La LD por Nuria Calduch-Benages

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Nuria Calduch-BenagesNació en Barcelona en 1957. Pertenece a la Congregación de Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret desde 1978. Es Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Barcelona (1979) y Doctora en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma (1997). Es Profesora Ordinaria de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (2010). El Papa Benedicto XVI la nombró Experta para la XII Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios (2008).

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LA LECTURA ORANTE O CREYENTE

DE LA SAGRADA ESCRITURA

(LECTIO DIVINA)

 Nuria Calduch-Benages

 La amplia difusión de la lectio divina constituye un auténtico signo de esperanza para la Iglesia porque, como recita el Mensaje final del Sínodo recogido en la exhortación Verbum Domini, “es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente»” (núm. 87). En muchos lugares el nombre tradicional de lectio divina se ha sustituido con el de lectura orante, lectura creyente o incluso escuela de la Palabra. De ahí el título de esta ponencia, fruto de mi participación como experta (entiéndase como biblista) en la XII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia (Ciudad del Vaticano, 5-26 de octubre de 2008), de la lectura de la exhortación apostólica post-sinodal Verbum Domini y, en fin, de mi experiencia en el campo del apostolado bíblico, especialmente como guía y formadora de grupos que practican la lectio divina en diversos ámbitos de la Iglesia.

La lectio divina en el Sínodo de la Palabra y en la Verbum Domini

La lectio divina fue, sin duda alguna, uno de los temas estrella del Sínodo de la Palabra junto con la homilía, la animación bíblica de la pastoral y, en general, el relanzamiento de la prioridad de la Palabra de Dios en la Iglesia en todas sus acciones[1]. Basta repasar las intervenciones de los padres sinodales para darse cuenta de la incidencia que esta práctica monástica ha tenido y sigue teniendo en la Iglesia universal.

En las relaciones sobre los cinco continentes, exposiciones de diez minutos en las que los padres sinodales encargados expusieron la situación de sus Iglesias respecto a la Palabra de Dios, la lectio divina fue un denominador común. Por lo que se refiere a África, el arzobispo de Abuja (Nigeria), Mons  John Olorunfemi Onaiyekan, explicó como a partir del Vaticano II la lectio divina había contribuido en gran medida al apostolado bíblico en África. Allí se han elaborado varios métodos de lectura, meditación y aplicación de las Escrituras a la vida de la gente. Sólo para mencionar algún ejemplo, el monasterio de Dzogbegaan en el norte de Togo y el centro de pastoral de Lumko en Sudáfrica han creado unos métodos para practicar la lectio divina que hoy en día son utilizados en todo el mundo, a menudo con variantes y modificaciones. Quizá el más famoso sea el método de los Seven Steps (los “siete pasos”), conocido también como el método Lumko, que presenta el encuentro con la Biblia como un camino constituido por siete momentos o pasos: presencia de Dios, lectura, meditación, pausa reflexiva, comunicación, coloquio y oración común[2].

En Asia, constató Mons Thomas Menamparampil, arzobispo de Guwahati (India), se han hecho enormes esfuerzos para acercar la Palabra de Dios a la gente. En la actualidad existe un creciente interés por la lectio divina. Aumentan los pequeños grupos de fieles que, utilizando sobre todo los métodos Lumko y Asipa, se reúnen para leer la Palabra de Dios, meditarla, aplicarla a su situación concreta y orar con ella, aunque se acusa la escasez de personas preparadas capaces de orientar y guiar dichos grupos.

En su relación sobre el continente americano (de hecho, se limitó a Latinoamerica), el Card. Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa (Honduras), recordó que a partir de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Aparecida (Brasil) en 2007, una de las prioridades de la Iglesia ha sido fomentar la lectura bíblica desde la vida, una lectura orante orientada a la misión. El número de “lectionautas”, jóvenes que aprenden y practican la lectio divina gracias a un programa en Internet que lleva dicho nombre, supera en la actualidad los 300.000, aumentando ostensiblemente cada día.

Según el Card. Josip Bozanic, arzobispo de Zagreb (Croacia), también se advierten en Europa los signos de un renovado interés por la Biblia. Urge, pues, la invitación a practicar la lectio divina, la lectura rezada y meditada de la Palabra de Dios. Esta práctica no solamente proporciona la fuerza interior para la vida y la misión pastoral –no se puede olvidar que gracias a ella los cristianos han sobrevivido en la Europa comunista-, sino que es también el fundamento para el movimiento ecuménico y para el diálogo interreligioso.

Sobre la Palabra de Dios en Oceanía habló Mons. Michael Ernest Putney, obispo de Townsville (Australia), quien mencionó los esfuerzos que en los últimos años se han llevado a cabo para poner en acto las recomendaciones de Juan Pablo II en la exhortación Ecclesia in Oceania (2001), entre las que destacaba fomentar entre los fieles la práctica de la lectio divina. En la actualidad la lectura creyente de la Biblia figura como una de las prioridades de la conferencia episcopal australiana de obispos católicos.

