Archive for October, 2010

El Poverello de Asís y la Palabra de Dios

fray José R C

Párrafos de la Homilía de la Eucaristía celebrada el 4 de octubre de 2010. Solemnidad de san Francisco de Asís, el Poverello. Por el Hno. Mtro. Gral. de los franciscanos fray José Rodríguez Carballo OFM.

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1.“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). ¡Qué hermoso que la Liturgia de la madre Iglesia haya querido inserir la fiesta de san Francisco en este himno de alegría pronunciado por Jesús! Y que ha visto al Poverello de Asís entre los pequeños a los que el Padre le ha revelado los misterios del Reino! ¡Qué hermoso volver escuchar este himno de alegría que prorrumpe del corazón de Cristo y que invade a san Francisco! Francisco ciertamente se constituyó para Jesús en una gran alegría, pues se encuentra entre los pequeños a los que el Padre le ha revelado los secretos ocultos que ni los sabios de este mundo, ni los inteligentes han podido penetrar.

2. Pero preguntémonos: ¿por qué el Padre ha ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las ha revelado a los pequeños? ¿Por qué se las ha revelado al pequeño Francisco, a este Poverello que después de 800 años continuamos siguiendo y admirando con renovado asombro? Él, simplex et idiota (simple e idiota), como él mismo se solía presentar? La respuesta la encontramos si nos ponemos frente a la vida de san Francisco, si miramos cuidadosamente su relación con el Señor y, en particular, su relación con el Señor que le hablaba. ¿Cuál es la relación entre el Poverello de Asís y la Palabra de Dios?

  • Su acercamiento es sobre todo radicalmente RELACIONAL: yo – tú, sine glossa, sin interferencias. El corazón de Francisco se abre completamente al Señor que le habla. Es plenamente conciente de que en la Palabra es Dios mismo quien se nos hace cercano. De ello nace un diálogo profundo, continuo, constructivo. Un diálogo que hace fluir del corazón de Francisco un inmenso asombro, al ver que el Altísimo Dios se inclina ante su criatura: “Quién eres tú, Altísimo Señor Dios, y quien soy yo tu vil gusano?” Es precisamente esta ilimitada admiración que preserva el corazón de Francisco de toda tentación de sentirse sabio e inteligente, y lo mantiene en una profunda humildad y en una íntima alegría;
  • Pero no es sólo relacional su acercamiento a la Palabra, también es COMUNIONAL: Francisco sabe bien que cuando el Señor le habla y él responde, se da una comunión que se va construyendo, sabe bien que la Palabra escuchada y, aún más comida, lo edifica como hombre de Dios. Sabe bien que para la ley del amor, nace la conformación entre el Señor que habla y él que escucha, entre el amante y el amado. Es precisamente esta íntima comunión el gran secreto de Francisco que él, como dejó escrito en la última Admonición (Adm 28), quiere conservar en lo profundo de su persona. Será el sello de los Estigmas el que hará visible a todos esta conformación al amado Crucificado. De esta manera, los signos de la Pasión impresos en la carne de Francisco expresan a un tiempo el máximo fruto de esta comunión de vida y la intención de Dios mismo de querer mostrar visiblemente a todos a su pequeño-grande Francisco.
  • Otro rasgo característico de la relación con la Palabra es el que podremos llamar CONTINGENTE: la Palabra habla AHORA, habla AQUÍ. No en el pasado, no en otras geografías, sino precisamente en este momento, exactamente en este lugar en el que me encuentro. Francisco fue un excelente oyente en este sentido. Él fue muy cuidadoso en poner en práctica la Palabra, en donde se encontrara. En la óptica del amor, Francisco nunca hubiera soportado faltarle el respeto al Señor, haciéndolo esperar, dejando caer aunque fuera tan sólo una sílaba pronunciada por él, o dando interpretaciones que retrasaran la pronta ejecución. Junto con el Salmista, Francisco fue capaz de decir: “yo tengo siempre presente a Yahvé, con él a mi derecha no vacilo” (Sal 15,8).
  • Así es que para Francisco la Palabra no es para acogerse de manera intelectual, para saber sola verba (solamente palabras) – como afirma en la Admonición séptima (Adm 7,3) – sino de manera existencial, reconociéndola como fundamento de la propia existencia. Así es como el pequeño Francisco pudo conocer los misterios divinos, en su humildad, en su pequeñez y simplicidad. Así fue como pudo tener el don de la compresión de la Escritura: “poseía dentro de sí –afirma san Buenaventura (LM XI, 2)- al Maestro de las sagradas letras, por la plenitud de la unción del Espíritu Santo”.

