Lectio Divina, fundamentos, praxis.

Enzo Bianchi

LA LECTIO DIVINA: FUNDAMENTOS Y PRAXIS

 FUNDAMENTOS DE LA LECTIO DIVINA

 La Lectio Divina (LD) es un ejercicio de lectura de la Biblia llamado a convertirse en escucha de la Palabra de Dios, en encuentro y relación con el Señor que habla a través de las páginas bíblicas. Esto significa que es necesario, ante todo, especificar la relación entre la Biblia y la Palabra de Dios.

La Escritura contiene la Palabra de Dios.

Entre Escritura y Palabra de Dios no hay una coincidente correspondencia. La Biblia misma atestigua que la Palabra de Dios es una realidad que excede la Escritura y la trasciende. La Palabra es realidad viviente, operante, eficaz (Is 55,10-11, Heb 4,12-13), omnipotente (Sab 18,15). Dios habla y su palabra crea (cf Gn 1) e instaura y guía la historia (el término hebreo davar significa tanto “palabra” como “historia”). La Palabra de Dios, según el NT, es el Hijo mismo de Dios (“Dios ha hablado en el Hijo” Heb 1,2), él es la palabra definitiva de Dios al hombre, él es la palabra a escuchar (cf Mt 9,7). Por consiguiente la Escritura no es inmediatamente Palabra de Dios.

¿Qué relación hay, entonces, entre Biblia y Palabra de Dios? Un texto de la Dei Verbum (DV) lo indica: “Las Sagradas Escrituras contienen la Palabra de Dios y, porque son inspiradas, son verdaderamente Palabra de Dios” (DV 24) Es interesante notar que la formulación contenida en el esquema inicial de la DV, el textus prior, decía: “Las Sagradas Escrituras no sólo contienen la Palabra de Dios, sino que son verdaderamente Palabra de Dios” El cambio ocurrido entre las dos redacciones muestra la preocupación de los padres conciliares por evitar la identificación de la realidad de la Biblia con la de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios está contenida en las Escrituras y en ellas debe ser re-encontrada a través de una operación de interpretación en el Espíritu. (“Las Escrituras son Palabra de Dios quia inspiratae”)

El Libro santo y su interpretación en el Espíritu

«La fe cristiana no es una “religión del Libro”. El cristianismo es la religión de la “Palabra” de Dios, no de una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y viviente”» (Catecismo de la Iglesia Católica 108). Como había afirmado Henri de Lubac, el cristianismo «no es una religión de la Biblia, sino de Jesucristo». Las Escrituras cristianas comprenden en sí también las Escrituras de Israel, el Antiguo Testamento, pero las engloba releyéndolas e interpretándolas en referencia al cumplimiento mesiánico realizado en Jesús el Mesías, es así que los libros veterotestamentarios incluidos en el Canon cristiano vienen comprendidos a la luz interpretativa determinante del evento pascual y de la persona de Jesucristo. Además, Jesús nada ha escrito. Y aún los evangelios, que permiten acceder a su conocimiento -que son “testimonio de Jesús”-, son escritos dirigidos por los evangelistas a una determinada comunidad cristiana en la segunda mitad del siglo I dC, y por consiguiente son textos que requieren una hermenéutica para ser elocuentes hoy. En el cristianismo el Libro santo, es decir la Biblia, confrontado con la persona viviente de Jesucristo, está en el lugar de un siervo, es decir al servicio. Esta conciencia encuentra una singular expresión en la tradición cristiana, en la afirmación que Cristo mismo es el libro santo. Escribe Hugo de San Víctor: «Toda la divina Escritura constituye un único libro y este único libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y encuentra en Cristo su cumplimiento» (De arca Noe morali II, 8).