Además de estas relaciones, hubo en el Sínodo 13 padres sinodales[3] que centraron sus respectivas intervenciones en el núm. 38 del Instrumentum laboris dedicado a la lectio divina. Algunos reconocieron que esta práctica todavía no es muy conocida entre los fieles que regularmente frecuentan la Iglesia y por ello recomiendan especialmente a los presbíteros, diáconos y personas consagradas que adquieran la preparación y la pedagogía adecuadas para poder difundirla. Especial atención merecen las intervenciones de Mons. Florentin Crihalmeanu, obispo de Cluj-Gherla (Rumania), sobre la importancia del uso de los iconos en la lectio divina (teología visual), sobre todo cuando se hace con niños o personas que no saben leer, y la de Mons. Antoni Dziemianko, obispo de Lesvi (Bielorrusia), quien nos explicó que la lectio divina era la única lectura religiosa que los sacerdotes podían hacer durante el período de persecución en la actual Bielorrusia.

Tanto interés suscitó el tema de la lectura orante en el aula sinodal que se le concedió un espacio extra en el programa a cargo de Mons. Santiago Jaime Silva Retamales, obispo de Bela (Chile), quien después de exponer la finalidad y la fundamentación de la lectio divina, hizo un intento de aproximación a la misma a partir de una experiencia realizada en la diócesis de Valparaíso.

Haciéndose eco de todas estas constataciones, inquietudes y deseos, la Verbum Domini dedica los núm. 86 y 87 a la “Lectura orante de la Sagrada Escritura y «lectio divina»”. A la luz de la Dei Verbum[4] y de la tradición patrística, que siempre a recomendado acercarse a la Escritura con una actitud orante (en diálogo con Dios), el documento pone en guardia a los fieles ante el riesgo de un acercamiento individualista recordando que la Palabra de Dios “se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia. Por tanto, hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial”. De ahí que el lugar privilegiado de la lectura orante de la Escritura sea la liturgia, en particular la Eucaristía. “En cierto sentido –continúa el documento- la lectura orante, personal y comunitaria, se ha de vivir siempre en relación a la celebración eucarística. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística, así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico” (núm. 86)[5].

El núm. 87 se concentra en la explicación de los cuatro momentos fundamentales de la lectio divina, a saber, la lectio (lectura), la meditatio (meditación), la oratio (oración) y la contemplatio (contemplación), a los que añade un paso ulterior y conclusivo, es decir, la acción o aplicación práctica: “Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio) que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad”. Es de notar que algunos grupos completan este itinerario incluyendo también la collatio (coloquio), es decir, el compartir con los demás, el comentario en grupo, el poner en común las interpelaciones suscitadas por la Palabra y vividas en la oración. A continuación, la Verbum Domini presenta a María como síntesis y resumen del camino espiritual recorrido en la lectio divina (cf. Lc 2, 19.51) y concluye señalando la relación entre ésta y las indulgencias, puesto que la lectura personal de la Escritura es “una práctica que contempla la posibilidad, según las disposiciones habituales de la Iglesia, de obtener indulgencias, tanto para sí como para los difuntos”.

Breve historia de la lectio divina

Quien se proponga fijar el preciso momento histórico en que se inició la práctica de la lectio divina, tarde o temprano, descubrirá que se encuentra ante una tarea imposible. Con todo, son varios los autores que se han dedicado a investigar los albores de la lectura orante y en cuyas obras nos apoyamos[6]. La lectio divina nace en ambiente judío: ya los rabinos judíos decían que mediante la lectura, la meditación y la oración el ser humano podía asimilar la Torá, es decir, la Palabra, la presencia de Dios en la creación. Éste método de lectura judío, que contiene los elementos esenciales de la lectio divina, fue heredado por el cristianismo tal como se puede apreciar en algunos textos del Nuevo Testamento. Dice el autor a la carta a los Romanos: “En efecto, todo lo que fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo, que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rom 15,4; cf. 2 Tim 3, 14-17). Ahora bien, fueron los padres de la Iglesia, a empezar por Orígenes de Alejandría (ca. 185- ca. 253) por algunos considerado como el padre de la lectio divina, quienes utilizaron ampliamente la lectio divina, sentando sus bases y estimulando a los fieles a que lo practicaran. Dan prueba de ello sus numerosos escritos, de entre los que destacamos algunos fragmentos[7].

Jerónimo (ca. 347-420) escribe a la virgen Eustaquia, dándole consejos para alcanzar la perfección espiritual:

Aplícate con mucha frecuencia a la lectio… Que te sorprenda el sueño con el códice en la mano y caiga tu rostro sobre la sancta página[8].