3. “En cuanto a mí, ¡Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). El otro libro estudiado con amor por san Francisco es la Cruz de Cristo, el Hijo de Dios Crucificado. Ya en el tugurio de Rivotorto, cuando los hermanos eran todavía pocos y no tenían libros, Francisco “repasaba día y noche con mirada continua el libro de la Cruz de Cristo” (LM IV, 3). Desde el inicio hasta el final de su vida, desde el encuentro con el Crucifijo de San Damián a la impresión de los Estigmas en el Alverna, el Crucificado está delante de los ojos de Francisco como el Amor de Dios que se ha dejado clavar en la cruz por nuestra salvación. Y es este amor que Francisco quiere acoger, conformándose a él, haciéndose semejante. ¡La acogida del Crucificado ha sido tal que se convierte en con- crucificado! Una vez más, la cruz fue para Francisco, la clave para comprender las Escrituras, para entender plenamente la Palabra de Dios. Fue precisamente esta clave, la Pasión de Dios por sus criaturas, quien hizo al pequeño Francisco un gran sabio, una verdadera “exégesis de la palabra de Dios”.

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Lectio Divina

Monja trapense

LECTIO DIVINA

La lectio divina forma parte de los ejercicios espirituales de la vida cisterciense a la misma altura de la liturgia. La lectio divina o “lectura espiritual” es un medio privilegiado para entrar en contacto con el Misterio de Cristo. Tradicionalmente, la Sagrada Escritura es la materia principal de la lectio, de ahí su apelativo divina. La lectio divina es una inmersión de la persona en la Palabra de Dios que contiene el Misterio. Gracias a esta inmersión, se puede realizar una interpenetración de sustancias: el Misterio contenido en la Palabra penetrando el corazón y el corazón, órgano de la Palabra, penetrando el Misterio. Inmersión e interpenetración, tal es la lectio divina.

La lectio divina va más allá de una simple lectura de la Palabra de Dios. Ella supone la lectura, la meditación y la oración (lectio, meditatio, oratio). Pasamos naturalmente de una fase o de un aspecto a otro, sin esfuerzo ni ruptura, bajo la influencia del Espíritu. Si es así, es que el Espíritu presente en nosotros se une a la Palabra de Dios, que está llena del Espíritu Santo, de suerte que la lectio obra como un catalizador y estimula en nosotros la vida de la gracia, Si somos verdaderamente receptivos, la lectio nos unirá al Misterio presente en la Palabra. El fruto de este contacto con el Misterio es la conciencia espiritual, una conciencia enraizada en el ser. La lectio a medida que despierta, desarrolla y profundiza nuestro ser espiritual por la inmersión en la Palabra, nos da una conciencia cada vez más profunda del Misterio de Cristo. La conciencia espiritual emana del ser espiritual y el ser espiritual es transformado por la conciencia espiritual. Todo esto se logra por la gracia de la Palabra de Dios, llena del Espíritu Santo. Si se considera la vida monástica como una transformación de la conciencia, una transformación del ser, el lugar de la lectio divina llega a ser muy importante.

Veamos ahora algunos aspectos concretos de la lectio divina. Se pueden distinguir seis maneras de hacer la lectio. Sin duda, hay otras, pero éstas nos darán una idea general de su práctica:

En la primera, la Palabra expresa el estado de nuestras almas. Es directa. Dice exactamente lo que queremos decir: “De lo profundo, clamo a Tí…” o “Te exalto Señor, tú que me liberas”, etc. En la segunda, la Palabra sugiere y nosotros le respondemos personalmente, de manera afectiva o intelectual. Puede ser una súplica, una meditación, una decisión. En la tercera, la Palabra llena. Es el fruto del estudio. Leemos un texto del cual conocemos la significación desde su contexto y ella nos da con qué alimentar nuestro pensamiento para una más amplia reflexión. En la cuarta, la Palabra hace germinar gracias a la espera. Leemos y releemos un texto, en una espera atenta, en busca de la luz. En la quinta, la Palabra nos vacía [purifica] y nos lleva hacia dentro del Misterio. Es como entrar en el Misterio a través de la Palabra al mismo tiempo que se sale de sí, progresivamente, continuamente. En la sexta manera, se podría decir que la palabra busca. Busca el lugar del corazón para una rumiación simple y apacible, que no descarta resultados concientes.

Estas seis maneras de leer pueden ser superficiales o contemplativas – esto depende de la profundidad de la persona, ahondada por la gracia de Dios.

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Abadía Nuestra Señora de la Asunción. Monjas trapenses de Rogersville.