Es cierto que la fenomenología de la religión reubica la Biblia entre los “libros sagrados”, caracterizados a saber, por: estar definidos y estructurados en un Canon, por su uso litúrgico, porque la ritualización de los gestos cultuales es confrontada con el Libro, por las interpretaciones y comentarios continuos que de ellos se hacen en la historia. A la Biblia cristiana le falta sin embargo el elemento de exclusividad -en cuanto engloba también a las Escrituras hebreas-, y el de la reglamentación de la vida social y política del grupo. Aspecto este, muy relevante en las “religiones de la ley” (Hebreismo, Islam). En el cristianismo el Libro es obra humana, históricamente fechada y geográficamente ubicada, los autores bíblicos han obrado «ut veri auctores» [como verdaderos autores] (Dei Verbum 11), experimentando los condicionamientos culturales de su tiempo; por consiguiente la letra del texto que es sustraída de todas estas mediaciones humanas, a la sacralidad, debe ser sometida a una necesaria interpretación. «La letra mata, el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6): el principio paulino es fundamental para la interpretación bíblica. El cristianismo es así la “religión de la interpretación” (Christoph Théobald), religión de la escucha, más que del Libro. Ciertamente se trata de una escucha y de una hermenéutica eclesiales en el Espíritu Santo porque sólo el Espíritu que ha inspirado los escritos puede re-suscitar la página escrita hace tanto tiempo como Palabra viviente hoy. Por lo tanto la escritura exige, para ser comprendida, que se alcance su dinamismo, el del Espíritu Santo. «La Escritura debe ser leída e interpretada en el mismo Espíritu en el que fue escrita» (DV 12).

Es así que la Biblia es “santa”, es decir participa de la alteridad y santidad de Dios mismo, y es un libro “distinto”, “separado” para la comunidad que leyéndolo en él reconoce la propia vocación, el propio fundamento de asamblea de Dios (ekklesía toû theoû), la propia razón de ser. Teológicamente, por consiguiente, la Biblia tiene un carácter teándrico, divino-humano; en cuanto biblioteca de libros, conjunto de textos distintos en lengua, género literario, fecha de composición y autores, aparece como palabra humana; como libro único (libro plural: tà biblía, los libros) ella tiene «a Dios como autor» (DV 11). Y es el Espíritu Santo quién articula la única voluntad y palabra de Dios en la multiplicidad de los libros y de las expresiones humanas. La Lectio Divina quiere realizar esta hermenéutica espiritual de la Escritura, pero esto significa que sólo a través de una introducción y de una iniciación a una praxis de lectura de la Biblia en el Espíritu se podrá dar sustancia a la reencontrada centralidad de la Palabra de Dios dentro de la Iglesia, de otro modo quedará como un slogan vacío.

La Escritura y la encarnación

La tradición cristiana ha puesto con frecuencia en paralelo el evento por el cual la Palabra (el logos) se hizo carne (Jn 1,14) y el evento por el cual la misma Palabra se ha hecho libro. Este paralelismo se encuentra en DV 13, donde es retomado el tema bíblico y patrístico de la condescendencia divina, del abajamiento de Dios para venir al encuentro del hombre que ha encontrado una bella formulación en un texto de Agustín: “Recuerden que es la misma palabra de Dios la que se difunde en todas las Escrituras, que un mismo Verbo resuena en la boca de todos los escritores sagrados, él, que estando al principio junto a Dios, no tiene necesidad de sílabas porque no está sometido al tiempo. Y no debemos maravillarnos si por condescender a nuestra debilidad él se abaja hasta la dispersión de nuestros sonidos humanos, porque él se abaja hasta tomar [como propia] la fragilidad de nuestro cuerpo” (Enarr. In Ps. CIII, 4,1). No debe entonces sorprender que la Escritura sea llamada, en la tradición cristiana, Corpus Christi: “Cuerpo del Hijo es la Escritura a nosotros transmitida” (Ambrosio, In Lucam VI, 33), y también: “Corpus Christi intellegitur etiam Scriptura Dei” (“Por Cuerpo de Cristo se entiende también la Escritura de Dios).

Escribe inmejorablemente un patrólogo contemporáneo: “Obra del Espíritu, como la humanidad de Cristo -la Eucaristía y la Iglesia, estos otros signos sensibles por medio de los cuales el Verbo se comunica a los hombres-, también la Escritura exige, para ser comprendida, que se alcance su dinamismo, el del Espíritu. Sólo una lectura espiritual de la Escritura permite percibir en las palabras la Palabra a la que estas reenvían, como sólo una comprensión espiritual de la humanidad de Jesús, de la Eucaristía y de la Iglesia permite percibir en el rabino judío, en el pan y el vino, en el grupo sociológico, la realidad de la cual son el signo. La dificultad no está en los signos, que son verdaderamente signos de lo que significan porque el Espíritu está en ellos, sino la ceguera natural que sólo puede ser removida por la adhesión al Espíritu que los anima.” Y como la encarnación está orientada al encuentro y a la comunión con el hombre, así también lo está la Escritura, la cual es capaz de comunicar el Señor a quien se acerca a ella en la fe y bajo la guía del Espíritu Santo.