Y a la virgen Demetríada le recomienda:

Llena tu alma del amor a la lectio divina[9]

Ambrosio de Milán (ca. 340-397), refiriéndose al episodio de las tentaciones en el desierto, concretamente a la primera respuesta de Jesús al diablo “Esta escrito: no sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra de Dios”, comenta:

“Ves qué clase de armas empela (Cristo) para defender al hombre contra los asaltos del espíritu perverso, fortificándole y guarneciéndole contra las tentaciones de la gula. No usa, como Dios, de su poder -¿para qué le aprovecharía?-, mas, como hombre, se busca una ayuda común, para que, ocupado en alimentarse de la lectura divina hasta olvidar el hambre corporal, adquiera el alimento de la palabra celestial”[10]

Agustín, en una carta a Antonino, esposo y padre de familia, le aconseja que su esposa:

“continúe su camino espiritual con el alimento de la lectio divina y que su hijo crezca según los saludables preceptos del Señor”[11]

Ahora bien, la lectura y la escucha de la Palabra de Dios adquirió una gran importancia sobre todo entre los monjes. Si nos remontamos al inicio del monacato los “Dichos” de los Padres del desierto (s. IV-V) muestran el papel central que la lectio divina asumió en el desierto. Antonio, aun hermano que le preguntaba qué es lo que debía hacer para obtener el favor de Dios, le contestó:

“Allí a donde vayas, ten siempre presente a Dios ante tus ojos y cualquier cosa que hagas, apóyate siempre en el testimonio de las Sagradas Escrituras”[12]

Casiano (360-435) merece una atención especial por haber sido el depositario de la tradición de los padres orientales y de haberla comunicado a occidente. Sus reflexiones sobre la lectio divina van dirigidas especialmente a los monjes con el objetivo de mejorar continuamente la vida monástica. He aquí un fragmento significativo:

“El monje se entrega asiduamente a la lectio… Es éste el camino más corto para encontrar a Dios. La meditatio de un solo versículo de la Biblia permite cruzar todas las fronteras de lo visible. En muy breves palabras se encierran todos los sentimientos que puede generar la oración… Debes dedicarte con todo empeño a la sacra lectio hasta que la meditatio asidua haya impregnado tu mente y te haya formado, por decirlo así, a su imagen. Te hará como una arca de la alianza (cf. Hb 9, 4-5), que encierra en sí las dos tablas de piedra, es decir, la firmeza de uno y otro testamento. Te hará además como urna de oro, símbolo de una memoria pura y sin mancha, que conserva para siempre el tesoro escondido del maná, es decir, la eterna y celestial dulzura de los significados espirituales y del pan de los ángeles…Para eso debemos aprender cuidadosamente de memoria los libros de las Escrituras y repetirlos de memoria”[13]

Podríamos seguir con citas de Juan Crisóstomo († 407), Cesáreo de Arlés (ca.470572), Benito de Nursia (ca. 480 – ca.555), Gregorio Magno (ca. 540-604), Isidoro de Sevilla (ca. 560-636), autor de la famosa sentencia: “Cuando rezamos, hablamos con Dios; cuando leemos, Dios habla con nosotros”[14]. Algunos siglos más tarde, se ocupan intensamente de la lectio divina los monjes Hugo de San Víctor (ca.1095-1141), Guillermo de Saint-Thiérry († 1148), Bernardo de Claravall (1091-1153), Aelredo de Rielvaux (1110-1167), Isaac de la Estrella (ca. 1100-1169) y Guigo II el Cartujo († 1188), de quien hablaremos más adelante a propósito de los cuatro grados de la lectio.

Después de la Edad Media, el método de la lectio divina vivirá un período de oscuridad quedando relegado prácticamente a las comunidades monásticas. La lectura orante de la Palabra será sustituida por otras prácticas de carácter más intelectual o devocional, introspectivo y psicológico. El “exilio” de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y de los creyentes, iniciado hacia finales del siglo XII y comienzos del XIII (en la época de Inocencio III) duró muchos siglos, prácticamente hasta adentrado ya el siglo XX. Sin olvidar la importancia de la encíclica Providentissimus Deus (1893) de León XIII y la Divino Afflante Spiritu (1943) de Pío XII, la “carta magna” de la renovación bíblica, la liberación de la Palabra la llevó a cabo el concilio Vaticano II (1963-1965)[15] poniendo fin al “exilio de la Sagrada Escritura” e inaugurando una época gloriosa, una verdadera “epifanía” de la Palabra de Dios[16] que, a pesar de muchas circunstancias adversas, afortunadamente todavía perdura en nuestros días.

 La expresión “lectio divina” y su definición

Como introducción a este apartado, quisiera detenerme en la expresión latina “lectio divina”, o más libremente “lectura espiritual”. Dicha expresión es traducción del griego que equivale a decir “lectura que tiene por objeto la Sagrada Escritura”. Por eso se la considera “divina”. El primer testimonio escrito de la expresión theia anagnosis se encuentra en una carta de Orígenes dirigida a su discípulo Gregorio, el gran teólogo alejandrino:

“Tú, pues, señor e hijo mío, atiende principalmente a la lectio de las Escrituras divinas (1Tim 4,13); pero atiende. Pues de mucha atención tenemos necesidad quienes leemos lo divino, a fin de no decir no pensar nada temerariamente acerca de ello. Y a par que atiendes a la lectio de las cosas divinas con intención fiel y agradable a Dios, llama y golpea a lo escondido de ellas, y te abrirá aquel portero de quien dijo Jesús: “A éste le abre el guardián” (Jn 10,3). Y a para que atiendes a la lectio divina, busca con fe inconmovible en Dios el sentido de las letras divinas, escondido a muchos. Pero no te contentes con golpear y buscar, pues necesaria es de todo punto la oración pidiendo la inteligencia de lo divino. Exhortándonos a ella el Salvador, no sólo dijo: Llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis, sino también: Pedid y se os dará (Mt 7,7; Lc 11,9)”[17]

Aunque en esta epístola Orígenes no pretendía establecer la metodología de la lectio divina –para ello habrá que espera todavía algunos siglos-, lo cierto es que de manera informal indicó sus rasgos fundamentales: dedicación a la Biblia, estudio del texto, intimidad con Cristo y actitud orante.

A estos rasgos cabría añadir el carácter sacramental, pues “la lectura privada de la Escritura ha de considerarse como una preparación o prolongación de la lectura litúrgica, y por esto participa de la eficacia sacramental que la Palabra de Dios tiene cuando se lee solemnemente en una celebración sagrada”. Así se expresa Hilari Raguer, monje benedictino del Monasterio de Monserrat, quien continúa su reflexión diciendo: “Independientemente de los pensamientos y afectos que te hayan podido venir durante la lectio, aunque el fragmento leído sea árido y no te haya suscitado ningún sentimiento o afecto fervoroso, tienes la certeza de que en aquellos momentos Dios te hablaba y estabas en contacto con él. Esto no lo da ninguna otra lectura”[18]

Por lo que me consta, en nuestra lengua se suele usar la expresión lectio divina. Sin embargo, de un tiempo a esta parte se prefiere hablar de lectura orante o creyente, de lectura rezada o meditada, quizás para evitar las connotaciones de carácter intelectual o académico que el término lectio lleva consigo. Por supuesto, nada tiene que ver la lectio divina con las lecciones o clases que se imparten en las escuelas, institutos o universidades. Su ámbito no se sitúa en la academia sino a nivel de fe. La lectio divina tampoco es, como algunos creen, una simple reflexión o comentario en torno a la Palabra, un decir algo sobre el texto que hemos escogido para la lectura[19]. Los que en ella participan no aspiran a grado o títulos ni tampoco a incrementar sus conocimientos bíblicos. Lo que desean es obtener una mayor familiaridad con la Palabra, un diálogo vivo con Dios, un profundo conocimiento de Cristo y su Evangelio… en definitiva quieren profundizar, crecer y comprometerse en la fe a nivel personal y comunitario.

La Pontificia Comisión Bíblica en su documento La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993) ofrece una definición de la lectio divina, recogida en el núm. 38 del Instrumentum laboris del Sínodo de la Palabra: “La Lectio Divina es una lectura individual o comunitaria de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogida como Palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción del Espíritu, en meditación, oración y contemplación”. Esta práctica de lectura tiene por objetivo:”suscitar y alimentar«un amor efectivo y constante» a la Sagrada Escritura, fuente de vida interior y fecundidad apostólica, favorecer también una mejor comprensión de la Liturgia y asegurar a la Biblia un lugar más importante en los estudios teológicos y en la oración” (IV, C.2)

Se trata, sin lugar a dudas, de una definición muy completa y matizada de la lectio divina. Con todo, en esta ocasión me inclino por una definición más breve, más sencilla y más pedagógica, aunque no por eso menos acertada. Me refiero a aquella propuesta por el cardenal Carlo M. Martini en una de sus numerosas publicaciones sobre le tema: “La lectio divina es el ejercicio ordenado de la escucha personal de la Palabra”[20]. Propongo, a continuación, un breve análisis de los cinco términos esenciales de la definición: ejercicio, ordenado, escucha, personal y Palabra.

a) Ejercicio tiene que ver con actividad y la actividad es necesaria para el desarrollo armónico de la persona. Así como el ejercicio físico es saludable para el cuerpo y el ejercicio intelectual es beneficioso para la mente, la actividad espiritual lo es para el alma. La lectio divina es una de esas actividades que alimentan la vida espiritual de la persona que a ella se entrega. Practicarla supone una decisión personal, una iniciativa voluntaria que expresa interés por la Palabra de Dios y deseo de acercarse a ella. En otras palabras, la lectio divina es ponerse en camino para avanzar en la vía de la oración y la contemplación, dejándose guiar por el Espíritu y sus inspiraciones.

b) El ejercicio de la lectio es ordenado, es decir, sigue un orden determinado que responde a una dinámica interna que dirige su funcionamiento. Para acercarse a la Palabra de Dios es necesario saber qué es lo que se busca, qué es lo que se desea encontrar, qué camino hay que tomar para alcanzar el objetivo que uno se ha propuesto. No es posible adentrarse en el bosque de la Palabra de cualquier manera, sin preparación de prisa y corriendo, sin orden ni concierto, pues se corre el riesgo de extraviarse. Sin ese orden, la lectio podría resultar un ejercicio árido, estéril e incluso poco provechoso.