Diócesis de Moncton. Canadá.

http://trappistine.org/francais/lectio.html

Domingo de Guzmán-Modos de orar

Sto Domingo de Guzmán

Los modos de orar de Santo Domingo (1170-1221), de autor desconocido (c. 1260-1288) sirven para conocer mejor su espíritu y su asiduo contacto con la Escritura. El manuscrito que los contiene con maravillosas ilustraciones en color se conserva en la Biblioteca Vaticana (Codex Rossianus, 3).

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Los nueve modos de orar de Santo Domingo de Guzmán

Prólogo

De la excelencia y clases de oración, su necesidad, progreso, forma, preparación, e impedimentos trataron ampliamente los santos doctores Agustín, León, Ambrosio, Gregorio, Hilario, Isidoro, Juan Crisóstomo, Juan Damasceno, Bernardo y otros devotos doctores, griegos y latinos. También se ocuparon de ella en sus libros de forma excelente y rigurosa, con devoción y elegancia, el glorioso y venerable doctor fray Tomás de Aquino y Alberto, de la Orden de Predicadores, y Guillermo en el tratado de las virtudes.

Con todo, queremos añadir aquí algo sobre la manera de orar, muy frecuentada por el bienaventurado Domingo, según la cual el alma ejercita los miembros del cuerpo para dirigirse con más intensidad a Dios y, al ponerlo en movimiento, es movida por él hasta entrar unas veces en éxtasis, como Pablo (2Cor 12, 2); otras en agonía, como el Salvador (Lc 22, 43); otras en arrobamiento, como el profeta David (Sal 31, 23). Consta que hubo santos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que oraron así algunas veces.

Tal forma de orar incita a la devoción, alternadamente del alma al cuerpo y del cuerpo al alma. En el caso de santo Domingo, lo llevaba a derramar vehementes lágrimas y encendía el fervor de su buena voluntad de tal modo, que la mente no podía impedir que los miembros del cuerpo delatasen su devoción con señales exteriores. Y, por la misma fuerza de la mente en oración, a veces prorrumpía en peticiones, súplicas y acciones de gracias.

Dejando aparte sus formas muy devotas y habituales mientras celebraba la misa y en la recitación de la salmodia, durante las horas canónicas en el coro o de viaje (donde con frecuencia se le veía arrebatado de repente sobre sí mismo hablando con Dios y con los ángeles), los modos de orar a los que ahora queremos referirnos fueron los siguientes.

Modo I

En el primero se inclinaba ante el altar, como si Cristo, en él representado, estuviera allí real y personalmente, y no sólo de manera simbólica. Según está escrito: La oración del que se humilla traspasará las nubes (Si 35, 21). Algunas veces recordaba a los frailes las palabras de Judit: Siempre te fue grata la súplica de los humildes y de los pacíficos (Jdt 9, 16). Por la humildad obtuvieron lo que pedían la cananea (Mt 15, 21-28) y el hijo pródigo (Lc 15, 18-24). Y también: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8, 8). Humilla más, Señor, mi espíritu, pues ante ti, Señor, me he humillado en todo momento (Sal 108, 107).

Y así el santo padre, puesto en pie, inclinaba con humildad la cabeza y el cuerpo ante Cristo, su cabeza, considerando su condición de siervo y la preeminencia de Cristo, y se entregaba entero a reverenciarlo.

Enseñaba a los frailes que hicieran otro tanto siempre que pasaran ante el crucifijo, de modo que Cristo, que se rebajó por nuestra causa hasta el extremo, nos viera a nosotros inclinados ante su majestad. Y les mandaba además que reverenciaran de esta manera a la Trinidad, cuando se recitara solemne el Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

Este modo, tal como se describe en la figura, con una inclinación profunda, era el comienzo de su devoción.

Modo II

Con frecuencia oraba también el bienaventurado Domingo tendiéndose entero en tierra apoyado sobre la cara.

Se compungía en su corazón y se reprendía a sí mismo repitiendo, a veces tan alto que se le podía oír, el texto evangélico: Dios, sé propicio a mí, pecador (Lc 18, 13). Recordaba con piedad y modestia las palabras de David: Yo soy el que pequé y obré con iniquidad (2 R 24, 17). Y lloraba y gemía con fuerza. Y continuaba: No soy digno de ver el alto cielo por la multitud de mis iniquidades, pues provoqué tu ira y obré mal ante ti (Oración de Manasés 10-12). Y del salmo que dice: Señor, lo hemos oído con nuestros oídos…, repetía con insistencia y devoción: Porque nuestra alma está humillada hasta el polvo, nuestro vientre se ha pegado a la tierra (Sal 44, 26). Y también: Mi alma está pegada al suelo, dame vida según tu palabra (Sal 119, 25).