La Lectio Divina: Método Tradicional de lectura creyente de las Escrituras

Después de haber apenas rápidamente aludido a cuestiones basilares, que fundan la posibilidad misma de la Lectio, podemos mostrar el carácter tradicional y al mismo tiempo actualísimo de la LD como método eclesial y orante de lectura de las Escrituras.

Un método tradicional de leer la Escritura

La LD repropone los principios basilares de lectura de la Escritura elaborados ya dentro del judaísmo y que luego pasaron a la tradición cristiana. La LD es una lectura de la Escritura que, adviniendo en la fe, en la oración, en la apertura al Espíritu, llega a ser escucha de la Palabra de Dios que por medio de la página bíblica se dirige “a nosotros hoy”. Esta lectura/escucha obra una profundización de los niveles semánticos del texto bíblico análogo al esquema de los cuatro sentidos de la Escritura presente tanto en el judaísmo como en el cristianismo. La doctrina hebrea del PaRDeS (acróstico de las palabras que indican los cuatro estratos de sentido) entreve cuatro momentos: peshat (simple), que es el sentido obvio, inmediato, literal; remez (alusión), que es el sentido alegórico, la profundización del sentido primero a través del recurso a otros textos bíblicos que “abren” aquel mismo sentido; derashah (búsqueda), que indica el nivel en el cual el lector se siente estimulado a una toma de responsabilidad en confrontación con el mensaje escuchado; sod (secreto), que es el sentido místico, que participa de la mirada de Dios sobre la realidad.

Asimismo con todas las obvias modificaciones, este esquema se representa en la doctrina cristiana de los cuatro sentidos de la Escritura difundido en la exégesis medieval. Doctrina que habla del sentido literal (que toca el significado histórico del texto), allegorico o spirituale (que indaga la carga kerigmática del texto mismo); tropologico o morale (que involucra la existencia del creyente), anagogico (que mira los planos contemplativo y escatológico). Estos cuatro niveles de sentido corresponden sustancialmente a la profundización que la LD permite alcanzar al lector de la Escritura guiándolo del nivel histórico-literal (lectio), a su profundización revelativa y teológica que hace emerger un mensaje central (meditatio), al cual se responde con la oración y con el compromiso en la vida (oratio), hasta hacerlo partícipe, en todo lo que vive, de la mirada de Dios sobre la realidad humana (contemplatio).

La formulación de Guigo el Cartujo

El esquema de la LD arriba propuesto, en cuatro etapas (lectio, meditatio, oratio, contemplatio) no es el único elaborado en el medioevo cristiano. Otros esquemas incluyen otros momentos: discretio, deliberatio, collatio, actio… pero de hecho más que verdaderos aportes se trata de explicitaciones de elementos que están ya dentro del esquema basilar y fundamental de cuatro momentos, que se recomienda, por lo tanto, como el más lúcido y esencial. Este fue formulado por Guigo II el Cartujo (siglo XII), en La escala de Jacob en estos términos: “Un día, mientras estaba ocupado en el trabajo manual, me puse a reflexionar sobre la actividad espiritual del hombre. Entonces de improviso cuatro grados espirituales se ofrecieron a mi reflexión, y estos son la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. (…) La lectura es un cuidadoso examen de las Escrituras que realiza el empeño del espíritu. La meditación es obra de la mente que se aplica a excavar en la verdad más oculta bajo la guía de la propia razón. La oración es el empeño amante del corazón en Dios con el fin de extirpar el mal y conseguir el bien. La contemplación es como un elevarse sobre sí misma por parte del alma que gusta las alegrías de la dulzura eterna”.