c) Escuchar a Dios que nos habla a través de su Palabra. En eso consiste el ejercicio ordenado de la lectio. Escuchar no es sinónimo de oír. Se pueden oír muchas cosas sin prestar atención a ninguna, es decir sin escucharlas. Escuchar supone una implicación voluntaria de parte del sujeto,  un salir de sí mismo para abrirse  a la realidad del otro una disposición a acogerlo y a entablar un diálogo amistoso. La persona que sabe escuchar posee la sabiduría del corazón. Es alguien que sabe retirarse ante el otro, dejarle espacio, ofrecerle el primer puesto. La escucha de la Palabra de Dios no puede estar supeditada a nuestros intereses u objetivos. No se trata de buscar con afán algo novedoso, sorprendente o algo que contar a los demás. Al contrario hay que acallar nuestro ruido interior y pacificar nuestro corazón para escuchar a Dios. Debemos dejar que Dios nos hable en el silencio, sin avasallarle con nuestros problemas, preocupaciones y ruegos incesantes. Avanzar en la vida espiritual significa avanzar en la escucha de Dios y los demás. Según el prior de Bose, “la escucha es la actitud contemplativa, anti-idolátrica por excelencia. Gracias a ella el cristiano intenta vivir siendo consciente de la presencia de Dios, del Otro que fundamenta el misterio irreductible de toda alteridad. El cristiano vive de la escucha”[21].

d) La lectio divina es un ejercicio de escucha personal que puede realizarse a solas y e el ámbito de la comunidad. No me refiero exclusivamente a las comunidades religiosas sino también a aquellas parroquiales y a los diversos grupos eclesiales. No se trata de escuchar una homilía, una predicación o una palabra leída en la iglesia, ni tampoco de escuchar una clase o una conferencia sobre la Sagrada Escritura. La lectio divina es una escucha personal, nunca individualista, de la Palabra de Dios que se practica en la comunión eclesial. Decían los antiguos: Ecclesia tenet et legit librum Scripturarum (Es la Iglesia la que posee y lee el libro de las Escrituras). Hay una fórmula de San Bernardo que expresa muy bien la relación entre comunidad y lectio divina: Liber est speculum. Con ella Bernardo define la comunidad como espejo de la Biblia y el Libro como espejo de la comunidad. En palabras de Enzo Bianchi: “La comunidad es inseparable de la Escritura, porque el Libro sin la comunidad no es nada y la comunidad no puede subsistir sin el Libro porque en él encuentra su identidad”[22].

e) El ejercicio consiste en escuchar la Palabra con mayúscula, la Palabra de Dios. Dice el Card. Martini que en la lectio divina “es Dios quien habla, es Cristo quien habla, es el Espíritu el que habla”. A este propósito quisiera retomar una cuestión ampliamente discutida en el Sínodo de la Palabra y recogida en la Verbum Domini 7 bajo el título “Analogía de la Palabra de Dios”. Se trata del uso analógico que hacemos de la expresión “Palabra de Dios” y de sus distintos significados. Con mucho acierto se habló en el Sínodo de una sinfonía de la Palabra, de “un canto a varias voces”[23]. Si, por una parte, “Palabra de Dios” se refiere a la comunicación que Dios hace de sí mismo, por otra, asume otros significados diversos y relacionados entre ellos. Por encima de todo, la Palabra de Dios es la persona de Jesucristo, “la Palabra/el Verbo (el Logos) hecho carne”, tal como afirma el prólogo del cuarto evangelio (Jn 1,14). Ahora bien, la Palabra de Dios se expresa además por medio de la creación, de la historia de la salvación y de la tradición viva de la Iglesia. En fin, la Palabra de Dios es la Sagrada Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento. Aunque es verdad que la Escritura contiene la Palabra de Dios, ésta trasciende la Escritura. Por este motivo, el cristianismo no puede definirse como la religión del Libro sino como la religión de una persona, de Jesucristo, de la Palabra de Dios encarnada.

Descripción de la lectio divina

El esquema clásico de la lectio divina en cuatro pasos (lectio, meditatio, oratio y contemplatio) fue, podríamos decir, sistematizado por Guigo II el Cartujo († 1188), también llamado el Angélico. Tenemos escasas noticias de su vida. Fue el noveno prior de la Gran Cartuja de Grenoble desde el 1174 hasta el 1180 y autor de la Scala claustralium (“Escalera de los monjes”) o Scala paradisi (“Escalera del paraíso”), unas Meditaciones en forma de lectio divina y otra obra que contiene un comentario sobre el Magnificat. Guigo pasó a la posteridad gracias a la primera obra citada que alcanzó una gran difusión entre los monjes y los laicos, siendo atribuida (los cartujos no firmaban sus escritos) a san Agustín, a san Bernardo y a san Buenaventura.