Cuando quería enseñar a los frailes con qué reverencia debían orar, les decía:

Los piadosos reyes Magos encontraron al entrar en la casa al niño con María, su madre y, postrados, lo adoraron (Mt 2, 11). Nosotros tenemos la seguridad de encontrar al Hombre Dios con María, su esclava. Venid, adorémosle y postrémosnos ante Dios, lloremos ante el Señor que nos hizo (Sal 95, 6).

Y exhortaba a los jóvenes con estos términos:

Si no podéis llorar vuestros pecados, que acaso no tengáis, son muchos los pecadores a los que cabe ordenar hacia la misericordia y la caridad. Por ellos gimieron los profetas y los apóstoles; por ellos lloró amargamente Jesús al verlos (Lc 19, 41), y el santo David lloraba de igual modo diciendo: “Vi a los prevaricadores y me consumía” (Sal 119, 158).

Modo III

Por esta razón, levantándose del suelo, se disciplinaba con una cadena de hierro, como ya se comentó anteriormente, mientras decía: Tu disciplina me corrigió hasta el fin (Sal 18, 36).

De aquí provino que en toda la Orden se estableciera que los frailes se disciplinen con varas de madera sobre la espalda desnuda todos los días de feria después de completas, recordando con veneración el ejemplo de santo Domingo, mientras recitan el Miserere mei Deus… o el De profundis…, por sus propias culpas y por las ajenas de aquellos de cuyas limosnas viven. Y nadie se debe excluir de este santo ejemplo, por muy inocente que se considere.

La figura de este ejemplo es la que sigue.

Modo IV

Después de esto, colocado delante del altar o en el capítulo, fijo el rostro frente al crucifijo, santo Domingo lo miraba con suma atención doblando las rodillas una y otra vez y hasta cien veces, y en ocasiones incluso desde que acababan las completas hasta la media noche. Se levantaba y se arrodillaba, como el apóstol Santiago y el leproso del evangelio, que de rodillas gritaba: Señor, si quieres, puedes limpiarme (Mc 1, 40); y como Esteban, postrado de hinojos en tierra y clamando con voz potente: Señor, no les tengas en cuenta este pecado (Hch 7, 59).

Al santo padre Domingo le invadía entonces una inmensa confianza en la misericordia de Dios, tanto para sí mismo como para todos los pecadores, y también en la protección de los frailes novicios, a los que enviaba de un lugar a otro para que predicasen a las almas.

En ocasiones no podía contener su voz, y los frailes le oían decir: A ti, Señor, estoy clamando, no me guardes silencio, porque si Tú no me escuchas seré como los que bajan a la fosa (Sal 28, 1), y otras expresiones semejantes de la divina Escritura. Pero, otras veces, hablaba en su corazón sin que fuera posible en absoluto percibir su voz (1 Sm 1, 13), y así se quedaba inmóvil de rodillas, con el ánimo absorto, durante bastante tiempo.

Algunas veces, su aspecto en este mismo modo parecía penetrar intelectualmente el cielo, y al instante se le veía inundado de gozo y secándose las lágrimas que le fluían. Se encendía en un inmenso deseo, como el sediento que se acerca a la fuente (Sir 26, 15) o el peregrino que está llegando a su patria. Y, recuperado y animado de nuevo, se movía con suma compostura y agilidad, poniéndose de pie y volviendo a arrodillarse.

Se había hecho tanto a arrodillarse, que incluso cuando andaba de viaje, en las posadas después de las fatigas de la jornada y hasta por los mismos caminos, mientras los demás dormían y descansaban, él tornaba a sus genuflexiones, como si se tratase de una afición personal o de un ministerio propio.

Con este ejemplo enseñaba a los frailes, más por lo que hacía que por lo que decía, de esta manera.

Modo V

Algunas veces, cuando residía en el convento, el santo padre Domingo se colocaba de pie ante el altar, con todo el cuerpo erguido sobre sus pies sin apoyarse o arrimarse a nada y en ocasiones con las manos extendidas ante el pecho como si fuera un libro abierto. Se mantenía así derecho con toda reverencia y devoción, cual si estuviera leyendo delante de Dios. Se le notaba entonces por la boca que musitaba las palabras divinas y como que se las decía dulcemente a sí mismo. Le era muy familiar el proceder del Señor que narra Lucas, cuando Jesús entró en la sinagoga un sábado, según su costumbre, y se levantó para leer (Lc 4, 16). Y en el salmo se dice: Se levantó Finés y oró, y se detuvo la ruina (Sal 106, 30).