Este esquema no suministra una receta, sino indicaciones de un camino, bosqueja un itinerario pedagógico que no es ni mecanicista ni pedante. Más aún que una “técnica” se trata de un “arte”. Es normal que en las diversas edades de la vida (cronológica y espiritual) se otorgue mayor peso a uno u otro de los momentos de la LD. Sucede a veces que en los comienzos, cuando uno recién se va haciendo práctico con la Biblia, prevalezcan los momentos de la lectio y de la meditatio, es decir, del esfuerzo –también en el estudio- para la comprensión del texto. Más adelante en la vida espiritual resultará preponderante y también más inmediato el pasaje a la oratio, esto es a la respuesta de fe y de oración al mensaje del texto. Es importante subrayar que oración y acción, en el dinamismo de la LD, están estrechamente vinculadas. El texto de Guigo dice que la oratio consiste en “un empeño amante del corazón en Dios”, un volver con fervor el corazón hacia Dios, “para evitar el mal y hacer el bien”. Oración y dimensión ética están inescindiblemente entrelazadas en la respuesta que el cristiano da a la Palabra escuchada. Ésta consiste también en asumir la responsabilidad en lo cotidiano de la vida. En síntesis, es bueno tomar en serio el principio formulado por Gregorio Magno, Scriptura crescit cum legente (la Escritura crece con quien la lee), que se funda sobre el hecho de que el mismo Espíritu presente en las Escrituras está también presente en nosotros. El lector empeñado en una relación con el Señor a través de la asiduidad con las Escrituras, ve cambiar la propia experiencia de vida, la ve crecer y llegar a ser un elemento decisivo para la comprensión de la Palabra de Dios. Escribe Juan Casiano: “Las Escrituras se revelan a nosotros más claramente y nos abren su corazón y casi su meollo, cuando nuestra experiencia no sólo nos permite conocerlas, sino que hace que anticipemos el mismo conocimiento, y el sentido de las palabras no nos son reveladas desde alguna explicación sino de la experiencia viva que de ellas hemos hecho” (Casiano, Collationes X, 11)

Ocurre por lo tanto que, con el incrementarse de la experiencia espiritual y existencial, el mismo texto de la Escritura entrega significados insospechados. ¿No es por otra parte acaso verdad que, según la comprensión judaica y cristiana, cada palabra y versículo de la Escritura contienen innumerables facetas de significado? “Un solo párrafo escriturístico da lugar a múltiples sentidos” (Sanhedrin 34a); “En cada palabra de la Escritura brillan muchas luces” (Zohar III, 202a); “La Biblia tiene setenta rostros” (Bemidbar Rabbà XIII,15); “De la misma palabra de la Escritura surgen múltiples sentidos…, las mismas palabras se comprenden de múltiples modos” (Agustín, De doctrina christiana III, 27,38).

La unificación del creyente

A la luz de cuanto hemos dicho, debería resultar claro que la LD tiende a lograr la unidad entre vida y fe, entre existencia y oración, entre lo humano y lo espiritual, entre la interioridad y la exterioridad. En la aproximación a la Escritura la LD busca integrar el estudio, el análisis crítico del texto dentro de un acercamiento sapiencial y orante, en una aproximación, por lo tanto, de fe. Sustancialmente, por fin, los cuatro momentos de la LD que hemos considerado pueden ser sintetizados en dos movimientos fundamentales: el primero (lectio y meditatio) más objetivo, todo puesto en tensión hacia el objetivo de hacer emerger lo que el texto dice; el segundo (oratio y contemplatio) más subjetivo; en el cual emerge principalmente el lector con la propia vida y experiencia de fe, respondiendo a la palabra escuchada. La LD es entonces un movimiento respiratorio, en el cual lo que viene “respirado” es la palabra de Dios, su voluntad.

LA PRAXIS DE LA LECTIO DIVINA

No me detengo aquí sobre posibles formas de LD comunitaria, sino solamente sobre la LD personal.

Un tiempo y un espacio.