La “Escalera de los monjes”, redactada en 1150, es una carta de estilo espontáneo y familiar que Guigo escribe a Gervasio, un compañero cartujo, sobre la vida contemplativa. Utilizando la imagen de la escalera, describe un camino espiritual que conduce al monje hasta Dios: “Es la escalera de los monjes que los hace subir desde la tierra hasta el cielo”. La escalera tiene cuatro peldaños que no son sino los cuatro pasos, grados o momentos fundamentales de la lectio divina: lectio, meditatio, oratio y contemplatio. De este modo, la lectio se convierte en un recorrido, en apariencia ascendente, cuyo único objetivo es el encuentro con Dios: “La lectura investiga la dulzura de la vida bienaventurada, la meditación la encuentra, la oración la pide y la contemplación la saborea”. Es de notar la comparación que Guigo establece entre estos cuatro peldaños y la acción de comer: “La lectura sirve a la boca un manjar sólido, la meditación lo mastica y lo tritura, le oración le saca el sabor y la contemplación es la dulzura misma que alegra y conforta”.

El primer peldaño, es decir, la base de la escalera, es la lectura propiamente dicha. Se trata de leer el texto bíblico de forma pausada, atenta y repetida, y de comprenderlo en su sentido literal e histórico. Es el nivel más superficial, más exterior, pero indispensable para pasar a los niveles sucesivos.

De la lectura se pasa a la meditación entendida como una reflexión sobre los valores profundos contenidos en el texto y sobre cada uno de sus detalles. Una vez que se ha captado el sentido profundo del pasaje, se intenta aplicarlo a la propia vida. Aunque Guigo no la menciona, la actitud de María de Nazaret es la que mejor ilustra este segundo peldaño de la escalera. Ella es icono de la escucha, modelo de recepción y acogida de la Palabra. Sin nunca separar la inteligencia del corazón, escuchaba y meditaba la Palabra a través de un proceso interior de maduración. No sólo la recibía y acogía como un don sino que la valoraba, le daba su consentimiento y la ponía en práctica, no sin antes confrontarla dentro de sí (cf. Lc 2,19.51). El verbo “confrontar” viene del griego symballein (formado de syn, “con” y ballein, “hechar”). Podemos imaginarnos el corazón de María como un horno en el que se echan palabras, experiencias, eventos…Allí se funden y clarifican, se liman e iluminan recíprocamente. En el corazón de María, todas las palabras escuchadas, las experiencias sufridas, los acontecimientos vividos se confrontaban unos con otros hasta hacerse transparentes y luminosos[24].

Sigue, luego, el peldaño de la oración. Es un momento de elevación y deseo, de fervor y dolor, en el que el creyente experimenta la amargura y la tristeza de la propia debilidad e imperfección frente a la verdad perfecta de Dios. Con toda humildad el orante invoca al Señor a quién reconoce como único protagonista de su vida. Así entendida la oración consiste en un diálogo con Dios, tejido de silencio, escucha, súplicas y alabanzas[25], cuyo principal objetivo es obtener un corazón puro.

Este diálogo realizado en la oración predispone al creyente para la contemplación, el escalón más elevado y momento final de la lectio, que a su vez es el más difícil de explicar porque se sitúa en un nivel completamente espiritual que escapa a la razón. Es la fase del abandono total en Dios. El orante entra en una dimensión de apertura y acogida de los dones del Espíritu que le permite entrar en íntima comunión con Dios.

Aunque Guijo hable de peldaños, escalones o grados, no hay que pensar en la lectio como un esquema fijo e inflexible que requiere haber superado el primer peldaño antes de acceder al segundo y así sucesivamente: “En la lectio, la sucesión o escalonamiento es más lógico que cronológico”. En la práctica los cuatro peldaños están interrelacionados y se reclaman uno a otro, pues, aun cuando una persona haya alcanzado el grado de la contemplación, siempre tendrá que estar leyendo la Escritura. Asimismo, el principiante que se inicia en la lectura de los textos bíblicos desde el primer momento deberá adoptar una actitud contemplativa mientras lee. Ya lo decía el mismo Guigo: “La lectura sin la meditación es árida, la meditación sin la lectura es errónea, la oración sin la meditación es tibia, y la meditación sin la oración es infructuosa; la oración con la devoción sirve para alcanzar la contemplación, la obtención de la contemplación sin la oración resulta rara o milagrosa”.

La práctica de la lectio divina

La lectio divina es un tema actual, pero no es una moda del momento. Como hemos visto anteriormente, sus raíces se hunden en los primeros siglos del cristianismo, más exactamente en la época patrística y el monacato primitivo. En la actualidad, como bien señalaba el Instrumentum Laboris, se advierte la necesidad de adecuar la forma clásica de la lectio divina a las diversas situaciones, teniendo en cuenta las posibilidades reales de los fieles. En el año 2005, en sus palabras dirigidas a los participantes en el congreso internacional La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia, organizado por la FEBIC (Federación Bíblica Católica) con motivo del 40 aniversario de la Dei Verbum, Benedicto XVI ya veía la necesidad de impulsar la práctica de la lectio divina “mediante la utilización de métodos nuevos, adecuados a nuestro tiempo y ponderados atentamente”[26].