En algunas ocasiones, enlazaba las manos y las mantenía apretadas con fuerza ante sus ojos, recogiéndose sobre sí mismo, o las levantaba hasta los hombros, según hace el sacerdote cuando celebra la misa, como si quisiera fijar sus oídos en algo para percibir mejor lo que otro le dice. ¡Tendrías que haber visto su devoción mientras rezaba así, quieto y erguido! Le habrías tomado sin dudar por un profeta que, por momentos, hablaba con un ángel o con Dios, los escuchaba, o reflexionaba en silencio sobre lo que le había sido revelado. Incluso cuando iba de viaje, en cuanto podía se tomaba un tiempo a hurtadillas para rezar y, puesto en pie, al instante se elevaba con toda la mente al cielo. Pronto le podías oír pronunciar con suavidad y ternura algunas palabras extraídas de la medula y enjundia de la Sagrada Escritura, cual si las hubiese sacado de las fuentes del Salvador (Is 12, 3).

Con este ejemplo los frailes quedaban muy conmovidos por el aspecto de su padre y maestro, y los más devotos se veían impulsados a rezar con reverencia y sin interrupción, como los ojos de la esclava en las manos de su señora y como los ojos de los esclavos en las manos de sus señores (Sal 123, 2).

Y aquí se muestra.

Modo VI

Alguna vez se vio orar al santo padre Domingo, según yo mismo escuché con mis oídos de quien lo presenció, con las manos y los brazos abiertos y extendidos con fuerza a semejanza de cruz, cuanto le era posible manteniéndose en pie. De este modo rezó cuando Dios por su oración reanimó al joven Napoleón, en la sacristía de San Sixto de Roma, y se elevó del suelo en la iglesia mientras celebraba la misa, según nos contó la piadosa y santa sor Cecilia, que estaba presente y lo vio con una multitud de gente. Como Elías cuando reanimó al hijo de la viuda (1 R 17, 21), se tendió y se echó sobre el niño. También rezó de igual manera cuando libró junto a Tolosa a unos peregrinos ingleses del peligro de ahogarse en el río, como antes se contó. Así oró también el Señor pendiente de la cruz (Lc 23, 46) con las manos y los brazos extendidos, y su clamor y sus lágrimas fueron escuchadas por su actitud reverente (Hb 5, 7).

Esta forma no era frecuente en el santo varón de Dios Domingo, salvo cuando inspirado por Dios comprendía que algo grandioso y sorprendente iba a ocurrir en virtud de la oración. No prohibía a los frailes que rezasen así, pero tampoco lo aconsejaba.

No sabemos lo que dijo cuando reanimó al joven, y rezó de pie con los brazos y las manos extendidas en cruz. Pero, puesto que imitó la forma de orar de Elías, tal vez repitió sus mismas palabras: Señor, Dios mío, devuelve el alma de este niño a sus entrañas (1R 17, 21). Mas los frailes, las hermanas, los señores cardenales y los demás presentes, sorprendidos por un modo de orar desacostumbrado y prodigioso, no prestaron atención a lo que dijo. Y después no se atrevieron a preguntar a este respecto al santo y admirado Domingo, porque en esta ocasión todos ellos se sintieron sobrecogidos por el respeto y la reverencia que inspiraba.

No obstante, debió de recitar lentamente y de manera sosegada, solemne y atenta las palabras que en el salterio hacen referencia a este modo de orar: Señor, Dios de mi salvación, de día te llamo y de noche grito ante ti, hasta el verso: A Ti, Señor, clamé todo el día, extiendo mis manos hacia Ti (Sal 88, 2, 10). Y así hasta el final. Y también: Señor, escucha mi oración, presta oídos a mi súplica, escúchame en tu verdad y en tu justicia, hasta: Extiendo mis manos hacia Ti, mi alma te anhela como tierra sin agua, escúchame en seguida (Sal 143, 1, 6-7). Con esto podrá cualquier orante piadoso entrever la doctrina del padre sobre esta forma de orar, si desea moverse a Dios por la fuerza de la oración de manera singular o, mejor, cuando por una inspiración secreta se sienta movido por Dios de manera inequívoca para alguna gracia peculiar en favor suyo o de los otros, apoyado en la doctrina de David, en el modelo de Elías, en la caridad de Cristo, y en la devoción de Domingo, como se muestra en esta figura.

Modo VII

Con frecuencia se le encontraba orando literalmente flechado al cielo, cual saeta lanzada por un arco tenso en línea recta a lo alto (Is 49, 2), con las manos levantadas con fuerza por encima de la cabeza, enlazadas o un poco abiertas como para recibir algo de arriba.