Para la LD es necesario, ante todo, un lugar de soledad y de silencio. Se trata de buscar y escuchar a Dios “que está en lo secreto” (Mt 6,6). Para disponerse a escuchar la Palabra es menester hacer callar las múltiples palabras y rumores que ensordecen el corazón, es necesario entrar en la esencialidad del silencio y de la soledad, obrando una toma de distancia de las muchas presencias que diariamente nos asedian. Una palabra autorizada puede nacer sólo del silencio, de una larga escucha, de la capacidad de meditar y pensar, de reflexionar y ponderar. Para ayudarse en la LD se puede recurrir a un icono, a un cirio encendido; ciertamente es esencial involucrar el cuerpo en el encuentro con el Señor, encuentro al cual se está disponiendo. La LD no es meramente intelectual, sino que quiere considerar toda la persona, todo el cuerpo. Es bueno dedicar a la LD un tiempo fijo en la jornada, un tiempo al cual permanecer fieles, no los retazos dejados después de muchas tareas. Un tiempo adecuado a la seriedad que debe caracterizar la LD es el de una hora, pero ciertamente es la perseverancia, la cotidianeidad la que produce los frutos, más allá de la medida del tiempo que depende del status  y de los compromisos de aquel que se dedica. La LD edifica el sensus fidei, está a la base de la capacidad de discernimiento, y es también esfuerzo ascético; necesita de interiorización para que la semilla de la Palabra pueda crecer y echar raíces; de perseverancia porque una escucha entusiasta pero incapaz de durar en el tiempo permanece estéril; de lucha espiritual para retener la Palabra y no dejarla sofocar por las zarzas y espinos de los deseos mundanos (cf Mc 4,13-20). Así, muy concretamente, la LD permite a la Palabra de Dios ejercer un real señorío sobre la vida del creyente. También estas últimas consideraciones muestran que la LD no es una actividad que coincida con el estudio de un texto y en tal estudio se agote, pero ciertamente las personas “intelectuales” corren siempre el riesgo de reducir la LD a una experiencia de fruición intelectual o estética; el texto hace surgir ideas brillantes en las cuales se complace, o bien viene cultivado en su “belleza” y de esta intuición se gratifica, impidiéndose alcanzar sin embargo el fruto espiritual verdadero y profundo de la LD.

La oración

A la LD uno se prepara con el silencio, con el éxodo de sí mismo, pero también con la oración. Y antes que nada con la epíclesis, con la invocación al Espíritu Santo el cual puede abrir el oído de nuestro corazón para darnos la inteligencia de la Palabra. Después de la oración al Espíritu, puede ayudar a entrar en el clima de escucha y diálogo amoroso con el Señor que habla por medio de las páginas bíblicas, la lectura de una estrofa del salmo de la escucha (Sal 119), verdadero y propio dueto de amor comparable al Cantar de los Cantares. Se entra así siempre más en la LD como lugar sacramental de experiencia del amor de Dios.

Puede ahora iniciar el itinerario de la LD a través del texto bíblico.

Lectio

La acción inicial de la LD es un ejercicio de lectura. Creo que hoy, en un tiempo en el cual se lee poco, sobre todo se lee a toda prisa, para almacenar el máximo en el menor tiempo posible, es necesario aprender y enseñar a leer, a relacionarse dialécticamente con un libro, y en particular con aquel libro tan exigente como es la Biblia. Y sobre la Biblia, de hecho, y solo en ella, es que se ejerce la LD. Ciertamente la tradición cristiana nos da ejemplos de una acepción muy larga de la LD en el sentido que ha sido aconsejada y ejercitada también en relación a textos con autoridad de los padres de la Iglesia, etc. De todos modos sólo la Biblia goza de aquel estatuto particularísimo en la Iglesia que la hace sacramento de la Palabra de Dios. Además, si esta lectura es “divina” es justamente porque se ejercita sobre las Escrituras inspiradas. Los otros libros (textos de los Padres, textos eucológicos, etc.) pueden tomarse como prolongación y comentario del texto bíblico, o bien pueden ser objeto de una lectura espiritual, pero la LD es una lectura de la Escritura. Ahora bien, ¿cómo elegir los textos a leer? O se elige un libro de la Biblia y se hace de él una lectura continua, (leyéndolo perícopa por perícopa, día tras día), o bien se hace la LD sobre textos (o sobre un texto) de la liturgia del día. En el primer caso el enriquecimiento está constituido por el poder entrar en profundidad en uno de los libros bíblicos tomándolo en su conjunto, mientras que en el segundo está dado en la compenetración entre oración personal y oración litúrgica. Dice un bello texto de Gregorio Magno: “Muchas cosas en la Sagrada Escritura que solo no alcanzaba a comprender, lo he captado poniéndome de frente a mis hermanos (coram fratibus meis positus intellexi)…Me di cuenta que la inteligencia me era dada por mérito de ellos” (In Hiezechielem II, 1). El texto indica, por un lado, que la vida común es lugar y criterio hermenéutico de la Escritura, por otro lado –porque la expresión de Gregorio parece hacer referencia precisamente a la celebración eucarística- indica que la liturgia es espacio privilegiado de exégesis y de comprensión de la Escritura. Como el Leccionario festivo de la Iglesia católica es más rico ofrece la posibilidad que la LD recoja la unidad que atraviesa a las tres lecturas, o al menos la del párrafo del AT y del Evangelio, el Leccionario ferial, en cambio, no permite esto. En todo caso es espiritualmente útil hacer la LD sobre un texto bíblico que se adapte al tiempo litúrgico que se está viviendo.

