni. Pregare con Maria, affidarti alla Sua intercessione (ad esempio con la preghiera del rosario, così ricca di motivi biblici), ti aiuterà a custodire e vivere le divine Scritture.

12. La Parola per vivere

La  preghiera di un Monaco, esperto nell’assidua meditazione delle Scritture, ci aiuti a entrare nell’ascolto della Parola di Dio sull’esempio di Maria: “Ti preghiamo, Signore, di farci conoscere quello che amiamo, poiché nulla cerchiamo all’infuori di Te. Tu sei tutto per noi: la nostra vita, la nostra luce, la nostra salvezza, il nostro cibo, la nostra bevanda, il nostro Dio. Ti prego, o Gesù nostro, d’ispirare i nostri cuori col soffio del tuo Spirito e di trafiggere col tuo amore le nostre anime perché ciascuno di noi possa dire con tutta verità: Fammi conoscere colui che l’anima mia ama; sono infatti ferito dal tuo amore. Desidero che quelle ferite siano impresse in me, o Signore. Beata l’anima trafitta dalla carità! Essa cercherà la sorgente, ne berrà. Bevendone, ne avrà sempre sete. Dissetandosi, bramerà con ardore colui di cui ha sempre sete, pur bevendone continuamente. In questo modo per l’anima l’amore è sete che cerca con brama, è ferita che risana” (San Colombano, Istruzione 13 su Cristo fonte di vita, 2-3, Opera, Dublino 1957, 118-120). Solo l’amore apre alla conoscenza dell’Amato: “Poteva comprendere il senso delle parole di Gesù, soltanto colui che riposò sul petto di Gesù” (Origene, In Joannem 1,6: PG 14,31). Poggia anche tu il capo sul petto del Signore, come il discepolo amato nell’Ultima Cena (cf. Giovanni 13,25), e ascolta le Sue parole, lasciando che il Suo cuore parli al tuo! È quanto chiedo a Dio per te, mentre “ti affido al Signore e alla Parola della Sua grazia che ha il potere di edificare e di concedere l’eredità con tutti i santi” (cf. Atti 20,32). Amen!

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