Se cree que entonces se le incrementaba la gracia. Y que, en medio de su arrobamiento, suplicaba a Dios por la Orden que estaba fundando, para sí y para los frailes, los dones del Espíritu Santo y los sabrosos frutos de practicar las bienaventuranzas (Mt 5, 3-10). De manera que cada uno se sintiese dichoso en la absoluta pobreza, en la amargura del llanto, en la dureza de la persecución, en el hambre y sed agudas de justicia, en el ansia de misericordia; y todos se mantuvieran devotos y alegres en guardar los preceptos y en el cumplimiento de los consejos evangélicos.

El santo padre parecía entonces entrar raptado en el santo de los santos y en el tercer cielo (2 Cor 12,2), de tal modo que, después de esta oración, su forma de corregir, gobernar o predicar era la de un profeta, como se narra en el relato de los milagros.

El santo padre no se quedaba mucho tiempo en este modo de orar, sino que volvía en sí mismo, y parecía como venir de lejos o un peregrino en este mundo, lo que fácilmente se podía ponderar por su aspecto y por sus costumbres. Sin embargo, algunas veces los frailes le oían con claridad rezar diciendo con el profeta: Escucha la voz de mi súplica cuando me dirijo a Ti y extiendo mis manos hacia tu santo templo (Sal 28, 2). Y el santo maestro enseñaba con la palabra y con el ejemplo a los frailes a orar así, recordando el salmo: Y ahora bendecid al señor todos sus siervos, dirigid de noche vuestras manos hacia el lugar santo y bendecid al Señor (Sal 134, 1-2). Y también: A Ti, Señor, clamé; escúchame, atiende a mi voz cuando te llamo; el levantar de mis manos como sacrificio vespertino (Sal 141, 1-2).

Todo lo cual, para que se entienda mejor, se muestra en la figura que sigue.

Modo VIII

El santo padre Domingo tenía además otro modo de orar bello, devoto y armonioso.

Inmediatamente después de las horas canónicas o de la acción de gracias que se da en común tras la comida, el sobrio y delicado padre, llevado del espíritu de devoción que le habían provocado las divinas palabras cantadas en el coro o en la comida, se retiraba a un lugar solitario, en la celda o en otra parte, para leer o rezar, entreteniéndose consigo mismo y estando con Dios.

Se sentaba tranquilo y abría ante él un libro. Hecha la señal protectora de la cruz, comenzaba a leer. Su mente se encendía dulcemente, cual si oyese al Señor que le hablaba, según se lee en el salmo: Oiré lo que el señor Dios habla en mí, pues hablará de paz para su pueblo, para sus santos y para los que se convierten de corazón (Sal 85, 9). Por los gestos de su cabeza, se diría que disputaba mentalmente con un compañero. Pues tan pronto se le veía impaciente como escuchando tranquilo; discutir y debatir, reír y llorar a la vez; fijar la mirada y bajarla, y de nuevo hablar muy quedo y golpearse el pecho.

Si un curioso lograra observarlo sin que él se diera cuenta, el santo padre Domingo le parecería Moisés adentrándose en el desierto, contemplando la zarza ardiente y postrado ante el Señor que le hablaba (Ex 3, 1s.). Pues el varón de Dios tenía esta profética costumbre de pasar sin solución de continuidad de la lectura a la oración, y de la meditación a la contemplación.

Cuando leía solo de esta manera, reverenciaba el libro, se inclinaba hacia él y a veces lo besaba, sobre todo si era un códice evangélico o si leía las palabras que Cristo pronunció de su misma boca. En ocasiones escondía la cara y la volvía a otro lado; se tapaba el rostro con las manos, o lo cubría ligeramente con el escapulario. También entonces se tornaba todo ansioso y lleno de deseo. Y, como si diera gracias a una persona superior por los beneficios recibidos, se incorporaba parcialmente con reverencia e iniciaba una inclinación. Una vez recuperado y tranquilo, volvía de nuevo a la lectura del libro.

Modo IX

Este modo lo practicaba cuando viajaba de una parte a otra, de manera especial si se encontraba en un lugar solitario. Disfrutaba con sus meditaciones en su contemplación, y en ocasiones recordaba a sus socios por el camino:

– “Está escrito en Oseas: la llevaré a un lugar solitario y le hablaré al corazón” (Os 2, 14).

Por ello algunas veces se apartaba del compañero, adelantándose a él o, con más frecuencia, siguiéndolo de lejos. Y guardando la distancia oraba y caminaba, y se encendía en su meditación como el fuego (Sal 39, 4). Tenía de peculiar en tal oración que gesticulaba como si espantase chispas o moscas de la cara, y por esto se protegía con frecuencia con la señal de la cruz.

