Sobre la lectio divina

Monja trapense

Sobre la lectio divina

Como su nombre lo indica, la lectio divina es una lectura en la que Dios tiene algo que decir, o más exactamente que hacer, pero no sin nosotros. En efecto, Dios está en el origen, en el corazón y al término de nuestra lectio.

1. Dios está en el origen de nuestra lectio.

Para comenzar, pongámonos a la escucha del profeta Amós: “Miren que llegan días –oráculo del Señor- en que enviaré hambre al país: no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor; irán errantes de este a oeste, vagando de norte a sur, buscando la palabra del Señor, y no la encontrarán.” (Amós 8, 11-12)

Si días tras día buscamos asiduamente la palabra del Señor, es porque el Señor, antes, ha derramado sobre la tierra desolada de nuestro corazón el hambre y la sed de escucharlo. O más aún, tomando palabras de san Pablo, es porque Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama hacia Él (Gálatas 4,5). Por tanto, buscar la palabra del Señor viene a responder a este llamado confusa o ardientemente percibido en lo más secreto de nuestro ser. Leer la Biblia es encontrar la palabra de Verdad gracias a la cual irán tomando forma y rostro los gemidos inefables del Espíritu que habita en nosotros (Romanos 8, 11.22-26). Así Dios, en su palabra, toma nuestro lenguaje humano para que nosotros podamos comprender su llamada y así responderle. Él nos atrae hacia ella para revelarse a nosotros.

De ahí se desprende la importancia de la escucha, de una escucha profunda, por eso a ello nos invita san Benito al comienzo del Prólogo de su Regla: “Escucha, hijo, las instrucciones del maestro y presta el oído de tu corazón” (RB Prol. 1)

Para escuchar lo que el Espíritu dice a las iglesias –otra fórmula de san Benito tomada del Apocalipsis (RB Prol. 11 y Apocalipsis 2,7)-, es necesario escuchar allí donde el Espíritu habita y llama: en nuestros corazones (Gálatas 4,5 y Romanos 8, 11.22-27); o mejor, es necesario dejar a la palabra descender y resonar en esta profundidad donde el Señor nos espera. Él mismo nos lo dice por boca del profeta Oseas: “voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2, 16). Pues la palabra del Señor es una palabra de amor dirigida al corazón de cada hombre; por eso es necesario ir al desierto para percibirla, es decir acallar todo aquello que de ordinario nos ensordece, los ruidos de fuera pero también los pensamientos interiores, para estar solamente atento a la voz de Aquel que nos habla. Como lo hacemos cuando queremos orar, debemos seguir los consejos de san Mateo: “Cuando tú vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre a escondidas… tu Padre ve en lo secreto, …” (Mateo 6, 6), dejando fuera “las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los demás deseos [que] ahogan la palabra y no la dejan dar fruto” (Marcos 4,19)

En efecto, el rasgo esencial, característico de la palabra de Dios es de ser eficaz, mejor aun saludable, y es así porque ella es la Verdad. “Yo, el Señor, lo digo y lo hago” leemos al final del capítulo 36 del libro de Ezequiel. Y Dios se revela a nosotros como el que habla y hace a fin de que lleguemos a ser como aquellos que no sólo escuchan sino que ponen en práctica lo que escucharon. (Deuteronomio 4,1; RB Prol. 1). El nos atrae a su palabra para que finalmente dejemos que se haga carne en nosotros. También el modelo por excelencia de nuestra lectio, es decir de nuestra escucha y de nuestra respuesta, va a ser María, la servidora del Señor en quien el Verbo ha tomado vida, se ha encarnado para nuestra salvación (Lucas 1, 38.41). A ejemplo suyo guardaremos la palabra y la meditaremos en nuestro corazón, pues como ya lo dice el Deuteronomio: “no es palabra vacía para ustedes, sino que por ella vivirán” (Deuteronomio 32,47).

2. Dios está en el corazón de nuestra lectio

Desde las primeras palabras de la Biblia vemos en acción el soplo y la palabra de Dios (Génesis 1, 2-3); “Por la palabra del Señor se hizo el cielo, por el aliento de su boca las constelaciones”, cantamos, haciéndole eco, en el salmo 33. Muchas veces en su célebre obra “Contra los Herejes”, San Ireneo evoca las dos manos de Dios que han modelado al hombre, el Hijo y el Espíritu, o también el Verbo y la Sabiduría (Ad. Her. IV, Pr. 4; IV 7,4; V 1,3; V 6,1; V 28,4). Todo esto nos muestra cómo la palabra de Dios es inspirada, su Verbo está colmado, sin medida, del Espíritu (Juan 3, 34). Cuando, a ejemplo de Ezequiel o de Juan, tomamos estas palabras y las comemos (Ezequiel 3, 1-30; Apocalipsis 10, 8-10), Dios, como en los primeros días del Génesis, nos da forma, nos transforma a imagen de su Hijo y nos insufla su Espíritu de vida (Génesis 1, 26 y 2,7)