Además, si alguno tiene poco o ningún conocimiento bíblico, es bueno para él llevar una cierta gradualidad de introducción a la Escritura, iniciándola por un texto simple y fundamental al mismo tiempo (por ejemplo el Evangelio de Marcos, al cual puede seguir Ex 1-24, luego Hechos de los Apóstoles, a continuación un profeta, etc.), y dejando para más tarde, cuando se tenga mayor competencia y soltura en el manejo de la Escritura, libros como Daniel, Carta a los Romanos, Carta a los Gálatas, Carta a los Hebreos, Apocalipsis,…

Frente al texto es necesario finalmente comenzar a leer. Se leerá el texto varias veces: hasta cuatro o cinco veces. Si se trata de textos ya conocidos, el riesgo es de leer superficialmente, de no detenerse sobre el texto, y así perderle la riqueza. Puede en tal caso ser útil escribir el texto recopiándolo. Esto obliga a un esfuerzo de concentración notable y con frecuencia capaz de hacer alcanzar dimensiones y aspectos del texto de los cuales nunca nos habíamos dado cuenta. Si, en fin, se conocen las lenguas hebrea y griega, entonces se puede leer la Biblia en el original, accediendo a aquella gran riqueza que inevitablemente viene ofuscada u oculta del todo en una traducción. En todo caso una buena traducción, o una traducción confrontada con otras, pueden satisfacer la necesidad de tener una base seria de partida. Puede ser útil espiritualmente utilizar ciertos instrumentos, entre los cuales las Concordancias son basilares, y si se lee un Evangelio la Sinópsis. También si se está haciendo la LD en el encierro del propio cuarto, en perfecta soledad, se leerá en voz alta, para poder escuchar físicamente lo que es leído. Los padres medievales insistían sobre la importancia del escuchar las voces paginarum; la escucha es ya oración, es ya acogida en sí mismo de la palabra y por lo tanto de la presencia de Aquel que habla.

Meditatio

La meditación no debe ser entendida en el sentido de una meditación instrospectiva de caracter loyoleano [ejercicios ignacianos] o de un autoanálisis sicologizante. Es en cambio una profundización del sentido del texto leído, y en esta operación de profundización pueden intervenir los instrumentos de estudio, de consulta, o bien diccionarios bíblicos, comentarios, etc. La LD no se debe confundir con el estudio de un texto bíblico, pero el estudio puede y debe ser integrado en la LD. Se trata de hecho, de superar la alteridad del texto, la distancia que nos separa de los textos escritos hace mucho tiempo y en lenguas y contextos culturales muy diversos a los nuestros. Es necesario tomar en serio esta alteridad del texto para no arriesgarnos a caer en el subjetivismo y para no hacer decir al texto lo que propiamente nunca ha dicho. Es una cuestión de obediencia a la Palabra, de no manipulación de la Palabra. Por lo tanto es bueno deponer también aquellos slogans a veces repetidos que tachan de intelectualismo, de operación “meramente cultural”, a un acercamiento a la Biblia que simplemente quiere ser respetuoso de la alteridad del texto escriturístico.