Los frailes llegaron al convencimiento de que, en este modo de oración, el santo alcanzó la inteligencia plena de la Sagrada Escritura y la entraña de las palabras divinas, una autoridad sorprendente para predicar con ardor, y una familiaridad secreta con el Espíritu Santo para conocer las cosas ocultas.

Intuiciones teresianas

P Silvio Baez ocd

Intuiciones teresianas

para la lectura e interpretación de la Biblia

P. Silvio José Báez, ocd.

Quisiéramos presentar algunas intuiciones de Teresa de Jesús que animaron y orientaron su lectura e interpretación de la Biblia y que pueden también ayudarnos a nosotros hoy para hacer una verdadera lectura orante de la Biblia. Les llamamos intuiciones porque fueron verdaderas normas hermenéuticas descubiertas por SantaTeresa no por vía académica, sino por experiencia vital y mística de la Biblia, leída en comunión con la Iglesia y bajo la acción sorprendente del Espíritu de Dios. Estas intuiciones hermenéuticas representan una auténtica novedad si tenemos en cuenta la época en que vivió Teresa. Coinciden con las normas hermenéuticas que están presentes en la Contitución Dogmática DeiVerbum (1965) y en el Documento La interpretación de laBiblia en la Iglesia de la Pontificia Comisión Bíblica (1993).

La Verdad de Dios está en la Biblia

Santa Teresa descubre místicamente el valor de la Biblia como Palabra de Dios cuando se le revela que la Verdad de Dios, la Verdad que es Dios, está en la Sagrada Escritura. El Concilio nos lo ha recordado: “Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo…. Hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación”. Es esta dimensión de la Biblia la que hace que Teresa de Jesús busque ardientemente la palabra de Dios y quiera “cumplir con todas sus fuerzas la más pequeña parte de laEscritura Divina”. En ella habla Dios su Verdad como luz y como consuelo. Con ella podrá conformarse con los caminos de Dios en todo. “Todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura con clara verdad”. Es para ella verdadero “lenguaje…dicho por el Espíritu Santo”.

Un texto bíblico tiene muchas “significaciones”

Las ciencias modernas del lenguaje y las hermenéuticas filosóficas han puesto claramente de manifiesto la polisemia de los textos escritos. El documento sobre “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” habla del sentido literal y del sentido espiritual de los textos. El sentido literal es el que ha sido expresado directamente por los autores humanos inspirados y el sentido espiritual es el sentido expresado por los textos bíblicos, cuando se los lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de él. Teresa de Jesús intuyó algo de esto cuando comentando el Cantar de los Cantares escribió: “Grandes cosas debe haber y misterios en estas palabras… dicen que los doctores escribieron muchas exposiciones… parecerá demasiada soberbia la mía, siendo esto así quereros declarar algo… lo que pretendo es, que así como yo me regalo en lo que el Señor me da a entender cuando algo de ellos oigo, que decíroslo por ventura os consolorá como a mí”. Y más adelante afirma: “Dirán que soy una necia , que no quiere decir esto, que tiene muchas significaciones… Yo lo confieso, que tiene muchos entendimientos; mas el alma que está abrasada de amor que la desatina, no quiere ninguno, sino decir estas palabras. Sí que no se lo quita el Señor”. Y comentando unos versículos cristológicos del evangelio de Juan escribe: “Dirán que se da otro sentido a estas palabras. Yo no sé esotros sentidos; con éste que siempre siente mi alma ser verdad, me ha ido muy bien”. Hay un sentido“espiritual” del texto que está en relación con la experiencia cristiana. Es el que descubre Teresa “abrasada de amor”. Es el que ella llama “y si no fuere a propósito de lo que quiere decir, tómo yo a mi propósito”. Es el que “siempre siente mi alma ser verdad”, con el que siempre “me ha ido muy bien”. Santa Teresa ha intuido maravillosamente cómo todos los textos del Antiguo y del NuevoTestamento iluminan la experiencia de vida nueva que brota del acontecimiento pascual. Y esto se ve más claramente cuándo los utiliza para explicar las experiencias místicas. Es el auténtico sentido “espiritual” de los textos bíblicos.

Pero el pensamiento teresiano va más allá. Sabe que puede ser tildada de “gente simple” o de “necia” con su interpretación bíblica. Y reconoce que hay un sentido de los textos bíblicos que descubren los letrados, con el que ella confronta su propia interpretación.“Disputar y enseñar” las palabras bíblicas es cuestión de estudiosos. Y ella no desprecia esta lectura. Al contrario la busca ardientemente. Cuando escribe su comentario al Cantar de los Cantares les asegura a sus monjas que “primero lo examinarán los letrados que lo entiendan”. Muchas veces ha buscado a los letrados para que le expliquen textos bíblicos “rogándoles yo que me declaren lo que quiere decir el Espíritu Santo y el verdadero sentido de ellos”. Teresa encuentra el sentido “espiritual” de los textos pero lo quiere fundamentar en “el verdadero sentido de ellos”, el sentido literal. Esta intuición hermenéutica nos ayuda hoy a evitar caer en el fundamentalismo y en interpretaciones dictadas por la imaginación o la especulación intelectual.