Desde el vamos, en efecto, la Palabra de Dios nos reenvía sin cesar a Cristo. Todas las Escrituras se refieren a Él como les hará comprender a los dos discípulos de Emaús (Lucas 24, 27.44). El da cumplimiento, plenitud de sentido a las promesas hechas a los patriarcas, a los anuncios de los profetas, a la esperanza de los salmistas: por todos lados se descubre poco a poco su rostro de Salvador. Presencia activa y vivificante que, de página en página, viene a nuestro encuentro y nos llama. Pues si el abre nuestra inteligencia y hace arder nuestro corazón (Lucas 24, 32), es porque desde ahora y cada vez más nos adherimos a Él sin retorno.

San Atanasio, obispo de Alejandría en el siglo IV, cuenta cómo san Antonio el Grande, a quien llamamos padre de los monjes, “entra en una iglesia. Alguien lee el evangelio y él escucha al Señor diciendo al rico: si tú quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y ven, sígueme, tendrás un tesoro en el cielo. Antonio habiendo recibido de Dios el recuerdo de los santos, como si la lectura hubiese sido hecha para él, salió en seguida de la iglesia. Los bienes que tenía de sus padres… él los regaló a la gente del pueblo para no tener nada que le pese…él vendió todos sus muebles y distribuyó a los pobres el dinero recibido…” (Vita § 2). Esto fue para él la aurora de una vida nueva, toda ordenada al amor del Señor que, poco a poco, lo conformaba a él.

Fortaleza de la palabra que nos conduce a preferir ante todo a Cristo (RB 72,11). Escuchada en la Iglesia o meditada en el secreto de nuestra habitación, ella nos invita a renunciar a nosotros mismos y a seguirle (Mateo 16, 24). Esto, para cada día, nos lo recuerda san Benito: “Escuchen con un oído atento la voz poderosa de Dios que cada día nos acucia diciendo: hoy si escuchan su voz, no endurezcan su corazón” (Prol. 9 y 10). Pues el tiempo del encuentro es siempre en el presente. Consentir a esta palabra es recibir el poder de llegar a ser desde ahora hijos de Dios (Juan 1, 12). Por ella aprendemos que “la vida es Cristo y morir [a sí mismo] una ganancia” (Filipenses 1,21). Así pues, Dios está en el corazón de nuestra lectio en tanto que ella nos abre a la presencia operante de Cristo en nosotros y en torno a nosotros. Por otra parte, la palabra de Dios es también y al mismo tiempo, experiencia del Espíritu. El apóstol Juan remarca repetidas veces el vínculo entre permanecer en Dios, guardar su palabra y recibir el don del Espíritu. Por ejemplo en su primera carta (1 Juan 3,24): “El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Reconocemos que el permanece en nosotros, gracias al Espíritu del cual él nos ha hecho don” (cf Juan 14, 23-26 y 1 Juan 4,13).

Cuando la palabra produce un vuelco a nuestro corazón y nos da la fuerza de la conversión (Hechos 2, 37-38), es decir de salir de nosotros mismos hacia el Otro y los otros; cuando permitimos a Dios entrar y dar un vuelco a nuestra vida, es el Espíritu que obra para recrearnos en Cristo, para hacernos renacer de lo alto, y precisamente cuando aun somos viejos, como Nicodemo (Juan 3,4.7-8), y no hay peor envejecimiento que el pecado (Romanos 6,6). Pues el Espíritu es comunión (2 Corintios 13, 13). Él nos introduce en la comunión del Hijo con el Padre, el construye la unidad del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. (cf 1 Corintios 12,13; Efesios 4,4; Colosenses 1,18). Los signos de que nuestra lectio ha encontrado a Cristo en el Espíritu es nuestra adhesión, nuestra participación renovada en la vida de la Iglesia. Dicho de otro modo: los que Dios ha engendrado por la Palabra de verdad (Santiago 1, 18; 1 Pedro 1, 23-25), el Espíritu los hace miembros vivos del cuerpo de Cristo. La dimensión trinitaria de la lectio se desarrolla y profundiza en comunión eclesial. Desde esta óptica, aquellos y aquellas que nos han precedido sobre este camino son para nosotros testigos y amigos que nos ayudan a progresar en él al recorrerlo. Es por esto que, después de la Biblia, los escritos de los Padres y de los santos de todos los tiempos constituyen un tesoro invalorable donde cada uno puede reconocer bajo múltiples y variadas formas, al único Espíritu de Dios transfigurando al hombre a imagen del Hijo amado (2 Corintios 3, 14-18), al menos a los que consienten.