Muchos son efectivamente los métodos que hoy día se utilizan en distintas partes del mundo. Algunos de ellos, como el antes citado método Lumko o de los “siete pasos” (Sudáfrica) o los “círculos bíblicos” del carmelita Carlos Mesters[27] (Brasil) se han hecho mundialmente famosos. Otros tienen una difusión más bien local y son conocidos en sus respectivos países. Me limito a dos ejemplos muy significativos en ámbito italiano, la lectio divina de la comunidad ecuménica del monasterio de Bose en la región de Biella (Piamonte), entre Milán y Turín, fundada por Enzo Bianchi[28] en 1965 y la que se realiza desde el año 1995 en la parroquia de Santa María en Traspontina de Roma dirigida por el carmelita Bruno Secondin[29].

Sería interesante hacer una presentación de los métodos mencionados, pero siendo ésta una empresa que evidentemente sobrepasa nuestras posibilidades, me limito a ofrecerles mi versión personal por medio de un esquema. En un primer momento fue pensado para las comunidades religiosas, sin embargo también puede ser utilizado por grupos juveniles, vocacionales, de oración o parroquiales. Se trata de un esquema flexible que puede adaptarse a las necesidades e inquietudes de los participantes y a las circunstancias de tiempo y lugar. Yo misma lo he ido retocando a partir de la experiencia.

ESTRUCTURA DE LA LECTIO DIVINA

1. INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

 2. LECTIO

– lectura pausada por un lector/a

– lectura personal del texto (15 minutos)

3. MEDITATIO

– explicación del texto por parte de la persona que guía la Lectio (10 min.)

– silencio para favorecer la meditación (10 min.)

– compartir comunitariamente algún punto del texto (10 min.)

4. ORATIO

– oraciones espontáneas a partir del texto (10 min.)

5. CONTEMPLATIO

– a nivel personal (5 min.)

6. CANTO FINAL

Añado algunas observaciones al esquema: a) La frecuencia de la lectio varía según las posibilidades de los grupos y comunidades: cada día, una vez por semana, una vez al mes. b) Se puede hacer la lectio sobre un determinado libro de la Biblia de forma continuada o también sobre el evangelio del domingo. En este caso, es conveniente hacer la lectio el sábado por la tarde o el domingo por la mañana antes de la celebración. c) Es bueno que a turno todos los participantes se involucren en la preparación de la lectio. d) Se puede terminar la lectio con el rezo de Vísperas o hacerla a continuación de los Laudes.

Conclusión

Quisiera concluir con unas palabras de H. Raguer, gran conocedor de la lectio divina: “Una lectura orante significa que mientras se lee (mental o vocalmente, a solas o en grupo) la mente considera atentamente las palabras del texto, pero al mismo tiempo la imaginación y los afectos vuelan, para tomar conciencia de aquello que Dios nos dice concretamente ahora y aquí a través de aquellas palabras, y se establece un coloquio en el cual respondemos con corazón agradecido a aquello que Dios nos dice, promete o advierte, y entonces, interpelados por la Palabra, nos convertimos a la voluntad divina: ‘Si hoy escucháis mi voz, no endurezcáis vuestros corazones’ (Salmo 95). El texto sagrado es río de agua viva por cuyo curso Dios llega al corazón del hombre convirtiéndose en trampolín desde el que el orante salta una y otra vez hacia Dios. Las palabras divinas, que son iguales para todos los que las escuchan en una misma asamblea o las leen en lugares muy distantes, suscitan en cada persona unas resonancias personalísimas y por tanto variadas, como si cada uno bordase el texto sagrado con sus intuiciones personales y lo enriqueciera con sus sentimientos más profundos. No es que esta sobrecarga personal sea más importante que la Palabra de Dios, pero sin ella la Palabra resbala y la oración enmudece”[30].


[1] Para una presentación general de las temáticas tratadas en el Sínodo, cf N. CALDUCH-BENAGES, «El Sínodo sobre la Palabra de Dios: balance y perspectivas», Teología espiritual, vol. 53 núm. 158 (2009) 147-158 o también Isidorianum 35 (2009) 317-338; S. PIÉ-NINOT, «Nota sobre el Sínodo sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia», Gregorianum 90 (2009) 857-863 y «Visión general del Sínodo de la Palabra», Seminarios (2011) de próxima aparición.

[2] El método Lumko lo desarrollaron dos sacerdotes “Fidei Donum”, Fritz Lobinger y Oswald Hirmer, ahora obispo emérito de Umtata (Sudáfrica), cuya intervención en el Sínodo consistió en una presentación detallada de dicho método. Cf Lumko Bible sharing method en la página web de la Federación Bíblica Católica (http://www.c-b-f.org).