Rechazar el estudio, el esfuerzo de profundización, es una actitud que prepara el camino al entorpecimiento y a la decadencia de una persona y de una comunidad. De cualquier modo, sean cuales fueren los instrumentos puestos a disposición para mejor entender el texto bíblico en cuestión, serán siempre los esfuerzos personales los que se revelarán como más fecundos. En la meditatio se debe tender a hacer emerger la punta teológica del texto, su mensaje central, o al menos un aspecto relevante. Entonces podrá darse aquel encuentro dialógico expresado tan felizmente por un reformador, Bengel: Te totum applica ad textum, rem totam applica ad te [Aplícate todo tú al texto, aplica el texto todo a ti]. Comienza así el diálogo entre la persona y el texto, la interacción entre la vida del lector y el mensaje del texto. Surge en este punto, naturalmente, la oración.

Oratio

El movimiento dialógico que se instaura entre el lector y el texto se convierte en diálogo orante en el cual el creyente se dirige a Dios con un “tú”. Aquí obviamente no hay indicaciones precisas para dar, sino la exhortación a la docilidad al Espíritu y a la Palabra escuchada. Esta Palabra de hecho modela la oración orientándola en el sentido de la intercesión o del agradecimiento o de la súplica o de la invocación…Puede suceder que la oración se manifieste simplemente con un silencio de adoración, o sin más con el gozoso don de las lágrimas de compunción. Es menester también recordar que a veces la LD permanece en la aridez del desierto; el texto resiste nuestros esfuerzos de comprensión, la Palabra permanece muda, y más aún nuestra oración no sale…Dentro de una relación auténtica sucede también esto, existen también estos momentos, y la relación con el Señor no está exenta. El Señor llama a salir al desierto para encontrarlo, pero a veces el desierto no llega a ser lugar de encuentro sino solamente de aridez y de fatiga. Sin embargo, también ahora es necesario perseverar, permanecer, ofrecer el cuerpo átono en oración muda. El Señor sabe discernir también el deseo de orar. De todos modos la eficacia de la asiduidad con la Palabra de Dios en la LD se mide sobre largos períodos. El ejercicio de escucha crea en el creyente un espacio de acogida para el Señor, y la Palabra escuchada regenera al creyente en hijo de Dios (cf Jn 1,12), y lo hace capaz de contemplación.

Contemplatio

La contemplación es precisamente el último “grado” de esta escala ideal. El creyente se siente visitado por la Presencia de Dios y conoce la “indecible alegría” (1 Ped 1,8) de tal inhabitación. San Bernardo ha hablado de esta experiencia: “Confieso que el Verbo me ha visitado, y varias veces. Si bien con frecuencia ha entrado en mí, yo ni siquiera lo he advertido. Sentía que estaba presente, recuerdo que había venido, a veces he podido presentir su visita, pero no sentirla; y ni siquiera sentía su desaparición, porque desde dónde había entrado en mí, o a dónde se había ido dejándome de nuevo, o por dónde había entrado o salido, también ahora confieso ignorarlo, según cuanto fue dicho: «No sabes de dónde viene ni a dónde va»“ (Bernardo, Sermoni sul Cantico dei Cantici LXXIV,5)

La contemplación no designa un estado estático ni tampoco alude a “visiones”, sino que indica la progresiva conformación de la mirada del hombre a la mirada divina; indica así la adquisición de un espíritu de agradecimiento y de compasión, de discernimiento y de makrothymía [longanimidad], de paciencia y de paz. Como la Palabra tiende a la Eucaristía, así la LD modela progresivamente un hombre eucarístico, capaz de agradecimiento y gratuidad, de discernimiento de la presencia del Señor en el otro y en las diversas situaciones de la existencia. Este hombre será también un hombre de caridad, capaz de agape. La LD culmina en la vida, manifiesta su fecundidad en la vida de un hombre.

La LD dibuja así una parábola desde la oración hasta la oración; iniciada con la invocación al Espíritu, culmina en la contemplación, en el agradecimiento, en la alabanza. La LD tiende a la Eucaristía.

 * * *

Reflexiones compartidas por Enzo Bianchi, Prior de la Comunidad de Bose, el 13 de marzo  de 2007, en la Jornada de retiro del Clero de Chieti-Vasto y de Ortona-Lanciano.

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