3. Dios está al término de nuestra lectio

Amós hablaba de buscar la palabra del Señor, pero agrega: “no la encontrarán” (Amós 8, 11-12). A continuación la profecía aclara la causa de tal fracaso: el pecado, las infidelidades del pueblo (Amós 8,14). De hecho ¿cómo buscar la palabra de aquel de quien uno se separa con su conducta toda?, ¿cómo escuchar a alguien del cual uno se distancia? San Agustín lo dice de un modo admirable en su libro Confesiones: “¡Oh gozo mío, tardo en venir! Callabas entonces y yo me iba lejos, lejos de ti” (Confesiones II, II, 2).Si Dios nos habla, es para encontrarnos y esto no es posible a menos que nos volvamos a él y le abramos la puerta de nuestro corazón, pues él no la forzará jamás. “Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3,20). Estas palabras de Cristo resucitado en el Apocalipsis son precedidas por una invitación acuciante: “A los que amo yo los reprendo y corrijo. Sé fervoroso y arrepiéntete” (Apocalipsis 3, 19), es decir: “conviértete de tus pecados” (Ezequiel 18,27) y “regresa a mí pues te he rescatado” (Isaías 44,22)

Así Dios nos ama y si el nos atrae hacia su palabra (1er. punto), si él en ella nos descubre a Cristo en el Espíritu (2do. punto), es a fin de cuentas para unirnos a él en un solo espíritu (1 Corintios 6, 17). La lectio está ordenada a esta unión. En su palabra él nos ofrece lo que hace falta no sólo para buscarlo sino y sobre todo para encontrarlo. “Cuando recibía tus palabras, las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría íntima” (Jeremías 15, 16). Y Jeremías nos da a continuación la clave de tal felicidad: “tu Nombre ha sido proclamado sobre mí”, es decir, como lo explica una nota de la TOB, se ha revelado en mí tu presencia.

La palabra es un instrumento potente para abrirnos a la gracia. El profeta Oseas ya lo sabía: “Preparen su discurso y conviértanse al Señor” (Oseas 14, 3). Más cerca nuestro en el tiempo, santa Teresa de Ávila cuenta en el libro de su vida que tenía el hábito de servirse de un libro como de un disparador para elevar su alma “Y muchas veces en abriendo el libro, no era menester más; otras leía poco, otras mucho, conforme a la merced que el Señor me hacía” (Libro de la Vida Cap. 4 n 9)

En efecto no es la cantidad la que cuenta sino la calidad, es decir la disposición del corazón, la intensidad del deseo, la profundidad de la escucha, la verdad de la vida, etc. …”Dí sólo una palabra y seré sanado” (cf Mateo 8,8). Es suficiente con frecuencia una sola palabra para alcanzar lo íntimo de nuestro ser, palabra por la cual el Señor nos toca y nos renueva. Recordado sin cesar el alimentará nuestra jornada y transformará nuestra vida: “dime, ¡Yo soy tu victoria!” (Salmo 34,3).

Es entonces la lectio, después de hacerse súplica, búsqueda, se expande en alabanza, en acción de gracias. Cuando la palabra se hace carne en María, en seguida surge el Magnificat. Al respecto los salmos son un lugar privilegiado donde aprender a pasar sin cesar de la lectio a la oración. En los salmos la palabra nos es dada para buscar a Dios implorando y encontrarlo en la exultación. La palabra recibida de Dios, se hace palabra nuestra para dirigirnos a él. “Tu mejor servidor –remarca san Agustín en Confesiones– es el que más atento está, no a oír de ti lo que él quiere, sino más bien a querer lo que oiga de ti” (Confesiones X, XXVI, 37). La lectio nos educa a esto, a unir nuestra voluntad a la de Dios, lo que según san Bernardo, es la definición del amor. (SC 71,6)

En síntesis

Dios está al origen de nuestra lectio: atrayéndonos en ella hacia su palabra, él hace nacer en nuestros corazones la esperanza. Dios está en el corazón de nuestra lectio: revelándonos en ella a Cristo en el Espíritu, él hace crecer nuestras vidas en la fe. Dios está al término de nuestra lectio: uniéndonos por ella a él por el acuerdo de nuestra voluntad a la suya, él consuma nuestro ser en el amor.

Al final de esta reflexión vuelvo a san Agustín; él escuchó un día cantar en una casa vecina: “¡Toma, lee! ¡Toma, lee!”. Y comenta: “Has llamado, has gritado, has roto mi sordera. Has relampagueado, has resplandecido, has disipado mi ceguera. Has exhalado perfume, lo respiré anhelando por ti. He gustado y tengo hambre y tengo sed. Me has tocado y me inflamé en deseo de tu paz.” (Confesiones X, XXVII, 38) “Cuando me haya adherido a ti con todo mi ser, en ningún sitio habrá para mí dolor y trabajo, y mi vida estará viva, toda llena de ti” (Confesiones X, XXVIII, 39)

Madre Christine Aptel

Monja trapense

Abadía de Notre Dame de Saint Joseph en Ubexy, Francia

http://www.abbaye-ubexy.com.fr/pagesnewsite/surlalectiodivina.htm

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