[3] Por orden de intervención, Mons. Orlando Romero Cabrera (Uruguay), Mons. Peter Liu Cheng Chung (Taiwán), Mons. Oswald Georg Hirmer (Sudáfrica), Mons. Pierre-Marie Carré (Francia). Mons. Francis Eugene George (USA), Mons. Florentin Crihalmeanu (Rumania), Mons. Card. Cláudio Hummes (Ciudad del Vaticano), Mons.Héctor Miguel Cabrejos Vidarte (Perú), Mons Antoni Dziemianko (Bielorrusia), Mons. Francesco Coccopalmerio (Ciudad del vaticano), Mons. Víctor Hugo Palma Paul (Guatemala), Mons. Joseph Mukasa Zuza (Malawi), y Mons. Jabulani Nxumalu (Sudáfrica), Cf. Los resúmenes de dichas exposiciones en el Boletín de la oficina de prensa de la Santa Sede, edición española, del 5 al 26 de octubre 2008 en la página web de la Santa Sede.

[4] Citamos solamente el final del primer párrafo del núm. 25: “…Recuerden (los fieles) que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues «a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras»…”.

[5] El tema del carácter sacramental de la Palabra fue abordad en el Sínodo por el card. Peter Kodwo Appiah Turkson, actual Presidente del Pontificio Consejo para la Justicia y Paz.

[6] Cf. D GORCE, La lectio divina des origins du cénobitisme à saint Benoit et Cassiodore, 1: Saint Jérôme et la lecture sacrée dans le milieu ascétique romain, Wépion-sur-Meurse – Paris, 1925; G. ZEVINI «Il senso spirituale della Scrittura nella tradizione patristico-medievale», Parola di vita 4 (1977) 61-68; B. DE MERGERIE, Introduction à la’histoire de l’exégèse, I-II-III, Paris 1980-1993.

[7] Para una buena selección de textos, F. CONTRERAS MOLINA, Leer la Biblia como Palabra de Dios. Clave teológico-pastorales de la lectio divina en la Iglesia, Estella (Navarra), 2007, reimpr. 2009, 59.

[8] JERÓNIMO, Carta 22,17.

[9] JERÓNIMO, Carta 130,7.

[10] AMBROSIO, Tratado sobre el evangelio de san Lucas, IV, 20.

[11] AGUSTÏN, Carta 20,3

[12] ATANASIO, Apotegmas, 3

[13] CASIANO, Colaciones, I, 10; X,2; VIV, 19.

[14] ISIDORO DE SEVILLA, Sententiarum libri tre, 3,8,2.

[15] La Dei Verbum repropone el método de la lectio divina como forma privilegiada de interpretar la Escritura: “El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo, pues desconocer la escritura es desconocer a Cristo… Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración, para que se realice el diálogo de Dios con el hombre… “ (DV 25)

[16] Para estas expresiones, cf. E: BIANCHI, Pregare la Parola. Introduzione alla “Lectio Divina”, Milano, 200823, 9.

[17] ORÍGENES, Carta a Gregorio el taumaturgo, 4.

[18] H. RAGUER, “La lectio divina”, en IDEM, Mecanoscrit sobre els monjos de Monserrat. Qui sont – Que fan-  Com viuen, Barcelona, 20093, 75.

[19] M. MASINI, La lectio divina. Teología, espiritualidad, método, Madrid, 2001, 21.

[20] C.M. MARTINI, Al alba te buscaré. La escuela de la oración, Estella (Navarra), 1955,52.

[21] E. BIANCHI, Le parole della spiritualità, Milano, 1999,77.

[22] E. BIANCHI, « La lectio divina oggi, una sfida per la pastorale», conferencia pronunciada en ocasión del 30 aniversario de la fundación de la Federación Bíblica Católica (FEBIC), en San Anselmo, Roma, mayo 1999. Cf. IDEM «Les enjeux de la ‘lectio divina’ aujourd’hui», La Vie Spirituelle 81 (2001) 408.

[23] Instrumentum laboris 9

[24] Cf. I. GARGANO, Iniziazione alla «Lectio Divina » (Conversazioni bibliche), Bologna, 1992, 55-56. Ver también las tres fases de la meditatio:cosecha, ruminatio y confrontación (pp. 55-62).

[25] Sobre los distintos tipos de oración, cf. I. GARGANO, Iniziazione alla «Lectio Divina» 73-77.

[26] BENEDICTUS XVI, Ad conventum internationalem La Sacra Scrittura nella vita della Chiesa (16.9.2005): AAS 97 (2005) 957.

[27] C. MESTERS, Hacer arder el corazón. Introducción a la lectura orante de la Palabra, Estella (Navarra), 2006.

[28] E. BIANCHI, Pregare la Parola. Introduzione alla “Lectio Divina”; IDEM, La lectura spirituale della Bibbia, Casale Monferrato (AL), 1998; IDEM ET AL., La lectio divina nella vita religiosa, Magnano, 1994.

[29] B. SECONDIN, La lettura orante della Parola. «Lectio divina» in comunità e in parrocchia, Padova, 2001.

[30] H. RAGUER, «La lectio divina», 76-77.

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