No hay que tomar aisladamente sólo una parte de la Escritura

Cuando surgieron las primeras oposiciones y críticas a los viajes de fundaciones que realizaba Santa Teresa algunos utilizaron contra ella el famoso texto paulino de 1Cor 14,34: “que las mujeres guarden silencio en las asambleas; no les está permitido hablar…”. En aquel momento Dios mismo le revela a Teresa una elemental regla de exégesis bíblica con estas palabras: “Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos”. Es toda la Biblia la que expresa el proyecto de Dios. Por el principio de la“unidad de toda la Escritura” no podemos aislar los textos, arrancarlos de su contexto histórico y literario y proclamarlos como verdades aisladas y absolutas.

La Biblia se debe leer “no saliendo de lo que tiene la Iglesia”

Santa Teresa de Jesús lee la Biblia en comunión con la Iglesia. Desea interpretar el Cantar de los Cantares “no saliendo de lo que tiene la Iglesia y los santos”. Con esta convicción va a los textos de la Biblia segura que de esta forma “licencia nos da el Señor” para leer e interpretar la Escritura. Busca por eso a los “grandes letrados”, porque “Dios los tiene para luz de su Iglesia”. Y desea ardientemente “siempre procurar ir conforme a lo que tiene la Iglesia, preguntando a unos y otros…que no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar –aunque viese abiertos los cielos- un punto de lo que tiene la Iglesia”.

Esta intuición teresiana nos recuerda que la Escritura es el libro de la Iglesia. “Las Escrituras dadas a la Iglesia son el tesoro común del cuerpo completo de los creyentes… y todos los miembros de la Iglesia tienen un papel en la interpretación de las Escrituras”. Todos aportamos, cada uno a su modo y según su vocación en la Iglesia, a la comprensión de las Escrituras. Particularmente el Magisterio tiene “la misión de garantizar la auténtica interpretación, y de indicar, cuando sea necesario, que tal o cual interpretación particular es incompatible con el evangelio auténtico”.

La lectura de la Biblia al servicio de la evangelización

Santa Teresa define a los letrados como aquellos a los que Dios tiene “para luz de su Iglesia”. Estos“nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz y, llegados a las verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos”. Teresa reconoce el carisma de los letrados, imbuidos en la Sagrada Escritura, para el servicio de otros, para“luz de su Iglesia”. Como de pasada en el capítulo 15 del libro de la Vida, hablando de la oración de quietud, critica a los letrados que convierten la oración en una fría especulación intelectual, pues “podrá ser se les vaya el tiempo en aplicar Escrituras”. La oración no es estudio académico. Y agrega:“Aunque no les dejarán de aprovechar mucho las letras antes y después, en estos ratos de oración poca necesidad hay de ellas”. El estudio puede preparar la oración pero no sustituirla. “Delante de la Sabiduría infinita, créanme que vale más un poco de estudio de humildad y un acto de ella que toda la ciencia del mundo”. Esta relativización de las letras vale para el momento de oración. “Quédense las letras a un cabo, tiempo vendrá en que aprovechen al Señor”.

¿Cuál es ese “antes y después” en que aprovecharán las letras? ¿A qué se refiere Teresa a que “tiempo vendrá en que aprovechen al Señor”? En el contexto de su discurso claramente se refiere al trabajo apostólico: “Dejemos si hubiesen de predicar y enseñar, que entonces bien es ayudarse de aquel bien (el estudio de las Escrituras) para ayudar a los pobres de poco saber, como yo, que es gran cosa la caridad y este aprovechar almas…”. Esta intuición teresiana pone de manifiesto que el estudio de la Biblia no es un fin en sí mismo, sino que está al servicio de la Iglesia, de su vida y de su misión.

Recientemente ha escrito el Papa Juan Pablo II: “Este es el objetivo de la interpretación de la Biblia. Si la tarea primordial de la exégesis estriba en alcanzar el sentido auténtico del texto sagrado o sus diferentes sentidos, es necesario que luego comunique ese sentido al destinatario de la Sagrada Escritura que es, en la medida de lo posible, toda persona humana”.

P. Silvio José Baez ocd

Actualmente Obispo Auxiliar de Managua, Nicaragua

santa Teresa de Ávila

(1515-1582)